POR DON ANTONIO DE TRUEBA{94-1}

I

En un pueblo de Castilla llamado Animalejos, erigieron los labradores

una ermita á San Isidro, á poco tiempo de ser canonizado el santo

labrador matritense, y aquel santuario fué adquiriendo gran fama en toda

la comarca, por los favores que otorgaba el Santo á los que los pedían

con verdadera fe.

Andando el tiempo, la ermita se arruinó, y en tal estado se hallaba

hacia mediados del siglo presente. Los vecinos de Animalejos, poco

peritos en efemérides histórico-religiosas, decían que la ermita se

arruinó en el primer tercio del siglo XVI, con motivo de la guerra de

las Comunidades, que tantos desastres causó en Castilla la Vieja, y aun

en Castilla la Nueva; pero los vecinos de los pueblos cercanos les daban

matraca llamándoles, no se sabe por qué, «los que arcabucearon al

Santo»; insulto que sacaba de sus casillas á los animalejeños y daba

ocasión á tremendas palizas.

Es verdad que hacía siglos no quedaba de la ermita más que un

montoncillo de ruinas; pero se conservaba por tradición, así en

Animalejos como en los pueblos inmediatos, la devoción al santo patrono

de los labradores.

Dícese que cuando el río suena, agua lleva;{94-2} pero aquella devoción

de los animalejeños á San Isidro bastaba para desmentir, si no bastara

su propia y sacrílega enormidad, la acusación de haber arcabuceado á San

Isidro los animalejeños.

Había en Animalejos un sujeto, llamado por mal nombre el tío

Traga-santos,{95-1} y digo que era llamado así por mal nombre, porque se

lo llamaban por la única razón de que buscaba en Dios y en sus elegidos

el consuelo de sus tribulaciones y las ajenas.

Las ruinas de la ermita de San Isidro estaban en las afueras de

Animalejos, en un cerrillo que dominaba toda la vega. No pasaba una sola

vez por allí el piadoso Traga-santos sin arrodillarse sobre ellas y

llorar la destrucción del templo.

El día de San Isidro el tío Traga-santos cubría de flores aquellas

sagradas ruinas; colocaba sobre ellas una mesita cubierta con un blanco

mantel; en este sencillo é improvisado altar ponía, entre dos velas, una

tosca imagen de San Isidro hecha de barro, circunstancia que para él

constituía su mayor mérito, pues se la habían llevado de Madrid, y

suponía que aquel barro procedía de la tierra regada con el sudor del

santo labrador, y pasaba casi todo el día rezando entre aquellas ruinas.

El sueño dorado de toda la vida de Traga-santos había sido ir á Madrid,

gustar en su propio manantial el agua brotada milagrosamente al golpe

del regatón de Isidro, y orar en el templo erigido al Santo en los

campos que éste regó con el sudor de su frente.

Era ya viejo, y temeroso de dejar este mundo sin realizar aquel piadoso

sueño, determinó al fin emprender su peregrinación á Madrid, y así lo

hizo, llegando á las orillas del Manzanares víspera de la fiesta del

glorioso San Isidro. La emoción que sintió al divisar materialmente los

campos donde se realizó el poema, á la par sencillo, maravilloso y

santo, de la vida de Isidro y su santa compañera María de la Cabeza, es

para pensada, y no para referida.{96-1}

--¡Señor--decía para sí,--qué felices son los madrileños, que tienen la

gloria de poder llamar compatriota suyo al bendito Isidro, y poco menos

á la bendita María de la Cabeza! ¡Qué dicha la suya, pues pueden desde

su propio hogar contemplar todos los días los campos donde vivieron en

carne mortal los santos labradores! ¡Y con qué santo regocijo y piadoso

recogimiento de espíritu discurrirán por aquellos campos, pondrán su

planta donde Isidro y María pusieron la suya, y se inclinarán á cada

paso á besar aquella tierra, que Isidro regó con su sudor y los ángeles

santificaron con su presencia, bajando á ella para regir el arado del

bendito labrador!

Pensando así, el tío Traga-santos esperó el alba del siguiente día, y

así que el alba despuntó, se encaminó á los collados de San Isidro.

Antes de pasar el Manzanares, oyó hacia aquellos collados y la pradera

interpuesta entre el río y ellos, confuso, interminable y atronador

murmullo de la muchedumbre, y dijo, lleno de piadosa emoción:

--¡Ah, qué bien comprende el gran pueblo madrileño la incomparable dicha

que goza de ser Madrid cuna de San Isidro, y sus campos teatro de los

milagros del santo labrador! ¡He ahí á ese piadoso y gran pueblo orando

en alta voz para glorificar al Santo y pedirle el remedio y el consuelo

de los males de la patria!

El alma se le cayó á los pies al pobre Traga-santos{97-1} cuando, apenas

pasó el Manzanares, se encontró con que aquel confuso y atronador

murmullo de la muchedumbre congregada en torno del santuario y de la

milagrosa fuente se componía, no de piadosos himnos y plegarias, sino de

blasfemias, de obscenidades, de cantares profanos, y de gritos cuando

menos locos é inspirados por la embriaguez. ¡Y su corazón se estremeció

de espanto cuando supo que en aquellos benditos campos había que

establecer todos los años, al llegar el día consagrado á glorificar al

santo y sencillo labrador, que hasta cuidaba de las avecillas del cielo,

un juzgado y un hospital para reprimir el crimen y proteger á sus

víctimas!{97-2}

Bebió el agua milagrosa, mezclándola con las lágrimas que arrancaban á

sus ojos la piedad y el dolor, y penetró en el santuario, donde pasó

orando y llorando la mayor parte de la mañana.

Cuando salió á recorrer aquellos campos, hollados por la planta del

santo labrador, vió que el cielo se había nublado, y oyó decir á las

gentes que se le iban á mojar las polainas al Santo.

Esta frase causó honda pena á Traga-santos, porque le pareció

irrespetuosa, y más{97-3} proferida en el aniversario del tránsito del

bienaventurado labrador al cielo, y mucho más en boca de los

compatriotas de Isidro, y muchísimo más pronunciada en el suelo

santificado con la planta y los milagros de tan gran santo.

De repente empezó á llover con violencia, pero cesó la lluvia á corto

rato; y ¡cuál no sería el asombro{97-4} del sencillo creyente vecino de

Animalejos cuando vió que una porción de mujeres, cuyos puestos de

dulces, juguetes de niños, campanillas y santos de barro y todo género

de baratijas había averiado la lluvia, se encaminaban irritadas hacia la

ermita, recogiendo piedras del suelo y se ponían á apedrear á una imagen

de San Isidro colocada sobre el pórtico de la ermita, llenando de

improperios al Santo porque, según decían, le habían llenado de cuartos

el cepillo y habían quemado en su altar no sé cuántas velas para que

hiciera que no lloviese,{98-1} y el Santo era tan desagradecido, que

había hecho precisamente todo lo contrario!{98-2}

--¡Pero no ven ustedes qué judiada la de esa gente!--exclamó

Traga-santos escandalizado, dirigiéndose á un grupo de lugareños de

ambos sexos que estaban á su lado presenciando aquella sacrílega pedrea.

--Pues aguarde usted un poco--le contestó uno de los lugareños con

asentimiento de los demás;--que en cuanto acaben de tirar piedras ésas,

vamos á empezar nosotros.

--¿Por qué?--les preguntó Traga-santos sorprendido é indignado, tanto

más, cuanto que entonces reparó que cada lugareño tenía una piedra en la

mano.

--¿No ve usted qué claro se vuelve á poner el cielo? ¡Lo que es de esta

hecha voló la lluvia!{98-3} ¡Y nosotros, pedazos de burros, que hemos

andado diez leguas y hemos gastado un dineral en misas y luces y limosna

al Santo para que lloviera, pues tenemos el campo quemado!... ¡Al fin

gato de Madrid había de ser él! La culpa tiene ¡voto á bríos! el que se

fía...

Traga-santos, horrorizado, no quiso oir el resto de la frase, y se

apresuró á volver á la ermita para pedir al Santo, con los ojos

arrasados en lágrimas, que detuviese con su intercesión la mano de

Dios, sin duda levantada ya para castigar terriblemente al pueblo

español por aquellos sacrilegios.....

Y al día siguiente tomó el camino de su tierra, firmemente decidido á

desagraviar al santo labrador reedificando la ermita de Animalejos y

fomentando en ella el culto, que esperaba fuese allí más sincero y

desinteresado que el que recibía San Isidro en Madrid, en el pueblo que

al parecer en tan poco tenía el ser{99-1} patria de tan gran santo.

Spanish short stories · 第 52 / 94 题