los indios es en las fiestas anuales de los santos patronos de los
pueblos. No baja lo que se gasta, en las más reducidas, del valor de 300
a 400 pesos; y de éstos los que disfrutan menos son los indios, a los
que sólo se da carne en abundancia esos días, y algún corto regalillo
que se les distribuye; pero para los religiosos, administradores y otros
españoles que concurren, como también para el gobernador o tenientes, si
asisten, hay abundantes y exquisitas comidas, y regalos llamados
_tupambaes_. Esta costumbre o abuso la hallé establecida, y se
practicaba en el tiempo de los jesuitas; y aunque desde luego me repugnó
y lo di a entender, como se me encargó siguiera en todo el método de mi
antecesor, y vi que así en los pueblos del inmediato mando del
gobernador como en los demás tenientazgos se practicaba lo mismo, no
tuve por conveniente el hacer yo novedad en una cosa en que tienen
imbuidos a los indios, que hacen un grande obsequio al santo de aquel
día en repartir parte de sus bienes entre quienes no lo necesitan, y
sería mejor los repartieran a los necesitados, y se ofenden si alguno
rehúsa el recibir su regalo; en fin, ello va así hasta que Dios provea
de remedio.
Otros muchos males y perjuicios se les siguen a los indios, así en sus
bienes como en sus personas, pero por no ser tan comunes y frecuentes se
omiten; pero es preciso advertir que los perjuicios referidos hasta
ahora, aunque tienen su origen en la sujeción a la comunidad, su aumento
lo ha ocasionado la imprudencia o mala versación de algunos de los que
los administran y dirigen, y así no ha sido en todos los pueblos igual
el desorden, sino en unos más que en otros. Pero los que ahora expresaré
son comunes a todos los pueblos, y en mi inteligencia irremediables,
aunque en todos los ministerios se empleasen hombres cuales convenía;
porque estos males son inseparables del estado a que están reducidos por
la comunidad, y que sólo podrán libertarse de ellos con la total
extinción de aquésta.
Luego que los muchachos entran en la edad de 4 para 5 años, ya los toma
a su cargo la comunidad, la que tiene nombrados dos o más indios con
nombre de alcaldes y secretarios de los muchachos; éstos tienen la
matrícula de todos ellos, y cuidan de recogerlos todos los días por la
mañana temprano, tal vez al alba, los llevan a la puerta de la iglesia a
rezar, allí los tienen hasta que se dice la misa, y después los
distribuyen a los trabajos u ocupaciones que les están señaladas, y
dejando en el pueblo los aprendices de música y de primeras letras, los
de los tejedores y demás oficios, conducen los restantes a carpir, o al
trabajo que les tienen señalado; a las 2 o a las 3 de la tarde los
vuelven a traer y los tienen juntos, hasta que, habiendo rezado el
rosario en la iglesia, les permiten que se vuelvan a sus casas.
La elección de oficios o destinos que se les da a los muchachos, no es a
la voluntad de sus padres, sino de los que los gobiernan o los
necesitan; para la música elige el maestro de ella los que le parecen
más a propósito; los curas emplean los que mejor les parece para
acólitos y sirvientes suyos; lo mismo en los demás oficios y
ocupaciones, sin que a sus padres les quede el arbitrio de repugnarlo.
Pero no les causa ningún sentimiento, porque, como ellos se criaron con
la misma educación, y no conocen otra, viven tan desprendidos de sus
hijos desde que llegan a la dicha edad que de nada cuidan de ellos, ni
procuran el señalarles la doctrina cristiana y buenas costumbres, ni el
alimentarlos y vestirlos. Si no vienen a casa a la hora que los sueltan
sus cuidadores, tampoco los solicitan ni buscan, ni aunque se huyan del
pueblo hacen diligencia de buscarlos y traerlos, pues se consideran
desobligados de todo, y aun se tendrían por dignos de reprensión si
tomasen a su cargo aquel cuidado. Lo mismo sucede con las muchachas, las
que igualmente están al cargo de dos o más indios viejos con el mismo
título de alcaldes y secretarios; éstas hasta los diez o doce años no
tienen otra ocupación que carpir, recoger algodón al tiempo de la
cosecha y otras ocupaciones de agricultura correspondientes a su edad; y
en llegando a dicha edad se les aplica (cuando no hay mucho que hacer en
las chacras) a que hilen, sin cuidar de darles ninguna otra enseñanza;
pues, aunque la costura es tan propia de su sexo, es rara la que sabe ni
aun malamente coser, y estos oficios regularmente los hacen los
sacristanes y músicos; en todo lo demás se practica con las muchachas lo
mismo que con los muchachos, hasta que se casan.
Ya usted conocerá que con esta educación es imposible el que conserven
honestidad, ni aun tengan idea de esta virtud; así pierden hasta el
nativo pudor, andan con libertad por donde quieren, sin que sus padres
se lo impidan, porque no tienen dominio en ellos; se prostituyen muy
jóvenes, y se entregan al vicio de la incontinencia, de modo que cuando
se casan ya están relajadas, y aun perdida la fecundidad, y así se
menoscaba considerablemente la población.
Como en todos tiempos ha sido tan frecuente entre estos naturales el
azotarlos, tienen tan perdido el horror a los azotes, tanto los que
castigan como los que son castigados, o los que los ven, que ninguna
moción les causa el azotar, ser azotados o verlo ejecutar; y así
castigan con la mayor inhumanidad a las criaturas en todas las
ocupaciones a que los destinan, acostumbrándolos de este modo a sufrir
con la mayor indiferencia los azotes, en cualesquiera tiempo o edad.
Con esta separación o enajenamiento que padecen los padres de los hijos,
y que en su imaginación la tienen tan anticipada que desde que nacen los
crían para aquel destino, no tiene lugar en ellos aquel cariño que vemos
en los padres y madres que se han criado y crían a sus hijos con el
régimen y educación que se acostumbra entre los españoles; y así, aunque
vean maltratar a sus hijos, se les da poco o ningún cuidado, y del mismo
modo miran los hijos a sus padres, como que ni los necesitan ni esperan
nada de ellos.
Luego que los muchachos llegan a la edad de poderse casar, no retardan
mucho el verificarlo, ya porque sus padres o el cura les dicen que se
casen, o porque los estímulos de la concupiscencia les incitan a ello.
Los más se casan con la que les dicen que se casen, pues hasta en esto
tienen tan cautiva la voluntad que no se atreven a hacer elección de la
que ha de ser su mujer.
Desde que se casan, así él como ella, salen de la potestad que tenían y
entran en otra. A los secretarios de hombres toca desde entonces el
tener en su matrícula al varón, y los de mujeres a ella. Lo primero a
que se le obliga es a formar chacra propia, y si tiene oficio
regularmente lo aplican a él, si no sigue las faenas de comunidad en los
días que se destinan para ellas. A la mujer le reparten tarea como a
todas, o la emplean en otras cosas, según lo dispone la comunidad.
Como estos matrimonios se efectúan sin que de parte de los contrayentes
haya precedido aquella inclinación que une las voluntades, se juntan
como dos brutos, con sólo el fin de saciar el apetito de la sensualidad;
y como la comunidad dispone a su arbitrio de sus personas, nunca pueden
conocer ni disfrutar de aquellas conveniencias que proporciona el
matrimonio, ni mirarlo como un vínculo que les facilita el cuidarse
mutuamente para su felicidad y la de su prole, y así se miran
regularmente con indiferencia hasta la muerte; en la que, cuando sucede
la de alguno, tiene poco o ningún sentimiento, porque no pierden ninguna
conveniencia ni bienestar.
Con la misma indiferencia que miran los maridos a sus mujeres, y éstas a
sus maridos, y ambos a sus hijos, y éstos a sus padres, con la misma
miran unos y otros a los bienes que han adquirido o pueden adquirir,
porque éstos no les pueden servir sino de peso y embarazo, y de ningún
modo de conveniencia. Considere usted un indio que, desnudo de todas las
impresiones que ha causado la educación a los demás, de genio activo y
laborioso, y que llevado de la viveza de su natural, con las
conveniencias que le facilita su pueblo de darle tierras para sembrar y
bueyes para que las labren, quiere aprovecharse de la fertilidad de la
tierra para proporcionarse una vida cómoda, empleando su actividad en
los días que le deja libre la comunidad; que en efecto prepare un gran
terreno, y lo siembre de todas aquellas semillas que pueden rendirle
según su deseo; la estación del año le favorece, y, por último, aunque a
costa de muchos afanes, por verse sólo sin poder conchabar a otros que
le ayuden, ni aun valerse cuando quisiera de la ayuda de su mujer,
porque la comunidad la tiene ocupada, ni aun de su persona que también
la emplea la comunidad; por último, digo, recoge una cosecha tres o
cuatro veces mayor que lo que él necesita para el sustento de su persona
y familia en todo el año; ¿y qué hará éste de aquellos frutos? Venderlos
a otros. ¿Y quiénes son estos otros? Los demás indios de su pueblo, o de
otros pueblos. ¿Y éstos qué le darán por ellos? Nada tienen suyo, otros
frutos semejantes a los suyos. Extraerlos fuera de la provincia no
puede, porque o no tiene cómo poderlo hacer, o son mayores los costos
que su valor, con que se ve precisado o a dejarlos perder, o a darlos a
necesitados. Conociendo éste por experiencia que nada le ha servido su
trabajo en aquel año, y no permitiéndole su genio el mantenerse en
ociosidad, determina sembrar un buen algodonal, un cañaveral y un
tabacal, persuadido de que el algodón, la miel o azúcar, y el tabaco son
efectos comerciables. Pónelo en ejecución como lo determina, y consigue
verlo todo logrado; el algodón y la caña no dan fruto, o muy poco, el
primer año, y el tabaco es preciso, desde que comienza a sazonar hasta
concluir su beneficio, no apartarse de él ni un instante; y como él
tiene que acudir a los trabajos de comunidad, lo que recogió los días
que tuvo para su utilidad se le pierde en los que dejó de atender, y al
fin o no recoge nada, o recoge poco y malo. Al siguiente año, que
esperaba tener algún beneficio del algodón y la caña, lo destinan de
peón a la estancia o a los yerbales, o a otro paraje en que debe
permanecer mucho tiempo; todo lo abandona y va a donde lo mandan,
dejando todo su trabajo perdido.
Animales no puede tener ni criar, porque él no los puede cuidar siempre,
por la obligación que tiene de acudir a la comunidad, ni conchabar a
otros, porque todos están sujetos lo mismo.
Ahora bien, ¿qué hará este indio?, ¿y qué harán todos?, pues en poco o
mucho están viendo y experimentando cada día esto mismo; la respuesta es
clara, desmayar, entregarse a la ociosidad y el abandono de todo, y,
cuando más, contentarse con sembrar aquello poco que le parece
suficiente para su alimento, o que baste para libertarse del castigo que
le darían si no sembrase, y si el año no favorece, como es poco lo
sembrado, no les alcanza para nada lo que recogen. Así sucede y sucederá
entretanto vivan como hasta aquí.
Agregue usted a esto las ideas tan bajas que tienen de sí mismos, el
poco conocimiento de la vida acomodada de los que poseen bienes, y de
las distinciones y honras que éstos logran entre los demás hombres, y el
no tener ambición de dejar a sus hijos herencia después de su muerte,
porque de esto ni idea ni noticia tienen; y concluirá usted que de
necesidad forzosa los indios han de vivir en una continua ociosidad
entretanto vivan en comunidad.
Si los indios miran don indiferencia los bienes suyos propios, los de
comunidad los miran con aborrecimiento, y por consiguiente el tiempo que
se les emplea en beneficio de ella es lo mismo para ellos que
destinarlos para galeras. La costumbre en que se han criado, su mucha
sumisión y el miedo del azote son los que les hacen sujetar a ello; y
así cuesta un sumo trabajo el juntarlos y conducirlos a las faenas. Para
cada ocupación es necesario nombrar un cuidador; hay cuidadores de los
tejedores, de los carpinteros, de los herreros, de los cocineros, de los
sacristanes, de los carniceros y, en fin, de todos los oficios. Lo mismo
es menester en los trabajos de los chacareros de todas especies; y, como
todos son indios, es preciso poner sobre estos cuidadores otros que
reparen si aquéllos cumplen con su encargo. Estos segundos cuidadores
regularmente son los alcaldes y regidores, de los que se tiene la misma
confianza, con corta diferencia, que de los primeros; y así es preciso
que el corregidor cuide de hacerlos cumplir. Pero, aun con esto, es
preciso que el administrador cele sobre el corregidor y todos los demás
para que hagan algo, que, por más cuidado que ponga, nunca se trabaja ni
aun la cuarta parte de lo que se pudiera; pues antes que salgan del
pueblo dan regularmente las ocho de la mañana, y sólo a las nueve, o
después, comienzan a trabajar, lo que ejecutan como forzados. A las tres
de la tarde ya dejan el trabajo y se vuelven, habiendo hecho poco más de
nada.
Agregue usted a esto el crecido número de personas que se quedan
ociosas, que cuando menos son más de la tercera parte, si no llega a la
mitad, unos por empleados en cosas que no son necesarias en el colegio,
otros que se fingen enfermos, otros que el corregidor y cabildantes
ocultan y libertan de los trabajos de comunidad para emplearlos en sus
chacras particulares, a más del crecido número de cuidadores, y verá
usted los que quedan para trabajar, y cómo así los que trabajan y los
que los cuidan no aspiran a más que a libertarse del castigo o
represión, y en pareciéndoles que han hecho lo que basta para
libertarse, ya no se mueven.
En la recogida de los frutos sucede el mismo desorden; los primeros que
roban son los cuidadores, y, para que por los otros se les disimule,
permiten a todos hagan lo mismo; de modo que, como son muchos, y la
cosecha corta, en no habiendo mucho cuidado por parte del administrador
roban cuando menos la mitad de lo que se recoge.
Pero ¿qué extraño es que así suceda si el corregidor y todos los demás
de cabildo no tienen sueldo ni gratificación señalada por sus oficios?
Es preciso que ellos se la proporcionen, ya sea robando a la comunidad,
ya empleando clandestinamente indios en sus chacras; lo cierto es que
todos los que tienen oficios, entretanto les dura, se asean y tienen sus
casas con abundancia de todo, sin que se les pueda impedir este
desorden. Porque, aunque entre todos ellos se sabe, ninguno es capaz de
atreverse a denunciarles por no caer en desgracia y persecución de los
que los mandan, y porque así los estrechan menos al trabajo.
La repugnancia y oposición que los indios tienen a la comunidad nace de
dos principios; el uno es inseparable de toda comunidad de cualesquiera
clase de gentes que se componga. Así lo vemos en las religiones, que,
como cualesquiera de sus individuos pueden excusarse sin nota de los
actos de comunidad de que no esperan premio, lo hacen, y se aplican con
gusto de lo que conocen les ha de proporcionar adelantamientos; y el
mejor prelado para ellos es el que con más profusión asiste a la
comunidad, mas que conozcan que después les ha de hacer falta. Lo mismo
sucede a los indios, que, como saben que de su aplicación lo que les
resulta es trabajo y no premio, siempre que pueden excusarse con algún
pretexto que los liberte del castigo, se excusan, y el mejor día para
ellos es aquél en que se gasta parte de los bienes de la comunidad,
aunque sea con extraños, por lo que a ellos les toca en aquella función.
Parecidos en esto a los hijos de familia, que nunca están más contentos
que el día en que su padre da un convite a sus amigos, que, por lo que
participan, quisieran se repitiese todos los días, sin reflexionar que
lo que el padre disipa les ha de hacer falta en sus herencias. ¿Pero,
para qué me canso en símiles, cuando es patente a todo el mundo que los
bienes de comunidad no los miran los individuos que la componen como
propios, sino para disiparlos, porque les falta la propiedad en
particular?
El segundo motivo que causa a los indios el aborrecimiento a sus
comunidades es el ver que de los efectos y frutos más preciosos que se
recogen y almacenan no tienen más parte en ellos que el haberlos
cultivado y recogido; ellos siembran, cultivan y benefician la caña para
la miel y azúcar, lo mismo el tabaco y trigo; ellos ven o saben que de
Buenos Aires mandan sal, que ellos tanto apetecen, y otros efectos
comprados con el importe de los frutos que produce su trabajo, y que
todo se guarda en los almacenes, de donde no vuelve a salir para ellos;
conque no es mucho que a vista de esto desmayen y aun aborrezcan todo
cuanto se dirige a bien de la comunidad.
A todos los hombres nos estimulan dos motivos para obrar bien: la
esperanza del premio y el miedo del castigo son los polos a que se
dirige la recta razón y en los que se sustenta nuestra felicidad. Para
los indios no hay sino un polo en que estribar, que es el miedo del
castigo; conque si éste les falta nada se hace y todo da en tierra; y
así es preciso estar con el azote levantado, descargándolo continuamente
en estos infelices sin haber remedio para evitar este rigor. Y lo peor
es que, con pretexto de castigar las faltas de asistencia a los trabajos
de comunidad, castigan el corregidor y los de cabildo a muchos sin otro
motivo que el de vengar sus particulares agravios o sentimientos, que es
otra opresión que padecen estos infelices.
Aunque el gobierno sabe estos desórdenes y le toca remediarlos, por más
empeño que ponga no es posible conseguirlo; porque, si se reprende al
corregidor y cabildo por alguno de estos hechos, y se le quieren limitar
sus facultades, éstos, por no verse segunda vez reprendidos, toleran las
faltas que se cometen, no prestan aquella actividad que se requiere para
hacer trabajar a gente forzada. Los indios conocen la falta de autoridad
de su corregidor y cabildo, les pierden el miedo, que es el único motivo
que les obliga a trabajar, y todo se convierte en desorden. El
administrador se queja de que nada se hace, el corregidor se disculpa
con que los indios no le obedecen, porque no le tienen miedo, y todo
para en que es preciso dejar al corregidor y cabildo obrar con libertad,
porque el pueblo no se pierda.
Del aborrecimiento que los indios tienen a la comunidad, de la corta
asistencia que tienen de ésta y de las vejaciones que reciben de los
corregidores y cabildos resulta la mayor parte de la deserción que se
experimenta en los pueblos; la que es tanta que se puede computar que en
el día está fuera de sus pueblos cuando menos la octava parte de los
naturales que existen. Éstos están dispersos en las jurisdicciones de
Buenos Aires, Montevideo, Santa Fe, Bajada, Gualeguay, Arroyo de la
China, terrenos de Yapeyú, Corrientes y Paraguay, cuyos parajes aseguran
todos están llenos de indios Tapes; y muchos de los prófugos de los
pueblos permanecen en esta provincia de Misiones, pasados de unos
pueblos a otros, en los que los tienen ocultos en sus chacras los mismos
indios.
Los perjuicios que se ocasionan de estas deserciones son muchos, y
algunos de la mayor consideración. De los reales tributos se hace
inverificable la recaudación; la decadencia de los pueblos, así en la
populación, que se disminuye con la falta de ellos y de su posteridad,
como en la de sus bienes, privándose del trabajo de los desertores, es
considerable; pero lo más doloroso es el daño espiritual que se
experimenta en ellos y que pide se solicite remedio.
Los indios que se desertan llevan regularmente alguna india que no es su
mujer, con la que vive como si lo fuera; y, ya salga de la provincia o
se quede en ella, en todas partes pasan por casados, porque aquéllos a
que se agregan, sean indios o españoles, sólo cuidan de disfrutar de su
trabajo, sin reparar en que vivan como cristianos o no. Y así ni
procuran que oigan misa, ni el que se confiesen, ni que ejerciten ningún
acto de cristianos, pues saben que si los quieren obligar a ello se van
a otra parte y los dejan; conque, por no privarse del servicio que les
hacen, los dejan vivir como infieles.
Los que se van solos, abandonando a sus mujeres y familias, y lo mismo
las indias que también se huyen solas, en cualesquiera parte que se
establecen procuran, si pueden, casarse; luego es muy creíble que este
desorden haya sido más frecuente en los años anteriores, por poco
cuidado de los curas de españoles en las informaciones, o por testigos
falsos que afirman la soltura; en los mismos pueblos se ha visto también
este desorden. El señor Malbar en su general visita dejó proveído en
forma de auto a todos los curas de españoles no pudiesen casar a ningún
indio sin dar primeramente parte a sus propios curas. De esta acertada
providencia se puede inferir que en el día no será tanto el exceso;
pero, cuando esto no suceda, sucede el que el indio que se ahuyenta,
dejando a su mujer, o la india que deja a su marido, el que permanece en
el pueblo queda sin que jamás pueda tomar estado, aunque haya enviudado;
porque, como se ignora dónde se halla el fugitivo, se ignora también si
es vivo o muerto, y así no pueden pasar a segundas nupcias, de lo que
resulta vivir siempre en continuo amancebamiento, con ruina de sus almas
ocasionada de estas deserciones.
Tengo noticia que en Santa Fe y Corrientes, y aun dentro de los mismos
pueblos, está sucediendo que los curas han casado indios con negras y
mulatas esclavas, y, como las leyes previenen que la mujer del indio y
sus hijos sean del pueblo de él, y por otra parte la esclava debe seguir
a su amo y los hijos son esclavos, no sé cómo pueda componerse esto; al
mismo tiempo el indio habrá de seguir a la mujer, y entonces se
perjudican los reales tributos, y el pueblo con su falta y la de la
posteridad; y me parece que éste es un punto que pide remedio.
Éste es el estado presente de estos pueblos en lo general, y al que
viven reducidos estos naturales.
Ya que he manifestado a usted lo que han sido y son en general estos
pueblos y su gobierno, quiero decir algo en particular de los del
departamento de mi cargo, con la satisfacción de que hablo con quien los
ha visto y comparado con el resto de los demás pueblos de esta
provincia, y que puedo confirmar cuanto dijere, con la autoridad del
señor don Pedro Melo de Portugal, Gobernador Intendente y Capitán
General de esa provincia del Paraguay, que también los ha visto, cuya
narración podrá servir de confirmación de cuanto llevo dicho, y de
anticipación para lo que dijere cuando trate de los medios que me
parecen oportunos para mejorar el gobierno de estos pueblos, aumento del
real erario, y felicidad de estos naturales, a quienes deseo la mayor
prosperidad.
A mediados del año de 1781 me encargué del mando de este departamento,
que se componía de ocho pueblos, incluso el de Nuestra Señora de
Candelaria, que ahora se ha separado por pertenecer al obispado del
Paraguay, y por consiguiente a su gobierno e intendencia, quedándome
ahora los de San Carlos, San José, Apóstoles, Concepción, Santos
Mártires, Santa María la Mayor y San Francisco Xavier. Estos pueblos por
su situación son los de menos proporciones para su adelantamiento: no
tienen yerbales silvestres, campos para vaquerías, ni cómo extraer
maderas, porque, por lo peligroso del Uruguay, sobre cuya costa están
sus montes, nunca se ha intentado enviar a Buenos Aires; conque sólo la
agricultura e industria les han de producir su subsistencia. Además de
esto, son todos ellos de muy corto número de habitadores; el año de 1781
tenían 8.752 almas y 1.822 tributarios, según los padrones que formó mi
antecesor, el teniente de dragones don Juan Valiente.