hace en casa del corregidor, y en las de algunos caciques y cabildantes,
para las cuales se da de los bienes de comunidad, para cada mesa, un
toro, un poco de sal y un par de frascos de miel, y ellos agregan de lo
suyo lo que pueden. En cada casa en que hay convite disponen una mesa
larga en los corredores, que suele ser una tabla angosta sobre dos
palos, y una mesita chica adornada a manera de altarito, con respaldo,
en la que colocan alguna imagen o estampa de santo; en esta mesita ponen
las viandas más finas y delicadas, como son aves, pasteles, batatas
cocidas o asadas, pan, etc. Estas mesas, con más algunos grandes pedazos
de asados, y otras cosas, las traen a la plaza, cerca de la puerta del
colegio, a las doce del día, a que el cura les eche la bendición, a cuya
ceremonia gustan los indios que asistan todos los españoles que hay en
el pueblo, particularmente si está el gobernador o teniente gobernador;
y luego que el cura les bendice la comida, saludan con toque de cajas y
clarines, y baten las banderas y la música, entonan una letra, que
tienen dispuesta en su idioma, para dar gracias a Dios que les da de
comer, y hecho esto se retiran con las mesas a sus casas, y se ponen a
comer en los corredores, lo que ejecutan estos días con toda ceremonia.
No se sientan en aquellas mesas sino los que son convidados, que deben
tener oficio o cargo; tampoco se sienta ninguna india. En tomando
asiento los indios, que todos dan la cara a la plaza, vienen las mujeres
e hijas de los convidados, cada una con un plato de barro grande; llega
y lo pone debajo de la mesa, a los pies del padre o marido, y se retira
un poco, manteniéndose en pie, frente de su marido, todo el tiempo que
dura la comida, la que van sirviendo algunos indios, que traen a cada
convidado un plato de buen porte colmado de comida, del que come un poco
o hace que come, y luego lo desocupa en el plato que tiene a sus pies;
da el plato vacío, y se lo vuelven a traer lleno de otra cosa o de la
misma, y hace lo mismo que con el primero; y así continúan hasta que
concluyen. De modo que juntan en un plato todas las sobras de cuantas
viandas les han servido a la mesa; hasta los dulces, si los hay, los
juntan con lo demás. Luego que han acabado, llegan las mujeres y toman
los platos de las sobras y se los llevan a sus casas, a donde también
van los maridos, y juntos con sus hijos o amigos comen lo que ha sobrado
en el convite.
Aunque los corregidores tenían el mismo estilo cuando yo vine a estos
pueblos, lo han desterrado enteramente en sus particulares, y el
convite, que en estas fiestas y en la del santo patrón titular del
pueblo tienen en su casa, lo hacen ya del mismo modo que los españoles.
Dentro de su casa disponen la mesa bien servida y aseada, en ella se
sientan las mujeres juntamente con sus maridos y se portan con
sobriedad, y los curas van a casa de los corregidores a bendecirles la
mesa.
A la tarde corren sortija en la plaza, dando premios al que la lleva, y
a la noche se repiten los bailes y _menguas_.
De estas funciones la que se hace con más solemnidad es la del día del
santo del patrón titular del pueblo. Para ella disponen en la plaza, en
la entrada de la calle que está en frente de la puerta de la iglesia, un
castillo o andamio hecho de maderos altos, en el que forman pórticos y
balcones, con ramos verdes, y adornan con colgaduras y bastidores de
lienzo pintado; allí colocan en un altar la imagen del santo titular, y
delante, al pie del mismo altar, dejan lugar para enarbolar el real
estandarte. Desde muy temprano, la mañana de la víspera, ya están todos
los cabildantes, oficios militares y demás empleados del pueblo vestidos
y con caballos ensillados para salir a recibir al camino al gobernador,
a los tenientes y a los curas, administradores y cabildos de otros
pueblos, convidados a la fiesta; tienen puestas espías en todos los
caminos, y en avisando que viene alguno salen a medio cuarto de legua a
encontrarlo; allí lo saludan, le dan la bienvenida y lo acompañan hasta
su alojamiento. En estos recibimientos pasan toda la mañana, empleando
los intervalos de tiempo en correr a caballo alrededor de la plaza, que
es la pasión más dominante de los indios, que no cesan de correr los
tres días que dura la función; y para ello tienen reservados con mucho
cuidado los caballos que han de servir esos días, a los que llaman _los
caballos del santo_; y éstos sólo en faenas particulares sirven, pero no
en el servicio diario de las estancias; lo que también es conveniente,
pues se hallan en buen estado aquellos caballos cuando se necesitan.
En el regidor primero es en quien recae el empleo de alférez real, a
cuya casa acude el cabildo a las doce del día, y lo acompañan a la casa
de cabildo, en donde le entregan la insignia de alférez real, que es un
bastón alto que tiene sobre el puño un escudo de plata del tamaño de una
mano, en el que están grabadas las armas reales. Al alférez real
acompaña un indiecito que le sirve de paje, y le lleva el bastón cuando
él lleva el real estandarte. Para uno y otro tienen los pueblos vestidos
iguales, con bordados y galones muy costosos; pero, como están cortados
a la antigua y no les ajusta a sus cuerpos, los hacen ridículos. El
alférez real toma el real estandarte y con todo el acompañamiento lo
lleva y coloca en el castillo, repitiendo muchas veces: «Viva el Rey,
Nuestro Señor, don Carlos III». Desde allí van todos a la puerta de la
iglesia, y descubren el retrato en la forma que queda dicho; y después
entran en la iglesia, en donde se canta el _magnificat_, y se retiran,
acompañando hasta su casa al alférez real.
A la tarde, después de dados dos repiques de campanas para anunciar las
vísperas, va el cabildo, montados y acompañados de los oficiales reales
y demás concurrentes, a casa del gobernador, o teniente gobernador, a
sacarlo para el paseo del estandarte, donde concurren todos los
administradores y demás españoles concurrentes, como asimismo los
corregidores y cabildos de otros pueblos; y todos montados van desde
allí a casa del alférez real, al que acompañan y llevan a que tome el
real estandarte; y al recibirlo repite el «viva el Rey» al son de cajas,
clarines, campanas y varios tiros de camaretas; y dispuestos en buen
orden dan vuelta la plaza, caminando delante los oficiales militares de
a pie con las banderas, picas y demás insignias, jugando y batiendo las
banderas de trecho a trecho, y repitiendo «viva el Rey». Llegan a la
puerta de la iglesia, donde esperan los curas a todos los religiosos
concurrentes, los que, después de dada el agua bendita, acompañan hasta
el presbiterio al real estandarte, el que recibe el cura o el que ha de
celebrar la misa, y coloca dentro del presbiterio, al lado del
evangelio, en un pie de madera, y al alférez real le ponen silla, tapete
y almohada, al mismo lado de afuera del presbiterio, enfrente de la que
ocupa el gobernador o teniente gobernador; y, en acabándose las
vísperas, vuelven a retirarse en la misma forma y, dando antes vuelta a
la plaza, colocan el real estandarte en su lugar.
Al otro día se repite el paseo, y se canta la misa como la tarde antes
las vísperas, y a las doce del día se reserva el real estandarte; pero
el real retrato permanece descubierto todo el día, el que ocupan en
correr en la plaza, en bailes, sortija a la tarde y otras diversiones.
En la forma dicha continúan lo mismo el día siguiente, en el que suelen
correr algunos toros, cortadas las aspas para que no lastimen a los
toreros, que son muy torpes y atrevidos. En algunos pueblos representan
a las noches óperas o comedias truncadas, pero, como los representantes
son indios, y los más de ellos muchachos, y no entienden lo que dicen ni
pueden pronunciar bien el castellano, se les entiende poco y tienen poca
gracia estas representaciones para los españoles y para ellos.
Al mediodía juntan las mesas en la plaza para la bendición en la forma
dicha; regularmente pasan este día de veinte mesas las que se disponen,
y en algunos pueblos ricos aun llegan a ciento, y todas muy abundantes
de carne, pues el pueblo más económico es preciso gaste este día cuando
menos 50 toros, porque de los pueblos inmediatos concurre mucha gente, y
a todos dan de comer con abundancia.
En esos días se reparten, al tiempo de los bailes, sortija y toros,
varias menudencias de las que se trabajan en los pueblos, como son
rosarios, vasos, cucharas, peines de aspa y lienzo de algodón; también
se les da, si hay en el almacén, agujas, cintas, cuchillos y otras
menudencias que ellos estiman mucho. De esto, unas cosas se dan por
premio a los que bailan o llevan la sortija, y otras se tiran a que las
cojan, que es en lo que ellos tienen más diversión, y se juntan todos a
cogerlas; hasta los cabildantes, si cae alguna cosa hacia donde están
sentados, olvidan la formalidad con que están y se arrojan como niños a
coger lo que pueden; aunque ya en el día se contienen algo.
Todo el año trabajan gustosos sólo con la esperanza de que la fiesta se
haga con grandeza; y si se les quiere cercenar algo, contestan que ellos
trabajan contentos sólo con el fin de gastarlo ese día; y si a pesar
suyo se moderan los gastos, se reconoce desmayo en adelante en la
aplicación al trabajo.
Aunque por la costumbre que tienen de acudir a sus distribuciones saben
el día y hora de todo, están tan acostumbrados a no hacer nada sin que
se lo manden, que para todo aguardan la señal del tambor, o la voz del
pregonero o publicador; y así en todo el día se oyen repetidos toques de
cajas y publicar por las calles lo que deben hacer. Al alba, luego que
la campana hace señal, corresponden los tambores, y se reparten por las
calles algunos indios, que a voz alta les dicen se levanten a alabar a
Dios, a disponerse para ir a la iglesia a oír misa, después al trabajo,
y que así harán la voluntad de Dios, se proporcionarán el sustento y
agradarán a sus superiores. En todas las horas del día repiten esta
misma diligencia conforme lo que tienen que hacer; lo mismo para que
acudan al rosario, sin embargo de que la campana les avisa.
Habiendo yo notado que en varias horas de la noche tocaban las cajas,
particularmente a la madrugada, me movió la curiosidad a preguntar a qué
fin eran aquellos toques; y me respondieron que siempre habían tenido
aquella costumbre de recordar toda la gente en algunas horas de la
noche, y que por eso lo hacían. Apurando más esta materia y su origen,
me dijeron que los jesuitas, conociendo el genio perezoso de los indios,
y que, cansados del trabajo de todo el día, luego que llegaban a sus
casas y cenaban, se dormían hasta el otro día, que al alba les hacían
levantar para ir a la iglesia y de allí a los trabajos; así no se
llegaban los maridos a sus mujeres en mucho tiempo, y se disminuía la
populación; y que por eso dispusieron el que en algunas horas de la
noche los recordaran para que cumplieran con la obligación de casados.
No se nota en estos pueblos aquel bullicio que ocasionan las gentes en
las poblaciones; cada uno en su casa observa un profundo silencio, no se
juntan a conversación ni diversión alguna, ni aunque estén juntos se les
ofrece qué hablar, porque están faltos de especies; ni tienen juegos
para pasar el tiempo desocupado, ni aun los muchachos juegan ni se
divierten en las plazas y calles, como es propio de su edad; no se oyen
cantares en su idioma, ni en castellano, y así no se les oye cantar en
sus faenas ni ocupaciones, como lo acostumbran los trabajadores para
aliviar el trabajo; ni tampoco cantan las indias, ni aun saben ellos ni
ellas hablar alto. Desde chicos los crían tan encogidos que, si les
mandan llamar a alguno, aunque lo tengan a la vista, no saben levantar
la voz para llamarlo, y van donde está, y allí le dicen que lo llaman;
tampoco acostumbran ni les permitían el tocar en sus casas guitarras ni
otro instrumento, y menos el tener bailes caseros; en el día se les
permite, aunque con bastantes limitaciones.
Esto es lo más particular del gobierno político y económico de estos
indios, cuya noticia podrá contribuir a formar cabal concepto de lo que
son y del estado en que se hallan.
Ya que he referido a usted lo que me ha parecido más particular de esta
provincia y sus naturales, discurro no le será desagradable el que,
antes de pasar a tratar de otros puntos, le hable a usted algo de las
naciones de indios infieles, confinantes con estos pueblos, así por lo
que pueden con el tiempo aumentar esta provincia, como porque con su
noticia se podrá formar más cabal concepto de todo lo dicho, y de lo que
después propusiere para los fines de mejorarla. Y omitiendo la nación de
los Guaicurus, que antes molestaba los pueblos más inmediatos al
Paraguay, porque ya en el día se considera distante, mediante las
acertadas providencias del actual gobernador, el señor don Pedro Melo de
Portugal, que con haber establecido las poblaciones de Ñembuá, y tomado
otras providencias, ha sujetado aquella nación, de modo que no ha dejado
ni el menor recelo de invasión en estos pueblos, hablaré solamente de
los Guayanás, los Tupís, los Minuanes y Charrúas.
Bajo de la nominación de Guayanás comprenden estos naturales a otras
muchas naciones, que tienen cierta relación entre sí, y cuyo genio,
costumbres y lenguaje se diferencian poco; éste es semejante al guaraní,
y probablemente tiene el mismo origen; y, aunque alterado y desfigurado
con distinto acento y pronunciación, los entienden con poca dificultad
los indios de estos pueblos.
La nación Guayaná, junta con las demás naciones sus semejantes, es
bastante numerosa; viven a una y otra banda del Paraná, desde unas 20
leguas del Corpus, hasta el Salto Grande de dicho Paraná y aún más
arriba, extendiéndose hasta cerca del Uruguay, por el Río Iguazú, el de
San Antonio y otros. Su natural es docilísimo, y tan sociable con los
indios de estos pueblos que no hay noticia les hayan hecho el más leve
daño en los frecuentes viajes que hacen a los yerbales; antes bien les
ayudan a trabajarles, buscan y manifiestan los parajes en donde hay
muchos árboles de yerba y aun les socorren con alimento cuando les
escasea, contentándose con algunas frioleras que se les da, como son
abalorios, espejitos, algunas hachas chicas y algún lienzo de algodón.
Estos indios viven dispersos por los montes, se alimentan de la caza,
que matan con flechas sin veneno, que no lo usan ni conocen; comen de
todas sabandijas, pero lo principal de su alimento es la miel de abejas
de los montes. También siembran algunas chacras, pero no las cultivan;
lo que hacen es derramar la semilla en algún paraje, y al tiempo que ya
les parece tendrá fruto vuelven por allí y recogen lo que hallan; las
semillas que tienen son: porotos de varias especies, y que algunos dan
fruto todo el año hasta que el frío consume las matas, el maíz y
calabazas o zapallos de varias especies, algunos de exquisito gusto.
A doce leguas del pueblo de Corpus, hacia la parte del este, hay una
pequeña reducción de la nación Guayaná, nombrada San Francisco de Paula,
que está a cargo de los religiosos dominicos; y aunque ya hace muchos
años que se fundó, ni se aumenta, ni hay esperanza pueda permanecer con
fruto; pues, aunque los indios manifiestan mucha inclinación a ser
cristianos, hay muchos estorbos que dificultan el que se consiga el
establecerlos a vida civil y cristiana.
El número de personas cristianas de que se compone la reducción al
presente son unas 50, entre chicos y grandes; pero éstos no siempre
asisten en la reducción, pues, acostumbrados a buscar su alimento en los
montes, se entran por ellos a procurárselo, en donde tratan y conversan
con sus parientes y amigos los infieles, estándose con ellos muchos
meses, de lo que resulta el que tal vez no vuelven a la reducción.
También los infieles frecuentan ésta a menudo, particularmente cuando
los reducidos tienen qué comer; entonces se llena la reducción de
infieles, y en consumiendo lo que hay se retiran, llevándose consigo a
muchos de los cristianos, que, o aficionados del trato, u obligados de
la necesidad, se van con ellos.
El paraje en donde está situada la reducción es una de las mayores
dificultades que hay para que se aumente; la cercanía y trato con los
suyos no les deja olvidar sus antiguas costumbres e inclinaciones; el
poco terreno descubierto de bosques no les permite extender sus chacras,
y mucho menos el criar animales, pues, además de la falta de terreno,
abunda tanto de mosquitos, tábanos y jejenes de diversas especies, que
ni aun pueden tener un caballo para el servicio del religioso
doctrinero.
Por el mes de octubre del año próximo pasado de 1784, al tiempo que el
ilustrísimo señor don Fray Luis de Velasco, obispo de esa ciudad del
Paraguay, visitaba los pueblos de su diócesis, estando en el de Corpus
bajaron los indios Guayanás cristianos a confirmarse en aquel pueblo.
Con este motivo tuvo ocasión dicho señor ilustrísimo, y la tuve yo, de
hablar con ellos, y particularmente con el corregidor, que, aunque de
nación Guayaná, fue nacido y criado en el pueblo de Corpus; y
preguntándole por las causas que a él le parecían motivaban el poco
adelantamiento de su reducción, dijo que la cortedad de sus terrenos y
la inmediación a los montes, donde encontraban lo necesario para su
alimento, juntamente con no estar habituados al trabajo, eran los
motivos que distraían de la reducción a los reducidos; y que los
infieles, aunque todos deseaban ser cristianos, viendo que no tenían qué
comer en la reducción, no querían venir a ella, y que sólo se acercan
por allí cuando saben que hay qué comer, y en consumiéndolo vuelven a
los montes; y que solamente que se les diese terrenos buenos en otra
parte se conseguiría el aumento de la reducción. A lo que les dijo el
señor obispo que hablasen a sus parientes y amigos y los persuadiesen a
salir de entre los montes, que la piedad del Rey les concedería terrenos
y modo de subsistir en otros parajes con las comodidades que veían en
los de aquel pueblo, y les destinarían ministros que los doctrinasen y
enseñasen el camino del Cielo; y que esta diligencia la pusiesen en
ejecución luego que volviesen a la reducción, y que de sus resultas me
avisasen a mí, para que yo lo participase al señor obispo y al
excelentísimo señor virrey con el informe que tuviese por conveniente; y
aunque quedaron en hacerlo, particularmente el corregidor, hasta ahora
nada ha resultado, ni creo resultará por lo que diré a usted.
En el tiempo que el pueblo de Candelaria estaba comprendido en los de mi
cargo, tenía dispuesto que aquellos indios frecuentasen los viajes a los
yerbales silvestres; y entre otros puntos que encargaba para que se
gobernasen en aquella faena, era el que conservasen la mejor armonía con
los infieles, aficionándolos al trato con ellos; y que siempre que
tuvieran oportunidad les persuadiesen a ser cristianos y a salir de los
montes, convidándoles con las conveniencias que ellos tenían en sus
pueblos; y para que les fuesen patentes, vieran si podían persuadir a
algunos caciques a que, como de paseo, vinieran a ver su pueblo; y en
efecto vino uno con otros dos indios con algunos de Candelaria, a los
que agasajé y regalé bastante. Y tratándoles del asunto de su conversión
y reducción, me respondieron que así ellos, como todos los demás de
aquellos montes, deseaban ser cristianos, pero que fuesen allá los
religiosos a enseñarlos, porque ellos no podían salir de allí, porque si
venían a los pueblos se habían de morir; y de esta persuasión, de que no
daban ninguna causa, no los pude disuadir. Pero me parece que no sería
dificultoso el apartarlos de ella, aunque fuera poco a poco, porque como
llevo dicho son muy dóciles; y de querer juntarlos en la reducción
principiada o a otra en aquellos parajes, me parece que todos los
esfuerzos y gastos serían inútiles; porque, aunque la piedad del Rey les
facilite algunos socorros, al instante que éstos llegasen a la reducción
vendrían a ella cuantos hay en los montes, y permanecerían allí hasta
que los consuman o se los escaseen, y les quisieran obligar a trabajar;
lo que no sucedería si los trasladasen a otra parte.
La prueba mayor que tengo para convencerme de la docilidad y buena
disposición de estos indios es que hace tres años que se han mantenido
sin religioso que los doctrine y gobierne, y en todo este tiempo ni han
abandonado la reducción, ni han dejado de cumplir en lo posible con las
obligaciones de cristianos. Y lo más es que, habiendo visto el señor
obispo la desnudez de algunos, determinó socorrerlos, y en efecto lo
hizo; y haciéndoles cargo que por qué no trabajaban en hilar y tejer
para vestirse, dijo el corregidor que en aquel año habían recogido poco
algodón, y que aquel poco lo habían hilado y tejido, y lo tenían
guardado para _tupambae_ del padre, y que de modo ninguno habían de
gastarlo hasta que él viniera y dispusiera de él.
A la banda del sur del Uruguay, en los montes que principian desde el
pueblo de San Francisco Javier, habita la nación nombrada Tupís. Ésta
parece no es muy numerosa, o andan muy dispersos, porque nunca aparecen
muchos juntos; son caribes, y tan feroces que ni aun los tigres les
igualan. Viven siempre en los montes, desnudos enteramente, sus armas
son arcos y flechas, que así aquéllos como éstas son de más de dos varas
de largo; algunas veces se dejan ver junto al dicho pueblo de San Javier
a la banda opuesta del Uruguay; y aunque siempre que esto sucede se les
ha procurado hablar y atraerlos, ofreciéndoles y mostrándoles cintas,
abalorios, gorros colorados, maíz y otras cosas, nunca han querido
llegarse ni esperar, correspondiendo con sus flechas, con las que han
herido algunos indios cuando han visto que las canoas o balsas se
acercan hacia donde ellos están, retirándose precipitadamente al monte.
El pueblo de San Javier mantenía en aquel lado una estanzuela, y por las
invasiones de estos indios les fue preciso abandonarla; pues, aunque no
acometían a las casas, buscaban ocasión de encontrar algún indio solo
para acometerle, y no se podían perseguir, porque ganaban el monte, del
que jamás se apartaban mucho. En tiempo de los jesuitas pudieron los
indios de San Javier aprisionar uno de estos indios, y lo trajeron al
pueblo, en el que procuraron agasajarlo con la suavidad del trato; pero
nada bastó para que depusiese su ferocidad, en la que permaneció sin
querer tomar alimento ni hablar una palabra, hasta que murió.
Estos mismos indios se extienden por aquellos montes hasta cerca del
pueblo de Santo Ángel, y por todos los montes que median entre el
Uruguay y los pueblos del destacamento de San Miguel, conocidos por los
de la Banda Oriental del Uruguay. Cuando los indios de estos pueblos van
a los montes a beneficiar la yerba nombrada del Paraguay, es menester
que vivan con la precaución de no separarse uno solo, porque los Tupís
los acechan desde el monte a manera de tigres, y el que ven solo y
retirado de los otros le acometen, y si no puede escapar, lo matan, lo
llevan y lo comen.
De estos indios cuentan los Guaranís algunas patrañas, ocasionadas del
miedo que les tienen; una de ellas es que sus pies no tienen dedos, y
que en ellos tienen dos talones o calcañales, y que así no se puede
conocer por las pisadas si van o vienen.
En los campos que se dilatan a la Banda Oriental del Uruguay, desde el
río Negro hasta el Ibicuy, habitan las dos naciones de Charrúas y
Minuanes; la primera hacia el lado del río Negro, y la otra hacia el
Ibicuy y estancias que por allí tienen los pueblos. Estas dos naciones
son semejantes en su genio, costumbres y modo de vivir, y así lo que
dijere de los Minuanes, que son los más inmediatos a estos pueblos,
conviene a los Charrúas.
Los indios Minuanes viven en tolderías, compuestas de parcialidades o
cacicazgos, aunque regularmente conocen superioridad en alguno de los
caciques de aquellos territorios, ya por tener mayor número de indios a
su devoción, o por más valeroso y hábil; ahora el que domina es el
cacique Miguel Caray. Estos indios son bastante tratables, guardan fe en
sus contratos, castigan a los delincuentes, sin permitir se haga daño a
nadie, si no han recibido antes algún agravio, y así viven en buena
armonía con todos los de los pueblos, menos con los de Yapeyú, que,
porque éstos les han hecho algunos daños, siempre que pueden se vengan
de ellos.