I
En un pueblo de Castilla llamado Animalejos, erigieron los labradores
una ermita á San Isidro, á poco tiempo de ser canonizado el santo
labrador matritense, y aquel santuario fué adquiriendo gran fama en toda
la comarca, por los favores que otorgaba el Santo á los que los pedían
con verdadera fe.
Andando el tiempo, la ermita se arruinó, y en tal estado se hallaba
hacia mediados del siglo presente. Los vecinos de Animalejos, poco
peritos en efemérides histórico-religiosas, decían que la ermita se
arruinó en el primer tercio del siglo XVI, con motivo de la guerra de
las Comunidades, que tantos desastres causó en Castilla la Vieja, y aun
en Castilla la Nueva; pero los vecinos de los pueblos cercanos les daban
matraca llamándoles, no se sabe por qué, «los que arcabucearon al
Santo»; insulto que sacaba de sus casillas á los animalejeños y daba
ocasión á tremendas palizas.
Es verdad que hacía siglos no quedaba de la ermita más que un
montoncillo de ruinas; pero se conservaba por tradición, así en
Animalejos como en los pueblos inmediatos, la devoción al santo patrono
de los labradores.
Dícese que cuando el río suena, agua lleva;{94-2} pero aquella devoción
de los animalejeños á San Isidro bastaba para desmentir, si no bastara
su propia y sacrílega enormidad, la acusación de haber arcabuceado á San
Isidro los animalejeños.
Había en Animalejos un sujeto, llamado por mal nombre el tío
Traga-santos,{95-1} y digo que era llamado así por mal nombre, porque se
lo llamaban por la única razón de que buscaba en Dios y en sus elegidos
el consuelo de sus tribulaciones y las ajenas.
Las ruinas de la ermita de San Isidro estaban en las afueras de
Animalejos, en un cerrillo que dominaba toda la vega. No pasaba una sola
vez por allí el piadoso Traga-santos sin arrodillarse sobre ellas y
llorar la destrucción del templo.
El día de San Isidro el tío Traga-santos cubría de flores aquellas
sagradas ruinas; colocaba sobre ellas una mesita cubierta con un blanco
mantel; en este sencillo é improvisado altar ponía, entre dos velas, una
tosca imagen de San Isidro hecha de barro, circunstancia que para él
constituía su mayor mérito, pues se la habían llevado de Madrid, y
suponía que aquel barro procedía de la tierra regada con el sudor del
santo labrador, y pasaba casi todo el día rezando entre aquellas ruinas.
El sueño dorado de toda la vida de Traga-santos había sido ir á Madrid,
gustar en su propio manantial el agua brotada milagrosamente al golpe
del regatón de Isidro, y orar en el templo erigido al Santo en los
campos que éste regó con el sudor de su frente.
Era ya viejo, y temeroso de dejar este mundo sin realizar aquel piadoso
sueño, determinó al fin emprender su peregrinación á Madrid, y así lo
hizo, llegando á las orillas del Manzanares víspera de la fiesta del
glorioso San Isidro. La emoción que sintió al divisar materialmente los
campos donde se realizó el poema, á la par sencillo, maravilloso y
santo, de la vida de Isidro y su santa compañera María de la Cabeza, es
para pensada, y no para referida.{96-1}
--¡Señor--decía para sí,--qué felices son los madrileños, que tienen la
gloria de poder llamar compatriota suyo al bendito Isidro, y poco menos
á la bendita María de la Cabeza! ¡Qué dicha la suya, pues pueden desde
su propio hogar contemplar todos los días los campos donde vivieron en
carne mortal los santos labradores! ¡Y con qué santo regocijo y piadoso
recogimiento de espíritu discurrirán por aquellos campos, pondrán su
planta donde Isidro y María pusieron la suya, y se inclinarán á cada
paso á besar aquella tierra, que Isidro regó con su sudor y los ángeles
santificaron con su presencia, bajando á ella para regir el arado del
bendito labrador!
Pensando así, el tío Traga-santos esperó el alba del siguiente día, y
así que el alba despuntó, se encaminó á los collados de San Isidro.
Antes de pasar el Manzanares, oyó hacia aquellos collados y la pradera
interpuesta entre el río y ellos, confuso, interminable y atronador
murmullo de la muchedumbre, y dijo, lleno de piadosa emoción:
--¡Ah, qué bien comprende el gran pueblo madrileño la incomparable dicha
que goza de ser Madrid cuna de San Isidro, y sus campos teatro de los
milagros del santo labrador! ¡He ahí á ese piadoso y gran pueblo orando
en alta voz para glorificar al Santo y pedirle el remedio y el consuelo
de los males de la patria!
El alma se le cayó á los pies al pobre Traga-santos{97-1} cuando, apenas
pasó el Manzanares, se encontró con que aquel confuso y atronador
murmullo de la muchedumbre congregada en torno del santuario y de la
milagrosa fuente se componía, no de piadosos himnos y plegarias, sino de
blasfemias, de obscenidades, de cantares profanos, y de gritos cuando
menos locos é inspirados por la embriaguez. ¡Y su corazón se estremeció
de espanto cuando supo que en aquellos benditos campos había que
establecer todos los años, al llegar el día consagrado á glorificar al
santo y sencillo labrador, que hasta cuidaba de las avecillas del cielo,
un juzgado y un hospital para reprimir el crimen y proteger á sus
víctimas!{97-2}
Bebió el agua milagrosa, mezclándola con las lágrimas que arrancaban á
sus ojos la piedad y el dolor, y penetró en el santuario, donde pasó
orando y llorando la mayor parte de la mañana.
Cuando salió á recorrer aquellos campos, hollados por la planta del
santo labrador, vió que el cielo se había nublado, y oyó decir á las
gentes que se le iban á mojar las polainas al Santo.
Esta frase causó honda pena á Traga-santos, porque le pareció
irrespetuosa, y más{97-3} proferida en el aniversario del tránsito del
bienaventurado labrador al cielo, y mucho más en boca de los
compatriotas de Isidro, y muchísimo más pronunciada en el suelo
santificado con la planta y los milagros de tan gran santo.
De repente empezó á llover con violencia, pero cesó la lluvia á corto
rato; y ¡cuál no sería el asombro{97-4} del sencillo creyente vecino de
Animalejos cuando vió que una porción de mujeres, cuyos puestos de
dulces, juguetes de niños, campanillas y santos de barro y todo género
de baratijas había averiado la lluvia, se encaminaban irritadas hacia la
ermita, recogiendo piedras del suelo y se ponían á apedrear á una imagen
de San Isidro colocada sobre el pórtico de la ermita, llenando de
improperios al Santo porque, según decían, le habían llenado de cuartos
el cepillo y habían quemado en su altar no sé cuántas velas para que
hiciera que no lloviese,{98-1} y el Santo era tan desagradecido, que
había hecho precisamente todo lo contrario!{98-2}
--¡Pero no ven ustedes qué judiada la de esa gente!--exclamó
Traga-santos escandalizado, dirigiéndose á un grupo de lugareños de
ambos sexos que estaban á su lado presenciando aquella sacrílega pedrea.
--Pues aguarde usted un poco--le contestó uno de los lugareños con
asentimiento de los demás;--que en cuanto acaben de tirar piedras ésas,
vamos á empezar nosotros.
--¿Por qué?--les preguntó Traga-santos sorprendido é indignado, tanto
más, cuanto que entonces reparó que cada lugareño tenía una piedra en la
mano.
--¿No ve usted qué claro se vuelve á poner el cielo? ¡Lo que es de esta
hecha voló la lluvia!{98-3} ¡Y nosotros, pedazos de burros, que hemos
andado diez leguas y hemos gastado un dineral en misas y luces y limosna
al Santo para que lloviera, pues tenemos el campo quemado!... ¡Al fin
gato de Madrid había de ser él! La culpa tiene ¡voto á bríos! el que se
fía...
Traga-santos, horrorizado, no quiso oir el resto de la frase, y se
apresuró á volver á la ermita para pedir al Santo, con los ojos
arrasados en lágrimas, que detuviese con su intercesión la mano de
Dios, sin duda levantada ya para castigar terriblemente al pueblo
español por aquellos sacrilegios.....
Y al día siguiente tomó el camino de su tierra, firmemente decidido á
desagraviar al santo labrador reedificando la ermita de Animalejos y
fomentando en ella el culto, que esperaba fuese allí más sincero y
desinteresado que el que recibía San Isidro en Madrid, en el pueblo que
al parecer en tan poco tenía el ser{99-1} patria de tan gran santo.