Por los años de 1773 y 74 estuvieron estos pueblos en la última miseria,

solo el pueblo de Concepción tenía algún ganado en sus estancias, en las

de los demás era muy poco el que había. Los almacenes de todos estaban

vacíos, el chacarerío arruinado, sin algodonales ni cosa que les pudiera

producir para su subsistencia. Pero la solicitud de dicho mi antecedente

les proporcionó el volver a poblar sus estancias, hizo plantar

algodonales y puso en regular estado todos los pueblos a él

encomendados, de modo que a mi ingreso tenían las estancias de los ocho

pueblos más de 100.000 cabezas de ganado vacuno y caballar, y demás

especies en buen estado, y el chacarerío y algodonales bastante

adelantados, bien que estaban empeñados en más de 90.000 pesos de

comercio, resto del importe de los ganados acopiados para poblar las

estancias. En lo demás estaban bastante atrasados, sus almacenes

enteramente vacíos, las casas, así las principales nombradas colegios

como las particulares de los indios, caídas o muy deterioradas; mucha

desnudez, ninguna civilidad, en fin, en sus costumbres y preocupaciones

convenían con los demás pueblos en los términos que queda dicho.

Al principio apliqué todo mi cuidado en granjearme la voluntad y

confianza de todos los individuos del departamento, no tan solamente de

los indios, sino también de los curas y administradores; y lo logré tan

cumplidamente que hasta el presente nadie me ha ocasionado quebranto de

consideración; todos desean complacerme, y así consigo cuanto deseo.

Conociendo que de las enemistades de curas y administradores resultaba

parte de la ruina de los pueblos, o estorbaba su adelantamiento, procuré

ante todas cosas arrancar de raíz el espíritu de discordia,

estableciendo con algunos reglamentos una paz sólida, que cada día se ha

asegurado más y más. Es verdad que alguna u otra vez ha habido algunos

disgustos entre curas y administradores, pero éstos han sido de poca

consideración, y con facilidad se han disipado sin que haya sido

menester dar parte a la superioridad, adonde antes era preciso acudir a

menudo.

Procuré también que a los corregidores y cabildos se les tratara con

aquella atención que encargan las leyes, y que ninguna persona de

ninguna calidad se atreviese a faltar al respeto debido a ninguno de sus

individuos, haciéndoles conocer a éstos el modo con que debían portarse

para no desmerecer las honras y distinciones debidas a sus empleos, y

que yo quería se les guardasen como lo manda el Rey.

Establecí reglas para que entre el cabildo y administrador no hubiese

motivo de discordia en la distribución de las faenas de comunidad y su

verificación, con otros varios puntos concernientes al buen gobierno del

pueblo; y particularmente para evitar las vejaciones que padecían los

indios por los corregidores y cabildos, que muchas veces los castigaban

por sus fines particulares, aunque con pretexto de otras faltas. Para

remediar esto mandé que en el cabildo haya un libro en que se escriban

todos los castigos que se ejecutan, en esta forma: «A fulano de tal se

le dieron tal día tantos azotes por tal delito, por mandado de tal juez

que entendió en su causa», y al fin del mes han de firmar y autorizar

todos los del cabildo esta relación, y el administrador ha de certificar

a continuación constarle no haberse hecho más castigos que los que allí

se refieren, y si se ha dejado o no de castigar a otros que lo han

merecido, con todo lo demás que le parezca digno de mi noticia; y

sacando del libro una copia, me la envían mensualmente. Con esta

providencia he atajado, cuando no todas, mucha parte de las injusticias

que hacían, y he dado una regular forma al gobierno económico de los

pueblos y a la armonía que debe haber entre el corregidor, cabildo y

administrador de cada establecimiento.

Apliqué todo mi conato a promover la agricultura y la industria,

animándolos con mis exhortaciones y consejos; y para que se aplicasen

con más empeño, acrecenté la ración de carne que se les daba en un

tercio más, y así he conseguido sin rigor el que se apliquen al trabajo,

y el ver pagadas todas las deudas, y aumentado el ganado vacuno en las

estancias, que al presente tienen cerca de 80.000 cabezas más de las que

tenían a mi ingreso, y a proporción es al aumento de las boyadas,

yeguas, potros, caballos, mulas y ovejas, no siendo menor la ventaja que

se conoce en el chacarerío. Se han aumentado los algodonales, plantado

cañaverales, reparado los yerbales y mejorado todos los ramos de

agricultura; también he procurado se construyan casas nuevas en todos

los pueblos, y que se reparen las que había, como asimismo las iglesias

y casas principales. Aunque en esto no se ha adelantado tanto como yo

quisiera, porque la falta de albañiles lo ha impedido, no ha sido tan

poco lo que se ha hecho que no se conozca bastante diferencia de ahora a

como estaban antes. Pero, para haber conseguido estos adelantamientos,

me ha sido preciso recorrer a lo menos cada dos meses todos los pueblos,

ver sus obrajes y chacareríos, mejorar lo que no estaba según debía,

establecer lo que consideraba útil, animar a los indios y no perdonar

diligencia ni fatiga como la considerase oportuna al logro del

adelantamiento. Hasta las mismas estancias he visitado, sin embargo de

estar muy separadas de los pueblos (algunas distan más de 40 leguas); he

reconocido todos sus terrenos, poblaciones, puestos, rodeos, corrales,

estado de sus ganados, aperos de los peones y, en fin, cuanto puede

conducir al conocimiento práctico de ellas, remediando muchos abusos y

otras faltas que encontré, dejando establecido con consejo de dos

capataces hábiles y de experiencia cuanto consideré podía ser útil al

aumento y buen estado de los ganados; y el éxito ha correspondido

conforme a mis deseos.

Viendo que una de las principales causas que influía para el abatimiento

en que vivían estos naturales era la indecencia y desaseo con que se

trataban en sus casas, procuré que a los corregidores se les dispusieran

habitaciones decentes, dándoles a entender lo que me agradaría el

encontrarlos a ellos y sus mujeres con decencia siempre que yo los

visitase, que sería a menudo. Después establecí que cada año aseasen y

reparasen sus casas interior y exteriormente todos los de cabildo, y así

se van mejorando los pueblos y acostumbrando a vivir con decencia.

Para que al aseo de sus casas correspondiese el de sus personas, les

procuré persuadir cuán grato me sería el ver que en lugar de _tipoy_, de

que usaban sus mujeres, vistiesen camisas, polleras o enaguas, aunque

fueran de lienzo de algodón, y corpiños o ajustadores que ciñeran su

cuerpo y ocultaran los pechos; y que las que se presentasen con más aseo

serían tratadas por mí, y haría lo fuesen por todos con más distinción.

En este punto hubo algo que vencer, porque, preocupados los indios con

la igualdad en que los habían criado, no permitían que ninguna

sobresaliese de las otras; pero al fin se les ha desimpresionado de este

error, y el aseo se ha introducido con no pequeños adelantamientos.

Como las cosas que se intentan no se consiguen con el éxito que se desea

si al mandarlas o persuadirlas no se acompañan con la práctica de

algunos actos en que por la experiencia se conozcan los favorables

efectos y conveniencias que se le propone, para que desde luego

conocieran estos naturales lo que se les había de seguir del aseo,

dispuse el que en las casas principales, en la del corregidor, o en las

de otros indios principales, no se les impidiese el juntarse a tener sus

diversiones caseras cuando hubiera un razonable motivo, y con la

decencia y orden regular, a las que no pocas veces asistí yo con mi

mujer, y a mi ejemplo asisten siempre los administradores y sus mujeres,

con lo que he conseguido desterrar la odiosa separación que había entre

españoles e indios, estableciendo el trato y comunicación mutua, no tan

solamente en estas ocasiones, sino también en todos los días del año que

mutuamente se visitan con los españoles y españolas todas las familias

en quien resplandece el aseo; y éste es un poderoso estímulo para

animarlos más y más cada día, como se va experimentando.

Considerando las pocas proporciones que tienen estos naturales para

conseguir algunos adelantamientos, por faltarles los medios de

beneficiar, por medio de la venta, los frutos que pueden adquirir con su

trabajo, y que de no proporcionarles este beneficio serían inútiles mis

esfuerzos y providencias, he dispuesto que todos los frutos que recojan

en sus chacras particulares y quieran venderlos a la comunidad, se los

han de comprar precisamente, pagándoles de contado su valor en aquellos

frutos o efectos que ellos quieran o el pueblo tenga, haciéndoles

reservar lo preciso para el alimento de aquel año. Asimismo deben

comprarles por su justo precio cualquiera cosa que con su industria

hayan adquirido, por los precios que señalé en un arancel que formé para

el efecto.

Esta providencia ha tenido favorables efectos, que en sólo dos años que

se practica han adquirido muchos indios unas regulares conveniencias, se

han aseado muchas familias y, ya aseadas, no se avergüenzan de parecer

delante de toda clase de gentes, con cuyo trato se van haciendo

sociables y adquiriendo una perfecta civilidad, reinando en todos la

abundancia, y cada día va a más, pues el ejemplo de unos sirve de

estímulo a otros. Usted lo ha visto, y también lo ha visto el señor

Gobernador Intendente de esta provincia, y así no me queda recelo de que

le parezca a usted encarecimiento nacido del amor propio.

Aunque en la opinión común son tenidos estos naturales por perezosos e

incapaces de poderles infundir deseo de salir de la miseria y

abatimiento en que se hallan, pareciéndoles a los que así opinan que es

natural en ellos este abandono, yo nunca me he podido persuadir de esta

opinión. No negaré que el temperamento y alimentos pueden influir algo

en la robustez y disposición del cuerpo, y hacerlo más o menos activo

según sus cualidades; y mucho más puede influir, en mi concepto, la

educación, por la cual se imprimen en el ánimo las ideas que determinan

sus operaciones; pero negaré siempre que éstos sean unos estorbos

incapaces de vencerlos, como muchos piensan. Convendré, sí, en que

costará trabajo, pero no en que es imposible.

Por reiteradas experiencias tengo conocido que los indios Guaranís no

son tan perezosos como los suponen, ni aun se les debe notar de

perezosos. Del pueblo de Candelaria destiné a trabajar al de Santa María

la Mayor a cuatro indios aserradores, por no haber indios de este oficio

en Santa María; a éstos se les señaló de jornal dos reales cada día, el

uno para la comunidad de su pueblo y el otro para ellos; en dicho pueblo

trabajaban de sol a sol muy gustosos por el jornal que sabían estaban

ganando. Llegó el caso de haber de despedir dos de ellos, por haber ya

aprendido a aserrar otros de Santa María; ninguno de los cuatro quería

ser despedido, todos querían continuar, sin acobardarse del fuerte

trabajo de la sierra, y les causó mucho sentimiento cuando los

despidieron. Lo mismo ha sucedido con los que han trabajado de calafates

en los barcos de San José; y, en fin, cuantos se emplean en estos

términos trabajan con gusto y empeño.

Todos los españoles empleados en los pueblos tienen uno o más indios que

los sirven, sin darles más jornal que la comida, el vestido y algún

corto realillo. Y con solo esto son muy puntuales y eficaces sirvientes,

sin que jamás se excusen a lo que se les manda, aunque sea trabajosísima

la ejecución, y el mayor castigo que puede dárseles a estos sirvientes

es el despedirlos, porque es cosa que les cuesta mucho sentimiento.

Cualquier indio a quien se ofrezca un corto interés está pronto a todo

cuanto quieran mandarle, brindándose ellos mismos, y procurando ser

preferidos a los otros; conque éstos no son procedimientos de perezosos,

porque, si lo fueran, ningún interés les moviera a trabajar.

En todas partes en que a los indios Tapes los ocupan pagándoles jornal

son muy buenos peones, como se experimenta en la ciudad de Buenos Aires

y en todas las de españoles, que los prefieren a otros peones; conque el

no ser aquí aplicados es porque les falta el estímulo de la paga.

También son notados de ladrones, y es verdad que roban cuanto pueden,

pero a ello les obliga la necesidad; ellos apetecen cuanto ven, y mucho

más lo que no hay dentro de los pueblos, y como lo desean y no tienen

cómo comprarlo, y aunque tuvieran no hallarían quien se lo vendiera, no

conociendo otro modo de adquirirlo, roban, si hallan ocasión. Bien es

que ya no es tan general este vicio, en el que no conciben infamia, pues

tal vez el que este año lo castigaron por ladrón, al siguiente lo hacen

alcalde. Yo en este vicio descubro en los indios una buena disposición

para civilizarlos y hacerlos laboriosos, pues una vez que codician lo

brillante, si se les proporciona poderlo adquirir a costa de su trabajo,

se aplicarán con empeño, lo que no sucedería si mirasen las cosas con

indiferencia.

Para completar esta relación quiero referir aquí lo más particular del

gobierno político y económico de estos naturales, según la generalidad

con que lo practican en estos pueblos, para que usted venga más en

conocimiento de las luces, genio y costumbre de todos ellos.

Cada pueblo tiene un cabildo compuesto de un corregidor, teniente de

corregidor, dos alcaldes, cuatro regidores, un alcalde de la hermandad,

un alguacil mayor, un mayordomo y un secretario, los que se eligen el

día de año nuevo, según lo prevenido en las leyes, a excepción del

corregidor y teniente, que no tienen tiempo determinado. Las elecciones

las practican juntándose ocho o más días antes, y cada capitular propone

un indio para que ocupe el empleo que él ejerce, consultando antes la

voluntad del corregidor y la del administrador, que son los principales

en que rueda esta máquina. Estando todos acordes, llevan la lista de los

que piensan nombrar al administrador, el que, si les parece bien, les

dice que lo hagan así, y si alguno de los señalados tiene alguna tacha,

o no es del gusto del administrador, les dice que aquél no conviene, y

que señalen otro que tal vez el administrador les indica, o lo insinúa

privadamente al corregidor, y así se hace. Además de los empleos de

cabildantes, se nombran el año entrante todos los empleos militares, los

de los cuidadores de las faenas y maestros principales de todos los

oficios y artes, de modo que en cada pueblo pasan de 80 y aun 100 los

que ocupan oficios, y si el pueblo es corto, todos se vuelven

mandarines, y quedan pocos a quien mandar. Estos últimos empleos toca al

corregidor privativamente el nombrarlos, pero siempre lo hace con

acuerdo del administrador, particularmente aquéllos cuya ocupación es el

cuidado de los bienes de comunidad.

Dispuestas las listas y acordes todos, se juntan el día de año nuevo, de

mañana temprano, y a toque de caja van publicando en las puertas de la

casa de cabildo los nombrados, a cuyo acto asiste toda la gente del

pueblo, unos por curiosidad, y otros para recibirse de sus empleos, de

que al instante toman posesión, sin aguardar la confirmación del

gobierno. Allí entregan las varas y bastones a los alcaldes y demás

cabildantes nuevamente nombrados, y a los oficiales militares las

insignias correspondientes; desde allí van a misa, y después a casa del

administrador a hacerse presente, el que les encarga el cumplimiento de

su obligación; y si no está ya extendido el acuerdo de las elecciones,

lo extiende, y firmado de los electores, que dicen siempre que todos

unánimes y a pluralidad de votos han elegido y nombrado a los

contenidos, se remite al gobernador de la provincia para su aprobación;

para los demás empleos que no son de cabildo basta el _visto bueno_ del

teniente gobernador del departamento.

Todos los días del año, al amanecer, ya están juntos todos los

cabildantes a la puerta del corregidor, en cuyos corredores tienen un

banco o escaño en que se sientan entretanto es hora de ir a misa, que

siempre es temprano. Los alcaldes llevan sus varas, y los regidores sus

bastones, que rara vez los sueltan de las manos, y acabada la misa es la

primera diligencia el ir a la puerta de la habitación del cura, a

saludarlo, y tomar las gracias, y desde allí pasan a la del

administrador, el que les previene lo que han de hacer aquel día; y,

despedidos, se van juntos a la casa del corregidor, y a su puerta

determinan el reparto de la gente, y demás que corresponde a las faenas.

Entretanto llega la hora de ir a los trabajos, que siempre es tarde,

oyen las quejas y demandas que hay, que casi siempre son faltas al

trabajo, hurtos, amancebamientos y chismes de unos con otros. Si el

acusador es cabildante, o tiene a su cargo el cuidado de alguna cosa,

hacen traer preso al indio o india acusado, y con muy poco examen le

mandan azotar, según les parece. Bien es que nunca pueden pasar sus

castigos de 50 azotes que este gobierno les permite, reservándose los

castigos de los delitos mayores para entender en sus causas y

sentencias, a excepción de las capitales, o que merecen pena a otros que

a los reos, que se despachan a Buenos Aires con las sumarias. A los

ejecutores de las prisiones y castigos llaman sargentos, y éstos nunca

dejan de la mano la alabarda, y el azote lo traen ceñido al cuerpo para

estar prontos al instante que se lo mandan. Regularmente entienden en

las causas todos los cabildantes, juntos con el corregidor y alcaldes;

pero en las faenas y trabajos cualquiera del cabildo, aunque no sea sino

regidor, manda azotar al que le falta o comete otro defecto.

Desde el tiempo de los jesuitas tienen por costumbre, y observan todavía

puntualísimamente, el que, en acabando de azotar a los delincuentes, se

han de levantar del suelo, donde los hacen tender, y con mucha humildad

van delante del que los mandó castigar, y le dan los agradecimientos de

haberles corregido sus defectos. Si alguno omite este requisito le hacen

cargo de ello, y teniéndolo por prueba de soberbia, lo vuelven a mandar

azotar para que se humille, quiera o no quiera.

Siempre se procura que en las cárceles no se detengan presos, sino

aquellos procesados por delitos capitales, o a los que se desertan con

frecuencia, y a los demás se les aplica la pena, luego que se justifica

el delito, y se ponen en libertad, porque las cárceles son poco seguras,

y los que las tienen a su cargo muy descuidados; y así se les van a

menudo los presos sin que baste el castigar a los cuidadores. Ellos los

dejan salir solos a sus necesidades, los llevan a oír misa, aun a los

homicidas, de modo que no se va el que no quiere.

Todos los días clásicos y de función se visten de gala con los vestidos

que tiene el pueblo para estas funciones. Vístense también los oficiales

militares con los suyos, y otros muchos se visten y forman

acompañamiento; entre estos vestidos hay algunos costosos, pero más les

sirve de ridiculizarlos que de adornarlos. En el pueblo donde asiste el

gobernador o algún teniente gobernador concurren todos a su habitación,

lo acompañan de ida y vuelta a la iglesia en toda ceremonia, pero

estando solos guardan poca formalidad. Siempre que van juntos van en

pelotón, o más bien en hilera, el corregidor delante, al que sigue el

teniente y alcaldes, y por su orden los demás, siendo el último el menos

graduado. En la iglesia se sientan en escaños; regularmente se dividen

en las dos bandas, aunque en algunos pueblos se sientan todos los de

cabildo en un solo escaño, y el teniente de corregidor con los oficiales

militares ocupan el puesto; pero los caciques, que debían ser

preferidos, no tienen ningún lugar señalado, ni cosa que los distinga,

sino es que, por tener empleo, ocupan el lugar que por él les toca.

Al gobernador de los pueblos le ponen en la iglesia silla, tapete y

almohada, y se le guardan por los curas todas las preeminencias que

disponen las leyes se guarden a los gobernadores los días de funciones

clásicas, y en que asisten religiosos de otros pueblos. Le da paz un

sacerdote con estola, y en los demás festivos un acólito con banda

aseada; lo mismo se observa con los tenientes gobernadores, cuando no

está presente el gobernador, por disposición del excelentísimo señor don

Francisco Bucareli; aunque los gobernadores por condescendencia han

permitido que al teniente se le ponga otra silla inmediata a la suya,

cuando se halla algún teniente en donde él está. Supongo será esto

porque, como los indios son tan rudos, no piensen es desaire que se les

hace, o que el teniente, en ausencia del gobernador, le usurpa aquel

honor; en fin, ello así se practica. A los cabildos da la paz un

acólito, y el cura les da el agua bendita a la puerta de la iglesia los

días más clásicos; pero al gobernador todos los festivos.

Los días de cumpleaños del Rey, los de su real nombre, y todos aquellos

en que se festeja alguna felicidad de la monarquía o de la real familia,

desde la víspera de mañana se pone el Cabildo en ceremonia; sacan de las

casas de cabildo las cuatro banderas que tiene cada pueblo, dos con las

armas reales y dos con cruces de Borgoña, y las demás insignias

militares, que son cuatro picas largas de a cinco o seis varas, y muy

delgadas, con mojarras pequeñas en las puntas, y algunos pequeños

plumajes de colores; puestos con orden y distribución en algunas partes

de ellas, cuatro jinetas a la usanza antigua, y algunos bastones, unos

en la forma común, y otros con escudete de metal o acero por puños.

Desde las diez del día comienzan a dar varias vueltas con orden, a toque

o ruido de cajas, por la plaza, unos a pie y otros a caballo, en que

arman varias escaramuzas y torneos; hasta las doce, a cuya hora se

anuncia la festividad con repiques de campanas y algunos tiros de

camaretas, a cuya señal concurren todos los del pueblo a la puerta de la

iglesia, en cuyo pórtico está colocado el real retrato en el lado

correspondiente al evangelio, en un cajón, con sus puertas y cortinas

interiores, y al lado opuesto están las armas reales pintadas en la

pared o en lienzo. Juntos todos, con la música completa, se abre el

cajón y descubre el real retrato repitiendo varias veces: «Viva el Rey,

Nuestro Señor, don Carlos III», y se pone una guardia con las banderas,

y dos centinelas efectivas delante del real retrato. A la tarde se

cantan vísperas con mucha solemnidad, esmerándose en esto no poco los

religiosos curas, y después vuelven a las escaramuzas, entretanto

disponen algunos bailes o danzas de muchachos, que maravilla el orden y

compás que guardan, aunque sean de tan corta edad que no lleguen a ocho

años. Los bailes que usan son antiguos o extranjeros; yo no he visto en

España danzas semejantes, ni en las diversiones públicas de algunos

pueblos, ni en las que se usan en el día y octava de _Corpus_. Ahora

modernamente van introduciendo algunas contradanzas inglesas, danzas

valencianas y otros bailes que usan los españoles. A estos muchachos

danzantes los adornan con vestidos a propósito, con coronas y guirnaldas

que hacen vistosas las danzas; hay algunas que se componen de 24

danzantes, que forman varios enlaces, y aun letras, con el nombre que

quieren.

Entre danza y danza hacen juegos o entremeses, que en su idioma llaman

_menguas_, todos de su invención, y algunos de ellos que parecen de

bastante artificio y gracia a los principios, pero que no saben

concluirlos con propiedad, los más los acaban a golpes y azotes, lo que

celebran con mucha risa los circunstantes.

Al ponerse el sol se reserva el real retrato con las ceremonias y

vítores con que se descubre, y a la noche se ponen luminarias y se arman

fogones en la plaza, y se repiten los bailes como a la tarde. Al día

siguiente, al salir el sol, se vuelve a descubrir el real retrato en la

forma dicha, el que permanece descubierto todo el día. A la hora

acostumbrada, y dados los repiques de campanas, se junta toda la gente

en la iglesia, en la que se canta la misa y _Te Deum_ con mucha

solemnidad, y después se prosiguen en la plaza las carreras de caballos

en contorno, en las que, divididos en cuatro cuadrillas, los indios

hacen muchas evoluciones o figuras, a la usanza antigua, todo a toque de

muchas cajas y clarines, y con grande algazara y ruido de cascabeles

grandes, de que llevan cubiertos los pretales y cabezadas de los

caballos, lo que tienen por adorno y grandeza.

Memoria histórica, geográfica, política y éconómica sobre la provincia de Misiones de indios guaranís · 第 4 / 12 段