Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible.
I
Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola
propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me
disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia
empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á
dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque
por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática,
lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del
reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal
primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba
yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su
mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien
amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las
sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con
una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete
escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro
vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba
algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias
partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo
su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más
que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos
espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez
el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su
lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho
por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo
que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del
viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos
molesta más que el ruido mismo.
En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería
siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado
en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al
mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en
Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense
está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica
una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la
insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción
haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante
originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían
algo de verdad.
--Sostengo --decía-- que no existen, contantes y sonantes, más que
veinte mil reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero.
Pasan de mano en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al
otro, al de más allá. Lo que llaman _un buen año_, es aquél en que
los tales mil duros corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á
una larguísima serie de personas. Cuando se habla de paralización,
de crisis metálica; cuando los tenderos se quejan y los industriales
chillan y los bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los
milagrosos mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola
caja. La sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles
andar de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase
que es el gracioso juego del _corre, corre, vivito te lo doy_. Viendo
pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un
momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el
agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el
habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase
también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la
entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas
apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete en
la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; la
arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de festín;
vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide para juntarse
al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el propietario
hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un afortunado
bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; va á parar
luego á un contratista; le echa el guante uno que suministra postes de
telégrafos ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en
la Caja de Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una
pelota las distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda,
y en este movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen.
¡Venturosos los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el
guante!... Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido
que en el actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus
manos, haz el favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos
mil reales.
Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en
Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y la
verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. Mi buen
primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla que su
padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á mi fortuna,
con los ataques de aquella divertida mendicidad. La compasión, el
parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, obraban en mí para
determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al tomar el dinero, y
me parecía que echaba combustible á su temperamento para encenderlo
y verle despedir las chispas de gracia con que me divertía tanto.
¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, en mí eran medio
indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de pagarle la
tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi vanidad.
Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la calle
de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán fácilmente,
la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya los golpes
duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á dolerme.
Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, no vió la
indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.
--Toma mil reales --le dije arrojándoselos desde lejos--; lárgate á la
calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en gastarlos.
Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con
maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz,
porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita
y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba
en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas
y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban,
aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud
medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como
planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le
entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo,
hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría
de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la
sanguijuela y el médico se la ponía.
Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados
bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando
entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba
mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había
alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de
tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba
para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre
establecen para ocupar una casa ajena.
--No me he atrevido á decirle nada --manifestó el portero,
sofocadísimo--. Arriba está colocando los muebles con una bulla de
cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo
hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha
hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se
entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver...
No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima
ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las
obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más
tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:
--Perdona, primito, _comparito_, que hayamos tomado tu casa por asalto.
La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el
día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente,
te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En
fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles,
porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea
pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes
razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los
Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que
dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición.
Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy
solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos
á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo.
Sube y lo verás.
Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi
presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era
bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca,
estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable
solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un
paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino
no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel,
descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse
propuesto destrozarme todos los tabiques.
--La casa me gusta --díjome Camila obligándome á sentarme en una silla
á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su
feo muñeco para que la besase--, me gusta mucho; pero tiene grandes
defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente.
--Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!
--Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues
sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito
que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi
espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la
casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una
crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto
de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una
vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de
lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería
desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente
la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho
cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en
todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero
chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío,
las visitas... ya ves. Voy á dar _tés danzantes_.
--Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca --repuse tomando
á broma sus reformas.
--No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto
tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas
más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si
no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el
cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.
Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan exigente y
que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero en aquel instante
mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me miró ¡pobrecillo! con una
singular expresión de súplica. Parecía que impetraba mi indulgencia
en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz niño, tan
gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. Con
su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento y
pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En
Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado
y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este
fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por
esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los
caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces
y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más
distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda
de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las
vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El
tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría
después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin,
después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de
reforma en la casa.
¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino,
entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe
de un mes adelantado y dos meses de fianza!
--Dispense usted, señor casero --me dijo--, la demora. Esperaba yo que
mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas,
y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer
Camila que usted creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos
metido en su casa para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo
pensó así?
--No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois las
personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. Seré
con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos más
considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre aburrido
en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco de calor
en el fuego de vuestra felicidad.
Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente
tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta
y el cuidado del _crío_, que no parecía estar bueno, la retenían
constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á
fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas,
otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al
café.
--Como somos pobres --añadió--, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su
mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la
brisca, al burro y á las _siete y media_, que son los únicos juegos que
Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna
cosa bonita de las muchas que sabe.
Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse
domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito
de no despreciar su invitación.