Se dirige uno á un charco donde existan ranas inocentes, y procurando no
pescar un reúma, pesca uno dos docenitas de los mencionados cuadrúpedos,
valiéndose de un medio adecuado al caso, bien sea el anzuelo, ya la
dinamita, ora las reflexiones amistosas, y así que uno se ha hecho dueño
y señor de las ranas, las conduce á la cocina para sacrificarlas, sin
escuchar sus justísimas protestas.
El guiso más común de las ranas es el frito con naranja y pimienta. Pero
es más recomendable prepararlas en forma de albondiguillas, de la manera
siguiente: Se coge á la rana cuidando de no hacerla cosquillas, y se le
quita los huesos, pues de quitarla el pellejo ya se encargan sus vecinas
de charco. Se pica la carne de las piernas (la restante ni se pica ni se
corre, merece el más profundo desprecio) y se sazona con especias, pan
rallado, sal, yemas crudas y caldo de garbanzos con manteca. Una vez
sazonada, hay que procurar que no se desazone.
Debe procederse á la confección de las albondiguillas con el mayor aseo
posible, un cuarto de hora antes de servirlas, según unos; quince
minutos, según otros. Se les da un tamaño regular, es decir, mayor que
el de los perdigones, pero menor que el de las bolas del puente de
Segovia, y se las cuaja (según la receta original) con «llema de uebo y
cumo del y Món».
Hay muchas personas que sienten repugnancia ante la consideración de que
van á comer bactracios, y antes se llevarían á la boca las ancas de
todos sus parientes que las de una sola rana. Mejor dicho: les pasa lo
que á algunos individuos, que no aguantan ancas.
Pero, escrúpulos aparte, lo cierto es que las ranas con el guiso
referido resultan exquisitas, y prueba de ello es que Alcibiades y
Temístocles no pedían á sus asistentes otro desayuno que ancas de rana
griega.
No sé quién será el inventor del expresado guiso; pero bien puede
asegurarse que no debía de ser rana.
_Poesías culinarias._