III

A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía

todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis,

un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas.

Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella

también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella

espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El

marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella

rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y

yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del

lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo

del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de

tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre.

Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido

que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto

y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la

solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el

infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de

quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba

completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas

palabras:

--Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.

Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo

era con tal energía, que no quisimos contrariarle.

--Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó

pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese

útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero

resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada

más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más

pronto se nos borre, mejor.

Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron.

--¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...

--Que se te quite eso de la cabeza.

Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!,

repitió su demanda:

--José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura.

Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera

dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno,

carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José

María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.

Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle,

atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí

que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A

su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos

conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La

ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y

el marido, notando esta emoción, le dijo:

--Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale

que os retiréis.

Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día

siguiente, y él contestó con cierto énfasis:

--No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.

Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo.

El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió

en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba

alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos

á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no

he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se

verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se

celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la

familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve

discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería

la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella

como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento.

Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por

mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se

podía conseguir, costara lo que costase.

Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba

dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa

á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos

sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas

palabras que me parecieron impertinentes:

--Ese buen señor es un mártir.

--¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_.

Aún me parecía poco, y lo remaché:

--¡Es un santo!

Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si

me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:

--¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!

Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir

nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa,

los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda

ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:

--¿Es usted hermano de la señora?

De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín,

que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la

señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.

--No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia.

Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de

las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo

muchas ganas de perderle de vista.

Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y

tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía

á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y

el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que

durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido

habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no.

La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor

religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar,

habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta

de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.

Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno;

sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco

obscuro, muy obscuro.

--Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo

creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no

me cambiaría por tí.

Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto,

la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre

uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más

que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme,

aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que

descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente;

pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se

encontraba.

--Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima

como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete.

No des importancia á lo que no la tiene.

Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible

júbilo:

--¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_!

No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro.

Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si

intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad

hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al

sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí

mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér,

fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se

redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo

de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al

pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las

cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me

parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo

para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres,

porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de

energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar

la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres

salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos

habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención

de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable

cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué

casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...»

Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de

marearme, Carrillo me dijo:

--Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como

yo ahora.

No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero

las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó

por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que

yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el

pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la

quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir

sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo

de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»

Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de

Eloísa.

Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando

sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala,

consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.

Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba

en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran

inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el

lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos

roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus

lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre;

después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía

experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como

el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación

en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan

rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se

impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.

--Vete --le dije--, vete de aquí.

Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y

le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura

con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose

los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó

despavorido, con las manos en la cabeza.

Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste

me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y

apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza

era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse

la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas

volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que

te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se

desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...»

Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido

fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí

sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó

su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví

cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había

mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo

desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme

consigo al Limbo.

Lo prohibido (tomo 1 de 2) · 第 37 / 55 题