Se ponen seis huevos, pudiendo encargar de ésta operación preliminar á
una ó más gallinas complacientes.
Se baten las seis yemas con encarnizamiento en una vasija modesta, y en
otra de mayores pretensiones se baten desesperadamente las seis claras
que habían vivido dentro del cascarón en compañía de las susodichas
yemas.
No se dará reposo á las claras hasta que dejen de ser claras para ser
espesas; y por su parte las yemas no se darán por satisfechas hasta que
estén en cinta, ó formen cinta.
Á las claras se las bautizará con ron; y tanto con ellas como con las
yemas se irá mezclando azúcar, que será recibida en el seno de unas y
otras como dulcísima y copiosa nevada.
En media taza de agua, ó mejor dicho en una taza completa, pero llena de
agua en su mitad inferior (no en la superior), se disuelve cola de
pescado (que no esté frito).
¿Cuánta cola? Una onza. (Ya ha habido quien ha entendido que la onza
eran 16 duros de cola y ha tenido con ella para encolar á todos sus
parientes.)
Se disuelve la cola en el agua, meneándola como un perro lo hace cuando
está satisfecho de su suerte.
Se incorporan las yemas á las claras en la vasija _do aquestas yacen_ y
se las mueve hasta producirlas vértigos.
Después de bien trabadas, se les añade la cola sin dejar el movimiento,
y en un molde untado previamente con una cosa que acaba _en ina_ (no
recuerdo si glicerina ó hemoglobina, ó estricnina), se echa la masa,
encargándola mucho que no se salga de allí hasta que llegue la hora de
volcar el molde en una fuente, y no de vecindad.
Este plato tiene la ventaja de que no necesita lumbre para su
confección, en lo cual se parece mucho á la ensalada de lechuga.
Tiende este postre á ponerse correoso con el transcurso del tiempo. Así
es que si se deja de un día para otro, al tomar uno su ración de Waleski
parece que lo que uno se come es un par de guantes en mediano uso, ó una
zapatilla en dulce.
Por eso lo mejor es comerlo pronto... y que siente bien.