Traga-santos vendió hasta los clavos de su casa para realizar su
propósito de reedificar la ermita de San Isidro; y como aquello no
bastase, anduvo de pueblo en pueblo pidiendo limosna para tan santa
obra, por cierto con mucho fruto, particularmente en Cabezudo y
Barbaruelo.
Al fin tuvo el consuelo de ver restablecido en Animalejos el santuario
del bendito labrador, más grande y más hermoso que el antiguo, á juzgar
por los cimientos y las ruinas que del antiguo quedaban.
Hubiera sido gran dicha para Traga-santos poder colocar en él la antigua
imagen; pero esta imagen había desaparecido, y fueron vanos todos los
esfuerzos que hizo para dar con ella.
Traga-santos ideó un medio muy eficaz de reemplazarla ventajosamente.
Escribió á Madrid á persona de toda su confianza, encargándole que le
enviase un par de sacos de la mejor arcilla que hallase en los cerros de
San Isidro, y así que recibió esta bendita tierra, se fué con ella á
Valladolid é hizo que le modelase un buen escultor{100-1} una buena
imagen de San Isidro, que bien cocida y pintada, llevó al señor
Arzobispo y éste bendijo, concediendo muchas indulgencias á los que
rezasen delante de ella.
Volvió Traga-santos á Animalejos con tan preciosa imagen, y una vez
colocada en la ermita con gran solemnidad, se dedicó aquel piadoso y
sencillo anciano á fomentar el culto y la devoción de San Isidro.
Su santo celo no fué inútil, porque antes de un año la ermita de
Animalejos era uno de los santuarios más concurridos y venerados de toda
Castilla la Vieja, á lo que contribuyeron los muchos beneficios que por
intercesión de San Isidro y la del mismo Traga-santos habían obtenido de
Dios en tan corto tiempo los devotos.
He dicho que la intercesión de Traga-santos había mediado también en la
obtención de estos beneficios, y esto necesita explicarse.
Las gentes que conocían la santidad de Traga-santos y sabían lo mucho
que{100-2} San Isidro le debía, eran de parecer que la mediación de
Traga-santos era poderosísima y eficaz para obtener la del Santo para
con Dios.
Así, pues, los que llegaban á la ermita para solicitar algún beneficio,
lo primero que hacían era dirigirse á Traga-santos diciéndole:
--Tío Traga-santos, yo necesito esto, ó lo otro, ó lo de más allá.
Interceda usted con el Santo para que á su vez interceda con Dios; que
estoy seguro de que ni el Santo le niega á usted nada ni al Santo le
niega nada Dios.{100-3}
Traga-santos, por más que protestase no ser lo santo que{100-4} se
suponía, sino por el contrario, el mayor de los pecadores, accedía á
aquel ruego, y rara era la vez que su intercesión no diese maravillosos
frutos.
Lo que cada vez tenía más disgustado á Traga-santos, era el profundo
egoísmo y hasta la falta de sentido común con que muchos acudían á la
ermita, viendo que, por ejemplo, á un mismo tiempo pedía uno que
lloviese á mares y otro que la sequía achicharrase los campos.....
Traga-santos confió estos disgustos é inconvenientes al señor Cura
Párroco de Animalejos, que era hombre de mucho consejo, y le pidió el
suyo para salir de los apuros en que los devotos le ponían á él, á San
Isidro y á Dios mismo.
--Tío Traga-santos--le dijo el Párroco,--ésas son cosas muy delicadas
para hombres de tan poco entendimiento como nosotros. Lo único que haré
será contarle á usted un cuento, y allá verá usted si le sirve de algo
para resolver el problema que tanta guerra le da.
--Venga el cuento, señor Cura; que yo procuraré sacarle toda la miga que
tenga.
--Pues, óigale usted. En un pueblo que llaman Adoracuernos, que es como
debían llamar á Madrid, había corrida de toros, y uno de los toros era
de muerte,{101-1} que debía darle un mozo del mismo pueblo muy
aficionado al toreo. En el momento en que estaban lidiando el toro de
muerte, un vecino, de muchos años y de mucho entendimiento, vió á la
madre del torero arrodillada á los pies de un Santo Cristo muy milagroso
que se veneraba en una calle del pueblo.
--¿Qué hace usted ahí?--preguntó á la arrodillada.
--Señor--contestó la buena mujer llorando,--¡qué quiere usted que haga
sino rezar!{101-2} ¡En este instante quizá luchan á muerte mi hijo y el
toro, y naturalmente, rezo para que venza mi pobre hijo!
--Mujer, no llore usted, que al fin su hijo tiene sobre el toro una gran
ventaja.
--¿Y qué ventaja es ésa, señor?
--La de que la madre del toro no sabe rezar.
Traga-santos era hombre que se confundía y embrollaba cuando para
entender las cosas necesitaba cavilar un poco. Así fué que se hizo un
ovillo cuando se puso á cavilar para entender lo que el señor Cura
Párroco le había querido decir con aquel cuento.
Como siguiesen en aumento sus disgustos, hijos de su afán por complacer
á todos los devotos, y lo contrapuesto de las peticiones de éstos,
volvió á consultar al señor Cura á ver si le daba algún consejo más
práctico y accesible á su comprensión que el encerrado en el cuento de
lo ocurrido en Adoracuernos, y el señor Cura le dijo:
--Tío Traga-santos, voy á contarle á usted otro cuento, que de seguro le
saca á usted de sus apuros si sabe aprovecharle. Un buen anciano que
tenía un hijo labrador y otro tratante en granos, era muy devoto de
Santa Ana por cuya intercesión había logrado de Dios muchos beneficios
para sus dos hijos.
Un día que el cielo amenazaba lluvia, se le presentaron sucesivamente
sus dos hijos, y le dijo el labrador:
--Padre, yo vengo á pedirle á usted un favor, y es que interceda con la
gloriosa Santa Ana para que alcance de su Divino Nieto que llueva de
firme, porque si no llueve, se me pierde la cosecha y me arruino.
--Está muy bien, hijo--le contestó el anciano.
El tratante en granos llegó poco después y le dijo:
--Padre, ya ve usted que el cielo amenaza lluvia, y si llueve, la
cosecha va á ser este año bárbara, y yo me arruino con la baja del
trigo, porque tengo empleado en él todo mi capital. Con que, padre,
hágame usted el favor de pedir á la gloriosa Santa Ana que interceda con
Dios para que no llueva.
El anciano reunió á sus dos hijos y exclamó, dirigiéndose á ellos:
--Hijos míos, uno de vosotros me pide que interceda con la gloriosa
Santa para que llueva de firme, y el otro, que interceda con la misma
gran Santa para que no llueva. ¿Cómo me he de componer para complaceros
á ambos, si me pedís cosas enteramente opuestas?
El labrador y el tratante en granos insistieron cada cual en su
petición, y por último, se fueron diciendo cada cual:
--Padre, arrégleselas{103-1} usted como pueda, pero es indispensable que
pida usted á Santa Ana lo que le he dicho.
--¿Cómo creerá usted, tío Traga-santos, que salió del paso el anciano?
--Eso es, señor Cura, lo que yo le iba á preguntar á usted.
--Pues salió yendo á la iglesia, arrodillándose delante del altar de
Santa Ana y diciendo á la Santa con mucha devoción:
--Vengo á decirle á usted, santa abuelita,
que mis hijos me ponen en un potro,
pues el uno que llueva solicita,
y... que no llueva solicita el otro.
Santa abuelita, yo bien considero
que usted dirá: «Salidas de pavana
de esa naturaleza oír no quiero.»
¡Pues haga usted lo que le dé la gana!
El tío Traga-santos ya comprendió la filosofía de este otro cuentecillo,
pero continuó en su vano empeño de complacer á todos los que le pedían
que sirviese de medianero entre ellos y el Santo, porque no tenía cara
para negar nada á nadie, y era aficionadísimo al ten-con-ten.
Cerca de Animalejos había dos pueblos que estaban siempre en guerra uno
con otro, porque daba la pícara casualidad de que casi siempre eran sus
intereses opuestos.
Estos dos pueblos eran Barbaruelo y Cabezudo. Los únicos molinos que
había en aquella comarca estaban en jurisdicción de estos dos pueblos,
que tenían en los molinos de concejo un gran recurso para levantar las
cargas públicas. El río que pasaba por Barbaruelo era muy caudaloso, y
el que pasaba por Cabezudo era todo lo contrario. Así sucedía que cuando
la sequía era grande, Barbaruelo monopolizaba la molienda de toda, la
comarca, porque Cabezudo ni aun á represadas podía moler un grano.
Después de un poco de sequía el cielo se turbó con aparato de lluvia, y
contemplándole, decían los de Barbaruelo, muy inquietos:
--¿Si nos irán{104-1} á fastidiar las lluvias? Si vienen, nos doblan de
medio á medio,{104-2} porque los de Cabezudo muelen ya á represas, y
continuando la sequía, antes de una semana _apandamos_ nosotros toda la
molienda de veinte leguas en contorno.
Y al mismo tiempo decían los de Cabezudo, contemplando el cielo muy
alegres:
--¿Qué va á{105-1} que las lluvias nos ponen las botas y jorobamos á los
de Barbaruelo? Buena falta nos hacen,{105-2} porque ya hemos empezado
con las pícaras represas, y los de Barbaruelo nos birlan ya la mitad de
la molienda.
Barbaruelo y Cabezudo acordaron enviar cada cual una comisión á
Animalejos para ver si por la intercesión del tío Traga-santos, á quien
habían dado tanta limosna para reedificar la ermita, lograban de San
Isidro que á su vez intercediese con Dios para que no cayera gota de
agua y para que cayera á cántaros, y ambas comisiones se dirigieron casi
simultáneamente á Animalejos.
Mientras esto pasaba en Barbaruelo y Cabezudo, los de Animalejos, que no
sabían si alegrarse ó entristecerse contemplando el aparato de lluvia
que presentaba el cielo, determinaron rogar al tío Traga-santos que
solicitase, por la intercesión de San Isidro, que lloviera y no
lloviera, ó lo que es lo mismo, que cayese sólo una rociada de agua, que
era lo único que necesitaba el campo de Animalejos.
El tío Traga-santos fué oyendo á unos y á otros, y como no tenía cara
para negar nada á nadie, y de unos y otros había recibido limosna para
reedificar la ermita de San Isidro, fué diciendo á todos amén, imitando
al devoto del cuento del señor Cura, pidiendo al Santo que hiciera lo
que le diese la gana: creyó haber encontrado, en lo posible, aquel
medio, que consistía en pedir á San Isidro que no lloviese tanto como
querían los de Barbaruelo ni tan poco como querían los de Cabezudo y los
de Animalejos.
Apenas el tío Traga-santos había hecho su oración al glorioso San
Isidro, empezó á llover y no cesó la lluvia hasta bien entrada la
noche,{106-1} en que cesó y se puso el cielo estrellado, con mucha
alegría del tío Traga-santos, que dió las gracias al bendito labrador
porque le había complacido á medida de su deseo.