Amaneció el día siguiente tan sereno y hermoso, que toda señal de nueva
y próxima lluvia había desaparecido.
--¡Voto á bríos, que se ha portado el tío Traga-santos!--exclamaban los
de Cabezudo.--¡Con la pícara lluvia de ayer ya han empezado á moler á
más y mejor los de Barbaruelo, y con cuatro gotas que vuelvan á caer
siguen moliendo todo el verano cuanto grano se les presente, y nosotros,
que esperábamos ganar un dineral con toda la molienda de veinte leguas
en contorno, nos vamos á fastidiar este verano!..... ¡Que vuelva, que
vuelva por aquí á pedir limosna para su ermita! ¡Qué lástima de fuego en
ella{106-2} y en el ingrato tío Traga-santos, que tal chasco nos ha
dado! Porque, si ha llovido{106-3} ayer á mares, será porque al tío
Traga-santos le untaron la mano los de Barbaruelo cuando estuvieron á
verle para que pidiese á San Isidro esa condenada lluvia.
--¡Vaya un chasco que nos ha dado el tío Traga-santos!--decían los de
Barbaruelo.--¡Con un canto en los hocicos nos podremos hoy dar
porque{106-4} ayer no hubiese existido en el mundo semejante hombre,
pues si ayer no cayeron más que cuatro gotas, de seguro se debe á
manejos de ese tunante, pues el cielo estaba tan cargado, que prometía
un diluvio! ¡De seguro, cuando fueron á verle los de Cabezudo le
alargaron buenas amarillas para que pidiese que no lloviera, y el muy
tunante pidió al Santo que lloviese sólo un poco para cubrir el
expediente! ¡Antes de quince días, ni á represadas podemos moler, y este
verano los de Cabezudo ganan el oro y el moro con la molienda, y á
nosotros nos tiene que asar á contribuciones el Ayuntamiento para
levantar las cargas del pueblo! ¡Vaya, que el tío Traga-santos está
agradecido á las limosnas que le dimos para levantar la ermita! ¡Mala
centella de Dios tumbe á su ermita y á él, que tan serrana partida nos
ha jugado!
Y al mismo tiempo decían los de Animalejos:
--¡Como hay Dios, debemos estar agradecidos al tío Traga-santos por lo
bien que se ha portado con nosotros!{107-1} Más cuenta nos hubiera
tenido que el tal Traga-santos no existiera, porque ayer, si al cielo se
le hubiera dejado hacer lo que quisiera,{107-2} sólo hubiera caído un
chaparroncillo, que era lo que la vega necesitaba, y con meterse el tío
Traga-santos á pedir que llueva ó deje de llover,{107-3} llovió á jarros
y todo el trigo se ha tumbado, y con tanta humedad la roña se le va á
comer antes que cuaje el grano. Milagro será que antes de caer tanta
agua en nuestros campos no cayeran algunas onzas de oro en manos del tío
Traga-santos, porque los de Barbaruelo vinieron á verle, y de seguro no
le dejaron con las manos peladas. ¡Cuidado que el tal Traga-santos
agradece lo que Animalejos ha hecho para ayudarle á levantar la ermita!
¡Y luego habrá quien{107-4} se extrañe de que el mejor día se amotine
Animalejos y pegue fuego á la ermita y al ermitaño!
Estas murmuraciones llegaron á oídos del tío Traga-santos, á quien
causaron el mayor sentimiento, porque en lo humano no aspiraba el
piadoso viejecito á mayor gloria que la de complacer á todos por medio
del ten-con-ten y de ser de todos bienquisto.
Sabedor de que la marejada que se había levantado contra él en Cabezudo
y en Barbaruelo, y hasta en el mismo Animalejos, lejos de cesar, cada
vez era mayor, determinó dar un manifiesto á los tres pueblos,
sincerándose de las acusaciones de que era objeto, y, en efecto, redactó
uno concebido en los siguientes términos:{108-1}
«¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses! Con mucho dolor de mi
corazón ha llegado á mi noticia que estáis quejosos de mí porque días
pasados no llovió á gusto de todos. ¡Yo os aseguro que hice cuanto
estaba de mi parte{108-2} para complacer á Cabezudo, que quería no
cayese gota de agua; á Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón;
y á Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que!{108-3} Dios lo
puede hacer todo, pero á veces lo hace tan indirectamente, que parece no
hacer nada ó hacer todo lo contrario de lo que se le pide. Supongamos
que Cabezudo le pide que no llueva una gota, y todo con la intención de
que Barbaruelo no muela un grano, y en seguida empieza á llover tanto,
que el agua se lleva los molinos de Barbaruelo. En este caso, ¿no habrá
hecho Dios lo que Cabezudo le pedía, aunque parezca que ha hecho todo lo
contrario? Y si Cabezudo empezó á decir picardías de Dios al ver que
llovía á mares, ¿no ha hecho Cabezudo una barbaridad? ¡Cabezudenses,
barbaruelenses y animalejuenses, dad por bien hecho todo lo que hace
Dios, pues es lo que os tiene cuenta, aunque os parezca lo contrario!
De esta doctrina partí yo días pasados al pedir al glorioso San Isidro
que intercediese con Dios en favor de Cabezudo, que quería no cayese
gota; de Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y de
Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que. El Santo escuchó mi
ruego, y Dios escuchó el del Santo, porque se fundaban en el buen medio
en que está la virtud, y así todos fuisteis complacidos hasta cierto
punto: Cabezudo, consiguiendo que no lloviera tanto como Barbaruelo
deseaba; Barbaruelo, consiguiendo que no lloviera tan poco como deseaba
Cabezudo; y Animalejos, consiguiendo que no lloviera tanto ni tan poco
como deseaban Cabezudo y Barbaruelo. Yo estoy satisfecho del favor que
todos hemos alcanzado de Dios por la intercesión, del glorioso San
Isidro y vosotros debéis también estarlo, amados cabezudenses,
barbaruelenses y animalejuenses.»
Fijarse este manifiesto en los sitios públicos de Animalejos, Cabezudo y
Barbaruelo, y amotinarse los tres pueblos contra el tío Traga-santos,
todo fué uno, porque todos decían bramando de coraje:
--¡Ciertos son los toros! ¡El tío Traga-santos es un bribón de siete
suelas, que no hace más que pastelear y meterlo todo á barato con capa
de santidad y palabras de caramelo! ¡Hay que hacer con él una{109-1} que
sea sonada para que no vuelva á venderse al oro de...
Este oro era para los de Barbaruelo el de Cabezudo, para los de Cabezudo
el de Barbaruelo, y para los de Animalejos el de cualquiera de los dos
pueblos vecinos.
El resultado de los manifiestos al público es contraproducente, ó cuando
menos nulo, en estos dos principales casos: primero, cuando el
manifestante no tiene razón ó el público no quiere que la tenga; y
segundo, cuando el manifestante tiene malas explicaderas, ó el público
tiene entendederas no mejores.
De esto último había un poco en el tío Traga-santos y en los de
Cabezudo, Barbaruelo y Animalejos, y así se explica el que{110-1} el
manifiesto del primero causase efecto contraproducente en los
segundos.....
El tío Traga-santos, viendo que su manifiesto, lejos de hacer entrar en
razón á aquellos á quienes se dirigía, los había irritado hasta el punto
de que se temía de ellos alguna barbaridad, acudió al Párroco en demanda
de consejo.
--Tío Traga-santos--le dijo el Párroco,--no debe usted extrañar que su
manifiesto del ten-con-ten no haya producido el efecto que usted se
propuso, porque ni yo mismo he podido entender lo que usted quería decir
en él.
--Mire usted, señor Cura, lo que yo quería decir era que es imposible
que llueva á gusto de todos, y que lo más que yo pude hacer fué pedir á
San Isidro que intercediese con Dios para que lloviese como más
conviniese á todos.
--Pues oiga usted, tío Traga-santos, lo que pasó en Madrid entre D. Juan
Nicasio Gallego, que era un gran maestro en materia de poesía, y D.
Mariano Luis de Larra,{110-2} que todavía era aprendiz. Larra compuso
unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes
les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy
malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son.
--Marianito--dijo el maestro,--no entiendo lo que usted ha querido decir
aquí.
--Señor D. Juan--contestó el aprendiz,--lo que yo he querido decir ahí
es esto, y esto, y esto.
--Pero ¡canario!--exclamó D. Juan;--Marianito, ¿por qué no lo ha dicho
usted, hombre?
--Entiendo muy bien, señor Cura, lo que usted quiere darme á entender
con ese cuento, ó lo que sea; pero como ya á lo hecho pecho, quisiera
saber si le parece á usted bien que fíe sólo mi justificación y defensa
á la misericordia de Dios, procurando alcanzarla por la intercesión del
glorioso San Isidro.
--Me parece muy bien eso, y celebraré muchísimo que así se salve usted
del enojo que ha causado la torpeza de su manifiesto; pero mire usted,
tío Traga-santos, yo debo hablarle á usted con franqueza: si yo fuera
santo, echaba{111-1} muy enhoramala á los que sin necesidad se meten á
escribir y no aciertan á decir lo que piensan. Cuando se escribe para el
público no basta querer decir las cosas, sino que es necesario decirlas,
y decirlas bien, y el que no sirva para eso, que reserve toda su
literatura, de{111-2} soltero para escribir á la novia, y de casado para
apuntar la ropa que lleva la lavandera.{111-3}
El tío Traga-santos se subió á su ermita y se puso á orar al Santo,
incurriendo en la tontería de no pedirle misericordia por lo malo del
manifiesto, porque suponía que habiendo sido el Santo un sencillo y
rústico labrador, no entendía de esas cosas. Ni siquiera se atrevía ya á
pedirle que intercediese con Dios para que le concediese esto ó lo otro
ó lo de más allá,{111-4} sino que se limitaba á pedirle que intercediese
para que Dios le concediera lo que fuese más justo, como que el tío
Traga-santos decía, y decía muy bien:
--No lo echemos á perder otra vez pidiendo cosas injustas. Claro está
que á mí me convendría que instantáneamente trocasen esos barbarotes en
amor y agradecimiento la tirria y la ingratitud que me tienen, pero
quizá cometa un pecado muy gordo empeñándome en dar gusto á todos en vez
de darle sólo al que lo mereciese; y pedir que Dios me exima de la
expiación de ese pecado, es pedir gollerías. No, no, señor; la que debo
pedir á Dios es que haga conmigo lo que sea más justo.
Hallándose el tío Traga-santos en esta santa ocupación, asomaron por los
caminos de Cabezudo y Barbaruelo numerosas turbas de masas populares que
se dirigían hacia Animalejos al furibundo grito de: «¡Muera el tío
Traga-santos!», grito que no tardó en encontrar eco en Animalejos mismo,
cuya plebe empezó á agitarse furiosa, formando cuerpo con la forastera:
toda aquella muchedumbre se encaminó, rugiendo de furor, al cerrillo de
San Isidro.
El tío Traga-santos cerró por dentro la puerta de la ermita,
reforzándola con los bancos y oyendo á la irritada muchedumbre gritar:
«¡Cerquemos la ermita de paja y leña y peguémosle fuego, para que muera
achicharrado en ella ese hipócrita y pastelero tío Traga-santos!»; el
pobre tío Traga-santos cogió la preciosa imagen de San Isidro, y
saltando por la ventana de la trasera con felicidad tan milagrosa, que
nadie le vió, ni se hicieron él ni el Santo el menor daño, logró salir á
la vega á la luz del fuego que devoraba el hermoso edificio levantado
por él sobre un montón de gloriosas ruinas, á costa de tanto amor y
trabajo, y tomó el camino de la inmigración al compás de las maldiciones
é improperios del vulgo, cuyo amor había creído alcanzar con el
ten-con-ten, ó lo que es lo mismo, procurando complacer á todos, sin
ocurrírsele que sólo se debe complacer al que lo merece.