En primer lugar hay que llegarse á un criadero de faisanes y coger uno
de los mejorcitos; porque si bien es cierto que se puede comprar,
también lo es que en esto de las aves muertas cabe que le endosen á
cualquiera un mochuelo que se haya disfrazado de faisán in artículo
mortis. Después hay que comprar trufas de toda confianza, porque también
las venden apócrifas, hechas con pedacitos de paño negro de tumbas.
Pues bien, con estos elementos, después de haber desplumado y soflamado
al faisán y de haberle desalquilado el buche, se le rellenará con trufas
cocidas y luego se le coserá la piel del buche, valiéndose para ello de
una máquina Singer.
En una cacerola honrada y sobre un casto lecho de lonjas de tocino,
colóquese al difunto relleno y distribúyase á su alrededor una bizarra
guarnición formada por cuadraditos de ternera, de jamón crudo y de otras
menudencias.
Añádanse, á guisa de acompañamiento, dos zanahorias vegetales, dos
cebollas con mecha (ó sea mechadas), clavo, pimienta, sal, caldo y vino
Blanco de Filipinas.
Esto se deja cocer á fuego lento, pero continuo, durante una hora, con
lumbre también sobre la tapadera, aun cuando este último requisito puede
suprimirse si la cocinera tiene buenos ojos, pues bastará que ella esté
dirigiendo ardientes miradas á la tapadera mientras dure la cocción.
Terminada ésta, se decreta la traslación del faisán á una fuente seca y
se sirve á la mesa, ó mejor dicho, á los comensales.
El faisán trufado es manjar sumamente sano. Por lo menos, conocemos
poquísimos barrenderos, cesantes y golfos á quienes haya hecho daño.