QUE HUBIERE COMIDO

Así como me tomé la libertad de ofrecerte en las primeras páginas de

este trabajo y á guisa (ó más bien á guiso) de prólogo unas cuantas

advertencias para antes de comer y durante la comida, aquí debería yo

cerrar mis desahogos culinarios con otras tantas observaciones

higiénico-sociales relativas á lo que debes hacer después de haber

comido. Pero la falta de espacio por un lado y lo delicado del asunto

por otro, me impiden cumplir contigo como quisiera, limitándome á darte

este par de consejos de última hora:

No te dediques á trabajos intelectuales ni materiales después de haber

comido. Antes, tampoco.

Si se te hace penosa la digestión de la comida, no quieras procurarte el

alivio con lomo adobado, sino con magnesia efervescente, á no ser que lo

que te dé guerra sea tinta de calamares, pues en este caso no hay nada

como las empanadillas de papel secante.

Ignoro si existe disposición alguna eclesiástica, civil ó militar que

determine con fijeza el tiempo que los residuos alimenticios han de

permanecer formando parte de nuestro ser por la parte de adentro. Así,

pues, haz respecto á este punto aquello que buenamente puedas, dejando

llegar los acontecimientos por sus pasos contados, siempre que una

demora excesiva no te obligue á hacer lo que los delegados de la

autoridad en los _meetings_ tumultuosos: desalojar el local por medios

violentos, para lo cual suele hacer falta Dios y _ayuda_, y acaso las

penas del _purgatorio_.

Antes de poner el punto final (porque después no sería posible) voy á

decir dos palabras, sólo dos palabras, respecto al _aprovechamiento de

las sobras_, cosa de suma importancia en las casas particulares, aunque

no tanto como en los establecimientos públicos.

Casi todos los residuos de las buenas comidas son aprovechables; y hay

cocineras, y aun señoras apañaditas, que hacen con ellos verdaderas

diabluras en alas de la más laudable economía.

Al día siguiente de celebrado un banquete, son de rigor las tan

renombradas croquetas ó las no menos aplaudidas albóndigas, que llevan

al ánimo del comensal gratos recuerdos del pasado festín ó amargas

remembranzas de la indigestión á que tal vez dió lugar.

La ropa vieja, la menestra complicada, la tortilla misteriosa y el arroz

con incrustaciones indescifrables, son platos impuestos por el furor

_aprovechatorio_ de las señoras arregladas.

Á muchas personas les repugna comer en las fondas por temor de que en el

_menu_ figuren manjares usados. Y figuran con desconsoladora frecuencia.

En nuestros domicilios tampoco es conveniente arrojar á la basura los

sobrantes de las comidas con el fútil pretexto de que ya han servido una

vez, cuando puede hacerse con ellos, disfrazándolos convenientemente,

variados platos de fantasía.

Pero no hay que sacar de quicio las cosas, como cierta señora que sólo

con el caparazón de un pollo simpático y las raspas de una merluza

distinguida quiso hacer un soberbio timbal de macarrones, y no pudiendo

lograrlo, se conformó con aplicar aquellos ingredientes á la confección

de unos bollos para tomar el chocolate, que, según su autora, la

supieron á gloria, pero que al día siguiente se la llevaron á la tumba

fría, en unión de una criada y un gato, copartícipes del famoso arreglo.

Con esto, lector querido, y con desear que no se te indigesten las

presentes páginas, tan desprovistas de sal, doy fin á mi trabajo, te

saludo y me retiro modestamente por el foro.

Cocina cómica: Recetas de guisos y postres, poesías culinarias, y otros excesos · 第 103 / 118 题