--Ruperta, ¿quién ha llamado?
--Un mozo.
--¿Qué quiere?
--Trae
un cesto lleno de cosas
de la plazuela del Carmen.
--Pues coge el cesto y conmigo
vente á la cocina á escape.
Tú no haces bien la paella
y hoy me propongo enseñarte.
--¿Usted sabe hacerla?
--¡Digo!
Mejor que el Cid. ¿Tú no sabes
que el primo de la nodriza
de un hermano de mi padre
pasó en Valencia dos meses?
--Sí lo sé.
--Pues no te extrañe
que yo tenga las paellas
en la masa de la sangre.
Vamos á empezar. Primero
dame esa cazuela grande.
--Tome usted.
--Bueno. Ahora llénala
de arroz.
--¿Hasta arriba?
--Casi.
Acércame la aceitera.
--Tenga usted.
--Bien. Ahora sácate
de ese cesto que han traído
los dos pedazos de carne,
las almejas, la gallina,
seis cebollas, dos tomates,
cuatro morcillas enteras,
seis ó siete calamares,
diez cangrejos y un pedazo
de mero, sin olvidarte
de echar el hígado encima.
--¡Ya lo creo! ¿No he de echarle?
--Prepáralo bien; revuélvelo
en la cazuela, y añade
caracoles, longaniza,
jamón, aceite, vinagre,
menudillos, zanahorias,
alcachofas y guisantes.
--¡Qué atrocidad! ¿Y no echamos
un poco de chocolate?
--No; déjalo, que ello cueza
sobre la hornilla bastante.
Mientras me lavo y me peino,
del fogón no te separes,
y echa un ojo á la cazuela
para evitar un desastre.
--¿Que eche á la cazuela un ojo?
¡Señora, no puedo echarle!
--¿Por qué no puedes, Ruperta?
--¡Señora, porque no cabe!