Después de encomendarse á las once mil vírgenes, se cría con mucho
cuidado y no menos leche una ternera de buena familia. Se la ceba, se la
hace exhalar el postrer suspiro, cuando menos lo espere, y se la
descuartiza con exquisita amabilidad.
Al propio tiempo, y en establo aparte, se cría con gran solicitud un
abadejo nacido en cuna humilde, si que también húmeda. Igualmente se le
ceba, se le decapita, cortándole la cabeza, y se le baña en agua de
rosas, después de sacarle la raspa, pero sin tirarla, porque luego puede
aprovecharse para hacer tortilla á las finas raspas.
Á los mencionados trozos de ternera se les pica severamente, y se les
mezcla en un periquete con perejil vegetal, comino rústico y nuez
amoscada, formando con todo ello una cataplasma muy apreciable.
Previamente se habrán puesto á la lumbre unas parras pequeñas
(parrillas, que decimos los cocineros cultos), y cuando rompen ellas á
cocer se las cubre con tocino de bacalao, dividido en trozos del tamaño
ordinario de las medias suelas. Encima de cada trozo se coloca una
pellada de picadillo de la ternera, y encima otra suela de bacalao á
modo de tapadera y con sus bisagras correspondientes.
Se churruscan estos paquetes mixtos, que tanto gusto dan á los
aficionados á promiscuar, y se les da la vuelta con la mano izquierda
(para no achicharrarse la derecha) hasta que queden doraditos.
En seguida se trasladan por su pie á una fuente más ancha que mi
conciencia y más larga que mis alcances, aunque no tan honda como mis
penas. Y una vez la fuente sobre la mesa, los comensales son muy dueños
de tomar ó dejar el contenido de aquélla, debiendo preferir dejarlo, si
quieren seguir caminando por el sendero de la vida.
El inventor del bacalao de ternera fué un padre agustino que había sido
cocinero antes que fraile, y se lo estuvo poniendo á su comunidad todos
los viernes de cuaresma, hasta que cierto día, cantando las tinieblas,
falleció á consecuencia, precisamente, de un cólico miserere. O
miserable, como dice mi portera.