música en medio de la iglesia, van entrando por la puerta, que cae al
patio del colegio, varios muchachos vestidos con sotanillas y roquetes
de los acólitos, con los instrumentos y signos de la pasión de Cristo.
Entra uno de éstos con la linterna, y dos a sus lados con dos faroles
hechos con telas de las entrañas de los toros, puestos en la punta de
cañas largas; se hincan de rodillas delante de la imagen que está en
medio de la iglesia, y entre tanto canta la música un motete en guaraní,
que expresa aquel paso, el que concluido se levantan estos muchachos y
siguen a ponerse en orden en la procesión, y entran otros con otra
insignia; y así van siguiendo hasta que concluyen todos, que son tal vez
veinte o más, y las insignias que llevan tan toscas y materiales que la
soga es un lazo de enlazar, el azote uno de cuero de los que ellos usan
para castigar, la escalera la que el Viernes Santo sirve para el
descendimiento, y así de lo demás.
Luego que acaban de pasar, se levanta el cura y los demás que han estado
sentados entretanto, y sigue la procesión, que sale y anda alrededor de
la plaza, que está iluminada, y dispuestos en las cuatro esquinas
altares para hacer paradas. En toda la plaza se ven muchos indios
disciplinantes, y entre ellos algunas indias, que unos y otros se azotan
bárbaramente, haciéndose punzar las espaldas y algunos los muslos, de
donde corre con abundancia la sangre; otros cargan pesadísimas cruces
sobre sus hombros, otros aspados o puestos en cruz, otros con grillos,
etc. En algunos pueblos se ejecutan en la plaza los pasos del encuentro
de la Verónica, el de la Virgen y San Juan, como también el del
descendimiento el Viernes Santo; pero estos pasos parece han sido
introducidos después de la expulsión, porque ni son comunes en todos los
pueblos, ni hay en todos imágenes a propósito para ellos, ni los curas
se sirven de los indios para ejecutarlos, particularmente el
descendimiento, sino de los españoles que concurren en aquellos días
allí. Lo que en tiempo de los jesuitas se practicaba eran algunas más
graves y disonantes penitencias, que los curas y superiores seculares
del tiempo presente han prohibido; y sin embargo este presente año se me
avisó que en uno de los pueblos de mi cargo habían vuelto a renovar
algunas de ellas los indios, de cuyas resultas quedaron maltratados
algunos en la cara y cuerpo, tanto que en muchos días estuvieron
imposibilitados, por ser maltratados por ajenas manos, por lo que he
reprendido a los que lo dispusieron, y prevenídoles no lo vuelvan a
hacer.
El Jueves Santo se celebra la misa con mucha solemnidad, en la que
regularmente comulga el cabildo, y después se lleva el Santísimo
Sacramento en procesión alrededor de la iglesia, y se pone en el
monumento; el que, aunque de bastidores de lienzo mal pintados, es
vistoso en algunos pueblos, y en todos se adorna con las alhajas de
plata que hay, con muchas luces, aunque las más son velas de sebo.
Luego que se coloca el Santísimo en el monumento, arriman las varas y
bastones el corregidor, alcaldes y demás justicia, y en su lugar toman
cruces pequeñas en las manos, las que traen hasta el Sábado Santo
después de los oficios, que vuelven a tomar sus insignias de justicia.
El mismo día a la tarde se repite la función del antecedente, variando
el paso de la procesión, y en el Viernes y Sábado Santo no hay nada de
particular, pues los oficios de la mañana son como se practican en todas
partes, y las tinieblas y procesiones como las de los días antecedentes,
a excepción de los pueblos en que se hace descendimiento. En todas estas
procesiones asisten los indios con pequeñas cruces en las manos, y las
indias con cruces o bustos pequeños de cualquiera santo o vocación;
algunas llevan entre sus brazos dos o tres de ellos, pero todos asisten
con mucha modestia y veneración. El Sábado lo particular que hay es que
a la puerta de la iglesia hacen una grande hoguera encendida con la
nueva luz, de la que cada uno lleva a su casa un tizón para hacer fuego,
y también llevan agua de la que se bendice ese día.
El Domingo de Quasimodo dan la comunión y cumplimiento de iglesia a los
impedidos, a los cuales juntan en la casa o capillita que está frente a
la iglesia, y allí se la administran; y aunque no se sigue detrimento en
sacar a estos impedidos de sus casas, me parece sería de más edificación
el llevarles el Santísimo a ellas.
La festividad que me agrada y edifica mucho es la del _Corpus Christi_;
para esta función disponen y adornan la plaza toda en contorno, formando
calles de arcos y pórticos o tabernáculos de ramos verdes, con enlaces y
enrejados de cañas y hojas muy vistosas, y en las cuatro esquinas
disponen altares para las paradas de la procesión. En los tabernáculos y
arcos de todo el contorno de la plaza cuelgan cuantos animales y aves
pueden coger muertos y vivos en el campo, y los animales domésticos que
tienen atan allí; también cuelgan la ropa más decente que tienen, los
tejidos, las telas urdidas, las herramientas de sus oficios y
agricultura, los lazos, bolas y cencerros de sus animales, los arcos y
flechas con que cazan, la comida de aquel día, y aun de muchos, siendo
cosa que se pueda guardar, y así llenan los altares de tortas hechas de
raíz, mandioca, amoldadas en moldes de varias figuras, vejigas de grasa,
pedazos de carne asada y cuantos comestibles tienen; pero de lo que se
ve con más abundancia es legumbres de todas especies, en canastas
curiosamente labradas, las que guardan para sembrar, creyendo su fe que
con la presencia las bendice Nuestro Señor Jesucristo. En los pueblos
inmediatos a ríos ponen mucho pescado, alguno vivo en canoas pequeñas
con agua; y, en fin, cuanto produce la tierra y alcanza su industria,
todo sirve de adorno a los arcos y altares de la plaza, de modo que
apenas se descubre lo verde de los ramos de que son formados, y dicen
que a Dios, que es Señor y Criador de todas las cosas, se le debe servir
con todas ellas.
El aparato de la procesión es correspondiente a lo que dejo dicho de las
otras funciones: buena custodia de mano, numerosa música, mucho
estruendo de campanas y tambores, muchas danzas de muchachos y bastante
devoción. Por el suelo echan, en lugar de flores, granos de maíz tostado
y reventado, que cada grano abulta más que una avellana, y parecen
flores blancas, de que llevan varias canastillas, van rociando delante
del sacerdote que lleva la custodia, y detrás los muchachos lo recogen y
comen.
En las demás festividades del año no hay cosa digna de reparo; en todas
se sigue el ceremonial de la iglesia en la forma ordinaria y en los
términos que ya queda notado.
En las demás obligaciones anexas al ministerio de párrocos sucede aquí
lo que en todas partes, que unos son más eficaces que otros; pero me es
preciso notar algunas cosas que se practican y que me son disonantes, y
que será muy raro el que, si no en todos los puntos a lo menos en
algunos, ha de estar comprendido, y considero sería de mucha importancia
se estableciese otro método más ajustado.
Aunque por razón de párrocos tienen obligación estos curas de aplicar
las misas de los días festivos por el pueblo, cantar cada lunes una por
las almas de los difuntos, y aplicar otra en cada entierro de los
adultos que murieren, como todo se expresa en el informe ya citado que
dio el Ilustrísimo Señor Obispo de Buenos Aires, no tengo noticia de que
algún cura cumpla con todas estas cargas, y lo más que sé es que unos
cumplen con unas y otros con otras, según la mayor o menor disonancia
que le hace el faltar o no a ellas. Y aunque en conversación he
significado a algunos curas esta falta que he notado, me han respondido
que cuando el señor don Manuel Antonio de La Torre expresó las cargas de
los curas en los términos que constan en las ordenanzas, haciéndose
cargo de ellas, señaló 300 pesos de sínodo a cada cura, y 250 al
compañero por precisa congrua, atendiendo a las cargas que tenían; y
que, habiéndolos rebajado el sínodo, no están obligados a ellas,
mayormente pensionándolos de ordinario sus prelados con misas que tienen
que aplicar por el convento, y no les queda lugar para todas las del
pueblo. A los religiosos de San Francisco los obligan regularmente los
provinciales a que en el trienio apliquen por su intención 100 misas los
curas y 150 los compañeros, fuera de las que tienen obligación de
aplicar por los religiosos difuntos. Sea lo que fuere, la verdad es que
estos naturales carecen en parte de los beneficios espirituales que la
Silla Apostólica les concede por las obligaciones que impone a los
párrocos, y que la piedad de nuestro Soberano quiere se les cumplan,
señalando y pagando ministros para ello, en quienes descarga su
conciencia, y estos pueblos acuden con puntualidad con los alimentos a
sus curas, sin faltarles en nada.
En la administración de los santos sacramentos siguen estos curas el
mismo método, con corta diferencia, que el que observaban los jesuitas.
Éstos, en naciendo las criaturas, si estaban de peligro, se las traían a
su cuarto y les administraban el bautismo privadamente, y el domingo
bautizaban solemnemente a todas las criaturas que habían nacido en toda
la semana, y ponían los óleos a las que les habían echado el agua. Esto
mismo se practica en algunos pueblos; en los más no hay día fijo para
administrar este sacramento.
El modo que se observaba y observa en todos los pueblos en la
administración del sacramento de la penitencia merece me detenga un
poco; porque, siendo éste la puerta que tenemos para el regreso a la
gracia perdida, y la tabla que después del naufragio de la culpa nos
conduce a la seguridad del puerto, me parece es en donde debían los
curas poner mayor cuidado, así para que se confesasen bien, como para
que llegasen con la disposición debida a recibir la sagrada comunión, y
formasen idea perfecta de tan santos y necesarios sacramentos. Pero es
mucho el descuido y abuso que hay en la práctica que se observa, como
manifestaré a usted.
Los indios no se confiesan, por lo regular, sino una vez al año para el
cumplimiento de la iglesia; el modo con que esto se verifica es el
siguiente. Desde antes que entre la cuaresma disponen los curas que a
cada día vengan los indios o indias de dos o tres cacicazgos a
examinarse de la doctrina cristiana a la puerta de la iglesia, cuyo
examen lo ejecuta uno o más indios de la confianza del cura, a que
asiste él algunas veces, tal vez siempre, según su mayor o menor
eficacia. Todos los que saben la doctrina a satisfacción del cura o del
que los examina van aprobados, y los que no la saben continúan
aprendiéndola con los que están señalados para enseñarla; y, estando
capaces, se les da la aprobación de examen. En entrando la cuaresma,
cita el cura para cada día los cacicazgos que han de venir a confesarse,
a los que las justicias obligan a que vayan, estén o no dispuestos; las
confesiones se hacen a las tardes, y aun a la noche, y al otro día
temprano se les da la sagrada comunión al tiempo de la misa, y hasta la
tarde no confiesan otros, en la que repiten lo mismo, hasta que
concluyen con todos, cuya práctica merece algunas reflexiones.
Los indios, por la poca instrucción que tienen, carecen de un perfecto
conocimiento de la gravedad de los pecados, y por consiguiente no pueden
ser movidos sus interiores sentimientos a la detestación y
aborrecimiento de ellos con aquella viveza y eficacia que es necesaria
para disponerse a confesarlos y dolerse de haberlos cometido, en cuya
disposición no piensan, porque no saben cuándo han de confesarse, y en
mandándoselo, estén o no dispuestos para ello, se han de confesar,
quieran o no quieran, y tal vez es cuando ellos menos piensan en ello.
Sucediendo a menudo que, porque no han concurrido todos los citados, o
porque al cura sobra tiempo, van los fiscales y traen a los primeros que
hallan para que se confiesen, y ellos lo hacen como si estuvieran bien
preparados, y al otro día comulgan como si se hubieran confesado bien, y
no piensan en otra confesión hasta otro año, con que vea usted qué
confesiones tan buenas serán éstas. Lo que sucede es que, estando a los
pies del confesor, se acusan de lo que primero les ocurre, sin examinar
si lo han cometido o no; de lo que resulta que, si el confesor se
detiene en examinarlos, les encuentra en mil inconsecuencias imposibles
de desatar, lo que atribuyen a malicia, y no lo es, siendo sólo la causa
de ello su mucha ignorancia y la ninguna disposición con que llegan. Un
cura me refirió que, estando confesando una tarde a algunos indios,
habían traído para el mismo efecto algunas muchachas de edad suficiente
para confesarse, las que, estando cerca del confesionario, tenían entre
sí mucha risa y alboroto, tanto que le obligó a reñirles y mandarles
callar. Comenzó a confesarlas, y halló que todas ellas se confesaron de
unos mismos pecados en número y en especie, de lo que concibió que la
risa que habían tenido sería originada de estar propalando entre sí los
pecados de que habían de acusarse, pues no podía ser de otro modo el que
todas se confesasen de unos mismos. A otros curas les he oído muchos
casos semejantes, ya de acusarse de haber faltado al precepto de la misa
más veces que los días a que están obligados en el año, otros en haber
quebrantado el ayuno en mayor número que les obliga, y de algunos que
han confesado pecados que moralmente es imposible que ellos los hayan
cometido, y que examinándolos bien hallan ser mentira fraguada para
confesarse de algo, por no tener hecho examen, o no querer confesarse de
lo que verdaderamente han hecho, y parecerles que el padre no los ha de
creer si no se acusan de muchos y graves pecados.
Como los más de los curas están persuadidos de que les toca de derecho
el celar y corregir los pecados públicos de incontinencia, practican
algunas averiguaciones sobre ello, en las que los acusados suelen negar,
y cuando llega el caso de confesarse callan sus pecados, porque antes
los han negado, sin distinguir que aquél es otro tribunal, y que por lo
que allí confesaren no han de ser castigados. Otros, porque el cura no
sepa sus defectos y los cele después, no se atreven a confesarlos,
mayormente si saben que el cura los persigue por este vicio que en ellos
es muy común.
A lo defectuoso de estas confesiones se agrega el que, confesándose el
día antes, quedan expuestos por su rudeza y flaqueza a pecar antes de
recibir la comunión; el poco recato que tienen en sus casas, en donde
por lo regular viven distintos matrimonios, tal vez sin ser parientes, y
aunque lo sean, reparan poco en los incestos; lo dados que están al
vicio de la incontinencia y el poco conocimiento del sacrilegio que
cometen son motivos para creer que pocos llegarán a la comunión sin
haber añadido nuevos pecados a los que dejarían de confesar,
principalmente las indias, que, si están amancebadas con español o algún
indio mandarín, es cosa sentada que no dejará de condescender con la
voluntad de su mancebo, por no tener resolución para negarse, aun cuando
su voluntad fuera el abstenerse siquiera esa noche.
Ya usted ve, amigo mío, con cuánta razón digo merece este punto de
atención y remedio, principalmente para que las confesiones se hagan en
toda la mañana desde el alba hasta el mediodía, dando de hora en hora la
sagrada comunión, y no hacer las cosas al revés, confesando toda la
tarde y teniendo la mañana toda franca.
A los enfermos los confiesan los curas y llevan el santísimo por viático
a sus casas, lo que se ejecuta con bastante decencia, a que asiste
siempre un buen número de indios músicos y otros que no lo son. Llevan a
Su Majestad debajo de palio, repican las campanas todo el tiempo que
tarda desde que sale hasta que vuelve a la iglesia; van algunos indios
con tamboriles, que éstos nunca faltan en las funciones, y todo se hace
con bastante aparato. A la casa del enfermo llevan con anticipación de
la iglesia lo necesario para disponer un altarito decente, con sitial,
ara, candeleros, manteles y alfombra, y si el enfermo está muy de
peligro le ponen la Santa Unción, y si no aguardan a que lo esté, y
entonces se la administran. Todo esto se hace con bastante veneración, y
si llueve o las calles están con lodo, llevan al sacerdote en silla de
manos, o por mejor decir de hombros, pues en ellos la llevan cuatro o
más indios, sin que por esto deje de sacarse el palio y demás decencia
que queda explicada.
Para celebrar los matrimonios parece tenían los jesuitas tiempo
determinado, y era después de cuaresma. Entonces se hacían traer lista
de todos los muchachos y muchachas, viudos y viudas del pueblo, capaces
de casarse, y aun los hacían concurrir a unos y a otros a la puerta de
la iglesia, y allí examinaban si algunos o algunas tenían tratado el
casarse, o los padres de los muchachos les tenían tratado matrimonio; y
a los que ya lo tenían tratado, que eran pocos o ningunos, procuraban se
efectuase, si no hallaban causa para impedirlo; y a los demás allí mismo
les hacían elegir mujer, o ellos se la señalaban, y, guardando las
ceremonias de proclamas, los casaban tal vez todos en un día, por lo
menos a muchos juntos. Yo he visto un cordón compuesto de cuentas que
servía de yugo para las velaciones con divisiones correspondientes para
26 pares. En el día, aunque no los estrechan tanto los curas, la
costumbre de ellos no les hace pensar en casarse hasta después de Semana
Santa, y para ello es preciso que los curas les amonesten que procuren
casarse, para retirarlos así de los amancebamientos que tienen, tal vez
con sus hermanas; y son tales los indios que no piensan en tomar estado
hasta que se lo manda el cura o sus padres, no atreviéndose ellos a
determinar por sí mismos materia en que tanto se interesa su bien en
todo el resto de la vida.
Los entierros de adultos y párvulos hacen los curas de mañana, después
de acabada la misa, o a la tarde, antes o después del rosario, para que
asista la música y toda o la mayor parte de la gente del pueblo. No va
el cura con la cruz a la casa del difunto a traer el cuerpo, pues con
anticipación lo traen en el féretro los parientes o amigos, cubriéndolo
con un paño negro, y amortajado con un saco de lienzo de algodón blanco,
envuelto y cocido de modo que no se le ve pie, mano ni cara, y lo
colocan en el pórtico de la iglesia, en frente de la puerta principal;
allí sale el cura con capa, los acólitos con sotanillas negras y
roquetes, y con cruz alta. Canta la música los responsos allí, y en dos
o tres paradas hasta llegar al cementerio, que se comunica por puerta
que tiene la iglesia que corresponde a aquel lugar, en donde lo
entierran entretanto le cantan el oficio que llaman de sepultura; pero a
muy pocos he visto les hayan cantado vigilia y misa de cuerpo presente.
A los párvulos les hacen su entierro del mismo modo, con la diferencia
que pide la diversidad que hay de párvulos o adultos.
No he visto a estos indios conserven ninguna superstición ni rito de los
de su gentilidad con sus muertos; lo único que hacen es, luego que
expira, y en el tiempo que el cuerpo permanece en sus casas, y también
en el entierro, se oye que algunas indias viejas, parientas o cercanas
del difunto, lloran con una especie de tono ronco y desagradable,
mezclando algunas palabras de sentimiento. Pero ni esto es común en
todos los que mueren, ni es tan ruidoso que merezca la atención; y al
tiempo de estarle echando la tierra, se llegan algunas indias que llevan
calabazas con agua encima, y van rociando la tierra, humedeciéndola; y
en estando ya llena del todo la sepultura, echan agua bastante encima
hasta que hacen barro, y la cubren toda. Pero en esto no concibo otra
cosa sino el impedir que quede la tierra movediza, y que si es tiempo de
seca levantarían mucho polvo los vientos sin esta precaución. Encima de
la sepultura ponen una pequeña cruz de madera, y una tablita con el
nombre del que allí está enterrado, con el día, mes y año de su
fallecimiento.
Una cosa particular se observa en los cementerios de estos pueblos, y es
que en las sepulturas se consumen los huesos de los difuntos, juntamente
con la carne, de modo que cuando las abren todo está deshecho, sin
encontrar calaveras, canillas, ni hueso alguno en ninguna. Yo deseaba
saber si esto sucedía solamente con los cadáveres de los indios, y se me
cumplió el deseo; pocos días hace que en la iglesia de este pueblo se
abrió una sepultura en que fue enterrado un español hace cuatro años, y
se encontraron todos los huesos enteros, aunque comenzados a deshacer
por la superficie, de lo que infiero que, si hubiera estado más tiempo,
también se hubieran desecho. Atribuyo la mayor facilidad en consumirse
los huesos de los indios a que no comen sal, porque no la tienen; no sé
si erraré el pensamiento.
En cada pueblo hay dos cofradías o congregaciones, que les llamaban los
jesuitas: una de San Miguel, patrón universal de toda esta provincia, y
la otra de la Santísima Virgen María, que en unos pueblos es con la
advocación de la Asumpción, y en otros el de la Natividad; y aunque en
esos días se celebra fiesta particular, no veo que al presente haya
mucho esmero en promover esta devoción. Son pocos los cofrades que ahora
hay; éstos tienen escritos sus nombres en una tabla que arriba tiene la
imagen de la vocación de la cofradía, y al margen de los nombres hay
agujeros con hilos y borlas de varios colores, que cada cofrade conoce
el suyo. Estas tablas las ponen colgadas todos los días de mañana y
tarde a la puerta de la iglesia, y al entrar el cofrade saca el hilo que
corresponde a su nombre, y así se sabe los que asisten o faltan a la
misa o rosario.
El cuidado de las iglesias, sacristías, ornamentos, vasos sagrados,
alhajas de plata y oro y demás correspondiente al culto divino, está a
cargo de los curas de los pueblos, aunque el gobierno secular está al
reparo de que éstos no extraigan ni menoscaben lo que está a su cuidado,
así por lo que toca este cuidado al real patronato, como porque los
pueblos se interesen en su conservación y buen estado, pues tiene que
costear todo lo que se vaya inutilizando o haga falta. Entrégase a los
curas todo lo que existe en la iglesia por inventario, presenciando la
entrega el corregidor, cabildo y administrador; tomando un tanto de
dicho inventario firmado del cura, lo colocan en el archivo para poderle
hacer cargo en todo tiempo. En estas entregas ha habido notable descuido
y poquísima formalidad; son muy pocos los pueblos en donde el cura se
haya recibido por peso de las alhajas de plata y oro que se le han
entregado, ni aun expresan si la alhaja es chica o grande, si está sobre
madera o maciza, poniendo a bulto tantos candeleros, tantas cruces,
tantos cálices, tantas vinajeras, etc.; lo mismo de los ornamentos,
diciendo tantas capas, tantas casullas, tantas albas, etc., siendo así
que estas ropas debían especificarse con individualidad, porque hay
casullas y capas de riquísimos tisús, y otras de tela de seda muy
inferiores. En la visita que a fines del año pasado de 1784 practicó el
Ilustrísimo Señor Obispo de esa ciudad en los pueblos de su distrito, y
que en toda ella acompañé a Su Señoría Ilustrísima, me impuse bastante
en este punto, pues, aunque no lo ignoraba, no me constaba con tanta
certeza. Fue raro el pueblo en que se hallasen con alguna formalidad los
inventarios de la iglesia, de modo que Su Señoría Ilustrísima tuvo a
bien formarlos de nuevo con especificación de todo, para que a lo menos
en adelante se observe alguna formalidad y cuidado.
Aunque los curas se reciben de las iglesias y sus alhajas, quien corre
con ellas, las cuida y guarda, son los indios sacristanes, de modo que
en algunos pueblos es tanto el descuido de los curas que ni saben lo que
hay, ni dónde están las cosas, aun las más preciosas y usuales. Bien lo
notó el Ilustrísimo Señor Obispo de esa diócesis en su visita, en la que
dejó dadas las correspondientes providencias para remediar el doloroso
abandono que advirtió en algunos pueblos, siendo maravilla el que con
tanto descuido no faltasen ya muchas alhajas de la iglesia, mayormente
sucediendo que a menudo suelen quitar y poner sacristanes, sin que a los
entrantes se les entregue por cuenta la sacristía, ni a los salientes se
les tome cuenta, de modo que si faltase alguna cosa sería imposible el
averiguar cuándo o en qué tiempo había faltado; y si no suceden
frecuentes extravíos o robos es porque los indios tienen mucha
veneración a las cosas de la iglesia. Aunque, si hubiera rigoroso cotejo
de las presentes existencias con las que había al tiempo de la
expulsión, no dejaría de encontrarse alguna falla, a la que no podrían
dar más salida los curas sino que se consumió con el uso.