Pueden también emprenderse otras muchas faenas en los pueblos, y los

factores no se descuidarían en aprovecharse de las proporciones del

país. El corte de maderas y remisión de ellas a Buenos Aires; la

construcción de embarcaciones, así para venderlas en Buenos Aires como

para trajinar con ellas por los ríos, trasportando las haciendas; los

beneficios de yerba en los yerbales silvestres del Paraná y Uruguay, así

por tierra como por agua; las vaquerías a los campos del ganado alzado,

y otras muchas que se practican y se han practicado siempre.

También pueden inventarse otras nuevas faenas que ofrecen tantas o

mayores ventajas como las ya establecidas y conocidas: el cultivo y

beneficio del añil, de que hay ejemplar de haberse beneficiado muy bueno

en los pueblos, y tengo noticia se beneficia en el Paraguay por un

particular con bastante utilidad suya; ya harina de mandioca, conocida

por _fariña de páo_ entre los portugueses, y su almidón, que ambas

especies se estiman y consumen mucho en Buenos Aires, y que es cosa

facilísima el fabricarlas y abundantísima la mandioca en estos pueblos.

El arroz también ofrece mucha cuenta, en construyendo ingenios para

limpiarlo, y una infinidad de menudencias que ayudarían al aumento del

comercio, ocupaciones y utilidades de los indios.

El cultivo y beneficio del tabaco, así el negro como el que llaman

colorado, ofrece en estos pueblos crecidísimas ventajas. Este ramo, que

en el estado presente no es posible adelantarlo, si se extinguieran las

comunidades podía ofrecer muchos aumentos; es la siembra y cultivo del

tabaco facilísima a cualesquiera particular que esté dedicado a la

agricultura, pero el beneficiarlo después de recogida la hoja es penoso

a los que no tenían libertad, tiempo y proporciones para ello, y mucho

más el beneficio del tabaco negro para el que son necesarios muchos

aperos. Al mismo tiempo serían embarazosas a la factoría las crecidas

siembras, cultivo y recogidas del tabaco, pero sería fácil el

beneficiarlo después de recogidas las hojas; y así lo que convendría era

que los indios, y cualesquiera otros particulares, hiciesen las siembras

en sus mismas chacras y comprarles la hoja en recogiéndola sazonada,

pagándosela de contado al precio que se regulase, de modo que le quedase

una moderada utilidad a la factoría, a la que, con los aperos

correspondientes, le sería facilísimo el beneficiar crecidas porciones

de tabaco negro y colorado, aplicando a cada clase el que fuese mejor

para ella. De esta forma era preciso creciesen los acopios, pues, por

poco que cada indio sembrase, como ellos son muchos, teniendo libertad

para trabajar en los terrenos tan fértiles, se harían buenas cosechas,

las que se acrecentarían con las siembras que por su parte hiciese la

factoría, que también convendría las tuviese.

Las siembras de todos los frutos de abasto, como son trigo, maíz y toda

clase de menestras, las verificarían los indios, como que están

acostumbrados a hacerlas, y a ellos se las compraría la factoría para el

abasto del pueblo. Bien es que, si fuese preciso o útil, también podía

hacerlas la factoría.

Para mantener todas estas faenas, o aquellas que más cuenta ofreciesen,

se deberían conchabar los indios que fuesen precisos para peones,

aplicando a los muchachos y viejos a las ocupaciones en que ellos

pudiesen dar cumplimiento. Estos peones deberían ser voluntarios, y se

les habría de pagar semanalmente, regulándoles un jornal muy moderado,

que en mi inteligencia bastaría para que no faltasen peones y que

trabajasen con empeño, el que a los más trabajadores y aplicados se les

regulase a 6 reales por semana, a 5, 4 y 3 a los de menos actividad,

graduando la de cada uno; dándoles a todos una abundante comida al

mediodía, y a los muchachos, muchachas, viejos y viejas bastaría el que

les alcanzase el jornal a vestirse y alimentarse.

Aunque por la inclinación que conozco en todos estos indios a

conchabarse y ganar jornal no me queda duda de que no faltarían cuantos

peones necesitase la factoría para sus faenas, antes por el contrario,

considero que tendría la factoría precisión de entablar otras para

ocuparlos a todos; si mi concepto saliese errado en esta parte, y los

indios se aplicasen más a sus labores particulares que a conchabarse en

la factoría, ningún inconveniente se seguiría de que la factoría

redujese sus faenas sólo a las más útiles y precisas, y que para éstas

se obligasen semanalmente y por turno los peones necesarios, pagándoles

sus jornales; y esto en caso de no haber indios desaplicados, pues,

habiéndolos, a éstos y no a otros se debían precisar a trabajar, como a

gente ociosa y vagabunda.

Será cosa muy conveniente que el factor pueda conchabar, y conchabe,

cuantos españoles se presenten, o puedan hallarse, para peones de las

estancias, faenas de yerbales, beneficio de tabaco y para todas las

ocupaciones que tenga a bien destinarlos, para que, mezclados con los

indios en el trabajo, les enseñen y animen a trabajar; y así mismo

convendría el conchabar algunos de estos españoles para capataces de las

varias faenas que se emprendiesen, aunque estos últimos se deberían

admitir con aprobación del gobierno, y no de otro modo.

Al fin de cada semana se deberían hacer los pagamentos de los jornales

que hubieran devengado los peones en toda la semana, según las papeletas

que les diesen los capataces, que deberían ser arregladas a la

asistencia y aplicación que cada uno hubiese tenido aquella semana.

Todos los acopios que se hiciesen de frutos o efectos deberían ponerse

semanalmente en los almacenes de tres llaves con intervención del

corregidor y mayordomo, y aun del cabildo, si se tuviese por

conveniente, asentando en un libro, que debería existir dentro del mismo

almacén, las entradas, firmando todos en él, practicando lo mismo con

las salidas, que así unas como otras deberían hacerse por mayor en los

almacenes; y el factor y mayordomo deberían tener libros particulares en

que anotar las mismas partidas, como asimismo un diario en que apuntasen

las partidas pequeñas que en el discurso de la semana se fueran

acopiando o expendiendo, para que así constase con claridad la pureza de

este manejo.

Dentro de la casa principal debería destinarse una pieza a propósito

para poner en ella una tienda o pulpería a cargo de algún español o

indio a propósito asalariado, en la que se vendiese de toda clase de

comestibles y menudencias de diaria necesidad, entregando por cuenta

todo lo que allí se había de vender, y recogiendo cada sábado el dinero

que rindiesen las ventas de la semana, el que asimismo debería colocarse

en el almacén en caja de tres llaves, que debería haber con libro en

ella de entradas y salidas de dinero, con las mismas formalidades que el

de los frutos y efectos; y cada cuatro meses, o cuando el factor tuviera

por conveniente, tomaría cuentas finales de esta pulpería para conocer

el estado de ella y de su manejo, avisando de sus resultas al gobierno.

Para que esta pulpería estuviese surtida de todo, debería cuidar el

factor, por su parte, y hacer que cuidase el mayordomo, de que todo el

sebo de las reses, así de las que se matasen en las estancias como en el

pueblo, sirviese para velas que se pusiesen allí, como asimismo la grasa

de ellas. Que se amasase pan, que no faltasen menestras, maíz y demás

comestibles que produce el país y consumen los indios, como asimismo

sal, azúcar, miel, jabón, de modo que nada les faltase de cuanto pudiera

ofrecérseles, a excepción de bebidas fuertes, que éstas deberían

prohibirse enteramente, como lo están por las leyes.

Para que los precios de las ventas que se hiciesen en estas pulperías al

menudeo no fuese arbitrario a los factores ni pulperos, deberían

dárseles por el gobierno aranceles, arreglados a los precios que

estuviesen establecidos por otros aranceles, para las compras que

hubiera de hacer la factoría a los indios; de modo que vendiendo al

menudeo no pudiera excederse de 25 o 30 por ciento el aumento de precio

de aquél a que se había comprado, y vendiendo por mayor sólo la mitad

del de menudeo.

El abasto de carne debería estar a cargo de otro español o indio,

arreglado de forma que cada res de buen tamaño dejara de utilidad a la

factoría un peso de plata, y el valor del cuero para gastos de

manipulantes y pastores.

Sería cosa conveniente y muy precisa que los almacenes estuvieran

surtidos de ropas adecuadas para estas gentes, así de las que se llaman

de Castilla como de las del país, procurando que en las fábricas de

lienzos de los pueblos se trabajasen listadillos, y todos aquellos que

usan y apetecen los indios; como asimismo el que no faltasen frenos,

espuelas y cuantas menudencias se sabe les son de utilidad, y procurando

no introducir cosas inútiles y superfluas; y solamente los sábados, y

con asistencia del corregidor, mayordomo y algunos de cabildo, se

deberían abrir los almacenes y verificar venta de estos efectos que no

son de diaria necesidad, y su importe depositarlo allí mismo en la caja

de tres llaves en la forma que queda dicho, y con separación de otras

partidas. A estos efectos pudiera cargársele de aumento, sobre el

principal costo de Buenos Aires, un 40 o 50 por ciento, para que así

sufragasen los costos de conducción, averías y menoscabos que pudieran

sufrir, y las alcabalas que debían pagar, y que dejasen una buena

ganancia, para que ésta sirviese en utilidad del común, en los fines y

términos que después se dirá.

A ningún español o indio, establecido o empleado en los pueblos, debería

permitírsele el que introdujera efectos para vender, ni aun los de su

preciso uso, pues todos deberían comprarlos a la factoría; pero a ésta

le sería permitido el venderlos con las licencias necesarias a los

particulares que de fuera de la provincia viniesen a comprarlos para

extraerlos, aun rebajando algo del precio en que regularmente se

vendieran al menudeo a los establecidos dentro de ella, para aumentar

así el ramo de comercio, y por consiguiente las utilidades de la

factoría.

Al mismo tiempo que la factoría y factor deberían dar jornal y ocupación

a todos los que lo pidiesen, y obligar por medio de las justicias a que

trabajasen los ociosos, deberían también comprar a los indios, y aun a

los españoles avecindados, cuantos frutos y efectos adquiriesen con su

trabajo e industria por los precios que el gobierno hubiese establecido,

aun cuando no le resultase utilidad ninguna de la venta que de ellos

hubiese de hacer; pues sería cosa muy conveniente que todos tuviesen

asegurada la venta del producto de su trabajo. Bien es que el gobierno

tendría cuidado de poner ínfimos precios a los frutos y efectos poco

necesarios, para separar a los indios de la aplicación a cosas inútiles,

inclinándolos a las útiles por medio de los mejores precios y utilidades

que les rindieran, como se dirá cuando se trate del gobierno.

Al cargo del mayordomo estaría, con la intervención, dirección y cuidado

del factor, el comprar diariamente cuantos frutos y menudencias le

llevasen a vender los indios, pagándoles de contado a los precios

establecidos, para lo cual debería tener en su poder algún dinero de que

se le tomaría cuenta al fin de la semana, recibiendo y almacenando lo

que hubiese comprado, y entregándole el dinero suficiente para la semana

siguiente. Este mismo mayordomo debería comprar y pagar el hilo que las

indias hilasen y quisiesen vender, arreglando los precios según sus

calidades, que en mi inteligencia debía pagárseles a 3 reales la libra

de pabilo, a 4 la de hilo para lienzo grueso, a 7 el de mediano, a 12 el

de fino y a 16 el superfino, y venderlos en la pulpería a medio real la

libra de algodón en rama, o a 10 reales la arroba, en el supuesto de que

se les compraría a 8 reales la arroba del que quisiesen vender de sus

cosechas.

El hilo que se acopiase podría destinarse para lienzos según sus

calidades, pagando a los tejedores su trabajo, según las varas y

calidades de las piezas.

El factor debería tener atahona para que todos los que quisiesen moler

trigo tuvieran dónde hacerlo, sin más paga por la molienda que la que se

considerase suficiente para mantener peones, mulas y composturas de

atahonas; y así mismo tendría trapiches, y todos utensilios para moler

la caña y beneficiar la miel y azúcar; y, en fin, tendría todas aquellas

oficinas que no es fácil las costeen los pobres, y que por falta de

ellas o no siembran ni plantan aquellos efectos, por la imposibilidad de

beneficiarlos, o los pierden, por falta de ellos.

También deberían mantener inmediatos a los pueblos una buena porción de

bueyes para alquilarlos a los que los necesitasen para sus labranzas,

fuesen españoles o indios; bien es que a éstos se les arreglaría un

precio moderado que sólo sufragase el menoscabo de los bueyes y salarios

de pastores.

A ninguno debería dársele nada de balde, pudiendo trabajar, para que así

cada uno procurara tener bueyes, caballos y todo lo necesario para

ahorrarse de tener que pagar alquileres.

En poder del factor no debería extinguir ni por un solo día dinero, ni

cosa alguna que perteneciese a la factoría, pues todo habría de

almacenarse bajo de las tres llaves dichas; y entre tanto se verificaba

al fin de cada semana, que permaneciese en poder del mayordomo y demás

destinados al manejo, y que el factor cuidase de la conducta de éstos, y

de tomar las cuentas semanalmente como queda dicho.

Tampoco se le debería permitir al factor, ni a ningún otro de los

empleados, el tomar de la pulpería, carnicería ni almacenes cosa alguna

con pretexto de suplemento, ni al fiado para el gasto diario, pues toda

lo había de comprar al contado, y si tenía alguna necesidad, con la

orden del gobierno y formalidades necesarias se les podía socorrer en

dinero a cuenta de la parte de utilidad que en el ajuste de cuentas le

correspondiese; ni tampoco habían de servirse de bueyes, caballos ni

otros aperos de la factoría en sus fines particulares, si no es pagando

de contado los alquileres de todo.

Deberían suprimirse y venderse, a beneficio de la factoría, todos los

muebles y utensilios de cocina y refectorio, sin dejar otros muebles que

los precisos para alhajar y adornar las casas capitulares, cuanto de

hospedería del gobernador y algunos otros de esta clase; y estos muebles

tenerlos y conservarlos como consejiles, destinados para ornatos de los

mismos pueblos.

Los frutos comerciables sobrantes de los pueblos se deberían remitir por

los factores a los parajes en que pudieran tener mayor beneficio en su

venta, particularmente a la capital de Buenos Aires, para que los

vendiesen a beneficio de la factoría y les remitiesen con su producto lo

que pidiesen; y para que este giro fuese ventajoso y no estuviese

expuesto a perjuicios e inconvenientes, me parece debía establecerse en

esta forma.

Por la Junta superior de propios y arbitrios de Buenos Aires, o por

quien la Superioridad tuviese por conveniente, pudieran nombrarse en

aquella ciudad tres o cuatro sujetos de calidad, y con las fianzas

convenientes, para apoderados de los pueblos, habilitándolos para que

pudiesen recibir encomiendas de ellos; y que a éstos y no a otros

dirigieran los factores las haciendas de sus respectivos manejos, pero

dejándoles la libertad de elegir de estos apoderados aquel que

quisieren, y la de remover las encomiendas cuando lo considerasen útil a

sus intereses, sin necesitar de pruebas, como tampoco las necesitarían

los mismos apoderados para excusarse a recibir las encomiendas cuando no

les acomodase el recibirlas, así como se practica entre comerciantes. Y

que estos apoderados estuviesen dependientes y sujetos a los respectivos

pueblos de quien tuviesen encomiendas, para arreglarse a sus

disposiciones, rendir las cuentas cuando se las pidieran y todo lo demás

concerniente al manejo que administraba, entendiéndose sin perjuicio de

las disposiciones y reglas que tuviese a bien darles la Superioridad, y

demás que expresaré cuando trate del gobierno político de estos pueblos

y modo con que los factores deberían rendir sus cuentas.

Con esta providencia se conseguiría el que los apoderados, por conservar

las comisiones que ya tuviesen, y por adquirir otras más que pudieran

agregárseles de otros pueblos, procurarían ser puntuales en el desempeño

de sus cargos, dando el mejor valor a los efectos que se les remitiesen,

y comprando con la posible equidad lo que se les pidiese; y asegurarían

la confianza de los naturales y factores con el cotejo que harían de las

ventas y compras de unos y otros apoderados, lo que jamás podrán hacer

siendo uno solo como lo ha sido hasta ahora el que administre sus

haciendas, evitándose también el perjuicio que se seguiría de que cada

pueblo tuviese su apoderado particular, como algunos han opinado, en lo

que concibo mayor perjuicio que en que haya uno solo.

Para que todas estas cosas se observasen con igualdad y puntualidad en

todos los pueblos, era preciso formar una instrucción, en que

menudamente con claridad y método se arreglase el gobierno económico de

cada pueblo, y que sirviese de ordenanza a los factores y demás

empleados en este manejo, la que, en caso necesario, me sería fácil de

formar, mediante la práctica y conocimiento que tengo de cuanto se

practica y puede practicarse.

Arreglado y puesto en práctica el método propuesto, serían en mi

concepto infalibles las favorables resultas, así para la factoría como

para los indios, pues tenían seguros los jornales, y dónde proveerse en

todas sus necesidades, los que no tuviesen labranzas propias, y los que

las tuviesen la seguridad de vender todos sus frutos a un precio fijo y

determinado; y la factoría la seguridad de unos crecidos aumentos en

todos los ramos que beneficiase, no quedándome duda que en un pueblo de

medianos fondos y proporciones no bajarían de 8 a 10.000 pesos las

utilidades anuales, aun considerados a los principios y con solas las

faenas presentes, lo que evidenciaré a usted con el siguiente tanteo.

En un pueblo cuyas estancias tengan 20.000 cabezas de ganado vacuno, no

baja el procreo de 4.000 de yerra al año; y teniendo, como todas tienen,

crías de yeguas y de mulas, producen también el aumento de las crías; de

modo que tengo bien averiguado que, rebajando las que se mueren,

pierden, roban, consumo anual de estancias, y computando jornales de

peones y capataz, pasa de 3.000 pesos el valor del aumento anual en una

estancia como la propuesta.

En un pueblo que tenga 1.200 almas entre chicos y grandes, no baja el

consumo anual de 2.500 cabezas de ganado; y aunque no regulemos sino

2.000, considerando las restantes para dar de comer a los peones que

trabajaren por cuenta de la factoría, y consideremos un peso de utilidad

en cada una, según lo que dejo dicho, son 2.000 pesos.

Por limitadas que sean las ventas en la pulpería de los efectos de

consumo diario, habiendo de proveerse de allí todos los del pueblo, y no

siendo dable que teniendo dinero de los jornales dejen de comprar lo que

apetezcan, pueden computarse las ganancias de este ramo, cuando menos,

en 1.000 pesos al año.

Aunque los yerbales de cultivo de los pueblos están bastante

deteriorados y son cortas las cosechas, sin embargo siempre podemos

regular en 500 pesos su producto anual, después de rebajados los

jornales que pueden emplearse en cultivarlos y beneficiar la yerba.

La cosecha de algodón puede cómodamente producir lo mismo que la yerba,

y aun excederles en mucho, siempre que se ponga un poco de aplicación.

El plantío y beneficio del tabaco, así torcido como enmanojado, es un

renglón de mucha utilidad, y beneficiándolo como queda dicho puede

asegurarse, sin riesgo de equivocación, que pasarían de 1.000 pesos las

utilidades que rindiera.

Los tejidos de lienzos, en un pueblo del número de gentes expresadas,

suben en el día a 16.000 varas, sin contar casi otras tantas que

particularmente tejen para vestirse suyo propio; conque, aunque no

contemos sino las mismas 16.000 varas, y en ellas medio real de utilidad

en cada vara para la factoría, son 1.000 pesos.

El consumo de efectos traídos de Buenos Aires, para vender a los indios

en los términos dichos, me parece no bajaría de 4.000 pesos de principal

anuales, a lo menos pasado uno o dos años, los que, cargándoles un

cincuenta por ciento, producirían en la venta 6.000 pesos, y de ellos

2.000 de utilidad, y considerando que los gastos de comisión de compra,

conducción y alcabalas ascendiesen a 500 pesos, quedaban libres 1.500.

Aunque en los pueblos hay otros muchos ramos de que sacar utilidad, como

son los beneficios de yerba en los montes, las vaquerías, el corte y

remisión de maderas, el beneficio de la azúcar y miel, el del añil, si

se estableciese, y otros muchos que quedan apuntados, no me detendré en

hacer cómputo de las utilidades que rendirían, porque para mi intento

bastan los insinuados, y que con ellos se evidencian suficientes

utilidades, como se demuestra en el siguiente resumen.

Pesos

Utilidades del procreo de las estancias 3.000

Ídem del consumo de carnes en el pueblo 2.000

Ídem de la pulpería 1.000

Ídem de la yerba que se beneficia en el pueblo 500

Ídem de los algodonales 500

Ídem del beneficio de tabaco 1.000

Ídem de los tejidos de lienzo de algodón 1.000

Ídem del consumo de efectos de fuera de la provincia 1.500

______

Son pesos 10.500

Del antecedente resumen resultan, de utilidades libres a la factoría,

10.500 pesos.

Es verdad que en algunos pueblos no pueden esperarse estas utilidades, a

lo menos en los principios, porque sus estancias están muy atrasadas, y

el corto número de indios no permitiría el poder emprender muchas

faenas, ni los abastos y comercios rendirían mucho; pero también lo es

que hay otros que por sus proporciones, y lo numeroso de ellos,

excederían en mucho. Yo no tengo duda en asegurar que, aun a los

principios, no bajarían los aumentos anuales, en los treinta pueblos de

la provincia, de 300.000 pesos, y sobre esta suma he de fundar el

arreglo del gobierno, así general de la provincia como particular de

cada pueblo.

Para establecer el arreglo propuesto era preciso a los principios el que

de Buenos Aires se enviasen a los pueblos algunas cantidades de dinero,

siquiera 2 o 3.000 pesos a cada pueblo, pues sin él nada sería

verificable; y, siendo cosa cierta que muchos pueblos no tienen allí

fondos propios, pudieran suplírseles del real erario a cuenta del tabaco

que beneficiarían después. Para esta providencia me parece no habría

embarazo, pues la piedad de Su Majestad franquea en la nueva ordenanza

sus reales haberes para socorrer a los indios necesitados, supliéndoles

por vía de préstamo, y sin ningún interés, lo que necesiten para

fomentarlos, libertándolos así de los repartimientos que antes sufrían.

Y aunque aquella disposición se dirige a socorrer a los particulares, y

ésta al común, como en el común se incluyen los particulares, debe

tenerse por una misma, teniendo ésta la ventaja de la mayor seguridad en

la recaudación, que en mi concepto el pueblo más atrasado, al segundo o

tercero año, ya habría satisfecho lo que le hubiesen suplido.

Memoria histórica, geográfica, política y éconómica sobre la provincia de Misiones de indios guaranís · 第 9 / 12 段