Esta provincia se compone de pueblos, todos ellos tan semeja

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MEMORIA

HISTÓRICA, GEOGRÁFICA, POLÍTICA Y ECONÓMICA

sobre la

PROVINCIA DE MISIONES

DE INDIOS GUARANÍS

POR

Gonzalo de Doblas

TENIENTE GOBERNADOR.

Primera Edicíon.

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

1836.

PRIMERA PARTE

Discurso preliminar a la memoria sobre Misiones

El aislamiento en que vivían los padres de la Compañía de Jesús en sus

misiones del Paraguay, cuyo acceso impedían a los mismos españoles, ha

hecho ignorar hasta ahora el plan de esta singular república, y los

arbitrios de que se valían para gobernarla. Las relaciones que se

publicaron para justificar su supresión no merecen crédito, por el

espíritu que presidió a su redacción y el objeto que se propusieron los

que las divulgaban. Ninguno de los miembros de aquella orden famosa se

empeñó en rebatir estas calumnias; sea que los desalentase la desgracia,

sea por la necesidad que sienten los que sufren males inmerecidos de

buscar algún alivio en objetos nuevos y fantásticos. Sin desamparar el

estudio, y conservando todos los hábitos de una vida laboriosa y

arreglada, los Jesuitas perdieron de vista sus neófitos, y tomaron parte

en los trabajos científicos y literarios que ilustraron los últimos años

de la pasada centuria. En Roma, en Boloña, en Venecia, se hicieron

admirar en las academias los que habían sido declarados enemigos de la

sociedad y del trono.

Estos méritos no bastaron a restablecer su crédito, ni a librarlos del

anatema de sus perseguidores. Los hombres más imparciales hacían

justicia a los individuos, sin aprobar el espíritu de su instituto,

sobre todo en lo concerniente a su modo de administrar las misiones del

Paraguay.

Lo que más contribuyó a acreditar estas calumnias fue la

publicación de una obra, titulada _Reino Jesuítico del Paraguay_[1],

que el padre Bernardo Ibáñez escribió bajo el influjo de sentimientos

rencorosos, después de haber sido expulsado de las Misiones por sus

intrigas con el Marqués de Valdelirios en tiempo de la guerra

guaranítica. Este impostor llegó a Madrid cuando se meditaba la

destrucción de su orden, y se coligó con sus enemigos, denigrando a sus

propios hermanos. Le salió al encuentro el padre Muriel en su apéndice a

la traducción latina de la obra del padre Charlevoix; pero el idioma en

que redactó sus notas, y el poco interés que inspiraba entonces esta

apología, la dejaron ignorada en el público, para quien el silencio

suele ser prueba de culpabilidad en los acusados.

[Nota 1: La publicó el Ministerio español en el tomo IV de la

Colección de documentos relativos a la expulsión de los Jesuitas,

Madrid, 1770, en 4.º.]

Con estas prevenciones, que eran generales en Europa, llegó a Buenos

Aires don Félix de Azara, uno de los comisarios españoles para la última

demarcación de límites. Empeñado en recoger materiales para la

publicación de su obra sobre la historia política y natural de estas

provincias, solicitó del administrador de uno de los departamentos de

Misiones, que había examinado con más esmero el carácter de los indios y

el de sus instituciones, un informe detallado de su origen y progresos,

indicando los arbitrios que, a su juicio, podían emplearse para sacarlos

de su abatimiento.

Para formase una idea de los males que acarreó a estos pueblos la

supresión de la Compañía de Jesús, basta echar la vista al siguiente

estado comparativo de su situación en 1768, cuando salieron de las manos

de sus doctrineros, y en 1772, cuando pasaron a las de don Juan Ángel de

Lascano, su administrador general.

+----------+-------+-------+---------+--------+-------+

| | GANADO|BUEYES.|CABALLOS.| YEGUAS.|POTROS.|

| | DE | | | | |

| | RODEO.| | | | |

+----------+-------+-------+---------+--------+-------+

| Año | | | | | |

| de 1768. |743,608| 44,114| 31,603| 64,352| 3,256|

| | | | | | |

| Año | | | | | |

| de 1772. |158,699| 25,493| 18,149| 34,605| 4,619|

+----------+-------+-------+---------+--------+-------+

| Falla |584,909| 18,621| 13,454| 29,747| |

+----------+-------+-------+---------+--------+-------+

+----------+------+-------+--------+-------+

| |MULAS.|BURROS.| BURROS |OVEJAS.|

| | | |ECHORES.| |

| | | | | |

+----------+------+-------+--------+-------+

| Año | | | | |

| de 1768. |12,705| 6,058| 1,411|225,486|

| | | | | |

| Año | | | | |

| de 1772. | 8,145| 5,083| 109| 93,739|

+----------+------+-------+--------+-------+

| Falla | 4,560| 975| 1,302| 29,747|

+----------+------+-------+--------+-------+

La población disminuyó, si no en los mismos términos, al menos de un

modo notable, llegando por último hasta dejar yermos los pueblos y

solitarios sus campos. El de Candelaria, donde residía el autor de este

informe, una de las principales reducciones de los Jesuitas, es en el

día un montón de ruinas, y el mismo aspecto de desolación presentan los

demás pueblos. Esta decadencia, que no podía atribuirse a los estragos

de la guerra, que nunca asoló aquella provincia, era efecto inmediato de

los vicios, o más bien de la incompatibilidad del nuevo régimen que se

estableció en los pueblos de Misiones con el genio desidioso y apático

de sus habitantes. El autor de la memoria da a esta conjetura toda la

fuerza de una verdad, apoyándola en una serie de observaciones sobre las

inclinaciones y hábitos de sus administrados.

Sagaz en sus investigaciones, y exento del espíritu de rutina que

prevalecía en su época, descubre con una severa imparcialidad todos los

defectos del nuevo gobierno económico, introducido por España en los

pueblos de Misiones, y propone otro en que no supo evitarlos,

substituyendo al sistema de _comunidad_, que formaba la base del régimen

Jesuítico, el de _factoría_, que sólo difiere en el nombre.

Las objeciones que le hizo Azara sobre esta parte de su memoria le

parecieron tan convincentes que le obligaron a refundirla en un nuevo

escrito, que tituló: _Disertación que trata del estado decadente en que

se hallan los pueblos de Misiones, con los medios convenientes a su

reparación_. Como estos pensamientos han dejado de ser aplicables a la

situación presente de aquellos pueblos, hemos prescindido de

publicarlos, contentándonos con haberlos mencionado para acreditar el

celo perseverante de don Gonzalo de Doblas.

Nacido en 1744, en el seno de una familia distinguida de la villa de

Iznájar en el reino de Andalucía, abandonó la carrera del comercio, a

que lo destinaban sus padres, para dedicarse al servicio público. Pasó a

América en el año de 1768, y por una singular coincidencia se embarcó en

el mismo jabeque que llevaba al gobernador Bucareli la cédula de

supresión de la Compañía de Jesús, cuyas tareas estaba destinado a

continuar en sus establecimientos de Misiones.

Su carácter afable y una razón despejada le ganaron la benevolencia del

virrey Vertiz, que en 1781 le nombró Teniente de Gobernador del

departamento de Concepción. En la memoria inédita que acabamos de citar,

da cuenta él mismo de las disposiciones en que se hallaba cuando tomó

posesión de su empleo. «Lo primero que se presentó a mi examen y

consideración fueron las infelicidades y miserias de aquellos naturales,

que bajo de un clima excelente y en terrenos fertilísimos, con cuantas

proporciones se pueden apetecer por las comodidades de la vida y del

comercio, se hallaban reducidos al estado más infeliz a que pueden bajar

los hombres... Sentía que unos seres inteligentes y racionales, iguales

míos por naturaleza, estuviesen, sin culpa suya, sumergidos en la

ignorancia y privados de disfrutar de los derechos y halagos de la

sociedad, y de las mismas producciones que les prodigaba su suelo

natal».

Estas reflexiones envolvían un problema interesante, que emprendió a

examinar, y de cuya solución se ocupó con más fervor para satisfacer los

deseos de Azara. A más de la copia que puso en manos de este jefe, sacó

otras para los brigadieres Alvear, Lecoq, Varela, y para los virreyes

Loreto y Avilés, que la juzgaron distintamente. Pero Varela a su regreso

a España la elevó al conocimiento del Rey, que se manifestó dispuesto a

adoptar en gran parte el plan de reforma trazado por el autor.

Mientras esto sucedía en Madrid, Doblas fue reemplazado en su

gobierno, y llamado a plantificar la población de Quilmes. Antes de

salir de Misiones fue a reconocer la _Isla de Apipé_ en el Paraná, y

llegó a su destino poco antes de la segunda invasión de los ingleses,

contra la que presentó también un plan de defensa.

Tantos méritos, contraídos en una larga y laboriosa carrera, no le

merecieron más recompensa que la de recibir los despachos de teniente

coronel; bajando al sepulcro, a principios de 1809, lleno de inquietudes

sobre la suerte futura de su familia, a quien sólo legaba un nombre sin

tacha.

Gran parte de estos recuerdos, honrosos para su memoria, se hubieran

borrado sin el laudable empeño del señor canónigo doctor don Saturnino

Segurola de acopiar en su biblioteca el fruto de tantos trabajos, y de

franquearla generosamente a los que quieren aprovecharla.

_Buenos Aires, noviembre de 1836._

PEDRO DE ANGELIS.

Al señor don Félix de Azara, Capitán de fragata de la Real Armada, y

Comandante de la tercera partida de la demarcación de límites con

Portugal por la provincia del Paraguay.

Muy señor mío:

Aunque mi deseo y la obligación de servir a usted me han estimulado a

formar con la mayor brevedad la relación de noticias que usted me dejó

encargadas cuando se retiraba de estos pueblos después de verificadas

sus observaciones astronómicas, mis muchas ocupaciones, que le han sido

notorias, me han impedido por algún tiempo el aplicarme a esta gustosa

ocupación; pero, al fin, en los intervalos que los asuntos de mi

obligación me dejan libres, y hurtando algunos ratos al preciso tiempo

de mi descanso, determiné aplicarme con empeño y tesón, para no retardar

más lo que tal vez le estará haciendo falta para perfeccionar su obra.

Algo dilatado será este papel; pero, de todas las noticias que yo

amontonare en él, podrá usted elegir las que le sean más oportunas, y

desechar las menos necesarias; y si entre ellas encuentra usted algunas

que puedan ser útiles al servicio del Rey, bien de estos naturales, o

engrandecimiento del estado, podrá usted valerse de ellas en los

términos que tenga por conveniente; pues me compadezco de ver una

provincia tan fértil como ésta, y que ni sus habitadores ni el Rey

disfruten las conveniencias y adelantamientos que les está ofreciendo.

Si mi intento fuera dar a usted una historia completa de esta provincia,

sería preciso comenzar a lo menos desde que fueron reducidos estos

naturales a poblaciones, y describir los diferentes parajes a que en

distintas ocasiones han sido trasladados los más de los pueblos, con

otras particularidades y noticias que hicieran amena la lectura. Esto

pedía mucho tiempo para examinar los varios escritos que hay sobre ello,

juntar las tradiciones de los naturales y, entresacando lo más conforme

a la verdad, desechar lo que ha sido introducido por voluntad o interés

de los escritores; pero, no siendo mi ánimo otro que el de instruir a

usted de aquellas noticias que conceptúo pueden convenirle, o redundar

en beneficio de estos naturales y aumento del real erario, me ceñiré a

solo aquello que me parece conduce a este fin; y si a usted le

conviniese para otros particulares algunas noticias más, podrá

pedírmelas, con la seguridad de que no perdonaré fatiga ni diligencia

hasta conseguir el satisfacer a usted.

_Su atento y seguro servidor,_

GONZALO DE DOBLAS.

Primera parte

Descripción del país, de sus habitantes y producciones

Esta provincia de Misiones está situada entre los 26º y 30º de latitud

meridional, y entre los 319º y 323º de longitud, contados desde la isla

de Ferro. Se compone de treinta pueblos de indios, de la nación Guaraní,

comúnmente llamados Tapes; su número en todos los pueblos ascendía el

año de 1717 a 121.168 almas, en treinta y una reducciones que entonces

había, según lo refiere el padre Juan Patricio Fernández, de la Compañía

de Jesús, en su _Relación histórica de los Chiquitos_. El año de 1744 se

contaban en los treinta pueblos que hay al presente 84.606 almas, según

se hallan numeradas en un mapa de esta provincia impreso en Viena. Al

tiempo del extrañamiento de los Jesuitas, curas de estos pueblos, se

hallaron más de 100.000 almas; y al presente pueden computarse, los que

existen numerados, en 60.000 almas, y en más de 8 o 10.000 los que no

están empadronados, porque andan fugitivos de sus propios pueblos,

dispersos en la misma provincia, y fuera de ella, en las jurisdicciones

del Paraguay, Corrientes, Santa Fe, Buenos Aires, Montevideo, Arroyo de

la China, Gualeguay y otras partes. El temperamento es benigno y

saludable, y aunque se distinguen las estaciones de invierno y estío, ni

uno ni otro son rigorosos, sucediendo en esta provincia lo que es común

a la de Buenos Aires y del Paraguay, de experimentarse muchos días de

calor en el rigor del invierno, y otros fríos en el verano. Es el aire

más húmedo que seco, a causa de los muchos bosques y ríos, y en los

pueblos inmediatos a ellos se experimentan en el invierno frecuentes

neblinas, que duran hasta las 10 del día. Son frecuentes los huracanes,

y mucho más las tormentas de truenos, en que caen algunas centellas, y

no se experimentan terremotos. La tierra es regularmente doblada, no se

encuentran cerros de mucha elevación, ni llanuras dilatadas; tampoco hay

serranías, y las que principian entre el Paraná y Uruguay, cerca de los

pueblos de San José y Santa Ana, pasando por el de los Mártires, y

siguiendo hacia el este, por el del Corpus y el de San Xavier, son de

poca elevación, y todas ellas están cubiertas de bosques inaccesibles

por su espesura. En lo restante de la provincia hay muchas isletas de

árboles, unas en las cumbres de los cerrillos y otras en los terrenos

más bajos y orillas de los arroyos y ríos, dejando lo demás de la tierra

enteramente limpio; de modo que donde hay árboles es tanta la espesura

desde su orilla, y tan cubiertos de maleza, que es muy dificultoso el

entrar a ellos, y en los terrenos descubiertos apenas se ve un árbol. En

estos bosques, así en los que se hallan en las alturas como en los

valles o quebradas, se encuentran muchas maderas de varias especies, a

propósito para construcción de embarcaciones, fábricas de casas y

muebles; algunas bastante preciosas, que para especificarlas todas se

necesitaba una prolija relación que omito, porque hasta con que usted

sepa que en maderas y frutas silvestres son estos montes unos mismos con

la provincia del Paraguay. No obstante, si usted necesita la noticia

extensiva de todas ellas, con su aviso la formaré y se la remitiré.

Toda la provincia la atraviesan los dos grandes ríos, Paraná y Uruguay,

acercándose entre sí desde Corpus a Candelaria el Paraná, y desde San

Xavier hasta cerca de Apóstoles el Uruguay, de modo que entre uno y otro

apenas mediará de 15 a 18 leguas comunes. En ellos desaguan muchos

riachuelos y arroyos, que dentro de la misma provincia tienen su origen

y que son a propósito para fomentar la agricultura con el beneficio de

los regados; así estos arroyos, como las muchas fuentes que hay en todas

partes, deben su origen a algún pantano grande o chico, según el caudal

del manantial de que se forma.

La calidad de la tierra es gredosa, mezclada con cieno o tierra

hortense, con mucho esmeril y alguna arena; su color es rojo casi como

la almagra, y sólo en algunos bajíos se halla tierra negra, que al

parecer es compuesta de los residuos de los vegetales que por la humedad

de los sitios crecen y se multiplican allí más que en otras partes. Es

asimismo muy pedregosa y generalmente fértil, principalmente en las

faldas de los cerros cerca de los montes y en los rozados; y sin embargo

de lo poco que los naturales cultivan la tierra para sembrarla, recogen

abundantes cosechas, particularmente de toda especie de legumbres. El

trigo, aunque no rinde tanto como en Buenos Aires, con todo se recogen

buenas cosechas, siendo lo regular dar diez por una. El arroz se cría

bien, y viene con abundancia, el maíz lo mismo, y todo cuanto se siembra

produce bien. Lo mismo sucede con los demás frutos comerciables. Los

árboles de la yerba nombrada del Paraguay, se crían muy bien en los

mismos pueblos, y todos tienen inmediatos a ellos algunos yerbales que

han plantado y cultivan, de los que benefician todos los años para su

gasto, y remitir a Buenos Aires. A estos naturales les es mucho más

fácil y cómodo que a los vecinos del Paraguay el extraer de los yerbales

silvestres grandes porciones de yerba, porque, además de estar no muy

lejos los montes, tienen la comodidad de traerla por los ríos. El

algodón se cría bien y produce con abundancia; la caña de azúcar, aunque

no con tanta generalidad como en el Paraguay, en algunos pueblos se

cosecha mejor que en aquella provincia. El cacao es sin comparación de

mejor calidad el que se beneficia en estos pueblos que en el Paraguay.

El añil se cría muy frondoso, aunque hasta ahora no se sabe su calidad,

porque falta quien lo beneficie. Las batatas y mandiocas son el

principal renglón para el alimento de estos naturales; y, en fin,

cuantas simientes se arrojan a la tierra producen con abundancia; de

modo que, si hubiera estímulo que obligara a los hombres a aplicarse a

la agricultura, no faltarían en todo el año en las huertas cuantas

verduras se recogen en las de los otros países en las varias estaciones

del año. Lo mismo digo de las frutas, todos los frutales se crían y

fructifican bien, particularmente los naranjos y limones, que crecen

hasta llegar a una corpulencia desmedida. Las vides se crían bien, y dan

muy buena uva, y en otros tiempos se ha hecho algún vino en los pueblos

que lo han intentado; particularmente en el pueblo de la Cruz, en donde

consta se hacía bastante y muy bueno en tiempo de los ex-jesuitas. Los

ganados de todas especies se conservan y multiplican muy bien; y, en

fin, por cuantos lados se miren estos terrenos se encontrarán los más

fértiles y de mejores proporciones para formar una provincia la más

comerciante; y, por consiguiente, si no la más rica, a lo menos la más

cómoda de todo este virreinato.

Inmediato al Paraná, en una y otra banda, cerca de los pueblos de

Candelaria y Santa Ana, hay minas de exquisito cobre; pero, aunque se

trabajaron después de la expulsión, fueron abandonadas, porque no

alcanzaban las utilidades a sufragar los costos; y aunque se asegura que

las hay de azogue y de otros metales, hasta ahora no he visto prueba que

me convenza de su existencia. También hay en muchos parajes minas de

cristal de roca muy superior; éste se cría en el corazón de pedernales

huecos de varios tamaños, y que en mi concepto crecen. Allí están

embutidas las piedras por toda la circunferencia interior como los

granos de una granada, pero dejando hueco en el centro, hacia donde

todas terminan en punta con varias superficies, tan iguales que parece

que con arte han sido colocadas y labradas. Algunas de estas piedras son

moradas, tan diáfanas y duras que no me queda duda son amatistas finas;

y es de creer que, si en los parajes donde se hallan en la superficie de

la tierra se buscasen en su interior, tal vez se encontrarían algunas de

valor.

En toda la provincia hay canteras de piedra para edificios, muy dóciles

de labrar y de mucha consistencia para permanecer. De estas canteras

sacaron los ex-jesuitas algunas columnas de cuatro y aún más varas de

largo, muy sólidas y de superficie muy igual; en algunas son las piedras

de la propiedad de las pizarras, compuestas de varias vetas que se

desunen con mucha facilidad, formándose lozas de superficie tan igual

que no es menester labrarlas. En el pórtico de la iglesia de San Ignacio

Miní hay tres de estas losas, que la mayor tiene más de quince pies de

largo y diez de ancho, y las otras dos son poco menores. Otra especie de

piedra hay muy tosca, pero facilísima de labrar, y según su peso y

algunas señales de ella parece vena de fierro, y es la que más

comúnmente se emplea en las paredes de los edificios.

Las yerbas medicinales que se encuentran son muchas; los indios las usan

en sus enfermedades, dándoles nombres propios en su idioma, pero el

beneficio de su conocimiento no se podrá lograr con utilidad entretanto

no se destine un inteligente que descubra sus virtudes y determine sus

usos.

De los renglones más necesarios a la conservación y comodidad de los

hombres sólo faltan dos en esta provincia, que son la sal y la cal; del

primero es preciso abastecerse de Buenos Aires o del Paraguay, y el

segundo se suple, para blanquear las iglesias y habitaciones, con

caracoles grandes calcinados, que los hay en los campos con mucha

abundancia, y de ellos se hace exquisita cal, pero ésta sólo alcanza

para blanquear y no más.

En esta provincia son muy pocos los insectos que incomodan a los

hombres. Las pulgas, chinches y piojos son raros. Mosquitos apenas se ve

alguno dentro de las habitaciones, aunque en el campo los hay de varias

especies que incomodan a los animales y a los hombres. La única molestia

que hay en los pueblos es la de los que llaman _piques_, que son unos

insectos que se introducen por el cutis en los pies, allí toman

incremento y multiplican su especie prodigiosamente; pero, además de la

facilidad de extraerlos, en teniendo un poco de aseo en las habitaciones

se pasan muchos meses sin experimentar esta molestia.

Hay también víboras de muchas especies, y algunas de mortal veneno, pero

no son tantas como se dice, y en los poblados raras veces se ve alguna.

En los montes y campos se crían tigres, leopardos, zorras, antas y

avestruces, pero por lo regular no molestan a los hombres. Hay asimismo

muchas aves particulares, como son loros, que los hay de muchas

especies, guacamayos, cuervos blancos y tucanes; estos últimos son del

tamaño de una paloma, y su pico tiene de largo una sesma de vara, y dos

pulgadas y media de grueso; es también muy abundante de palomas

torcazas, tórtolas, patos grandes y chicos, y muchos pájaros pequeños

comestibles.

El clima es tan saludable que apenas se encuentra otro que lo sea más,

aun para los forasteros; sólo los que se entregan al vicio de la

incontinencia experimentan los estragos del mal venéreo de que los

naturales están bastante tocados, aunque en ellos no se experimentan los

fuertes efectos que en los españoles; y aunque en algunas estaciones del

año, particularmente en el otoño, se experimentan fiebres intermitentes,

que aquí llaman _chuccho_, son de tan poca malicia que si alguno muere

es por falta de asistencia. Sólo las viruelas y el sarampión son los que

causan estragos horrorosos; bien es que éstos provienen en parte de que,

pasándose muchos años sin experimentarse estas epidemias, cuando

acometen, como son pocos los que viven que las hayan tenido, y se

extiende prontamente el contagio, no se halla quien asista a los

enfermos, porque todos huyen de que se les comuniquen, con que no es

mucho que mueran casi todos, siendo maravilla el que escape alguno a

esfuerzos de la naturaleza. Yo me compadezco mucho de la miseria que

padecen en sus enfermedades; y aunque he procurado proporcionarles los

auxilios que me han parecido oportunos para su alivio en todas sus

dolencias, no lo he podido conseguir como lo he deseado, porque cuanto

se destina para los enfermos lo consumen los mismos por cuya mano se le

suministra, sin que hayan bastado cuantas providencias y arbitrios he

imaginado para evitarlo.

En toda esta provincia no he visto ni tengo noticia haya ningún loco ni

demente; son raros los paralíticos y defectuosos y no se experimentan

muchas enfermedades crónicas.

Esta provincia se compone de pueblos, todos ellos tan semejantes los

unos a los otros que visto uno están vistos los demás; y aunque usted

los tiene observados, le mando el plano del de Candelaria y el de

Concepción, para que pueda satisfacer la curiosidad de otros. Sus casas

son de teja, a excepción de los de San Cosme y Jesús, que la mayor parte

son de paja. La figura de los edificios o casas de los indios es la de

un galpón de 50 a 60 varas de largo y 10 de ancho, inclusos los

corredores que tienen en contorno; son muy bajas, y cada galpón se

divide en 8 o 10 divisiones. Las iglesias son bastante suntuosas y

grandes, pero de irregular arquitectura y poca duración, por lo

corruptible de sus materiales que son de madera. Los ornamentos, vasos

sagrados, alhajas de plata y oro de que son servidas, son tantas, y en

algunas tan preciosas, que pueden competir con las mejores catedrales de

América. Las casas principales, llamadas comúnmente colegios, son muy

capaces y cómodas, regularmente situadas en parajes de deliciosa vista.

Son estos naturales de regular estatura y disposición; su color es

moreno algo pálido, particularmente las mujeres, las que, sin embargo de

andar todas descalzas y casi desnudas, y estar ordinariamente ocupadas

desde niñas en los trabajos de agricultura, como son carpidos y otros,

se admira lo pequeño y bien formado de sus pies y manos, y buena

disposición de sus cuerpos. Son todos de regular habilidad y comprensión

en cuanto se les aplica; comprenden más por la vista que por el oído;

cualesquiera cosa que se les pone por delante, la imitan con bastante

perfección; pero, por más que se les explique lo que no ven, no aciertan

con ello. Son tan humildes y obedientes, particularmente a los

españoles, y a los que reconocen superiores, que obedecen ciegamente y

sin examen cuanto se les manda. Son tenidos comúnmente por perezosos,

fundándose en que es preciso compelerlos con rigor al trabajo, no tan

sólo para lo que es de comunidad, sino también para lo que es propio de

ellos. También son tenidos por ladrones diestros, y, en efecto, el menos

notado de este vicio es el que no busca la ocasión, porque al que se le

presenta no la pierde.

Es grande la inclinación que tienen estos indios a saber, de modo que

siempre que se les proporciona ocasión de instruirse la aprovechan. Todo

aquello que ven ejecutar a los españoles procuran imitarlo, y ponen

atentos oídos cuando en su idioma se los refieren algunos puntos de

historia, o se les hace relación de algunas particularidades de Europa,

refiriéndolas ellos entre sí con gusto y admiración. Pero la lástima es

que tienen cerradas las puertas a toda instrucción; ellos no entienden

nuestro idioma, y en el suyo no hay quien les dé noticia de nada, sino

únicamente de las cosas más precisas de la religión; no tienen libros en

que aprender, ni objetos que mirar, con que es preciso que su

imaginativa esté perpetuamente en inacción, y por consiguiente vivan

envueltos en las tinieblas de la ignorancia.

Asimismo es grande en ellos la inclinación a tratar y contratar

continuamente, cambiar unas cosas por otras; pero, como no tienen

conocimiento del verdadero valor de ellas, por casualidad se verifica un

trato con igualdad, y sucede muy frecuente el engañarlos algunos

españoles de pocas obligaciones que clandestinamente tratan con ellos,

sin que el gobierno ni los administradores puedan remediarlo; porque,

aunque muchas veces se les hace ver el engaño que han padecido, no hay

forma de persuadirlos a que no compren ni vendan por sí solos, teniendo

por mengua el que los consideren incapaces de comprar y vender. Pero

algunos, que en esta parte se han aventajado a los demás, no es fácil el

que los engañen, pues saben muy bien darle la estimación a las cosas que

poseen.

Todos ellos son inclinados a mandar y anhelar por cualesquiera empleo y

ocupación por despreciable que sea; y procuran desempeñarlo el tiempo

que les dura, y manifiestan mucho sentimiento cuando, fuera de tiempo y

por algún motivo que hayan dado, se les priva del empleo, teniéndolo por

mengua y deshonor; sienten asimismo las palabras injuriosas, y el estar

en desgracia del que los manda, de modo que, en cometiendo alguna falta,

aunque sean los muchachos, desean que luego los azoten, y no los

maltraten de palabras, para volver a la gracia de sus superiores. Es en

ellos circunstancia apreciable para emplearlos la elocuencia y

persuasiva, y tienen en poco al que le falta esta prerrogativa, aunque

tenga otras recomendables; se precian mucho de vergonzosos y

pundonorosos, pero por falta de educación y de ideas no saben usar

rectamente de estas virtudes. En ellos no es deshonor el emplearse en

oficios ruines, aun los que acaban de obtener los empleos más

honoríficos, porque no conocen ni distinguen lo noble de lo uno, ni lo

ruin de lo otro. Tampoco es deshonor el que los azoten cada día, bien es

que, si esto lo fuera, muy raro sería el que no se considerara

deshonrado. La incontinencia de las mujeres, así solteras como casadas,

se mira con indiferencia; aun los mismos maridos paran poco la

consideración en eso, y así se entregan las mujeres al apetito de los

hombres, particularmente si son españoles o mandarines, con poca

repugnancia y ciega obediencia, tal es la disposición de su ánimo a

obedecer a todos los que consideran superiores. Son inclinados estos

naturales, como todos los indios, a la embriaguez, pero no la practican,

porque no tienen proporciones para ello, y porque se castiga al que se

embriaga; si alguno cae en este vicio es por causa de algunos

inconsiderados españoles, que por obsequiarlos les dan bebida. Son

también muy amantes de la música, a cuyo ejercicio se aplican sin ser

compelidos, y así en cada pueblo hay infinidad de músicos; los tambores

y todo instrumento estrepitoso son muy de su gusto, y así les acompañan

para todo. No hay faena a que no se destinen tres o cuatro tamboriles

que estén tocando entre tanto los otros trabajan, y se conoce desmayo en

ellos cuando no tocan al tiempo que faenan. Son muy sufridos en todos

los trabajos; apenas se les oirá quejarse, ni aun cuando rigorosamente

los azotan, ni cuando por algún descuido son heridos de algún gran golpe

en los obrajes o faenas. Lo mismo sucede en sus enfermedades, por agudos

e intensos que sean sus dolores, sólo se les conoce porque ellos lo

dicen cuando se les pregunta, o porque a la naturaleza del mal son

inseparables algunas señales de sentimiento; pero ellos los sufren con

una constancia y serenidad que admira. Yo me dedico bastante a visitar

los enfermos, y en estas visitas, y en las veces que acompaño al

Santísimo Sacramento cuando se les da por viático, nunca he visto ni a

un solo enfermo desasosegado; siempre fijos en la hamaca o catre sobre

un cuero, que es regularmente su cama, parecen difuntos, según la

quietud con que se mantienen; sólo se conoce están vivos por el

movimiento de los ojos, o por lo que responden cuando se les pregunta;

así permanecen hasta que mueren o sanan.

En sus casas se tratan con mucha indecencia y desaseo; regularmente

andan desnudos los padres y las madres delante de los hijos e hijas, aun

siendo adultos, y éstos lo mismo delante de sus padres; y no tan

solamente los de una propia familia, sino también los de otras que viven

dentro de una sola habitación, pues son inclinados a vivir muchos

juntos. Esto parece lo hacen porque en ello encuentran alguna

conveniencia, pues con un solo fogón guisan la comida, se calientan y

alumbran, y aun juntan sus viandas y comen juntos; y como todo esto lo

hacen dentro de la vivienda en que asisten, la tienen tan inmunda,

negra, llena de humo y hediondez, que es repugnante entrar en ellas, y

contribuye no poco a su desaseo y abatimiento.

Los indios tratan regularmente a sus mujeres, y las tienen como muy

inferiores a ellos, y las obligan a todo género de trabajo, así en sus

chacras en las labranzas y carpidos, como en sus casas en hilados y

traer a ellas todo lo necesario para la comida y disponerla, excusándose

ellos cuanto pueden del trabajo y cargándole a la mujer, a la que no

pocas veces maltratan inhumanamente, pareciéndoles le es lícito y pueden

hacerlo, y de esto es rara la vez que la mujer se queja, aun sabiendo

que la justicia castiga severamente a los que así se portan.

Los padres de familia cuidan poco o nada de la educación de los hijos,

ni de su alimento y vestuario, porque de todo ha de cuidar el común,

quien a su placer los emplea donde y conforme les parece, desde que son

capaces de hacer algo; tampoco anhelan por adquirir bienes que dejarles

a sus hijos, ni tienen idea de lo que es herencia, ni aun de la

propiedad actual de las cosas, porque la costumbre de dejarlas, y de

verlas dejar de otros para ir a donde el común los destina, les hace

mirarlas con indiferencia y abandonarlas sin sentimiento. Resisten con

notable constancia el trabajo y la hambre, pasándose muchas veces todo

el día trabajando, sin haberse desayunado y sin manifestar flaqueza;

pero al mismo tiempo admira lo que comen cuando lo tienen. El vestido

regular en las mujeres es una especie de saco de lienzo de algodón, a

que llaman _tipoy_, sin mangas ni cuello, sino sólo unas puntadas por

una de sus bocas con que lo acomodan al cuerpo; otras forman con lo

mismo una camisa larga a manera de una alba que es algo más decente,

aunque ya esto está bastante mejorado.

Son estos naturales muy amantes al Rey, y muy obedientes a todo cuanto

se les manda en su real nombre; en los cabildos el común modo de

explicarse y de persuadir a los otros a que hagan lo que deben es

decirles que así lo manda Dios y el Rey. Cuando alguno viene a pedir

alguna gracia o justicia, su introducción es: «Dios y el Rey os ha

mandado para que nos amparéis como a pobres miserables que somos, y así

en su real nombre os suplicamos, etc.». Y de este modo se explican en

todos sus razonamientos, trayendo siempre juntos a Dios y al Rey.

Del mismo modo aman a los españoles, y viven persuadidos que cuanto bien

poseen lo deben a ellos, pareciéndoles que si los desamparasen

perecerían; y se maravillan de que dejemos nuestras casas, parientes y

amigos sólo por venir (como ellos dicen) a cumplir la voluntad de Dios y

del Rey en beneficio suyo.

Estos pueblos, desde su reducción, se han mantenido y mantienen en

comunidad; y aunque este método de gobierno sería útil a los principios,

después no ha servido, en mi concepto, sino a impedir los progresos de

policía y civilidad, los que subsistirán del mismo modo, entre tanto no

se mude de gobierno, dando entera libertad a los indios como dicta la

misma naturaleza. Pero antes de tratar de esto será bueno el dar a usted

una idea de lo que fue esta comunidad en tiempo de los Jesuitas que la

establecieron, y lo que es al presente desde su expulsión, con las

consecuencias precisas que se siguen de ella.

Como la vida de estos naturales, en su gentilidad, era el andar errantes

por los montes en pequeñas familias o cacicazgos, alimentándose de

frutas silvestres, miel de abejas, que las hay en los montes de muchas

especies, de los animales que cazaban, y tal vez de algunas semillas que

sembraban; fue preciso, para reducirlos a pueblos y educarlos en nuestra

santa fe, el proporcionarles el sustento fuera de los montes en que

antes lo encontraban. Para esto parece no se presentaba mejor método,

atendiendo a su rudeza, que el que eligieron aquellos primeros

doctrineros, que fue constituirse cada uno en su reducción como padre

temporal de sus neófitos, persuadiéndolos y obligándolos a sembrar de

común, recoger y guardar sus frutos, y distribuírselos con economía, de

modo que no les faltase en todo el año; y así en todo lo demás que

establecieron con el tiempo, y que uniformemente practicaban en todos

estos pueblos.

Por algunos cuadernos que existen del tiempo de los expatriados, por la

costumbre de los indios y por las noticias que con facilidad se

adquieren, se sabe con toda certeza que el gobierno de estos pueblos, al

tiempo de la expulsión, era el siguiente. En cada pueblo había un

corregidor indio, un teniente de corregidor, dos alcaldes y algunos

regidores, y otros individuos de cabildo, todos sujetos enteramente a la

dirección y voluntad del cura. Así mismo, había una casa grande contigua

a la iglesia, con muchas viviendas, oficinas y almacenes, a la que

llamaban _colegio_, que servía de vivienda a los padres, de almacenar

los frutos y efectos de sus manufacturas y de oficinas para todos los

oficios que mantenían. Cada pueblo tenía su estancia o estancias, bien

provistas de ganados de todas especies, todo al cargo del cura que

administraba los bienes de comunidad.

A los indios en aquel tiempo no se les permitía propiedad en cosa

alguna, pues, aunque a todos se les obligaba a tener chacras propias, y

se les daba tiempo para que las cultivasen, éstas habían de ser del

tamaño que el padre quería y en el paraje que él señalaba, y sus frutos

los habían de consumir y gastar conforme a la voluntad del padre; y, en

fin, en un todo habían de vivir sin libertad.

Cada semana señalaban los tres primeros días para que todos los indios

trabajasen para la comunidad, en los trabajos que el padre disponía, y

los tres restantes habían de ir a trabajar a sus chacras, lo que

asimismo celaba el padre que lo cumplieran, castigando a los que

faltaban a ello.

Para los tejedores y demás empleados en oficios o faenas, como asimismo

para las viudas, huérfanos y viejos, sembraban una grande chacra,

cultivándola como lo demás de comunidad, y sus frutos los repartían

entre aquellos para quien se sembraba.

A las indias repartían regularmente diez y ocho onzas de algodón a la

semana, en dos porciones y en distintos días, las que traían en los

mismos, seis onzas de hilo en dos ovillos. En esto había alguna

diferencia de unos pueblos a otros, como asimismo en la cantidad de

algodón; pues, si el hilo había de ser para lienzo grueso, la tarea era

como queda dicho, pero, si había de ser para mediano o delgado, era

menor, proporcionado a la calidad del hilo. Y como los carpidos de los

algodonales y de otros sembrados los habían de hacer las indias, cuando

las ocupaban en estos trabajos no les daban tarea de algodón sino a las

embarazadas, a las que estaban criando y a otras que tenían legítimo

impedimento para salir al campo. Lo mismo hacían con los muchachos y

muchachas, que corrían, hasta que se casaban, al cargo del padre, así en

el alimento y vestido como en la educación y aplicación al trabajo.

Tenían en cada pueblo una casa en que recogían a las indias de mal

vivir, a los enfermos habituales y viejos impedidos; allí los

sustentaban y vestían, aplicando cada uno a lo que podían.

Cuidaban de los enfermos con aquella asistencia que las circunstancias

permitían; la falta de médico la suplían con enfermeros, que llamaban

_curusuyás_, que a lo más sabían sangrar y aplicar algunos remedios que

el padre le decía eran buenos, o a ellos les parecía lo eran. Éstos

tenían obligación de visitar a menudo los enfermos, cuidar que la

comida, que el padre les hacía disponer, se les llevase y comiesen, y

principalmente el avisar al cura cuando les parecía estaba alguno de

peligro, para que le administrase los santos sacramentos, pues los de

casa, por más inmediatos que fueran, se consideraban desobligados de

esto.

Todos los frutos de comunidad se recogían y almacenaban en el colegio,

de los cuales los que eran comerciables los despachaban fuera de la

provincia, la mayor parte a Buenos Aires, y con su producto pagaban los

tributos, diezmos, etc. El sobrante lo retornaban en efectos para el

consumo de los pueblos, de los que mucha parte se invertía en adornos y

alhajas de las iglesias, en algunos efectos comerciables, y una no

pequeña parte en comprar vestidos costosísimos, que más servían de

ridiculizar que de adorno en sus festividades.

Uno de los mayores cuidados de los curas, y tal vez el mayor, era el

mantener una perfecta igualdad entre todos los indios, así en el traje

como en la asistencia a los trabajos; de modo que el corregidor y

corregidora habían de ser los primeros en concurrir al paraje en donde

debían acudir todos, y así los demás de cabildo y sus mujeres. A ninguno

permitían calzado, ni distinguirse en la ropa, ni modo de traerla, todos

habían de ser iguales, y sólo se distinguía el cabildo en las varas y

bastones, y los días de fiesta o de función en los vestidos que la

comunidad tenía guardados para aquellas ocasiones. Los caciques eran

regularmente los más miserables; raro es de los de aquel tiempo el que

sabe leer; y no los ocupaban en empleo alguno, o, si lo hacían, era con

alguno muy raro. Así, se conoció al tiempo de la expulsión que en los

treinta pueblos sólo había tres o cuatro caciques corregidores; sin duda

recelaban que, juntándose a la veneración que los indios tienen a sus

caciques, la que les correspondía por el empleo, quisieran tener más

autoridad que la que en aquel tiempo convenía.

Cada semana daban, dos o tres días, ración de carne, o conforme el

pueblo podía, y en los demás les daban menestras o carne en las faenas,

particularmente a los muchachos y muchachas, a quienes siempre les daban

cocida la comida; y en los años estériles, en que no recogían lo preciso

en sus chacras, les repartían de la comunidad lo necesario para que no

padeciesen; y lo mismo hacían con el vestuario, al que ocurrían conforme

la necesidad pedía.

Ya usted ve, amigo mío, que éste era un régimen excelente practicado con

pupilos, o por un padre con sus hijos entretanto están bajo la patria

potestad, pero no para formar pueblos con ánimo de que sus habitadores

adelantaran en cultura y policía, según ha sido en todos tiempos la

voluntad del Rey. Así se practicaba, y las consecuencias fueron las

mismas que se debían esperar. No podía ocultársele esto a sus curas, ni

al cuerpo de la religión que los gobernaba, pero sus fines particulares

tenían el primer lugar en todo lo que ejecutaban, y así preferían este

método, separando por medio de él a los indios de todo lo que pudiera

sacarlos de su ignorancia y abatimiento.

Con este régimen, y la economía jesuítica, no es de admirar que, en más

de ciento y cincuenta años que hace están fundados estos pueblos,

acopiasen los fondos que tenían al tiempo de su extrañamiento, así en

las iglesias como en lo que se llama fondo de comunidad. Yo por mi parte

no me admiro de lo que había, atendiendo a lo fértil de esta provincia y

la mucha subordinación de los indios, que, con tenerles negado

absolutamente el trato con los españoles, no conocían otra autoridad que

la de los jesuitas, y así hacían cuanto querían de ellos.

Ya que he manifestado a usted del mejor modo que he podido lo que fueron

estos indios en tiempo de sus antiguos curas, diré a usted lo que han

sido y son hasta el presente, en el nuevo gobierno.

Después que fueron expulsados los Jesuitas, curas a cuyo cargo corrían

estos pueblos tanto en lo espiritual como en lo temporal, se estableció

en ellos el método de gobierno que aún subsiste, bajo las reglas y

ordenanzas que formó el excelentísimo señor don Francisco Bucareli,

Gobernador y Capitán General de Buenos Aires, las que, después de

algunas mutaciones, vinieron a fijarse en los términos siguientes:

Se estableció un gobernador con jurisdicción sobre los treinta pueblos,

equiparada a la que tienen por las leyes los corregidores y alcaldes

mayores de pueblos de indios, pero subordinado al gobierno de Buenos

Aires. Al mismo tiempo se establecieron tres tenientazgos subordinados

al gobernador, pero con la misma jurisdicción los tenientes en sus

respectivos departamentos, haciéndoles responsables, así al gobernador

como a los tenientes, de las resultas de la parte que a cada uno se le

encargaba, según se expresa en las citadas ordenanzas.

Para cada pueblo se nombró un Administrador español que manejase sus

bienes, cuidase de sus aumentos, dirigiese a los naturales, así en sus

faenas como en el giro y distribución que debe darse a los bienes de

comunidad, teniendo obligación de dar cuenta de todo cuanto se le

pidiere, con otros varios cargos que constan de las ordenanzas y órdenes

expedidas posteriormente, a los que les señaló de sueldo 300 pesos al

año y la manutención.

Asimismo se pusieron en cada pueblo dos religiosos con título de cura y

compañero, para que cuidasen de la dirección de las almas y del culto

divino, prohibiéndoles toda mezcla en los asuntos temporales,

señalándole al cura 300 pesos de sínodo, y al compañero 250 pesos, y que

a uno y otro les suministrase el pueblo el alimento. Esta asignación se

les rebajó a ambos religiosos, señalando a cada uno 200 pesos por real

cédula de 5 de octubre de 1778.

En las mismas ordenanzas se previene que en cada pueblo se continúe el

nombramiento de un corregidor indio, dos alcaldes, cuatro regidores, un

alguacil mayor, dos alcaldes de la hermandad y un mayordomo, con otros

oficios correspondientes a la iglesia, como son un sacristán, tres

cantores y dos fiscales, que cuiden de aquellos ministerios propios de

su destino, y estas elecciones las confirma el gobernador de los

pueblos.

El nombramiento de corregidores tocaba, según las ordenanzas, al

gobernador de Buenos Aires, y cada corregidor no debía serlo por más

tiempo que el de tres años; pero no se observan estos puntos, pues el

gobernador de Misiones nombra los corregidores, y éstos toman posesión

en clase de perpetuos, de modo que sólo por algún defecto se les priva

del empleo, y así hay todavía en los pueblos corregidores que lo eran en

tiempo de los jesuitas. Puede ser que esta práctica se haya seguido

porque no es fácil encontrar en los pueblos muchos indios que puedan

desempeñar el cargo de corregidores, pero, por cualquiera motivo que se

haya seguido, debe tenerse por un abuso perjudicialísimo a los indios,

pues priva a otros de la esperanza de conseguir este empleo, haciéndose

acreedores a él con su aplicación y buenos procedimientos. Lo que tal

vez no ponen en ejecución porque no esperan ningún premio, y se da lugar

a los indios corregidores a que se hagan despóticos, y a que opriman a

los otros, seguros de que su empleo no tiene término, lo que no

sucedería si supieran que les había de durar sólo tres años; y si

pasados éstos no se encontraba absolutamente otro en el pueblo capaz de

ser corregidor, ningún inconveniente había en volverlo a proponer,

después de haber dado los descargos que pudieran resultarle de los tres

años de su empleo.

A todos los indios e indias se les dejó sujetos a la comunidad, como lo

estaban en tiempo de sus precedentes curas, considerándolos incapaces de

poder subsistir de otro modo; el gobierno y dirección de toda la

comunidad se depositó en el corregidor y cabildo, ayudados y dirigidos

del administrador español, y sujetos en un todo al gobernador o

tenientes a quienes correspondiese el inmediato mando, dándose reglas en

la misma ordenanza para el mejor manejo de los bienes y sus

adelantamientos, como también para desterrar de los naturales la rudeza

y abatimiento en que habían sido educados, infundiéndoles ideas

políticas y racionales que les excitasen el deseo de una felicidad que

no conocían, y a que les está convidando la fertilidad de sus terrenos,

con otras muchas y sabias reglas que allí se establecen.

Para que el sobrante de los frutos y efectos que se recogen y benefician

en estos pueblos se expendiesen con aquella estimación más ventajosa a

los pueblos, se estableció un Administrador general en la ciudad de

Buenos Aires, dándole reglas equitativas y muy útiles para que, puestos

los frutos y efectos en una sola mano, no perdiesen la estimación, como

sucedería distribuidos en las de muchos; y que por mano de éste se

surtiesen los pueblos de lo necesario, pagasen los reales tributos según

los padrones, a razón de un peso por cada tributario, y enterase a la

iglesia los diezmos que están regulados a 100 pesos cada pueblo.

Memoria histórica, geográfica, política y éconómica sobre la provincia de Misiones de indios guaranís · 第 1 / 12 段