III

Comenzaron entonces para nuestros Padres los días abominables del

Paraíso.

Su constante y desesperado esfuerzo fue sobrevivir, en medio de una

Naturaleza que, sin cesar y furiosamente, tramaba su destrucción. ¡Adán

y Eva pasaron esos tiempos, que los Poemas semíticos celebran como

inefables, temblando siempre, siempre riñendo y huyendo! La tierra

aún no era una obra perfecta; y la divina Energía, que la andaba

componiendo, incesantemente la enmendaba, con inspiración tan móvil,

que en un lugar cubierto al amanecer por una floresta, de noche, se

espejaba una laguna en donde la Luna, ya doliente, venía a observar

su palidez. ¡Cuántas veces nuestros Padres, reposando en la cuesta de

un otero inocente, entre el serpol y el romero, Adán con el rostro

descansando sobre el muslo de Eva, Eva con dedos ágiles espulgando

el pelo de Adán, fueron sacudidos por la pendiente amena como por un

dorso irritado, y rodaron, confundidos, entre el retumbo, y la llama,

y la humareda, y la ceniza caliente del volcán que improvisara Jehová!

Cuántas noches escaparon, aullando, de alguna abrigada caverna, cuando

ya sobre ella corría un gran mar hinchado que bramaba, se desarrollaba,

y quedaba hirviendo entre las rocas, con negras focas muertas bogando.

O cuando no era el suelo, el suelo seguro, ya social y fertilizado para

las siembras sociables, que de improviso rugía como una fiera, abría

una insondable garganta y tragaba rebaños, prados, nacientes cosechas,

benéficos cedros con todas las tórtolas que se arrullaban en ellos.

Después eran las lluvias, las largas lluvias Edénicas, cayendo en

chorros clamorosos, durante inundados días, durante torrentosas noches,

tan desmedidamente que del Paraíso, vasto charco barroso, apenas

aparecían las puntas del arbolado sumergido en el agua, y las cumbres

de los montes llenas de bichos transidos que bramaban con el terror de

las aguas sueltas. Entretanto, nuestros Padres, refugiados en alguna

erguida roca, gemían lamentablemente, escurriéndoseles ríos de los

hombros y de los pies, de modo que parecía que el barro nuevo de que

Jehová los hiciera se estaba ya deshaciendo.

Más terríficos aún eran los estíos. ¡Oh, el incomparable tormento

de las sequías en el Paraíso! Lentos días tristes, tras lentos días

tristes, la inmensa brasa del sol candente coruscaba furiosamente

en un cielo de color de cobre, en que el aire bazo y espeso ardía

y crepitaba. Los montes estallaban agrietados; y las planicies

desaparecían bajo una ennegrecida capa de hilos retorcidos,

enmarañados, rígidos como alambres, que eran los restos de los verdes

pastos. Todo el manchado follaje rodaba en los vientos abrasados, con

rugidor ruido. El lecho de los ríos chupados tenía la rigidez del

hierro fundido. El musgo escurría por las rocas, en manera de una piel

seca que se despega, descubriendo largos huesos. Ardía un bosque cada

noche, hoguera restallante, de leña resequida, escaldando más la

bóveda del horno inclemente. Estaba todo el Edén cubierto de buitres y

cuervos, porque, con tanto animal muerto de hambre y de sed, abundaba

la carne podrida. La poca agua que restaba en el río, movíase apenas,

atascada por la masa hirviente de culebras, ranas, nutrias, tortugas,

refugiadas en aquel último fundamento, lodoso y tibio. Nuestros

Padres venerables, con las magras costillas arqueadas contra el pelo

chamuscado, la lengua pendida y más dura que corcho, erraban de fuente

en fuente, sorbiendo desesperadamente alguna gota que aún brotase, gota

rara, que silbaba al caer sobre las piedras abrasadas...

Así Adán y Eva huyendo del Fuego, huyendo de la Tierra, huyendo del

Aire, empezaban la vida en el Jardín de las delicias.

¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario

comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres

venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán

iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no

encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las

raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes

no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón

primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa

la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el

Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal

seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral

oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo

ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en

las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún

cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la

triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas,

conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena

revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban

sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por

bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los

peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres,

ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían

desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el

aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo

la blanca indiferencia de la Luna!

De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería

a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que

bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban,

veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña

arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un

momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en

sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente,

arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga...

¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos

de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes

voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente

baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días

peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a

la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los

brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del

Paraíso, la primera forma de la Miseria!

¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de

las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles,

ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los

brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro

el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso,

ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no

se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al

encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el

sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo

de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos

herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente

cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza

de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que

mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron

las leyes de la vida en el Paraíso.

Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas

tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas

frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con

una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta

los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y

bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las

boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas,

la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun

aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de

las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el _Leo

Anticus_? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los

primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso,

caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella,

saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes?

¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en

cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los

peores enemigos del Hombre?

Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado;

sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes,

le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable,

conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía.

Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre,

en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el

servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su

flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un

ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua

ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo

de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más

seguro en la soledad crepuscular.

Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos

de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de

Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a

la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre.

Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en

el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los

Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la

víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó

todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido

del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún

conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de

Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de

murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente

caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra.

¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas

arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en

pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este

funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma

abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires

de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca

su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los

montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el

vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en

este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la

espada del Ángel que los guardaba!

* * * * *

¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su

carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de

las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de

tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional,

la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos

todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares,

las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de

Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue

quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores

de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en

aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la

Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber!

Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy

el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado

esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente,

la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el

Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de

Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la

Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus

gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender

del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la

manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo,

viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la

frigidez y la oscuridad.

Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de

la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció

delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta...

Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender

a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos

el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el

bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón

de la fiera.

* * * * *

¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un

Hombre.

Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó

el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que

goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender.

Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera...

¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta,

y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas,

arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo

que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio

estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y

de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable,

que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu

secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque,

humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres

venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de

armas.

Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los

chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos,

y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla

en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los

cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de

los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy

apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como

esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando

hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que

vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese

la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días

genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las

prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán,

con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría.

Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el

martillo!

Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y

bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan,

un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra

de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva

dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para

romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva

le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto!

¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un

terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con

sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las

nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y

Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres

venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta

de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro,

junto a una fuente que borbotea entre helechos.

Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una

esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza,

entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de

Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla

en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan,

miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen,

a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en

su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya

mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes

y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro

Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna,

en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho.

De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto

Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos

seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de

humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta

una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la

caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres,

rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la

choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los

ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto,

sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de

aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna;

el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y

azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que

palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece

y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra

el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y

gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre,

ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas,

porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de

heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro,

bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo

se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la

hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino

encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada

día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!

A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la

dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la

defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo

día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud

o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las

fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es

la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la

calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de

lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar,

ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella

seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y

le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los

peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo

guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas

de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces,

astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán

esta hora creadora!

¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra

Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó

Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando

entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y

serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente,

bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos

que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta

comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el

oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre

en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la

manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase

parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció

del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da

el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con

espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos

del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del

Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia,

la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras

angulares en la construcción de la Humanidad!

¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado

bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y

a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en

pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo,

y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas

Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas;

esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y

agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró.

Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída

cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente

la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y

sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra

Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el

cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina.

Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva;

y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso,

la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus

ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa

con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne

tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas

abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo

de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la

Humanidad!

El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos,

con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán,

arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del

río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar,

pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden

y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos

cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin

descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda

atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito

agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla

de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a

Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles

sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de

algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese

trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no

presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su

cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua

y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que

escriba cuando sea un Profeta!

Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con

una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los

cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un

furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada

delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con

cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al

borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy

mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación

que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de

sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las

pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que

entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la

lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor

que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas

voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar

que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán

chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los

dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este

es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De

ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la

alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño

crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la

lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.

Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva,

errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves,

curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su

choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.

Sucedió que un puñado de esas semillas cayera, por entre sus dedos,

sobre la tierra húmeda y negra, cuando se recogía por el borde de la

fuente. Brotó una puntita verde; después creció una vara; más tarde,

maduró una espiga. Sus granos son gustosos. Eva, pensativa, entierra

otras semillas con la esperanza de crear en torno de su lar, en un

pedazo de su terreno, altas hierbas que frutezcan y le traigan el grano

endulzado y tierno...

¡Y he ahí la siembra! Del fondo del Paraíso, nuestra Madre hace

posibles los pueblos estables que labrarán la tierra.

* * * * *

Entretanto, bien podemos suponer que nació Abel, y, unos detrás de

otros, deslízanse los días en el Paraíso, más seguros y fáciles.

Lentamente vanse apagando los volcanes. Las rocas ya no se despeñan

con fragor sobre la inocente abundancia de los valles. Discurren

tan amansadas las aguas, que en su transparencia se miran, con

demora y cuidado, las nubes y las ramas de los olmos. Raras veces un

Pterodáctilo macula, con el escándalo de su pico y de sus alas, los

cielos, en donde el sol alterna con la bruma, y los estíos se franjan

de lluvias ligeras. En esta tranquilidad que se establece hay como

una sumisión consciente. El Mundo presiente y acepta la supremacía

del hombre. Ya no arde la floresta con la ligereza del rastrojo,

sabiendo que muy pronto el Hombre le pedirá la estaca, la madera, el

remo, el palo. En las gargantas de la Sierra, el viento se disciplina

blandamente, y ensaya los soplos regulares con que trabajará la piedra

del molino. El mar ahogó sus monstruos, y estira el dorso preparado,

que le ha de cortar la quilla. La tierra hace estable su suelo, para

cuando llegue el arado y la semilla. Y todos los metales se alinean en

filón, y se disponen alegremente para el fuego que les ha de dar forma

y belleza.

Por la tarde, Adán toma la vuelta de la choza contento, con caza

abundante. El hogar flamea y alumbra la faz de nuestro Padre, que el

esfuerzo de la vida embelleció, en donde ya los labios se adelgazan,

y la cabeza se llenó con el lento pensar, y los ojos sosiegan, con un

brillo más seguro. El cordero, espetado en un palo, se asa y gotea en

las brasas. Posan en el suelo cortezas de coco llenas de agua clara

de la fuente. Una piel de oso tornó blando el lecho de los helechos.

Otra piel, colgada, abriga la boca de la caverna. En un rincón, que es

el almacén, están los montones de sílex y el martillo, y en otro, que

es el arsenal, están las lanzas y los huesos. Eva tuerce los hilos de

una lana de cabra. Sobre un montón de hojas, junto a la lumbre, duerme

Abel, muy gordo, todo desnudo, con un pelo más ralo en una carnecilla

más blanca. Participando del montón de hojas y del mismo calor, vela

el perro, ya crecido, con el mirar amable y el hocico entre las patas.

¡Y Adán (¡Oh, extraña tarea!) muy absorto, intenta grabar, con la

punta de una piedra, sobre un ancho hueso, los cuernos, el dorso y las

piernas estiradas de un ciervo corriendo!... Estalla la leña. Todas

las estrellas del cielo están presentes. Dios, pensativo, contempla el

crecer de la Humanidad.

* * * * *

Y ahora que encendí, en la noche estrellada del Paraíso, con vástagos

bien secos del Árbol de la Ciencia, este verídico lar, consentid que os

deje, ¡oh Padres venerables!

Ya no temo que la Tierra inestable os aplaste, o que las fieras

superiores os devoren, o que, apagada, a la manera de una lámpara

imperfecta, la Energía que os traje de la Floresta, os retrogradéis

a vuestro Árbol ¡Ya sois irremediablemente humanos, y, mañana por

mañana, progresaréis, con tan poderoso arrojo, para la perfección del

Cuerpo y esplendor de la Razón, que en breve, dentro de unas centenas

de millares de cortos años, Eva será la hermosa Helena, y Adán será el

inmenso Aristóteles!

¡Mas no sé si os felicite, oh Padres venerables! Otros hermanos

vuestros quedaron en la espesura de los árboles, y su vida es dulce.

El orangután despierta todas las mañanas entre sus sábanas de hojas,

sobre el fofo colchón de musgo que él, con cuidado, acamó por encima

de un catre de ramas olorosas. Lánguidamente, sin recelos, desperézase

en la molicie del musgo, escuchando las límpidas arias de los pájaros,

gozando los hilos del sol que se enmarañan por entre el encaje de

las hojas y lamiendo en el pelo de sus brazos el orvallo azucarado.

Después de rascarse y refregarse bien, sube con pachorra al árbol

dilecto, que eligió entre todos los del bosque por su frescura y

por la elasticidad balanceadora de su ramaje. Desde allí, habiendo

respirado la brisa cargada de aromas, salta, con rápidos brincos, a

través de las siempre fáciles, siempre hartas despensas del bosque, en

donde almuerza bananas, mangos, guayaba y todos los delicados frutos

que le tornan tan sano y ajeno a males como los árboles en los cuales

los cogió. Recorre luego sociablemente las calles y las callejuelas

parleras de la espesura; cabriolea con diestros amigos en amables

juegos de fuerza y ligereza; galantea a las orangutanas gentiles que

le buscan, y, suspendidas con él de un columpio florido, se balancean

charlando; trota, entre alegres bandos, por la margen de las aguas

claras, o, sentado en la punta de una rama, escucha a algún viejo y

facundo chimpancé contar divertidas historias de caza, de viajes, de

amores y de mofas a las fieras pesadas que circulan por el césped y

no pueden trepar; se recoge temprano a su árbol y, extendido en la

hojosa red, se abandona blandamente a la delicia de soñar, en un sueño

despierto, semejante a nuestras Metafísicas y a nuestras Epopeyas,

sino que, rodando todo sobre sensaciones reales, es, al contrario de

nuestros inciertos sueños, un sueño hecho todo de certeza. Lentamente,

la Floresta se calla; la sombra adénsase entre los troncos, y el

orangután, dichoso, retorna a su catre de musgo y se adormece en la

inmensa paz de Dios, de Dios, al cual nunca se cansó en comentar,

ni siquiera en negar, y que todavía derrama sobre él, con imparcial

cariño, los bienes enteros de su misericordia.

De esta manera ocupó su día el orangután en los árboles. En tanto,

¿cómo gastó el suyo, en las ciudades, el Hombre, primo del orangután?

¡Sufriendo, por tener los dones superiores que faltan al orangután!

¡Sufriendo, por arrastrar consigo, irrevocablemente, ese mal incurable

que es su alma! Sufriendo, porque nuestro Padre Adán, en el terrible

día 23 de octubre, después de avizorar y olfatear el Paraíso, no

osó declarar reverentemente al Señor: «¡Muchas gracias, oh mi dulce

Creador; da el gobierno de la Tierra a quien mejor eligieres, al

elefante o al canguro, que yo por mí, un poco más avisado, vuelvo ya

para mi árbol!...»

Mas, en fin, ya que nuestro Padre venerable no tuvo la prevención o

la abnegación de declinar la grande supremacía, continuemos reinando

sobre la creación y siendo sublimes... Sobre todo, continuemos usando,

insaciablemente, del don mejor que Dios nos concedió entre todos los

dones, el más puro, el único genuinamente grande: el don de amarle,

pues que no nos concedió también el don de comprenderle. Y no olvidemos

que Él ya nos enseñó, a través de voces levantadas en Galilea y bajo

los mangles de Veluvana, y en los valles severos de Yen-Chou, que la

mejor manera de amarle es que unos a otros nos amemos, y que amemos

toda su obra, hasta el gusano, y la roca dura, y la raíz venenosa,

y hasta esos vastos seres que no parecen necesitar de nuestro amor,

esos Soles, esos Mundos, esas diseminadas Nebulosas que, inicialmente

encerradas, como nosotros, en la mano de Dios, y hechas de nuestra

sustancia, ni nos aman, ni tal vez nos conocen.

[Ilustración]

Adán y Eva en el paraíso · 第 9 / 45 题