Primero hay que dirigirse á una confitería decente, pedir bizcochos de
soletilla y pagarlos (si se puede).
Una vez comprados los bizcochos y puesta á la lumbre una apreciable
sartén provista de manteca de vacas reformistas, se prepara una crema
clara con vistas á natilla espesa, y no decimos cómo se hace ésta porque
desde el presidente del Consejo de ministros hasta el golfo más modesto,
saben lo que es una natilla, cuántos son sus componentes y cuál su
importancia en la sociedad.
Pues bien, la parte inferior ó plana de cada bizcocho, puesta hacia
arriba, se cubre honestamente con una cataplasma de crema, la cual se
abriga con otro bizcocho que colocado encima le sirve de tapadera
inamovible.
Dispuestos los bizcochos por parejas como los guardias de seguridad
(aunque con la diferencia de que á éstos no les une crema ninguna), se
van echando en la ya mencionada manteca líquida y allí se fríen. ¡Qué
menos se puede exigir á unos bizcochos flotantes!
Según van estando fritos se trasladan de la sartén á la fuente y de la
fuente al plato y del plato á la boca.
Los bizcochos fritos constituyen un postre muy agradable, como podría
confirmarlo, si viviera, el emperador Carlo-Magno, que los comía, según
cuenta la historia, siempre que realizaba alguna conquista, y le
agradaban tanto, que no sólo se chupaba los dedos, sino que obligaba á
todos sus soldados á que se los chupasen.