para la incapacidad de estos indios era el haberlos tenido sujetos a la
comunidad y no haberles inspirado otras ideas que las de la sumisión y
obediencia, tratándolos como a hijos de familia menores de edad, no
pudiendo ilustrar sus entendimientos para que desde luego aprendiesen a
trabajar para ellos, tratar y comerciar unos con otros con sus frutos y
efectos, conchabándose los de menos habilidad con los más expertos y
laboriosos, y a verificar todos aquellos medios y arbitrios que se
practican entre gente civilizada, tratando y comerciando, no tan
solamente entre sí, sino también con los forasteros, que es en lo que
consiste el aumento y felicidad de los pueblos y naciones; no pudiendo,
como digo, darles a conocer desde luego estas ventajas, pareció lo más
conveniente el dejarlos por entonces sujetos a la misma comunidad, como
lo habían estado, hasta que con el tiempo se hiciesen más capaces. Pero,
como el principal motivo que los tenía reducidos a la incapacidad era la
sujeción a la comunidad, subsistiendo ésta, subsistía siempre el
impedimento de sacarlos de tan miserable estado; y así se ha
experimentado que, por más que se ha trabajado, es muy poco lo que se ha
adelantado en el particular.
Establecido el gobierno en los términos que sumariamente va explicado,
fueron colocados al principio, para administradores, unos hombres cuales
los deparó la suerte. Eran los más de éstos de tan poca habilidad como
los mismos indios; y como, aun los expertos, eran bisoños en aquel
manejo, y no tenían a quien imitar ni consultar, se mantenían en la
mayor inacción. Al mismo tiempo los indios, no acostumbrados a moverse a
nada sin ser mandados y aun obligados, como los administradores nada o
muy poco disponían, ellos tampoco hacían nada; de modo que sólo se daban
prisa para mandar traer de las estancias crecidas mitas de ganado, a lo
que los administradores no se oponían, porque ni sabían cómo debían
manejar lo que tenían a su cargo, ni tenían valor para oponerse a los
indios, ni aun sabían lo que ellos hacían. De este modo en pocos años
disiparon y consumieron cuanto había en los pueblos y estancias, sin
pensar en trabajar ni reponer lo que consumían. A esto se siguió la
grande epidemia de viruelas que causó la desolación de los pueblos, que
quedaron sin indios ni hacienda. Cuando el Gobierno conoció el daño, ya
no tenía otro remedio que aplicarse a repararlo del mejor modo posible.
Para esto se removieron todos aquellos administradores inútiles,
sustituyéndolos con otros de más habilidad y mejor conducta; se trató de
obligar a los indios al trabajo, poniendo el mayor empeño en el
restablecimiento de las estancias, y, en fin, se adoptaron todos
aquellos medios que parecieron conducentes; y efectivamente con ellos se
consiguió, si no en todos los pueblos, en los más, el volverlos a poner
en una medianía que promete algún alivio a sus naturales, y mayores
adelantamientos en lo futuro.
Este atraso se les siguió a los pueblos por no haber verificado lo que
se previene en las mismas ordenanzas, y es que cada año en el tiempo más
oportuno se celebrase en Candelaria una Junta general, compuesta del
gobernador, los tenientes, los corregidores y administradores de todos
los pueblos, para que en ella se examinen con los libros de acuerdos que
deben tener todos ellos, y las disposiciones acordadas semanalmente por
los cabildos y administradores, sus efectos y consecuencias, proponiendo
cada uno lo que considere más útil a los pueblos, acordando y
determinando lo que a la misma Junta te pareciese más conveniente, de la
cual debían resultar los estados anuales que debían remitirse al
Gobierno de Buenos Aires, con los informes necesarios y las propuestas
que en beneficio de los pueblos tuviesen por convenientes. Pero esta
Junta, tan esencial y conveniente a los pueblos, no se ha verificado ni
una sola vez; los motivos que la han impedido los ignoro, y el único que
se presenta a mi idea es la dificultad de juntarse todos, por la
distancia que hay de los pueblos más distantes. Pero haciéndose cargo
que algunos administradores por solo concurrir a alguna función dejan su
pueblo y van a otro, que dista tal vez más leguas que las que hay desde
los más apartados al de Candelaria, no se hallará dificultad en que
todos concurrieran a la Junta. Pero, aun dado caso que este motivo se
estime como suficiente, con facilidad se allanaba por otro método que
surtiría los mismos efectos, y era el que cada teniente en su distrito
formase una junta particular de los de su jurisdicción, y con sus
resultas uno o dos administradores y otros tantos corregidores de su
satisfacción pasasen a Candelaria, en donde juntos todos los tenientes
con sus asociados, y lo resultivo de sus juntas, formaran la general con
el gobernador, evitando así los inconvenientes que pudieran seguirse de
concurrir todos, y sin duda tendría los mismos efectos que si se
celebrase como se previene en las ordenanzas. Si esta Junta hubiera
tenido efecto, seguramente no hubieran experimentado los pueblos
aquellos atrasos que tuvieron a los principios, y las cosas se hubieran
arreglado en mejor pie del que se hallan; pues, tomando de cada uno
aquello que había tenido mejor éxito, se establecerían con conocimiento
las reglas más oportunas para lo futuro; allí se conocería el mérito y
aplicación de cada uno, y se desecharían todos aquellos que por su
impericia u otros motivos diesen lugar a ello, y se trabajaría con más
uniformidad y acierto.
Como a los principios de nada se cuidaba, y después fue preciso atender
solamente a poblar de ganados las estancias, se descuidaron los otros
objetos que se encargan en las ordenanzas, y que exigían la atención de
todo buen gobierno. Se ha desatendido la reparación y aumento de los
edificios, así de las casas principales llamadas colegios, como de
particulares de los indios, de modo que los pueblos se han arruinado y
las iglesias algunas amenazan ruina. Los yerbales que se cultivan junto
a los pueblos se han dejado casi perder, no haciendo otra cosa que
sacarles cuanta utilidad han podido, sin cuidar de reponer con nuevas
plantas las que se iban perdiendo o envejeciendo, por aplicar la poca
gente que había quedado a otras labores, de que en el mismo año se
recoge la utilidad.
Tampoco se ha cuidado de introducir el aseo en las personas y casas de
estas gentes, ni el que se traten con honestidad, descuidando también el
suministrarles aun lo preciso para su subsistencia, pues por atender al
restablecimiento de las estancias fue preciso abandonar todo lo demás.
Como la experiencia dio a conocer la incapacidad de los indios y su
propensión a gastarlo todo y no trabajar, fue preciso que las
providencias del gobierno ampliasen las facultades a los
administradores, subordinándoles en cierto modo a los corregidores y
cabildos, para que así obligasen a los demás indios al trabajo y
moderasen los gastos. Con estas providencias, en las que siempre se ha
procurado en lo posible salvar el espíritu de las ordenanzas, se ha
venido por último a fijar la práctica de gobierno que al presente se
observa, la que en muchos puntos se aparta bastante de las ordenanzas,
pero la necesidad ha dado lugar a ello.
Aunque por las ordenanzas se establece que la dirección del pueblo haya
de correr a cargo del corregidor y cabildo, y que el administrador sólo
sea un director que les aconseje y persuada lo mejor, y que nada debe
hacerse sin que sea dispuesto y acordado por el cabildo, no sucede así,
pues los administradores son los que tienen toda la superioridad,
sirviendo los corregidores y cabildos solamente de ejecutores de las
disposiciones que el administrador les da, sin que en ellas se encuentre
repugnancia en practicar cuanto el administrador les dicta, ni tampoco
en asentir a cualquiera trato que el administrador celebra, firmando
cuantos papeles les ponen delante y consintiendo gustosos y sin examen
en todo lo que el administrador quiera hacer de ellos y de su pueblo.
Y aunque es circunstancia precisa que todos los tratos que hacen los
administradores los ha de autorizar con su permiso el gobernador o
teniente a quienes corresponda el inmediato mando, como no siempre
pueden enterarse de la calidad de lo que se compra, que lo regular es
ganado vacuno o caballar, no puede saber si efectivamente es de la
calidad que se le propone en la propuesta, ni sirve comisionar a otro
para que presencie la entrega, porque o ha de ser de la parte
interesada, o con facilidad puede ser sobornado, y los indios, que por
interesados debían ser los más celosos, son los que más procuran ocultar
sus mismos perjuicios, con que es preciso estar a la buena fe del
administrador, sin que se encuentre medio de atajar los fraudes si él es
de mala conciencia. A lo que puede agregarse la permisión o
condescendencia del inmediato superior que, si tal sucediera en algún
tiempo, yendo a la parte con los administradores, podrían con facilidad
destruir los intereses de los indios; y éstos firmarían gustosos los
documentos que acrediten la legítima inversión de sus caudales, aunque
supieran y conocieran que se convertían en utilidades de otros.
Siendo el administrador, como lo es en las presentes circunstancias, el
superior en el pueblo, él determina por sí solo todo cuanto se ha de
hacer, a él se le presenta el corregidor y cabildo como súbditos, de él
reciben las órdenes y a él dan cuenta de la ejecución y resultas. Por su
informe y a su pedimento confiere el gobierno los empleos, porque, como
la ocupación de éstos es más en las faenas que en la administración de
justicia, el que el administrador propone para corregidor, a ése se
nombra, y lo mismo los demás empleos y ocupaciones del pueblo.
Las faenas de los pueblos se reducen a podar, arar y carpir los
algodonales, recoger el algodón, resembrarlos cuando se han perdido
muchas matas, o sembrarlos de nuevo cuando se envejecen o hay necesidad.
Estos trabajos se ejecutan por los indios (el arar, sembrar y podar),
pero el carpir y recoger el algodón se hace con las indias, muchachos y
muchachas. Las sementeras de trigo, maíz y toda clase de legumbres se
verifican en la misma conformidad que el cultivo de los algodonales.
Cuando los yerbales del pueblo están en sazón, se ocupan en el beneficio
de la yerba, como en todo lo demás, cada uno a lo que puede o alcanzan
sus fuerzas, y lo mismo en otras faenas menores de agricultura, para lo
cual se destina la mitad del tiempo, y la otra mitad para que acudan a
sus chacras particulares y se proporcionen su subsistencia. Pero, aunque
regularmente se dice que se les deja a los indios la mitad del tiempo
para sus particulares labores, siempre la comunidad cercena muchos días,
de modo que apenas les quedará la tercera parte para ellos.
Las indias se ocupan regularmente en hilar para la comunidad, a las que
se les reparten dos tareas a la semana, o tres cuando lo pide la
necesidad. En cada tarea se les da diez onzas de algodón para que
traigan tres de hilo, y se procura no ocuparlas en otra cosa; pero, en
las ocasiones de carpidos y otras semejantes, destinan a ellas, cuando
no a todas, las más robustas y que no están embarazadas ni criando; y
las que no van a carpir se ejercitan en hilar.
Los indios de oficios, como son tejedores de lienzos, carpinteros,
rosarieros y otros, que siempre se mantienen más por costumbre que por
utilidad, trabajan en sus oficios el tiempo que deben hacerlo para la
comunidad, y el restante van a sus chacras, que es preciso las tengan,
pues de lo contrario no podrían subsistir. Sólo los tejedores permanecen
algo más en sus oficios, del que no se les permite se aparten hasta que
concluyan la pieza comenzada, y entonces se les da cinco varas de lienzo
y una o dos semanas libres, para que vayan a sus chacras, y después
vuelven a su ocupación.
Un pueblo que tenga 300 indios de trabajo, y correspondiente número de
indias, muchachos y muchachas, con un administrador de buena conducta,
se puede regular la cosecha de un año bueno en los frutos siguientes:
800 arrobas de algodón, otras tantas de yerba, 100 fanegas de trigo, 200
de todas las demás especies de grano, incluso el maíz, 50 arrobas de
tabaco, otras tantas de miel, y 15.000 varas de lienzo. En lo que
conocerá usted que, a excepción de los lienzos, en que el hilado es obra
de las indias, todo lo demás podría verificarse con 25 o 50 peones bien
distribuidos, mayormente en estos pueblos cuyos terrenos son muy
fértiles, y que abundan de bueyes y todas las providencias para hacer
ventajosas las faenas; pero sólo se tira a pasar el tiempo, como
manifestaré a usted.
Como las estancias son el nervio principal que asegura la subsistencia
de los pueblos, se ha puesto en ellas y se pone el principal cuidado; y
en efecto se ha conseguido el que las más estén en un ventajoso estado
comparadas con el que tenían ahora diez años; y, aunque se admire el
buen gobierno que ahora tienen respecto al que entonces tenían, ¿quién
negará que es perjudicialísimo el crecido número de indios que hay en
cada estancia? En la que menos hay 30 indios, que con sus mujeres,
muchachos y muchachas regularmente pasan de 70 personas, aunque no
tengan que cuidar arriba de 20.000 animales de todas especies, cuando
entre españoles con una docena de peones estaría bien servida una
estancia semejante. Así consumen cada año más de 400 reses, fuera de las
terneras que roban, y que precisamente han de ser muchas, cuando nunca
pasa la yerra de la sexta parte del ganado que hay, siendo así que
pudiera llegar cuando menos a la cuarta parte. Pero no hay arbitrio para
remediar este desorden en las presentes circunstancias, porque, de
quererlos apremiar, luego se experimenta la deserción.
Cada semana se les da, dos o tres días, ración de carne en el pueblo,
según la posibilidad de él. Regularmente se mata para cada cien personas
un toro, y los despojos de todos se distribuyen a los muchachos y
muchachas.
Además de las reses que se distribuyen los días de ración, se matan cada
día una o dos reses para el consumo diario de los curas, administrador,
enfermos, corregidor, mayordomos, los de oficios, y generalmente los
sirvientes del colegio, que son en gran número.
También se consumen varias reses en las faenas de comunidad, pues
regularmente se les da de comer a mediodía, o al tiempo de retirarse del
trabajo, mayormente cuando la faena es algo pesada. De modo que a un
pueblo que tiene 300 indios de trabajo se le puede regular de consumo
2.000 reses al año.
Asimismo, todas las menestras que recogen se consumen en dar de comer a
los muchachos y muchachas, y en suplir a algunos para que siembren.
En los pueblos que están bien asistidos se les da cada año de vestir a
los muchachos y muchachas, a los impedidos, viejos y viejas, y
regularmente a los que se les nota desnudez, que son aquellos y aquellas
que no son de provecho para sí ni para la comunidad, en cuyos socorros,
y las mortajas, que también se dan, puede regularse el consumo de un
pueblo de indios del número insinuado en 4.000 varas al año.
También se les da ración de yerba, pero en el pueblo que más no pasa de
300 arrobas al año.
De los demás frutos y efectos es muy poco lo que disfrutan los indios;
el trigo, el tabaco, la miel, la azúcar que se beneficia o se compra, lo
comestible que de Buenos Aires viene, comprado con el caudal de los
indios, todo se consume en la casa principal; sólo el corregidor, los de
cabildo y los enfermos disfrutan alguna cortedad de estos efectos.
Esto es lo que los pueblos mejor arreglados, y que mejor asisten a los
indios, distribuyen anualmente, cuyos frutos, regulado su valor por los
precios más subidos de estos pueblos, pueden ascender a 5.000 pesos, a
los que, agregando los reales tributos, diezmos, sueldo del
administrador y gasto de iglesia, podrá computarse todo el gasto en
8.000 pesos al año.
Un pueblo de 300 indios de trabajo podrá tener 1.200 almas entre chicos
y grandes, con que, teniendo presente que desde cinco años para arriba
todos trabajan lo que pueden, y que los muchachos y muchachas no tienen
días libres, se podrá regular en 800 trabajadores que emplean la mitad
del año en beneficio de la comunidad; repartiendo entre ellos los 8.000
pesos de gastos precisos, toca a cada uno 10 pesos. Ahora bien, ¿en qué
podrá usted ejercitar a un indio o india en esta provincia tan fértil y
de tantas proporciones, que trabajando con una mediana aplicación no
produzca su trabajo cuando menos 40 o 50 pesos en la mitad de un año?
Agregue usted a esto el producto de las estancias que, llegando a 20.000
cabezas de ganado mayor, ha de rendir, fuera de gastos y costos, 3.000
pesos cuando menos cada año; y hallará usted que el no adelantarse los
pueblos es, o porque la inacción de estos naturales es mucha, o porque
el consumo y desperdicio de la casa principal es grande; uno y otro
sucede, como manifestaré en su lugar.
Hasta ahora he referido a usted sencillamente el modo con que se
gobiernan estos pueblos sin manifestarle las vejaciones, opresiones y
violencias que sufren los naturales, todo ello consecuencia precisa de
la comunidad a que viven sujetos; materia es ésta de tanta consideración
que debiera tratarse por otra pluma más elocuente que la mía, pero
escribo solamente para usted, que sabrá poner en mejor orden lo que yo
desaliñadamente le noticiare. Volveré a tomar el hilo desde el
principio, para su mayor claridad e inteligencia.
Puesto el gobierno particular de cada pueblo a cargo de un administrador
secular que cuidase de la temporalidad, y de dos religiosos que
doctrinasen a los indios, les administrasen los santos sacramentos y
atendiesen a la dirección de sus almas, se dividió el mando, que antes
estaba en una sola persona que cuidaba de lo espiritual y temporal.
Estos religiosos fueron elegidos y nombrados conforme se encontraron;
los más eran muy mozos, y sin prudencia ni conocimiento. Los indios,
acostumbrados a obedecer solamente a sus curas, miraban al principio con
indiferencia cuanto los administradores les dictaban, de modo que nada
se hacía sin consultarlo primero al padre. De estos principios nacieron
las grandes discordias entre curas y administradores, y que
contribuyeron en gran parte a la ruina de los pueblos, como se queja don
Francisco Bruno de Zavala en la representación que hizo a Su Majestad el
año de 1774. Los curas se hicieron dueños de las casas principales,
nombradas colegios, no permitiendo vivir en ellas a los administradores;
lo mismo hicieron con las huertas y sus frutales, de todo pretendían
disponer a su arbitrio; y como los indios estaban de su parte conseguían
cuanto se les antojaba. Procurose poner remedio a estas imprudentes
pretensiones de los religiosos con algunas providencias de gobierno,
pero no se adelantaba un paso en ello sin ocasionar a los indios muchas
vejaciones y molestias; porque, adictos siempre a obedecer a los
religiosos, y no cesando éstos de influirles máximas contrarias a la
paz, era preciso usar del rigor con ellos para sujetarlos al gobierno.
Consiguiose al fin el hacer conocer a los indios que sólo en las cosas
concernientes a su salvación debían prestar atentos oídos a sus curas, y
en lo demás a sus administradores; pero no por esto cesaron las
discordias entre administradores y curas, porque, como unos y otros
viven en una misma casa y con cierta dependencia en sus funciones, jamás
se conformaban en sus distribuciones. Los curas querían que los indios
asistiesen todos los días a la misa y al rosario, a la hora que se les
antojaba, que muchas veces era bastante intempestiva; los
administradores se lo impedían, unas veces con razón y otras sin ella, y
lo que resultaba era que el cura mandaba azotar a los que obedecían al
administrador, y el administrador a los que obedecían al cura; y unos y
otros castigos se ejecutaban en los miserables indios, sin más culpa que
obedecer al que les acomodaba mejor el obedecer; hasta los mismos
corregidores y cabildantes no estaban libres de estas vejaciones, que no
pocas veces se vieron apaleados y maltratados de los curas y
administradores, sin saber a qué partido arrimarse. Esta persecución no
es tanta en el día, y, aunque una y otra vez se experimenta, no es con
tanto escándalo.
Por motivos menores y particulares se encendían cada día, y aún se
encienden, grandes incomodidades entre curas y administradores; como los
pueblos tienen obligación de alimentar a los curas, y esto corre a cargo
de los administradores, éstos, estando enemistados como regularmente
sucede, tienen ocasión de vengarse del cura haciéndole esperar, dándole
lo peor y escaso, y por otros medios dictados por el espíritu de
venganza. Bien es que no siempre tienen razón los curas para quejarse,
pues solicitan que la comida sea con tanta abundancia que les sobre para
dar de comer, además de los muchachos que les sirven, a seis u ocho que
suelen agregárseles.
Como en los pueblos no hay maestros de oficios que trabajen para el que
quiera comprarles su obra, ni aun se puede conchabar un peón sin dar
cuenta al administrador, porque todos están sujetos a la comunidad, ni
los indios saben vender su trabajo, ni hay cómo suplirse de las precisas
necesidades, la práctica que se observa es: si uno de los empleados
tiene necesidad de un par de zapatos, llama al zapatero, le da los
materiales y le dice le haga zapatos; él los hace y los trae, y si le
dan algo lo recibe, y si no se va sin pedir nada; lo mismo sucede con
todas las demás necesidades. Si el cura ocupa al zapatero o a otro, y
está mal con el administrador, si éste lo sabe, inmediatamente lo
despacha a los trabajos de comunidad, para que retarde o no haga la
obra; luego lo sabe el cura, y está armada la zambra, y de todas las
resultas las paga el indio o los indios, a los que se persiguen porque
otros los protegen.
Aunque en las ordenanzas se previene que para el servicio de la iglesia
se destine un sacristán y tres cantores, lo que se practica es que en
estos ministerios se ocupan dos sacristanes mayores con otros tres o
cuatro menores y diez o doce muchachos para acólitos, con más una
infinidad de músicos, que, aunque estos últimos no dejan de ocuparse en
otras cosas, siempre es preciso tener algunos a mano para lo que se
ofrezca; y no estando prontos, o pareciéndole al cura pocos los que
acuden, ya hay riña sobre que se tira a arruinar el culto divino.
También la hay muy frecuente sobre que algunos curas quieran tener
ocupados todo el día a los sacristanes y acólitos en su beneficio.
Los bienes de los indios son tratados como sus personas; distribuyéndose
éstos con la mayor escasez entre los indios necesitados, y aun enfermos,
se gastan con la mayor profusión, no tan solamente entre los españoles
empleados, sino también con cuantos pasajeros llegan, y que tal vez sin
motivo ninguno se detienen en los pueblos los días que quieren,
facilitándoles cuantas comodidades se les antoja, lo que reciben como
cosa que de justicia se les debe, y de no hacerlo así se muestran
quejosos de los administradores que no los han tratado (dicen) como
deben; y aunque el gobierno ha dado algunas disposiciones sobre esto,
ningún efecto han surtido.
Regularmente se tienen empleados uno o más indios para cuidar cada
especie de frutos o efectos de los que se trabajan o benefician; pero,
con todo, es increíble lo que se desperdicia y pierde, ya sea por
impericia o descuido de los mismos indios, o por abandono de los
administradores. ¿Quién creerá que llegando a 2.000, y aun a más, las
reses que se consumen cada año en un pueblo, se gasten todos los cueros
de ellas en sacos y otros ministerios? Pues ello es así, todos los dejan
perderse, pudiendo con su beneficio y venta acrecentar los haberes de la
comunidad. Lo mismo sucede con todo lo demás, sin encontrar medio para
remediarlo.
Para el administrador y los religiosos, que tiene el pueblo obligación
de alimentar, hay ocupados dentro del colegio más de 50 personas. A
usted le parecerá ponderación, pues no lo es, y si no haga usted la
cuenta: para uno o dos almudes de trigo que se amasan cada día se
emplean dos o tres atahoneros, donde hay atahona, que donde no la hay se
emplean seis lo menos, y cuatro o seis panaderos; en la cocina lo menos
se emplean seis, y, si los religiosos cocinan, apartan otros tantos; dos
lo menos de hortelanos, dos de aguateros, cuatro o más de refectoleros,
y uno o dos cuidadores de los caballos de cada persona. Todos éstos
alternan por semana con otros tantos, y ni unos ni otros trabajan para
la comunidad, porque la semana libre es para ellos; a lo que agregará
usted los muchachos sirvientes, que cada uno tiene dos lo menos, y verá
usted qué cuenta tan abultada saca. Además de esto, todos los sábados ha
de traer cada persona un palo para la leña del consumo de la semana.