Aunque las librerías que tenían los curas jesuitas en sus cuartos,

pertenecientes a las comunidades por ser compradas con los haberes de

los pueblos, no debían ni deben considerarse por bienes de la iglesia,

pareció conveniente dejarlas al cuidado de los curas, así porque pueden

tenerlas con más aseo, como para que se aprovechen de la lectura de los

libros útiles a su ministerio. En cuyo poder permanecen, aunque algunas

muy deterioradas, y de las que faltan muchos libros por la facilidad de

prestarlos y descuido en recogerlos; de modo que rara de estas librerías

se hallará hoy en buen estado, porque el polvo, los ratones y otras

sabandijas las han menoscabado, y muchas obras truncadas por haberse

perdido parte de sus libros.

Éstas son las noticias de estos pueblos que me parece puede apetecer

usted, en las que he procurado no omitir cosa alguna digna de su

noticia. Recíbalas usted con la satisfacción de que todo cuanto digo lo

sé por experiencia y diligencia propia, y que puedo hacerlo patente

siempre que se ofrezca; porque la aplicación de cuatro años, el trato

continuo con los indios, el oficio de teniente gobernador y el haber

visto y examinado todos los treinta terrenos con el mayor cuidado, me

han puesto en estado de poder hablar con conocimiento de todo, como lo

he hecho. En esta memoria es regular encuentre usted muchas cosas

superfluas para su intento, las que desde luego podrá desechar como

inútiles; pero, por malo que sea este papel, no lo será tanto que no

tenga algo de bueno, a lo menos tiene el mérito de no contener cosa que

no sea verdadera, y escrita con el ánimo de complacer a usted, y ser

útil a estos naturales y a la monarquía. Y con estos deseos concluyo la

primera parte de esta memoria, y paso a formar la segunda.

SEGUNDA PARTE

Plan general de gobierno, acomodado a las circunstancias de estos pueblos

Paréceme, amigo mío, habrá quedado satisfecho el deseo de usted con las

noticias que le doy en la primera parte de esta memoria. Mi voluntad ha

sido acertar a complacerle, y mover su ánimo a desear, como yo deseo, el

bien de estos naturales, facilitándoselo con algún nuevo método de

gobierno que los saque de la miseria, sujeción y abatimiento en que se

hallan, y gocen en vida política y civil los bienes de la libertad que

Su Majestad les franquea, y las abundancias y conveniencias que tan

liberalmente les ofrecen sus terrenos; y que el real erario tenga los

aumentos que son consecuentes al floridísimo comercio que se puede

establecer, con otras muchas ventajas que lograría la monarquía.

Pero, como el deseo solo no es suficiente para mejorar las cosas si no

se proponen los medios de conseguirlo, para que vistos y examinados

pueda ponerlos en ejecución quien tiene facultad para ello, nada o muy

poco habría yo adelantado con poner en la consideración de usted todos

los males que padece esta provincia y causas de que se originan; y así

me considero en la obligación de formar un plan o reglamento de nuevo

gobierno, acomodado a las circunstancias del país y sus naturales, para

que, examinándolo la perspicacia de usted, con el conocimiento e

instrucción que le acompaña, lo corrija y reforme en los términos que le

parezca; y si, después de corregido e ilustrado, conociese usted que

puede ponerse en manos de la superioridad, podrá darle el giro que crea

será útil y conveniente a los fines a que se dirige.

Cuando a un hábil arquitecto le proponen la fábrica de un suntuoso

edificio, consulta la idea y voluntad del fundador, examina los

materiales de que se ha de fabricar, el terreno en que ha de tener su

asiento y las calidades del clima para precaver las principales

habitaciones de las humedades, vientos nocivos y obstáculos que puedan

impedirles la vista, y asegura toda la obra de los huracanes, terremotos

y otros contratiempos que pueden sobrevenir, y principalmente consulta

los fondos o caudales que se destinan para costear la obra; y

considerado todo, y bien combinado, delinea el plano con todas sus

dimensiones, y la perspectiva con todos sus adornos, y lo expone al

gusto y censura del fundador y de otros críticos; y con sus pareceres

pone en ejecución la obra, sin riesgo de que se malogren los gastos.

Así, pues, el arquitecto político es preciso tenga presente todos los

principios o elementos de que ha de componerse la fábrica que quiere

levantar, para combinarlos y ajustarlos con la mayor naturalidad y

proporción que sea posible, y que todas las piezas se unan con tal

trabazón que parezca han sido criadas o formadas para que cada una ocupe

el lugar a que se le destine. Porque los hombres, que son los

principales materiales de que se componen los edificios políticos, son

más difíciles de labrar y ajustar que los mármoles más duros en los

edificios materiales; y así es menester que, en cuanto sea posible, se

les busquen y acomoden las junturas tan a su natural que sea poco o nada

lo que haya que vencer. El fundador de esta grande obra política es el

Soberano, cuya real beneficencia se extiende hasta lo más remoto de sus

dominios; el arquitecto, el vasallo o vasallos que, con el amor y

lealtad que se debe a Su Majestad y a la patria, propone los

pensamientos que su aplicación y experiencia le han producido. Esto es

lo que haré yo, y espero del amor y celo que he conocido en usted al

real servicio y bien de la sociedad coadyuvará, ilustrando este plan con

las notas que le parezcan oportunas al logro de nuestro deseos, para

mayor servicio de Dios y del Rey, Nuestro Señor, y bien de estos

naturales.

Los materiales de que debe formarse esta obra no pueden ser ni más

preciosos ni más abundantes. La bondad del clima, la fertilidad de los

terrenos, la grande copia de los frutos que produce, comerciables con

todas las provincias de este continente, los ríos navegables para

extraerlos con facilidad y lo bien poblado de toda la provincia son

principios todos que ofrecen el mejor éxito. A que debe agregarse la

docilidad y buena disposición de estos naturales, que, como una masa

docilísima, están en punto de admitir la forma que quieran darles, como

los saquen de la opresión en que los tiene la comunidad, a la que

aborrecen sobre todos los males que son imaginables.

Cuando se trata de fundar alguna población, o poblar alguna provincia,

después de examinadas las ventajas que ofrece su situación y terrenos,

presentan regularmente dos poderosas dificultades, que son: el persuadir

u obligar a los primeros pobladores a que vayan a ocupar el sitio

destinado, y el proporcionar fondos propios para los gastos de todo

aquello que ha de resultar en bien común. Por falta de éstos, se ven

tantas ciudades y poblaciones de mucha antigüedad sin las precisas

comodidades y alivios que pudieran tener si los tuvieran, siendo preciso

para establecer las indispensables ocurrir a los arbitrios u otras

derramas que el pueblo mira con aborrecimiento, sin conocer la utilidad

que les resulta. Pero aquí en estos pueblos, en las presentes

circunstancias, ninguno de estos dos escollos hay que vencer. La

provincia está bien poblada de gentes, y los pueblos con caudales

crecidos, que pueden servir de propios, con más otras proporciones que

expresaré en donde corresponde; de modo que me parece que en todo el

mundo no pudiera hallarse otra provincia con iguales recursos, si se

verificase el reglamento que voy a proponer.

Los pueblos de este departamento de mi cargo, sin embargo de ser los de

menos proporciones, como tengo manifestado en otra parte, se hallan al

presente con unos fondos más que medianos, y sin contar lo que puede

tener o deber en Buenos Aires. Hay pueblo que no daría los haberes de

comunidad por 100.000 pesos de plata sin poner en cuenta las casas,

tierras, ni muebles, sino solamente los ganados, plantíos, frutos y

efectos comerciables, y el que menos no bajará de 35.000. Y aunque es

verdad que hay otros pueblos en la provincia que no llegará su caudal a

esta suma, también lo es que hay algunos que sobrepujan mucho, y que

ninguno hay que con lo que tiene y sus proporciones no pueda establecer

unos propios que los quisieran tener muchas ciudades de América. Conque

vea usted si tengo razón para decir que los materiales para esta obra

son los más preciosos y más abundantes que pueden desearse. Vamos pues a

delinear la planta.

El contexto de toda la narración de esa memoria habrá sin duda

persuadido a usted que el medio único de adelantar esta provincia y

sacar a sus naturales de la ignorancia, miseria y abatimiento en que se

hallan es el extinguir las comunidades, dejando a los indios en plena

libertad para que cada uno trabaje para su propia utilidad, comercie con

los frutos y efectos de su trabajo e industria, y que en un todo vivan y

sean tratados como los demás vasallos del Rey. Esto es lo que dicta la

buena razón, y esto es a lo que parece se dirigen mis pensamientos.

Pero, amigo mío, por la misma narración habrá usted conocido que la

sujeción en que están los indios a sus comunidades les ha impedido, e

impide, el adquirir luces para saber proporcionarse los auxilios y

socorros necesarios a la vida; y esta incapacidad es un poderoso estorbo

para franquearles la libertad, de modo que, entretanto estén en

comunidad, jamás podrán adquirir las luces necesarias para

proporcionarse por sí mismos las comodidades necesarias a la vida, y

mientras no tengan éstas parece imposible el franquearles la libertad

sin exponerlos a su total ruina. Siendo cosa evidente a todos los que

los conocemos que el franquearles la libertad sería lo mismo que si a

cada individuo lo colocasen en un desierto sin ninguna compañía, y allí

tuviese que proporcionarse por sí solo todos los socorros necesarios a

la vida, que sería lo mismo que ponerlo a perecer. Y no le parezca a

usted ponderación; la falta de inteligencia en todo lo que es ayudarse

mutuamente, el no saber vender ni permutar unos bienes por otros, ni

valerse unos de la habilidad de los otros, los reduciría al más

miserable estado, se imposibilitaría la recaudación de los reales

tributos, se minoraría y aun acabaría el culto de los templos, y aun se

dispersarían los indios, ocasionando tal vez la total ruina de los

pueblos. Y aunque no pensemos tan melancólicamente, y consideremos más

inteligencia en los indios que la que supongo, y que mediante la

habilidad de algunos pocos se lograra el que éstos conchabasen a los

menos expertos, y que por este medio se consiguiera el ponerlos a todos

en ejercicio para adquirir lo necesario; en este caso sucedería que se

llenarían estos pueblos de españoles vagabundos o de pocas obligaciones,

que, con pretexto de poblar la tierra o de entrar a tratar y contratar,

se aprovecharían del trabajo de los indios, poniéndolos en más opresión

y menos asistencia que la que ahora tienen, y les quitarían por cuatro

bagatelas todo lo que a costa de mucho trabajo hubieran adquirido, sin

que el gobierno pudiera remediarlo, con otras peores consecuencias que

podrían esperarse.

Por otra parte, si se piensa en dejar a los indios en comunidad como

están ahora, también me parece que la ruina de los pueblos será

infalible antes de muchos años, o a lo menos serán poquísimos los

adelantamientos; y éstos los habrá si los que los gobernaren

inmediatamente tienen todas las calidades que se requieren para estos

parajes, porque los indios saben que son libres, y conocen los bienes de

la libertad, como los conocen, los desean, y, deseándolos, la buscan; y

esto es en parte causa de los muchos que se desertan de los pueblos, sin

otro motivo que verse oprimidos y sin la libertad que desean, y los que

permanecen es porque aún no han adquirido valor para dejar su patria; y

en la repugnancia que tienen a todo lo que los destina la comunidad se

conoce lo violento que están, y así es preciso mucha prudencia y

suavidad para gobernarlos, para que no conozcan flaqueza de parte del

gobierno, porque entonces nada harían, ni los exaspere el rigor, porque

tendría peores consecuencias. Antes que los indios conocieran la

libertad era cosa facilísima el dirigirlos como se quisiera, y por eso

los jesuitas impedían tanto la entrada de españoles en estos pueblos

(mayormente paraguayos, que saben el idioma de los indios), para

ocultarles todas las noticias y especies que pudieran moverles el deseo

de la libertad; pero ahora ni pueden gobernarse como entonces, y mucho

menos el volverlos a poner en aquel estado, porque ya no están capaces

de eso.

En medio de tantas dificultades no es de maravillar que hayan sido

tantos los dictámenes que tengo noticia ha habido y hay sobre el

gobierno de estos pueblos, y que nada se haya resuelto por la

Superioridad hasta ahora. Todos es preciso convengan en que esta

provincia es fertilísima, no tan solamente en los frutos para su

consumo, sino también en otros comerciables; que sus habitadores todos

trabajan, y fuera del grosero alimento es poco lo que gastan y es casi

nada lo que les sobra, cuando en otras partes, en trabajando la sexta u

octava parte de los hombres en la agricultura, hay para proveer a todos

de alimento con abundancia; y con la mitad de los demás, que se apliquen

a las artes y oficios, brilla el lujo, como se ve en las ciudades,

quedando los restantes sin ocupaciones, de aquellas que aumentan los

frutos y efectos. Convendrán también en que de esto es causa el estar

los indios sujetos a la comunidad; pero, en llegando a tratarse del modo

de remediarlo, es preciso haya tantos pareceres como hombres. Pero yo,

sin que me atemoricen tantos inconvenientes, tengo por cosa facilísima

la ejecución del reglamento que voy a proponer, y por infalibles las

favorables consecuencias en todas partes de que se componga.

Sin embargo de los riesgos e inconvenientes que he manifestado a usted

pueden seguirse de dar a los indios entera libertad, ésta deberá ser la

base de toda la obra. Los indios, en mi reglamento, deberán quedar

libres enteramente, con libertad absoluta, como la tenemos todos los

españoles.

Supuesta la libertad de los indios, deberían quedar los bienes de las

comunidades para propios de los pueblos, entregándolos a administradores

hábiles y cuales convenía para los efectos que se expresarán, haciendo

tasación de todos ellos, a lo menos de los que son comerciables y sirven

para el aumento del giro que había de dársele a este caudal; y así para

su entrega, como para el manejo que de él debían tener, era necesario

establecer las reglas oportunas y convenientes.

El administrador, hecho cargo del caudal de un pueblo, debía

considerarse como un factor (y este nombre le convendrá mejor que el de

administrador) que abrazase en sí todos los ramos de agricultura, artes

y faenas que el pueblo tuviera, o pudiera aún establecerse con utilidad;

pero no había de precisar a ninguno a que trabajara contra su voluntad,

y a todos los que voluntariamente quisieran conchabarse les había de dar

ocupación, pagándoles su jornal y dándoles la comida del mediodía, sin

que jamás se verificase que alguno, chico o grande, se había quedado sin

jornal, habiéndolo pedido, pues para todos hay en los pueblos, en todos

tiempos, destinos en que emplearlos con utilidad del que los ocupa; y

los que no quisieran trabajar en la factoría, y lo verificasen en sus

labores propias, o conchabándose con otros, ya fuesen españoles

avecindados o con otros indios, dejarían hacerlo libremente. Pero a los

que anduviesen ociosos (que en mi inteligencia serían raros) se les

debía compeler a trabajar por aquellos medios más oportunos y eficaces

que se tuviera por conveniente, hasta proceder contra ellos, como se

ejecuta con los vagos en las repúblicas civilizadas.

Las indias se deberían ocupar en hilar algodón, comprándoles por su

justo precio cada día o cada semana el hilo, pagándoselo de contado

según su calidad, dándoles algodón en parte de pago, para que nunca les

faltase qué hilar.

A los muchachos, muchachas, viejos, viejas y otros de esta calidad, se

les debería emplear en cosas que cómodamente pudieran hacer, de forma

que ganaran para comer y vestir; pues, como digo, hay para ocuparlos a

todos con utilidad de la factoría.

Aunque con esta providencia se les aseguraba a los indios las

proporciones de subsistir, quedaban siempre expuestos al riesgo de que

los tratantes fuesen los que lograsen el fruto de su trabajo, así en los

que les vendiesen como en lo que les comprasen, si no se tomasen otras

precauciones: y así, para asegurarlos por todos lados de todo perjuicio,

sería muy útil que el comercio de los efectos que se traen de fuera de

la provincia corriese en cada pueblo a cargo del factor, y que fuera

también de la obligación de éste el abastecer su pueblo de víveres y de

cuanto es necesario a la vida y comodidad de los hombres; y del mismo

modo había de estar obligado a comprar todos los frutos y efectos que

los naturales quisieran venderle, asegurando la equidad, así en las

compras como en las ventas, con reglamentos adecuados. De este modo

aseguraban los naturales las ventas de sus frutos y manufacturas, y

tenían con equidad dónde proveerse de cuanto necesitasen, y todas las

utilidades que resultasen de estas compras y ventas a la factoría

recaerían en beneficio del común, como que de cuenta de él se manejaba

todo.

Dispuestas así las cosas, quedaba la comunidad reducida a un asiento y

factoría, para que jamás faltase qué trabajar a los indios, y el pueblo

estuviese abastecido de todo lo necesario; y los frutos y efectos que

produjere el trabajo e industria de los particulares lograsen el giro

más ventajoso, resumiendo en una sola mano todos los ramos de

agricultura, industria y comercio, y con la ventaja de que todas las

utilidades habían de recaer en los mismos que las producían, dejando, no

obstante esto, la libertad a todos los particulares de disponer de sus

frutos dentro y fuera de los pueblos, para venderlos o extraerlos como

gustasen, como no fuese para traer en retorno efectos comerciables,

porque esto debería ser privativo a la factoría.

Pero, para que este arreglo produjera las ventajas deseadas, era preciso

introducir el uso de la moneda, pues sin ella todo sería embarazos, y

los efectos perderían de valor pasando de mano en mano. Es la moneda el

alma del comercio y la sangre de las repúblicas; faltando ésta, falta el

estímulo, la actividad y la aplicación; no puede haber igualdad en los

contratos, ni regla fija en la sociedad. Es este precioso signo del

comercio más grato a la codicia de los hombres que lo fue el maná al

paladar de los israelitas, porque al fin éstos se cansaron de él, y el

dinero a nadie ha cansado hasta ahora.

Si yo escribiera para el común de los hombres, haría, antes de pasar

adelante, algunas reflexiones sobre el diseño o plan propuesto, para dar

a conocer a los que no profundizan las cosas las grandes utilidades y

ventajosas consecuencias que ofrece; pero escribo sólo para usted, quien

con su profunda penetración las conocerá mejor que yo pueda explicarlas;

pero no pasaré en silencio dos, que son como origen de otras muchas. La

primera, el evitar que en esta república haya tantos hombres ociosos

como hay en todas las demás, empleados en comerciantes y tratantes,

comiendo y enriqueciéndose a costa del público; y la segunda, el que

todas las ganancias, que habían de recaer en éstos e invertirse en

utilidad de sus fines particulares, recaerían en beneficio del público y

se emplearían en aquello que fuese más útil a la sociedad, como más

adelante se dirá.

Tampoco me detendré en patentizar lo justo y necesario que es el

comercio privativo en estos pueblos; pues, además de ser una cosa

forzosa para impedir los perjuicios de estos naturales, se halla

autorizado con el ejemplo de muchas compañías establecidas en diferentes

partes para precaver los perjuicios que pudiera originarse de un

comercio libre, siendo así que aquellos perjuicios los sufrirían algunos

particulares comerciantes, y en nuestro caso los sufriría toda la

provincia, fuera de que esta exclusión podía durar el tiempo que fuese

preciso, o el de la voluntad del Soberano.

Aunque en toda esta memoria he procedido sin método en la distribución

de asuntos, procuraré en este reglamento tratar cada materia

separadamente para mayor inteligencia de usted, previniendo que el que

hasta ahora se ha llamado administrador ha de nombrarse en este plan

_factor_, y lo que se ha dicho comunidad se llamará _factoría_; así

porque me parece mejor convenirles estos nombres, como por desterrar de

los oídos de los indios el nombre de comunidad y de administrador, que

aun para los mismos que ejercen estos empleos no es de buen sonido; pero

esto es accidental, pues puede dársele el nombre que se quiera.

Deben buscarse para factores mozos instruidos en casas de comercio u

oficinas de real hacienda, para que con la instrucción que allí hayan

adquirido les sea fácil el imponerse del vasto manejo que ha de ponerse

a su cuidado; conviene no sean tan mozos que bajen de 30 años, ni tan

viejos que pasen de los 50. Es preciso en ellos mucha viveza de genio y

robustez, un trato dulce para con los indios y que estén libres de

vicios, principalmente de los de incontinencia, embriaguez y juego de

naipes, siendo cosa precisa que al que se le notare cualesquiera de

estos vicios fuera al instante removido; pues, aunque en todas partes

son perjudiciales los que los tienen, aquí serían intolerables por las

ocasiones más frecuentes y por lo trascendental que serían, con notable

perjuicio de los naturales, que es preciso evitarlo, mayormente en

cualquiera nueva plantificación.

Al factor convendría se le entregasen los haberes del pueblo para su

manejo, del modo que hasta ahora se les han entregado a los

administradores, con sola la diferencia de que se le habían de entregar

tasados y hacerle cargo de sus valores; pero con la misma intervención

que ahora tienen el corregidor y mayordomo del pueblo, conservando cada

uno una de las tres llaves de cada almacén; pues, no siendo fácil

encontrar factores con las calidades expresadas, y que al mismo tiempo

tengan fianzas para asegurar los caudales de su manejo, sería cosa

arriesgada el poner en su mano, con libertad absoluta, este manejo.

Para que el factor se empeñara y buscara todos los medios imaginables en

utilidad y beneficio de la factoría, era cosa conveniente el señalarle,

en lugar de salario, un tanto por ciento de las utilidades anuales de la

factoría; pero al mismo tiempo convendría el que la factoría no le

suministrase nada para su alimento y comodidades, ni permitirle criado

alguno indio ni muchacho que no fuese pagándole su salario y dándole el

alimento, con más la circunstancia de que había de ser voluntario y no

forzado. Con esta providencia se minoraría, y aun extinguiría, la

multitud de empleados inútilmente en los colegios, y saldrían a trabajar

en lo que fuese útil a ellos y al pueblo; se excusarían los crecidos

gastos que diariamente tiene ahora la comunidad en alimentar no tan

solamente al administrador y su familia, sino también los que se

ocasionan dando de comer a cuantos tratantes y aun vagabundos andan en

estos pueblos; pues, siendo a costa de los factores el mantener su mesa,

no la franquearían con tanta liberalidad a todos. Si se examinan las

facturas que han venido de Buenos Aires desde la expulsión, se verá en

ellas que la mayor parte de lo que contienen son especies comestibles y

utensilios de cocina y mesa, que todos los han consumido los

administradores y nada se ha empleado en alivio de los indios; y todo

esto estaba cortado conque cada uno comiese y se sirviese a su costa.

Sería del cargo del factor el determinar las faenas que debía mantener

la factoría, prefiriendo siempre aquellas que ofreciesen mayores

utilidades. El buen estado de las estancias debía llevar la primera

atención, como que en ellas se afianzaba la principal subsistencia del

pueblo, y que, estando bien atendidas, rinden con sus progresos

considerables ganancias. Los yerbales de cultivo que hay en todos los

pueblos, y que por falta de cuidado están muy deteriorados, y aun

perdidos, se empeñaría el factor en restablecerlos con el oportuno

cultivo y con la reposición y aumento de nuevas plantas, para lograr de

este modo buenas cosechas de yerba, y la parte de aumento de valor que

tendrían cuando entregase el pueblo, pues cada cosa se debería tasar

según el estado de recibo y entrega. Atendería igualmente al aumento y

buen estado de algodonales y cañas de azúcar, así para lograr las

abundantes cosechas como para aumentar las fincas y sus valores.

Memoria histórica, geográfica, política y éconómica sobre la provincia de Misiones de indios guaranís · 第 8 / 12 段