Estos indios permiten en sus tolderías, y en todo el terreno en que se

extienden, a cuantos indios Guaranís se desertan de sus pueblos y

quieren vivir entre ellos; pero han de usar la política de avisarles y

decirles que van a favorecerse de ellos. Del mismo modo permiten

españoles gauderios y changadores, que andan por aquellos campos matando

toros para aprovechar los cueros, los que extraen llevándolos a la

ciudad de Montevideo, introduciéndolos en ella clandestinamente entre

los que extraen con permiso o de otra forma, o pasándolos al Brasil por

medio de inteligencia con los portugueses del Viamont y Río Pardo, en

cuyos parajes introducen los mismos gauderios españoles algunas

porciones de ganado de los mismos campos. Pero es mucho más lo que

extraen los mismos portugueses, a los que ayudan y favorecen mucho los

Minuanes, porque los regalan con más frecuencia, dándoles lo que más

apetecen, particularmente el aguardiente, por medio de lo cual

consiguen, no tan solamente el que les permitan matar y extraer todo el

ganado que quieren y sus corambres, sino que, en caso de que alguna

partida española los encuentre, los favorecen, no permitiendo se les

haga ningún mal.

Aunque por la buena fe que estos indios observan con los de estos

pueblos se conserva la paz, son muy perjudiciales; lo primero, por el

asilo que dan a los indios que se desertan de estos pueblos; lo segundo,

por el favor que prestan a los españoles y portugueses changadores que

destruyen los ganados de aquellos campos; y, por último, porque siempre

es preciso contemplar con ellos, regalándolos con yerba, tabaco y otras

cosas, a fin de que con cualquier pretexto no impidan las vaquerías,

robando las caballadas y haciendo otras extorsiones a los que van a

ellas.

El buen natural de estos indios parece franquearía la entrada a su

reducción y conversión, pero en nada menos piensan que en reducirse; y,

aunque no les es repugnante nuestra religión, les es la sujeción que ven

en los indios de estos pueblos reducidos a pueblos, y precisados a

trabajar, lo que a ellos no sucede. Nadie determina sus operaciones,

cada uno es dueño de las suyas, en el campo tienen su sustento en el

mucho ganado que hay en él, y tienen pocas luces para conocer lo feliz

de la vida civil, y mucha malicia para no dejarse sujetar al yugo de una

reducción. A mí me parece que los Minuanes jamás se reducirán con sola

la persuasión de la predicación evangélica.

Réstame ahora dar a usted una individual noticia del gobierno

eclesiástico y culto divino de estos pueblos; pues, siendo mi ánimo el

presentar al examen y consideración de usted la idea que me ha ocurrido

de mejorar el gobierno temporal de esta provincia, será preciso mudar en

parte el que se observa en la eclesiástico, así para conformarlo con el

temporal, como para que se logren y tengan efecto las piadosas

intenciones de Su Majestad y prelados eclesiásticos, y que estos

naturales logren la asistencia, doctrina y sufragios necesarios a la

salvación de sus almas. En esta narración tocaré algo de lo que alcanzo

con certeza del tiempo de los expatriados, y me extenderé en el

presente, como que tengo entera noticia, para que con conocimiento de lo

que ahora se observa puedan conocerse las ventajas del que premedito.

En tiempo de los jesuitas había en cada uno de estos pueblos un cura que

presentaba el gobernador de Buenos Aires, como vicepatrono de los

treinta pueblos, al que daba la colación y canónica institución el

obispo de Buenos Aires a los de los diez y siete pueblos del Uruguay, y

el del Paraguay a los trece del Paraná. Estos curas tenían de sínodo 476

pesos, señalados en los reales tributos, los que percibía su religión,

quien señalaba los compañeros y coadjutores que le parecía, poniéndolos

y quitándolos a su arbitrio, o a pedimento de los curas, y a unos y

otros les suministraba lo preciso para su comodidad y decencia. El cura

se hacía cargo y cuidaba principalmente de las temporalidades, y daba al

compañero el cargo el cargo de lo espiritual, sujetándolo en todo a sus

disposiciones; y como ya dejo dicho del modo que se gobernaban en lo

temporal, diré lo que alcanzo del que practicaban en lo espiritual.

Lo primero que se presenta a la vista son los templos; éstos, aunque no

guardan regularidad en su arquitectura y son de poca duración,

atendiendo a la pobreza de los pueblos y la de sus naturales, son muy

suntuosos y están bien adornados interiormente de retablos, los más de

ellos muy toscos, y todos dorados, y los bustos de los santos que ocupan

sus nichos pocos son los que hay de buena escultura. Las pinturas que

adornan sus paredes son toscas y desproporcionadas. Las alhajas de plata

son muchas y grandes, aunque su obra es poco pulida, a excepción de

alguna otra pieza. Los vasos sagrados son también muchos y de mejor

obra, y algunos de ellos de oro; igualmente los ornamentos son muchos,

ricos y costosos. De modo que, aunque para el servicio de Dios y culto

divino ninguna riqueza puede decirse que es excesiva, con todo,

atendiendo a la pobreza de los pueblos y sus naturales, parece que se

excedieron en esto. Las torres o campanarios son de madera, formados de

cuatro pilares u horcones gruesos y altos, con dos o tres entablados que

hacen otros tantos cuerpos, y su tejadito. Estos campanarios están en

los patios de las casas principales, contiguos a las mismas iglesias, y

en ellos muchas campanas de varios tamaños, y algunas bastante grandes y

de buenos sonidos, las más son fundidas en estos pueblos.

Una de las cosas en que he reparado es que, teniendo las iglesias de

estos pueblos tantas alhajas de plata, aun para usos poco necesarios, y

muchas de ellas duplicadas en un mismo uso, no hayan empleado parte de

esta plata en coronas de las imágenes de la Madre de Dios, resplandores

de crucifijos y laureolas de santos, siendo muy rara la imagen en cuyo

adorno hayan empleado plata alguna. Lo mismo digo de los bustos de Jesús

Nazareno, en los varios pasos de su pasión, el de la Virgen y otros

santos que sacan en las procesiones de Semana Santa; todos éstos son

unos trozos de madera mal labrados y peor pintados, sin ningún adorno en

sus cuerpos, ni en las andas en que los colocan, siendo éstas una

especie de parihuelas mal formadas, y parece que debían haber puesto en

esto más que en otra cosa su esmero; pues, siendo la representación de

estos pasos quien nos trae a la memoria la obra de nuestra redención, es

muy conveniente que los bustos de Jesús, la Virgen y demás santos sean

bien formados y adornados, mayormente entre estas gentes, que les entran

las especies más por la vista que por el oído, y pudieran haber empleado

parte de las ricas telas que emplearon en los ornamentos en vestidos

decentes de estas imágenes y otros adornos de ellas.

Las funciones de iglesia correspondientes al culto divino las hacían con

mucha solemnidad, pero no ponían tanto cuidado en lo que pertenecía al

bien espiritual de las almas de sus feligreses, pues según se explica el

señor don Manuel Antonio de La Torre, obispo que fue de Buenos Aires, en

el informe que dio al excelentísimo señor don Francisco Bucareli,

gobernador de dicha ciudad, tratando del señalamiento de sínodo a los

nuevos curas que sustituyeron a los jesuitas, éstos no aplicaban ninguna

de las misas por los difuntos, ni las de los días de fiesta por el

pueblo, ni la que debían cantar los lunes por las almas del purgatorio,

ni tampoco llevaban el Santísimo Sacramento a casa de los enfermos, pues

a éstos, cuando se les había de administrar, los llevaban y ponían en

una casa o capilla, frente de la misma iglesia, y allí solos

administraban, sucediendo algunas veces el que al llevarlos o volverlos

se morían algunos de frío en el camino. Esta costumbre permaneció algún

tiempo después. Yo alcancé todavía en dos de los pueblos de mi cargo, lo

que cesó a una leve insinuación mía; lo demás que practicaban era

conforme a lo que expresaré adelante, cuando trate del culto divino

presente. Pues en la mayor parte los curas actuales han seguido la

costumbre que encontraron, según la practicaban los mismos indios, a

excepción de tal cual cosa de poca consideración que han alterado; y si

tenían alguna otra particularidad, la ignoro.

El lugar que ocupaban los jesuitas fue sustituido por religiosos de las

tres órdenes: Santo Domingo, San Francisco y la Merced; para cada pueblo

fueron nombrados dos religiosos con títulos de cura y compañero,

señalando a cada uno distinto sínodo, como ya queda dicho.

Para el nombramiento del religioso que ha de servir el empleo de cura se

guardan las formalidades que previenen las leyes del real patronato,

haciendo la nominación el provincial, la presentación el vicepatrono, y

dándole la institución el diocesano; pero a los compañeros los nombra el

provincial, y con la aprobación y pase del vicepatrono vienen a ocupar

su destino, dejando tomada razón en los tribunales de real hacienda para

el abono de sus sínodos.

Luego que el cura se presenta al gobernador de la provincia o teniente

del departamento en cuyo distrito está el pueblo de su destino, vistos

sus títulos, despacha orden al cabildo y administrador para que por su

parte lo reciban y le acudan con el sustento, según está mandado en las

ordenanzas. Con esta orden y sus títulos se presenta en el pueblo, y el

cura que cesa le hace entrega formal del curato, libros, iglesia,

sacristía y ornamentos. Asistiendo a todo el cabildo y administrador,

reconocen si los ornamentos y alhajas de la iglesia están cabales, según

el primer inventario, anotando lo que deben anotar, y dan parte de la

ejecución al inmediato superior.

Los compañeros se presentan con la licencia de su provincial y orden del

vicepatrono, y mediante ella son admitidos sin hacerles entrega de nada.

Hace dudar, y aún dudo, si estos religiosos son ambos curas, o a lo

menos si ambos tienen iguales cargas. Esta duda nace de que, gozando

iguales y distintos sínodos, deben considerarse dos distintos

beneficios, y por consiguiente cada uno debe tener anexas sus cargas

particulares, o repartirse entre sí todas las comunes del curato. A que

se agrega que, si sólo el que se nombra cura es el obligado a cumplir

las cargas del curato, y el compañero a lo que el cura le encargare, la

certificación de éste debía darla el cura, y la del cura el cabildo,

según resulta la asistencia que lograba el pueblo; pero no es así,

porque a cada religioso separadamente se le da su certificación, sin que

el cura pueda quitar ni poner en la que dan a su compañero. Además de

esto, el año de 82, por disposición real, publicó edictos el Ilustrísimo

Señor Obispo de Buenos Aires, llamando a los clérigos que quisieran

oponerse a los curatos de los diez y siete pueblos de indios de este

obispado, y llama Su Señoría Ilustrísima para cada pueblo a dos

individuos para curas, expresando que el sínodo de cada uno son 200

pesos; y añade Su Señoría Ilustrísima que para el pueblo de Yapeyú sólo

llaman a uno por estar ya provisto otro clérigo en él. De lo que se

infiere que los empleos de cura y compañero son dos beneficios

distintos, cada uno con sus cargas anexas, o que todas las del curato

son comunes a los dos, y deben dividirlas entre sí igualmente. Pero a

esto se opone el que sólo el que se nombra cura trae los títulos de tal,

con todas las formalidades debidas, y el compañero, aunque para el goce

del sínodo sean suficientes los que traen, de ningún modo puede serlo

para la administración de sacramentos; a excepción del de la confesión,

pues para ese solo trae licencia del Obispo, y necesita para lo demás la

del cura del pueblo a que viene destinado.

Aunque regularmente suelen avenirse bien los curas y compañeros,

partiendo entre sí el trabajo, no dejan de ofrecerse algunas disensiones

sobre esto, pretendiendo algunos curas que sólo deben los compañeros

hacer aquello que determinadamente ellos les mandaren, y nada más; otros

por el contrario quieren que los compañeros tengan las mismas

obligaciones y cargas que ellos, y los compañeros quieren que todas las

misas que deben aplicarse a los feligreses sean del cargo del cura; y

nadie hay que resuelva esta duda, ni la haya querido consultar a la

Superioridad. Pero lo cierto es que a los compañeros no les pasan en su

religión, particularmente a los de San Francisco, el tiempo que lo han

sido para su jubilación, contándoles sólo el que han servido de curas.

De estos principios nace el que los religiosos compañeros no reconocen

superioridad en los curas, ni éstos se atreven a obligarlos y tratarlos

como súbditos; de modo que ni unos ni otros conocen superior alguno

dentro de esta provincia, porque por parte del real patronato el

gobernador y teniente somos solamente unos celadores que debemos avisar

al vicepatrono lo que consideremos digno de su noticia, y nada más. Por

parte de los prelados regulares y diocesanos, no hay superior ni vicario

que ejerza jurisdicción alguna, y así no es de maravillar el que hayan

sucedido muchos desórdenes en estos pueblos, estando tan lejos los

recursos, y tan enlazadas las tres jurisdicciones real, episcopal y

regular, y que las más veces participan de todos tres fueros, las causas

de que se originan, a las que da cuerpo y fomento la mucha ignorancia de

todos. El gobernador y tenientes estamos lejos y sin ningún conocimiento

de las leyes, y así ni podemos usar de ellas, ni aun formar con método y

formalidad un expediente jurídico; los religiosos regularmente no saben

más que alguna teología moral, y nada de derecho civil, ni canónico.

Aquí no hay ningún profesor de derecho, con que unas veces por no errar,

y otras por evitar mayores escándalos, es preciso que los más prudentes

cedan el campo a los orgullosos, y si por ser los desórdenes de

naturaleza que no puedan tolerarse se forma algún expediente, y se da

parte con él a la Superioridad, va tan lleno de nulidades, unas por

exceso y otras por defecto, que los tribunales superiores se ven

embarazados con ellos, y no pueden resolver nada. Conque a vista de esto

no es de extrañar nada de lo sucedido, antes es maravilla el que no

suceda más.

Cuando sucede el enfermar algún religioso, que está solo en su pueblo, y

que no puede atender al cumplimiento de su ministerio, y dan parte al

gobernador o teniente inmediato, éste no tiene otro arbitrio que el de

escribir una carta suplicatoria a otro cura o compañero de aquéllos en

cuyos pueblos hay dos religiosos, manifestándole la necesidad; y si éste

no quiere ir a suplirla, no le puede obligar. Ya ha sucedido tener el

gobernador que escribir a muchos, sin hallar uno que quisiera ir a

suplir una de estas necesidades.

Aunque por los concilios y otras disposiciones canónicas está mandado

que los curas no se ausenten de sus feligresías sino en los tiempos y

con los motivos que allí señalan, y con la licencia de los prelados y

demás que pueden darlas, aquí no se observa nada de esto. Fuera de las

frecuentes ausencias que hacen los curas y compañeros dentro de la misma

provincia de unos pueblos a otros con motivo de funciones de iglesia, y

otros particulares en que tal vez dejan solo el pueblo de su cargo por

algunos días, hacen otras ausencias fuera de la provincia con motivo de

ir a Buenos Aires a cobrar los sínodos, y a Corrientes y el Paraguay a

ver sus parientas. Para estas ausencias, que siempre son de meses, y tal

vez de año o años, lo que acostumbran es presentarse al gobernador o

teniente del distrito pidiendo el pase para el viaje que va a emprender,

el que se le concede en cuanto está de parte del gobierno secular; y con

este solo requisito se ponen en camino, van a la capital, se presentan,

negocian el cobro de sus sínodos y demás a que van, y ni por parte de su

religión, ni por la del obispo, se les hace ningún cargo. Supongo les

tendrán concedida tácita licencia, y los religiosos usarán de ella en

las ocasiones que la necesiten, pues de otro modo no sé cómo podrán

componerse con sus conciencias.

Como en tiempo de los jesuitas todo lo gobernaban curas en estos

pueblos, los indios, acostumbrados a llevar todas las causas a ellos,

continuaron lo mismo, después de la expulsión, con los religiosos que

ocuparon su lugar. Éstos, unos por ignorancia y otros por ampliar su

jurisdicción, se apoderaban de ellas, como si legítimamente les

pertenecieran; y aunque el gobierno procuró poner remedio y consiguió el

separarlos de tan ilícito y perjudicial abuso, siempre se han mantenido

fuertes los religiosos en querer entender en las causas que por su

naturaleza corresponden a los jueces eclesiásticos, y otras que son de

mixto fuero, como son amancebamientos, riñas entre casados y otras

semejantes, sin que el gobierno haya podido apartarlos de estas

pretensiones. Aunque al presente se les va haciendo conocer que la

jurisdicción de curas no se extiende al fuero externo, no teniendo

comisión particular del obispo o vicario general del obispado, y por lo

mismo no deben entender en ninguna causa externa, ni imponer

condenaciones, ni prender indios; y mucho menos fulminar censuras, como

antes lo han hecho, pues todo esto está reservado para los jueces

eclesiásticos, que los curas no lo son; pero, aunque se abstienen, es

con grandísima repugnancia.

En el modo de celebrar los divinos oficios parece se han conformado los

curas con la práctica antigua que tenían los pueblos, aprendiéndola de

los mismos indios, porque la uniformidad que en lo sustancial se observa

en todos los pueblos lo manifiesta bastante. Todos los domingos y días

festivos del año se anuncia, la víspera a las oraciones, con repique de

campanas, que se repiten al alba; y al salir el sol, o poco después, se

da el primer repique para convocar la gente a la iglesia, repitiendo

otros dos con intermisión de seis u ocho minutos entre uno y otro. En

cuyo tiempo se junta toda la gente del pueblo en la iglesia, y allí,

haciendo coro algún fiscal u otro viejo instruido, y algunas veces los

muchachos más hábiles, rezan las oraciones de la doctrina cristiana;

después va el cura o compañero, y les explica algún punto de doctrina,

empleando algún poco de moral sobre el mismo punto, en lo que

regularmente gasta media hora; y, concluido, avisan con la campana que

va a comenzarse la misa mayor, la que celebra el cura o compañero con

bastante solemnidad, porque la música es numerosa, y regularmente

instruidos los músicos. El altar mayor se adorna con muchas luces, unas

de cera y otras de sebo; acompañan en el altar al sacerdote seis

muchachos de diez a doce años, vestidos con sotanillas encarnadas los

días que la iglesia viste de blanco o encarnado, y para los días de

otros colores las tienen de los mismos que la iglesia usa, y con

roquetes más o menos costosos y decentes, según la festividad del día.

Dos de estos muchachos sirven el incensario y navetas, otros dos los

ciriales y los dos restantes acuden a todo lo demás del altar, en que

están bastante diestros y prontos. Además de estos muchachos hay

alrededor del altar dos o más indios sacristanes, pero sin ninguna

vestidura eclesiástica, pero aseados; éstos están allí para correr los

velos, poner fuego en los incensarios, arrimar o poner sillas y otras

ocupaciones semejantes. Al salir la misa lo anuncian los indios en la

puerta de la iglesia, del umbral para adentro, con toque de cajas y

trompetas, para lo que nunca faltan seis u ocho en esta ocupación,

causando tal estrépito que aturden a cuantos hay en la iglesia,

repitiendo lo mismo al tiempo del evangelio, al _Sanctus_, a la

elevación de hostia y cáliz, a la segunda elevación y al último

evangelio.

Si algunos han confesado, se les da la sagrada comunión luego que el

sacerdote consume, y en acabando la misa entonan los tiples de la música

el bendito y alabado, en tono muy dulce y agraciado, el que repite todo

el común del pueblo; y en acabando se retiran a sus casas.

En los pueblos donde hay dos religiosos sería lo más conveniente que, en

los días de precepto para los indios, el uno dijera la misa temprano,

para que los que tienen enfermos que asistir fuesen a oírla, dejando

otros entretanto que los cuidasen, y lo mismo aquellos o aquellas que

por su desnudez no pueden ir a la iglesia, les prestarían otros y otras

su ropa para que oyeran misa; pero es muy raro el pueblo en que se

practica esto. En los más se dicen las misas a un tiempo, de modo que

los que tienen éstos u otros impedimentos no pueden oírla; como tampoco

los que el pueblo tiene empleados en guardar los chacareríos, que, como

los robos se recelan de noche, y la misa se dice temprano, no pueden

venir a oírla, lo que podrían hacer si la misa mayor se celebrase a una

hora regular, que aunque estuvieran toda la noche en su ocupación tenían

tiempo desde que amanecía de venir a misa sin ningún recelo.

Todos los demás días del año, que no son de precepto para los indios,

aunque lo sean para los españoles, se dicen ambas misas al salir el sol

o antes, y en algunos pueblos luego que amanece, de modo que muchos se

quedan sin oírla si se descuidan en madrugar, por cuya causa se originan

algunas de las disensiones entre curas y administradores. En todos los

días, aunque la misa sea rezada, asiste la música y cantan en el coro

los kiries, la gloria, credo y sanctus, y todo lo que cantarían siendo

la misa cantada, y les tambores tocan y hacen el mismo estrépito que en

los días festivos.

Todas las tardes se reza el rosario en la iglesia, una hora antes que el

sol se ponga; en lo que también hay alguna diferencia de unos pueblos a

otros, según la voluntad del cura.

Solemnízase en el año algunas fiestas con más particularidad que las

demás, como son las principales de Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen,

la de San Miguel, la del Santo Patriarca de la religión de los curas,

los días del Rey Nuestro Señor y su cumpleaños. Estos días se anuncia su

festividad con repique de campanas la víspera al medio día, a cuya hora

concurre lo más del pueblo a la iglesia, en donde el cura con la música

canta el _magnificat_, y a la tarde se cantan vísperas solemnes,

precedidas de los repiques de campanas, los que se repiten a las

oraciones y ánimas, como asimismo al alba del otro día, y para convocar

a la misa mayor, en que oficia la música con más solemnidad que otros

días; y después se ejecutan en el pueblo algunas diversiones públicas, y

se dan algunas reses y otras cosillas extraordinarias como ya queda

dicho.

La función que más se singulariza entre todas es la del Santo Patrón

titular del pueblo; para ésta se convidan algunos religiosos de los

pueblos inmediatos, para que en las vísperas y misa se vistan de

diáconos y asistan otros a los demás ministerios del altar; se encarga

con anticipación el sermón que se predica, mitad en guaraní y mitad en

castellano, cuya diligencia corre a cargo del cabildo y administrador;

pero se comunica antes con el cura, el que también concurre a convidar a

los religiosos que han de asistir a la función; y al tiempo que éstos

van llegando al pueblo, la víspera del día de la fiesta los reciben a la

puerta de la iglesia los curas con repiques de campanas y música, y lo

mismo practican con el gobernador y teniente del departamento si

concurre, cuya ceremonia sólo puede excusarla de abuso el estar

introducida desde el tiempo de los jesuitas, que así lo practicaban con

sus curas, y que de no hacerlo así ahora lo extrañarían los indios; lo

demás de estas funciones queda ya dicho en otra parte.

Al día siguiente se celebra en los pueblos de este departamento, por

disposición mía, un aniversario por las almas de los hijos del pueblo,

con vigilia, misa y responso solemne, y aplican todos los religiosos que

asisten las misas de aquel día, pagando su estipendio del común del

pueblo.

Las funciones de Semana Santa se hacen con bastante solemnidad y

devoción, aunque con poca decencia las procesiones, por lo imperfecto de

las imágenes y ningún adorno de todo cuanto en ellas sirve. En algunos

pueblos comienzan las procesiones desde el Lunes Santo, pero lo más

común es desde el miércoles; este día a la tarde se cantan en la iglesia

las tinieblas con toda la música, con tanta solemnidad como pudieran en

una colegiata, en donde es de admirar el oír cantar las lamentaciones y

demás lecciones a muchachos de ocho o diez años de edad, aunque no con

propiedad latina, porque no entienden lo que leen, ni pueden pronunciar

bien el latín, ni el castellano, porque carecen en su idioma de las

letras L, F y R, ásperas, pero muy corridas y ajustadas a la música.

Duran las tinieblas hasta las oraciones, a cuya hora, al tiempo del

_Miserere mei Deus_, cerradas las puertas y apagadas las luces, se

azotan rigorosamente los indios; poco después se hace plática de pasión

en el idioma guaraní, la que, acabada, se dispone la procesión en esta

forma.

Memoria histórica, geográfica, política y éconómica sobre la provincia de Misiones de indios guaranís · 第 6 / 12 段