II

Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el

mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible

anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo

satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa

y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó

políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas

casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas,

pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer,

pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de

pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con

rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba

allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un

desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle

al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una

mujer bastante hábil, asistida de una _pincha_, se encargó de hacer de

comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de

muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase _Quiquina_ y había

venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que

había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros

y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos.

Semejante trapisondista no debía seguir allí, y salió pitando, aunque

Eloísa lo sintió porque la servía muy bien. De los mozos que lucían

frac ó librea en los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado

mío muy leal, á quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía

estar en honestas relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito.

Eloísa me aseguró que se casaban y que seguirían sirviéndola después de

la boda. Agradábame que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un

modo absoluto su adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un

vigilante, un espía dentro de aquellos muros.

Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. Los

lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se quedaría

con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera los

zafiros para que los _corriera_, y todo iba bien, perfectamente bien.

Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos ratos

con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría imaginarse.

Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca me encantaban

más que todas las cosas admirables que han dicho los poetas desde que

hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia humana, eran mi

mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente de una vida,

provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su naciente carácter;

le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya riendo como un

loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las marrullerías, las

astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas muertas me pasaba á

su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces tan hombre él como yo.

Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos roto.

También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que

apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda

enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas.

Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema

de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa.

Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de

propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en

olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de

los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros

el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me

causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la

Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y

esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo,

y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa,

producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad

era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos

ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor

en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder

ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día

con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó

en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño no

me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo de volver

por los fueros de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir.

El chiquillo me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los

brazos de su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le

habría dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el

daño. Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos

á otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel

resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo,

flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas

y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día.

Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla

imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.

En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes de

almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos

antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir

cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de

aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que

parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas

más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de

sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad,

también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que

no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las

pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era

con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado cachorro que mamaba leche

en el mundo. Muchas veces tuve que huir de la casa porque su clarinete

me volvía loco. Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón,

amoratado. No había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre,

quizás viciada, se manifestaba en la epidermis con florescencias

alarmantes. En vano Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y

otros depurativos. El pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones

que parecían retoños vegetales. No debía de estar sano, porque su

inquietud crecía con su sospechosa robustez. Lo peor de todo era que

Camila bajaba con él á mi casa cuando menos falta tenía yo de música,

y la una con sus cantos y el otro con sus chillidos me daban unos

conciertos matutinos y nocturnos que me aburrían.

Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en

el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí.

Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que

por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros,

fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la

Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él

y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos

puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al

punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves.

Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar á

Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de la

muerte, tuvo una palabra para oponerse á mi deseo, diciendo:

--No, no: déjala que se divierta la pobre.

En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me

equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á

lo último.

El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico se presentaba

más espantoso que nunca, complicado con un gran aplanamiento. El médico

auguró mal, y se negó á administrar como inútiles las inyecciones

hipodérmicas. El marqués de Cícero, á quien avisé, vino prontamente

acompañado de su respetable y también insignificante hermana, y después

de echar un vistazo al enfermo, salió de la alcoba, porque, según

dijo, no tenía corazón para ver padecer. Fuése á las habitaciones

más distantes, donde estuvo largo rato hablando con los criados, y

después pasó al despacho. Le ví luego vagar por la antesala, echando

ojeadas de admiración á los espejos y azotándose la pierna derecha con

un bastoncillo. Cuando me tropezaba con él, pedíame noticias de su

sobrino. Después se pasaba la mano por aquella frente hermosa digna de

encerrar talento; se la frotaba como quien acaricia una gran idea que

le cosquillea debajo del cráneo, y decía con el tono misterioso que se

da á los descubrimientos:

--¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las

cinco, era completamente claro.

Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que

solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y

chicheos para decirme al oído:

--La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. Estoy

muy fuerte. Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los

sábados para volver los lunes, no se vería como se ve.

Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana

advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me

disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez

y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No

se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados

la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la

alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas

palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el

vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí

tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en

palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que

se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían

escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el

público de butacas protestaba con murmullos.

--Figúrate que el autor ha sacado allí unas _tías_ elegantes,

caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una

desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los

trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad

de telas, y qué cortes tan admirables!

La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores.

--Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! --exclamó abrochándose la

bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo--. ¡Si le pudiéramos

aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos

abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que

pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí,

por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo

que vamos á tener una noche muy mala, muy mala.

Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de

espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse

en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban

horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación

de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que

distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él

no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con

mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa,

se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato.

Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se

sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando

un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero

tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las

arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de

la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón

por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión

del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con

ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche

el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo

fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos

para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de

los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y

recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.

--Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con

el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral?

--Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía

del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos.

Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el

desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las

fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente

irregular.

Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años

estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con

ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no

molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba

profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua,

entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi

prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde

enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos:

no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y

confundiéndome con Celedonio, decía:

--Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren

y me cuidan en esta casa.

Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra.

--¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz.

--Aquí estoy, ¿no me ves?...

--¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De

cuándo acá...?

De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi

prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin,

y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin

el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta

la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero,

que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de

Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres

ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á

su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza

de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no

tomé nada.

Lo prohibido (tomo 1 de 2) · 第 36 / 55 题