I
Adán, Padre de los Hombres, fue creado en el día 28 de octubre, a las
dos de la tarde... Afírmalo así, con majestad, en sus _Annales Veteris
et Novis Testamenti_, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de
Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la Sede de San Patricio.
La Tierra existía desde que se hiciera la Luz, el 23, en la mañana
de todas las mañanas. ¡Mas no era ya aquella Tierra primitiva,
parda y muelle, ensopada en aguas gredosas, ahogada en una niebla
densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y
de un solo retoño, solitaria, silenciosa, con una vida escondida,
apenas sordamente revelada por las sacudidas de los bichos oscuros,
gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo del
lodo! ¡No! Ahora, durante los días genesíacos, 26 y 27, habíase
completado, abastecido y ataviado, para acoger condignamente al
Predestinado que venía. En el día 28 ya apareció perfecta, _perfecta_,
con las alhajas y provisiones que enumera la Biblia, las hierbas
verdes de espiga madura, los árboles provistos de fruto entre la flor,
todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves
volando por el aire sereno, todos los animales pastando sobre las
colinas lozanas, y los arroyos regando, y el fuego almacenado en el
seno de la piedra, y el cristal y el ónix, y el oro de ley del país de
Hevilath...
En aquellos tiempos, amigos míos, el Sol aún giraba en torno de la
Tierra. Esta era moza, y hermosa y preferida de Dios. Aquel aún no se
sometiera a la inmovilidad augusta que, entre enfurruñados suspiros
de la Iglesia, le impuso más tarde el maestro Galileo, alargando un
dedo desde el fondo de su pomar, contiguo a los muros del convento de
San Mateo de Florencia; y el Sol, amorosamente, corría alrededor de
la Tierra, como el novio de los _Cantares_ que, en los lascivos días
de la ilusión, sobre el otero de mirra, sin descanso y saltando más
levemente que los gamos de Gaalad, circundaba la Bien Amada, la cubría
con el fulgor de sus ojos, brillando de fecunda impaciencia. Desde esa
alborada del día 28, según el cálculo majestático de Usserius, el Sol,
nuevo, sin manchas, sin arrugas, sin faltas en su cabellera flamante,
envolvió a la Tierra, durante ocho horas, en una continua e insaciable
caricia de calor y de luz. Cuando a la octava hora resplandeció y huyó,
una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, pasó por toda
la Creación, agitando en un temblor los prados y las frondas, erizando
el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando
el borbotar de los manantiales, arrancando un brillo más vivo de los
pórfidos...
En esto, en una floresta muy cerrada y muy tenebrosa, cierto ser,
desprendiendo lentamente la garra del retoño del árbol en donde
estuviera perchado toda aquella larga mañana de largos siglos, resbaló
por el tronco comido de hiedra, posó las dos patas en el suelo que
el musgo afofaba, se afirmó sobre ellas con esforzada energía, quedó
tieso, y alargó los brazos libres, y dio un paso fuerte, y sintió su
desemejanza de la Animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento
de que _era_, y verdaderamente _fue_. Lo había amparado Dios, y en
aquel instante lo creó. Vivo, de la vida superior, descendido de la
inconsciencia del árbol, Adán se encaminó hacia el Paraíso.
Era horrible; un pelo crespo y lúcido cubría todo su corpulento, macizo
cuerpo, rareando apenas en torno de los codos, de las rodillas rudas,
donde el cuero aparecía curtido y del color del cobre sucio. Del
achatado, arisco cráneo, surcado de arrugas, rompía una melena rala
y rubia, hinchada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas,
en la abertura enorme de los labios trompudos, alargados en forma de
hocico, relucían los dientes, afilados poderosamente para rasgar la
fibra y despedazar el hueso. Bajo los arcos sombríamente hondos, que un
pelo hirsuto orlaba, como un zarzal orla el arco de una caverna, los
ojos redondos, de un amarillo de ámbar, movíanse sin cesar, temblaban,
desmesuradamente abiertos de inquietud y de espanto... ¡No, no estaba
nada bello, nuestro Padre venerable, en aquella tarde de otoño, cuando
Jehová le ayudó con cariño a descender de su Árbol! Y, sin embargo,
en esos ojos redondos, de ámbar fino, aun a través del temblor y del
espanto, brillaba una belleza superior, la Energía Inteligente que le
iba dificultosamente llevando, sobre las piernas encorvadas, hacia
fuera del matorral en donde había pasado su mañana de largos siglos,
saltando y gritando por encima de las ramas más altas.
Ahora bien (si los Compendios de Antropología no nos engañan), los
primeros pasos humanos de Adán no fueron dados, desde luego, con vigor
y confianza, hacia el destino que le esperaba entre los cuatro ríos
del Edén. Entorpecido, envuelto por las influencias de la floresta,
desagarra con trabajo la pata del hojoso suelo de helechos y begonias,
y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le rocían
el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco, pendientes de
los troncos de robles y de teca, en los cuales gozara las dulzuras de
la irresponsabilidad. En el ramaje que tan generosamente le nutriera y
le meciera, a través de tan largas edades, aún coge las bayas jugosas,
los frutos más tiernos. Para transponer los arroyos, que relucen y
susurran por todo el bosque, después de la sazón de las lluvias, aún se
pende de una rama, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y salta,
con pesada indolencia. Y hasta sospecho que cuando el viento bramase
por la espesura, cargado con el olor tibio y acre de las hembras
acurrucadas en las cimas, el Padre de los Hombres dilataría cuanto
pudiese las ventanas de la nariz y dejaría salir del peludo pecho un
gruñido ronco y triste.
Camina... Sus pupilas amarillas, en donde brilla el Querer, sondan,
buscan a través del ramaje, más allá, el mundo que desea y recela, y
del cual percibe ya el sonido violento, como todo hecho de batalla y
de rencor. A medida que la penumbra del follaje clarea, va surgiendo,
dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una choza,
el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las
anima. Esa comprensión rudimentaria solo trajo turbación y terror a
nuestro Padre venerable. Todas las tradiciones, las más orgullosas,
concuerdan en que Adán, en su entrada inicial por las planicies del
Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en romería turbulenta. Y
podemos pensar que, de todas las Formas, ninguna le empavorecía más
que la de esos mismos árboles, en los cuales había vivido, ahora que
los reconocía como seres tan desemejantes de su ser e inmovilizados en
una inercia tan contraria a su Energía. Liberto de la Animalidad, en
camino para su Humanización, el árbol que le había servido de abrigo
natural y dulce, solo le parecía ahora un cautiverio de degradante
tristeza. ¿Todas esas ramas tortuosas, embarazando su marcha, no serían
brazos fuertes que se alargaban para aprehenderlo, empujarlo para
atrás y retenerlo en las cimas frondosas? ¿Ese susurrar de las ramas
de los árboles que le seguía, compuesto del desasosiego irritado de
cada hoja, no era toda la selva, alborozada, reclamando a su secular
morador? Quizá de tan extraño miedo nació la primera lucha del Hombre
con la Naturaleza. Es de creer que, cuando un vástago le rozase,
lo rechazaría con las garras desesperadas. ¡Cuántas veces, en estos
bruscos ímpetus, se desequilibraría, humillando sus manos sobre el
suelo de bosque o roca, otra vez precipitado en la postura bestial,
retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la
Floresta! ¡Y luego qué angustioso esfuerzo para erguirse, recuperar
la actitud humana y correr con los peludos brazos despegados de la
tierra bruta, libres para la obra inmensa de su Humanización! Esfuerzo
sublime, en el cual ruge, muerde las raíces aborrecidas, y, ¿quién
sabe?, tal vez levante ya los ojos de ámbar lustroso hacia los cielos,
en donde, confusamente, siente Alguien que le viene protegiendo, y que
en la realidad le levanta.
De cada una de estas caídas modificantes, nuestro Padre resurge más
humano, más nuestro Padre. Hay ya consciencia, prisa de Racionalidad,
en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo,
despedazando los embarazos, hendiendo la maleza densa, despertando a
los tapires adormecidos debajo de hongos monstruosos, o espantando a
algún oso joven y perdido que, apoyándose contra un olmo, chupa, medio
borracho, las uvas de aquel abundante otoño.
* * * * *
Al fin, Adán, emerge de la Floresta oscura; y sus ojos de ámbar se
cierran vivamente bajo el deslumbramiento en que le envuelve el Edén.
Al fondo de esa colina, donde se para, resplandecen vastas campiñas (si
las Tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia.
Lentamente, a través, corre un río, sembrado de islas, mojando, en
fecundos y explayados remansos, el verdor donde ya tal vez crece la
lenteja y se extiende el arrozal. Rocas de mármol rosado brillan con un
rubor caliente. Por entre bosques de algodoneros, blancos como rizada
espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor mucho más
blanco. Del lado de allá, la nieve corona una sierra con un radiante
nimbo de santidad, y escurre, por entre los flancos despedazados,
en finas granjas que refulgen. Otros montes dardean mudas llamas.
Del borde de ásperos declives, penden perdidamente, sobre inmensas
profundidades, palmeras desgreñadas. En las lagunas, la bruma arrastra
la luminosa molicie de sus encajes, y el mar, en los confines del
mundo, chispeando, enciérralo todo, como un aro de oro.
En este fecundo espacio se alcanza toda la Creación con la fuerza, la
gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, aún caliente de
las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurocos de pelambre rubia,
pastan majestuosamente, enterrados en hierbas tan altas que en ellas
desaparece la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando
con gigantescos venados, entrechocan sus cuernos y vástagos con el
seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea
una mimosa, de la cual van mordiendo, delicadamente, en los trémulos
brotes, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos, reposan
disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les
buscan servicialmente los gusanos.
Cada arremetida de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y
cuernos, y crines. Una enhiesta palmera dóblase toda al peso de una
culebra que se enrosca en ella. A las veces, entre dos peñascos,
rodeada de una profusa melena, aparece la faz magnífica de un león, que
mira serenamente al sol, a la inmensidad radiante. En el remoto azul,
duermen inmóviles, enormes cóndores, con las alas abiertas, entre el
surco níveo y róseo de las garzas y de los flamencos. En frente a la
colina, en un alto, por medio del matorral, pasa lenta una recua de
mastodontes, con la ruda crin del dorso erizada al viento, y la trompa
meciéndose entre los dientes más curvos que hoces.
Vetustísimas crónicas describen así el vetustísimo Edén, que era en
las campiñas del Éufrates, quizá en la morena Ceilán, o entre los
cuatro claros ríos que hoy riegan la Hungría, o acaso en estas tierras
benditas, donde nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de
proezas y mares.
¿Mas quién puede garantir estos bosques y estos bichos, si desde ese
día 25 de octubre, en que estaba inundado el Paraíso de esplendor
otoñal, pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de polvo que
viene a ser nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Lo
único que parece cierto es que, delante de Adán empavorecido, pasó un
pájaro grandísimo. Un pájaro ceniciento, calvo y pensativo, con las
plumas desaliñadas como los pétalos de un crisantemo, que daba saltitos
pesadamente con una pata, irguiendo en la otra, bien agarrado, un
manojo de hierbas y ramas. ¡Nuestro Padre venerable, con la hosca faz
fruncida, en un esfuerzo doloroso para comprender, quedó pasmado ante
aquel pájaro, que, junto a él, bajo el abrigo de las azaleas en flor,
terminaba muy gravemente la construcción de una cabaña! ¡Sólida y
vistosa cabaña, con su suelo de greda bien alisado, vástagos fuertes de
pino y baya formando estacas y vigas, un seguro techo de hierba seca,
y en la pared, una ventana!... Pero, a pesar de todo, el Padre de los
Hombres, en aquella tarde, aún no comprendió.
Se encaminó después hacia el largo río, desconfiadamente, sin apartarse
del límite del bosque amparador.
Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la llanura,
con los puños rijamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va
vacilando entre el apetito de aquella resplandeciente Naturaleza y el
terror de los seres nunca vistos que la llenan y atruenan con tan fiera
turbulencia. Dentro de él borbota, no cesa, la naciente sublime, la
sublime naciente de la Energía, que le impele a desentrañar la crasa
brutalidad, y a ensayar, con esfuerzos que son semipenosos, porque son
ya semilúcidos, los Dones que establecerán su supremacía sobre esa
Naturaleza incomprendida y le libertarán de su terror. Así que, en la
sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses,
pastos, montes nevados, inmensidades radiosas, Adán suelta roncas
exclamaciones, gritos con que desahoga, voces balbucientes, en que
por instinto reproduce otras voces, y gritos, y rumores, y hasta el
llantear de las criaturas, y el estruendo de las aguas despeñadas...
Estos sonidos quedan ya en la oscura memoria de nuestro Padre ligados
a las sensaciones que se los arrancan; de suerte que el aullido
áspero que se le escapa al topar un canguro con su nidada embolsada
en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros
canguros, huyendo de él, se embreñen en la sombría negra de los
cañaverales.
Cuenta la Biblia, con su exageración oriental, cándida y simple, que
al entrar Adán en el Edén, distribuyó nombres a todos los animales y a
todas las plantas, definitivamente, eruditamente, como si compusiese
el Léxico de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya
con sus lentes. ¡No! Eran apenas gruñidos roncos, mas verdaderamente
augustos, porque todos ellos se fijaban en su conciencia, naciente
como las toscas raíces de esa Palabra por la cual verdaderamente se
humanizó, y llegó a ser después, sobre la tierra, tan sublime y tan
burlesco.
Con orgullo podemos pensar, que al descender nuestro Padre al borde del
río Edénico, compenetrado de lo que _era_, ¡y cuán diverso de otros
seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y batía en el pecho sonoro,
y rugía soberbiamente: --¡Eheu! ¡Eheu! Luego, alongando los ojos
relucientes por aquella agua que corría perezosamente hacia allá, ya
prueba exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios, y murmura
con pensativa codicia: --¡Lhla! ¡Lhla!