¡ME HAN MATADO!
¿No sabes lo que me ocurre,
queridísimo lector?
Pues una desgracia enorme,
una desventura atroz.
Soy desde chico un goloso
de los de marca mayor,
y sin duda por lo mucho
que mi estómago abusó,
salen ahora mis doctores
diciéndome á toda voz:
«No comas en adelante
cosas que tengan dulzor
y toma en lugar de azúcar
bicarbonato de sos[3],
y ojo al Cristo, porque es grave
tu presente situación.»
Como madre á quien separan
de los hijos que crió,
como frágil barquichuela
que se queda sin timón,
como gallo que despluman
para echarlo en el arroz,
como joven á quien sacan
quince muelas y un raigón,
ó como órgano que queda
sin fuelle, ó como reloj
que pierde la maquinaria,
¡así me he quedado yo!
¿Ya para mí qué es la vida?
Una desesperación.
¿Se me antoja un pastelillo?
Tengo que exclamar:--¡Horror!
Y en lugar de aquellas cremas
da feliz recordación,
tengo que comprar guindillas
ó mojama ó coliflor.
¿Crees que puedo llevar trajes
de lana _dulce_? Ya no.
Ni admito ya de mis novias
dulces miradas de amor,
ni tengo la buena _pasta_
que siempre me distinguió,
ni me como _como enantes_
diez duquesas de un tirón.
Nada de hablar en _finústico_
ni de vestir _comme il faut_:
¡ser un chico _almibarado_
sería mi perdición!
El busto del general
Dulce, que en un velador
de mi casa está, lo tiro
mañana por el balcón.
Y voy á romper las cartas
de mi prima Leonor,
porque es monja _capuchina_,
y á quitarle á mi _chapeau_
las alas _abarquilladas_.
¿Yo barquillos? ¡No, por Dios!
Estos doctores ilustres,
con el deseo mejor,
me han hecho á mí la... receta
de una manera feroz!
En fin, para que conozcas
lo grande que es mi temor,
yo, que siempre le he pedido
una muerte dulce á Dios,
hoy le retiro mi ruego,
pues sé que, en mi situación,
si tengo una muerte _dulce_...
¡me voy á poner peor!