solo el pueblo de Concepción tenía algún ganado en sus estancias, en las
de los demás era muy poco el que había. Los almacenes de todos estaban
vacíos, el chacarerío arruinado, sin algodonales ni cosa que les pudiera
producir para su subsistencia. Pero la solicitud de dicho mi antecedente
les proporcionó el volver a poblar sus estancias, hizo plantar
algodonales y puso en regular estado todos los pueblos a él
encomendados, de modo que a mi ingreso tenían las estancias de los ocho
pueblos más de 100.000 cabezas de ganado vacuno y caballar, y demás
especies en buen estado, y el chacarerío y algodonales bastante
adelantados, bien que estaban empeñados en más de 90.000 pesos de
comercio, resto del importe de los ganados acopiados para poblar las
estancias. En lo demás estaban bastante atrasados, sus almacenes
enteramente vacíos, las casas, así las principales nombradas colegios
como las particulares de los indios, caídas o muy deterioradas; mucha
desnudez, ninguna civilidad, en fin, en sus costumbres y preocupaciones
convenían con los demás pueblos en los términos que queda dicho.
Al principio apliqué todo mi cuidado en granjearme la voluntad y
confianza de todos los individuos del departamento, no tan solamente de
los indios, sino también de los curas y administradores; y lo logré tan
cumplidamente que hasta el presente nadie me ha ocasionado quebranto de
consideración; todos desean complacerme, y así consigo cuanto deseo.
Conociendo que de las enemistades de curas y administradores resultaba
parte de la ruina de los pueblos, o estorbaba su adelantamiento, procuré
ante todas cosas arrancar de raíz el espíritu de discordia,
estableciendo con algunos reglamentos una paz sólida, que cada día se ha
asegurado más y más. Es verdad que alguna u otra vez ha habido algunos
disgustos entre curas y administradores, pero éstos han sido de poca
consideración, y con facilidad se han disipado sin que haya sido
menester dar parte a la superioridad, adonde antes era preciso acudir a
menudo.
Procuré también que a los corregidores y cabildos se les tratara con
aquella atención que encargan las leyes, y que ninguna persona de
ninguna calidad se atreviese a faltar al respeto debido a ninguno de sus
individuos, haciéndoles conocer a éstos el modo con que debían portarse
para no desmerecer las honras y distinciones debidas a sus empleos, y
que yo quería se les guardasen como lo manda el Rey.
Establecí reglas para que entre el cabildo y administrador no hubiese
motivo de discordia en la distribución de las faenas de comunidad y su
verificación, con otros varios puntos concernientes al buen gobierno del
pueblo; y particularmente para evitar las vejaciones que padecían los
indios por los corregidores y cabildos, que muchas veces los castigaban
por sus fines particulares, aunque con pretexto de otras faltas. Para
remediar esto mandé que en el cabildo haya un libro en que se escriban
todos los castigos que se ejecutan, en esta forma: «A fulano de tal se
le dieron tal día tantos azotes por tal delito, por mandado de tal juez
que entendió en su causa», y al fin del mes han de firmar y autorizar
todos los del cabildo esta relación, y el administrador ha de certificar
a continuación constarle no haberse hecho más castigos que los que allí
se refieren, y si se ha dejado o no de castigar a otros que lo han
merecido, con todo lo demás que le parezca digno de mi noticia; y
sacando del libro una copia, me la envían mensualmente. Con esta
providencia he atajado, cuando no todas, mucha parte de las injusticias
que hacían, y he dado una regular forma al gobierno económico de los
pueblos y a la armonía que debe haber entre el corregidor, cabildo y
administrador de cada establecimiento.
Apliqué todo mi conato a promover la agricultura y la industria,
animándolos con mis exhortaciones y consejos; y para que se aplicasen
con más empeño, acrecenté la ración de carne que se les daba en un
tercio más, y así he conseguido sin rigor el que se apliquen al trabajo,
y el ver pagadas todas las deudas, y aumentado el ganado vacuno en las
estancias, que al presente tienen cerca de 80.000 cabezas más de las que
tenían a mi ingreso, y a proporción es al aumento de las boyadas,
yeguas, potros, caballos, mulas y ovejas, no siendo menor la ventaja que
se conoce en el chacarerío. Se han aumentado los algodonales, plantado
cañaverales, reparado los yerbales y mejorado todos los ramos de
agricultura; también he procurado se construyan casas nuevas en todos
los pueblos, y que se reparen las que había, como asimismo las iglesias
y casas principales. Aunque en esto no se ha adelantado tanto como yo
quisiera, porque la falta de albañiles lo ha impedido, no ha sido tan
poco lo que se ha hecho que no se conozca bastante diferencia de ahora a
como estaban antes. Pero, para haber conseguido estos adelantamientos,
me ha sido preciso recorrer a lo menos cada dos meses todos los pueblos,
ver sus obrajes y chacareríos, mejorar lo que no estaba según debía,
establecer lo que consideraba útil, animar a los indios y no perdonar
diligencia ni fatiga como la considerase oportuna al logro del
adelantamiento. Hasta las mismas estancias he visitado, sin embargo de
estar muy separadas de los pueblos (algunas distan más de 40 leguas); he
reconocido todos sus terrenos, poblaciones, puestos, rodeos, corrales,
estado de sus ganados, aperos de los peones y, en fin, cuanto puede
conducir al conocimiento práctico de ellas, remediando muchos abusos y
otras faltas que encontré, dejando establecido con consejo de dos
capataces hábiles y de experiencia cuanto consideré podía ser útil al
aumento y buen estado de los ganados; y el éxito ha correspondido
conforme a mis deseos.
Viendo que una de las principales causas que influía para el abatimiento
en que vivían estos naturales era la indecencia y desaseo con que se
trataban en sus casas, procuré que a los corregidores se les dispusieran
habitaciones decentes, dándoles a entender lo que me agradaría el
encontrarlos a ellos y sus mujeres con decencia siempre que yo los
visitase, que sería a menudo. Después establecí que cada año aseasen y
reparasen sus casas interior y exteriormente todos los de cabildo, y así
se van mejorando los pueblos y acostumbrando a vivir con decencia.
Para que al aseo de sus casas correspondiese el de sus personas, les
procuré persuadir cuán grato me sería el ver que en lugar de _tipoy_, de
que usaban sus mujeres, vistiesen camisas, polleras o enaguas, aunque
fueran de lienzo de algodón, y corpiños o ajustadores que ciñeran su
cuerpo y ocultaran los pechos; y que las que se presentasen con más aseo
serían tratadas por mí, y haría lo fuesen por todos con más distinción.
En este punto hubo algo que vencer, porque, preocupados los indios con
la igualdad en que los habían criado, no permitían que ninguna
sobresaliese de las otras; pero al fin se les ha desimpresionado de este
error, y el aseo se ha introducido con no pequeños adelantamientos.
Como las cosas que se intentan no se consiguen con el éxito que se desea
si al mandarlas o persuadirlas no se acompañan con la práctica de
algunos actos en que por la experiencia se conozcan los favorables
efectos y conveniencias que se le propone, para que desde luego
conocieran estos naturales lo que se les había de seguir del aseo,
dispuse el que en las casas principales, en la del corregidor, o en las
de otros indios principales, no se les impidiese el juntarse a tener sus
diversiones caseras cuando hubiera un razonable motivo, y con la
decencia y orden regular, a las que no pocas veces asistí yo con mi
mujer, y a mi ejemplo asisten siempre los administradores y sus mujeres,
con lo que he conseguido desterrar la odiosa separación que había entre
españoles e indios, estableciendo el trato y comunicación mutua, no tan
solamente en estas ocasiones, sino también en todos los días del año que
mutuamente se visitan con los españoles y españolas todas las familias
en quien resplandece el aseo; y éste es un poderoso estímulo para
animarlos más y más cada día, como se va experimentando.
Considerando las pocas proporciones que tienen estos naturales para
conseguir algunos adelantamientos, por faltarles los medios de
beneficiar, por medio de la venta, los frutos que pueden adquirir con su
trabajo, y que de no proporcionarles este beneficio serían inútiles mis
esfuerzos y providencias, he dispuesto que todos los frutos que recojan
en sus chacras particulares y quieran venderlos a la comunidad, se los
han de comprar precisamente, pagándoles de contado su valor en aquellos
frutos o efectos que ellos quieran o el pueblo tenga, haciéndoles
reservar lo preciso para el alimento de aquel año. Asimismo deben
comprarles por su justo precio cualquiera cosa que con su industria
hayan adquirido, por los precios que señalé en un arancel que formé para
el efecto.
Esta providencia ha tenido favorables efectos, que en sólo dos años que
se practica han adquirido muchos indios unas regulares conveniencias, se
han aseado muchas familias y, ya aseadas, no se avergüenzan de parecer
delante de toda clase de gentes, con cuyo trato se van haciendo
sociables y adquiriendo una perfecta civilidad, reinando en todos la
abundancia, y cada día va a más, pues el ejemplo de unos sirve de
estímulo a otros. Usted lo ha visto, y también lo ha visto el señor
Gobernador Intendente de esta provincia, y así no me queda recelo de que
le parezca a usted encarecimiento nacido del amor propio.
Aunque en la opinión común son tenidos estos naturales por perezosos e
incapaces de poderles infundir deseo de salir de la miseria y
abatimiento en que se hallan, pareciéndoles a los que así opinan que es
natural en ellos este abandono, yo nunca me he podido persuadir de esta
opinión. No negaré que el temperamento y alimentos pueden influir algo
en la robustez y disposición del cuerpo, y hacerlo más o menos activo
según sus cualidades; y mucho más puede influir, en mi concepto, la
educación, por la cual se imprimen en el ánimo las ideas que determinan
sus operaciones; pero negaré siempre que éstos sean unos estorbos
incapaces de vencerlos, como muchos piensan. Convendré, sí, en que
costará trabajo, pero no en que es imposible.
Por reiteradas experiencias tengo conocido que los indios Guaranís no
son tan perezosos como los suponen, ni aun se les debe notar de
perezosos. Del pueblo de Candelaria destiné a trabajar al de Santa María
la Mayor a cuatro indios aserradores, por no haber indios de este oficio
en Santa María; a éstos se les señaló de jornal dos reales cada día, el
uno para la comunidad de su pueblo y el otro para ellos; en dicho pueblo
trabajaban de sol a sol muy gustosos por el jornal que sabían estaban
ganando. Llegó el caso de haber de despedir dos de ellos, por haber ya
aprendido a aserrar otros de Santa María; ninguno de los cuatro quería
ser despedido, todos querían continuar, sin acobardarse del fuerte
trabajo de la sierra, y les causó mucho sentimiento cuando los
despidieron. Lo mismo ha sucedido con los que han trabajado de calafates
en los barcos de San José; y, en fin, cuantos se emplean en estos
términos trabajan con gusto y empeño.
Todos los españoles empleados en los pueblos tienen uno o más indios que
los sirven, sin darles más jornal que la comida, el vestido y algún
corto realillo. Y con solo esto son muy puntuales y eficaces sirvientes,
sin que jamás se excusen a lo que se les manda, aunque sea trabajosísima
la ejecución, y el mayor castigo que puede dárseles a estos sirvientes
es el despedirlos, porque es cosa que les cuesta mucho sentimiento.
Cualquier indio a quien se ofrezca un corto interés está pronto a todo
cuanto quieran mandarle, brindándose ellos mismos, y procurando ser
preferidos a los otros; conque éstos no son procedimientos de perezosos,
porque, si lo fueran, ningún interés les moviera a trabajar.
En todas partes en que a los indios Tapes los ocupan pagándoles jornal
son muy buenos peones, como se experimenta en la ciudad de Buenos Aires
y en todas las de españoles, que los prefieren a otros peones; conque el
no ser aquí aplicados es porque les falta el estímulo de la paga.
También son notados de ladrones, y es verdad que roban cuanto pueden,
pero a ello les obliga la necesidad; ellos apetecen cuanto ven, y mucho
más lo que no hay dentro de los pueblos, y como lo desean y no tienen
cómo comprarlo, y aunque tuvieran no hallarían quien se lo vendiera, no
conociendo otro modo de adquirirlo, roban, si hallan ocasión. Bien es
que ya no es tan general este vicio, en el que no conciben infamia, pues
tal vez el que este año lo castigaron por ladrón, al siguiente lo hacen
alcalde. Yo en este vicio descubro en los indios una buena disposición
para civilizarlos y hacerlos laboriosos, pues una vez que codician lo
brillante, si se les proporciona poderlo adquirir a costa de su trabajo,
se aplicarán con empeño, lo que no sucedería si mirasen las cosas con
indiferencia.
Para completar esta relación quiero referir aquí lo más particular del
gobierno político y económico de estos naturales, según la generalidad
con que lo practican en estos pueblos, para que usted venga más en
conocimiento de las luces, genio y costumbre de todos ellos.
Cada pueblo tiene un cabildo compuesto de un corregidor, teniente de
corregidor, dos alcaldes, cuatro regidores, un alcalde de la hermandad,
un alguacil mayor, un mayordomo y un secretario, los que se eligen el
día de año nuevo, según lo prevenido en las leyes, a excepción del
corregidor y teniente, que no tienen tiempo determinado. Las elecciones
las practican juntándose ocho o más días antes, y cada capitular propone
un indio para que ocupe el empleo que él ejerce, consultando antes la
voluntad del corregidor y la del administrador, que son los principales
en que rueda esta máquina. Estando todos acordes, llevan la lista de los
que piensan nombrar al administrador, el que, si les parece bien, les
dice que lo hagan así, y si alguno de los señalados tiene alguna tacha,
o no es del gusto del administrador, les dice que aquél no conviene, y
que señalen otro que tal vez el administrador les indica, o lo insinúa
privadamente al corregidor, y así se hace. Además de los empleos de
cabildantes, se nombran el año entrante todos los empleos militares, los
de los cuidadores de las faenas y maestros principales de todos los
oficios y artes, de modo que en cada pueblo pasan de 80 y aun 100 los
que ocupan oficios, y si el pueblo es corto, todos se vuelven
mandarines, y quedan pocos a quien mandar. Estos últimos empleos toca al
corregidor privativamente el nombrarlos, pero siempre lo hace con
acuerdo del administrador, particularmente aquéllos cuya ocupación es el
cuidado de los bienes de comunidad.
Dispuestas las listas y acordes todos, se juntan el día de año nuevo, de
mañana temprano, y a toque de caja van publicando en las puertas de la
casa de cabildo los nombrados, a cuyo acto asiste toda la gente del
pueblo, unos por curiosidad, y otros para recibirse de sus empleos, de
que al instante toman posesión, sin aguardar la confirmación del
gobierno. Allí entregan las varas y bastones a los alcaldes y demás
cabildantes nuevamente nombrados, y a los oficiales militares las
insignias correspondientes; desde allí van a misa, y después a casa del
administrador a hacerse presente, el que les encarga el cumplimiento de
su obligación; y si no está ya extendido el acuerdo de las elecciones,
lo extiende, y firmado de los electores, que dicen siempre que todos
unánimes y a pluralidad de votos han elegido y nombrado a los
contenidos, se remite al gobernador de la provincia para su aprobación;
para los demás empleos que no son de cabildo basta el _visto bueno_ del
teniente gobernador del departamento.
Todos los días del año, al amanecer, ya están juntos todos los
cabildantes a la puerta del corregidor, en cuyos corredores tienen un
banco o escaño en que se sientan entretanto es hora de ir a misa, que
siempre es temprano. Los alcaldes llevan sus varas, y los regidores sus
bastones, que rara vez los sueltan de las manos, y acabada la misa es la
primera diligencia el ir a la puerta de la habitación del cura, a
saludarlo, y tomar las gracias, y desde allí pasan a la del
administrador, el que les previene lo que han de hacer aquel día; y,
despedidos, se van juntos a la casa del corregidor, y a su puerta
determinan el reparto de la gente, y demás que corresponde a las faenas.
Entretanto llega la hora de ir a los trabajos, que siempre es tarde,
oyen las quejas y demandas que hay, que casi siempre son faltas al
trabajo, hurtos, amancebamientos y chismes de unos con otros. Si el
acusador es cabildante, o tiene a su cargo el cuidado de alguna cosa,
hacen traer preso al indio o india acusado, y con muy poco examen le
mandan azotar, según les parece. Bien es que nunca pueden pasar sus
castigos de 50 azotes que este gobierno les permite, reservándose los
castigos de los delitos mayores para entender en sus causas y
sentencias, a excepción de las capitales, o que merecen pena a otros que
a los reos, que se despachan a Buenos Aires con las sumarias. A los
ejecutores de las prisiones y castigos llaman sargentos, y éstos nunca
dejan de la mano la alabarda, y el azote lo traen ceñido al cuerpo para
estar prontos al instante que se lo mandan. Regularmente entienden en
las causas todos los cabildantes, juntos con el corregidor y alcaldes;
pero en las faenas y trabajos cualquiera del cabildo, aunque no sea sino
regidor, manda azotar al que le falta o comete otro defecto.
Desde el tiempo de los jesuitas tienen por costumbre, y observan todavía
puntualísimamente, el que, en acabando de azotar a los delincuentes, se
han de levantar del suelo, donde los hacen tender, y con mucha humildad
van delante del que los mandó castigar, y le dan los agradecimientos de
haberles corregido sus defectos. Si alguno omite este requisito le hacen
cargo de ello, y teniéndolo por prueba de soberbia, lo vuelven a mandar
azotar para que se humille, quiera o no quiera.
Siempre se procura que en las cárceles no se detengan presos, sino
aquellos procesados por delitos capitales, o a los que se desertan con
frecuencia, y a los demás se les aplica la pena, luego que se justifica
el delito, y se ponen en libertad, porque las cárceles son poco seguras,
y los que las tienen a su cargo muy descuidados; y así se les van a
menudo los presos sin que baste el castigar a los cuidadores. Ellos los
dejan salir solos a sus necesidades, los llevan a oír misa, aun a los
homicidas, de modo que no se va el que no quiere.
Todos los días clásicos y de función se visten de gala con los vestidos
que tiene el pueblo para estas funciones. Vístense también los oficiales
militares con los suyos, y otros muchos se visten y forman
acompañamiento; entre estos vestidos hay algunos costosos, pero más les
sirve de ridiculizarlos que de adornarlos. En el pueblo donde asiste el
gobernador o algún teniente gobernador concurren todos a su habitación,
lo acompañan de ida y vuelta a la iglesia en toda ceremonia, pero
estando solos guardan poca formalidad. Siempre que van juntos van en
pelotón, o más bien en hilera, el corregidor delante, al que sigue el
teniente y alcaldes, y por su orden los demás, siendo el último el menos
graduado. En la iglesia se sientan en escaños; regularmente se dividen
en las dos bandas, aunque en algunos pueblos se sientan todos los de
cabildo en un solo escaño, y el teniente de corregidor con los oficiales
militares ocupan el puesto; pero los caciques, que debían ser
preferidos, no tienen ningún lugar señalado, ni cosa que los distinga,
sino es que, por tener empleo, ocupan el lugar que por él les toca.
Al gobernador de los pueblos le ponen en la iglesia silla, tapete y
almohada, y se le guardan por los curas todas las preeminencias que
disponen las leyes se guarden a los gobernadores los días de funciones
clásicas, y en que asisten religiosos de otros pueblos. Le da paz un
sacerdote con estola, y en los demás festivos un acólito con banda
aseada; lo mismo se observa con los tenientes gobernadores, cuando no
está presente el gobernador, por disposición del excelentísimo señor don
Francisco Bucareli; aunque los gobernadores por condescendencia han
permitido que al teniente se le ponga otra silla inmediata a la suya,
cuando se halla algún teniente en donde él está. Supongo será esto
porque, como los indios son tan rudos, no piensen es desaire que se les
hace, o que el teniente, en ausencia del gobernador, le usurpa aquel
honor; en fin, ello así se practica. A los cabildos da la paz un
acólito, y el cura les da el agua bendita a la puerta de la iglesia los
días más clásicos; pero al gobernador todos los festivos.
Los días de cumpleaños del Rey, los de su real nombre, y todos aquellos
en que se festeja alguna felicidad de la monarquía o de la real familia,
desde la víspera de mañana se pone el Cabildo en ceremonia; sacan de las
casas de cabildo las cuatro banderas que tiene cada pueblo, dos con las
armas reales y dos con cruces de Borgoña, y las demás insignias
militares, que son cuatro picas largas de a cinco o seis varas, y muy
delgadas, con mojarras pequeñas en las puntas, y algunos pequeños
plumajes de colores; puestos con orden y distribución en algunas partes
de ellas, cuatro jinetas a la usanza antigua, y algunos bastones, unos
en la forma común, y otros con escudete de metal o acero por puños.
Desde las diez del día comienzan a dar varias vueltas con orden, a toque
o ruido de cajas, por la plaza, unos a pie y otros a caballo, en que
arman varias escaramuzas y torneos; hasta las doce, a cuya hora se
anuncia la festividad con repiques de campanas y algunos tiros de
camaretas, a cuya señal concurren todos los del pueblo a la puerta de la
iglesia, en cuyo pórtico está colocado el real retrato en el lado
correspondiente al evangelio, en un cajón, con sus puertas y cortinas
interiores, y al lado opuesto están las armas reales pintadas en la
pared o en lienzo. Juntos todos, con la música completa, se abre el
cajón y descubre el real retrato repitiendo varias veces: «Viva el Rey,
Nuestro Señor, don Carlos III», y se pone una guardia con las banderas,
y dos centinelas efectivas delante del real retrato. A la tarde se
cantan vísperas con mucha solemnidad, esmerándose en esto no poco los
religiosos curas, y después vuelven a las escaramuzas, entretanto
disponen algunos bailes o danzas de muchachos, que maravilla el orden y
compás que guardan, aunque sean de tan corta edad que no lleguen a ocho
años. Los bailes que usan son antiguos o extranjeros; yo no he visto en
España danzas semejantes, ni en las diversiones públicas de algunos
pueblos, ni en las que se usan en el día y octava de _Corpus_. Ahora
modernamente van introduciendo algunas contradanzas inglesas, danzas
valencianas y otros bailes que usan los españoles. A estos muchachos
danzantes los adornan con vestidos a propósito, con coronas y guirnaldas
que hacen vistosas las danzas; hay algunas que se componen de 24
danzantes, que forman varios enlaces, y aun letras, con el nombre que
quieren.
Entre danza y danza hacen juegos o entremeses, que en su idioma llaman
_menguas_, todos de su invención, y algunos de ellos que parecen de
bastante artificio y gracia a los principios, pero que no saben
concluirlos con propiedad, los más los acaban a golpes y azotes, lo que
celebran con mucha risa los circunstantes.
Al ponerse el sol se reserva el real retrato con las ceremonias y
vítores con que se descubre, y a la noche se ponen luminarias y se arman
fogones en la plaza, y se repiten los bailes como a la tarde. Al día
siguiente, al salir el sol, se vuelve a descubrir el real retrato en la
forma dicha, el que permanece descubierto todo el día. A la hora
acostumbrada, y dados los repiques de campanas, se junta toda la gente
en la iglesia, en la que se canta la misa y _Te Deum_ con mucha
solemnidad, y después se prosiguen en la plaza las carreras de caballos
en contorno, en las que, divididos en cuatro cuadrillas, los indios
hacen muchas evoluciones o figuras, a la usanza antigua, todo a toque de
muchas cajas y clarines, y con grande algazara y ruido de cascabeles
grandes, de que llevan cubiertos los pretales y cabezadas de los
caballos, lo que tienen por adorno y grandeza.