Como los vaqueros ó bandoleros andaban con la sospecha dicha, ni
querian soltar á los que tenian en cuevas, ni dejar pasar á los que
iban siguiendo su viaje, porque no hallasen testigos tan cercanos,
pareciéndoles que no tenian bien averiguados sus delitos. Hallaron
un pajecico muy hermoso, que venia solo, y habiéndolo asido cerca de
nuestra cueva, le quisieron atormentar porque dijese con quién venia
y por qué se habia adelantado de la compañía, creyendo que lo habian
echado para descubrir tierra, y que los amos serian, ó gente rica,
ó que viniesen á hacerles daño, que despues no pudieron escusar.
Negando el paje lo que le pedian, le mandaron que se desnudase, para
forzarle á confesar la verdad. Él, con mucha desenvoltura y gracia, les
preguntó quién era el caudillo ó cabeza de aquella compañía. Díjole
Roque Amador, que así se llamaba: Yo soy; ¿por qué lo preguntais?
Pregúntolo, dijo el paje, porque tengo tan grandes informaciones de
vuestra justicia y gobierno, que no habeis jamás hecho injuria á quien
os trata verdad, y con esta confianza os diré quién soy. Como aquellos
bandoleros ó vaqueros tenian aquella Sauceda por defensa y sagrado,
vivian como gente que no habian de morir, sujetos á todos los vicios
del mundo, rapiñas, homicidios, hurtos, lujurias, juegos, insultos
gravísimos; y como por ser grande, que tiene aquella dehesa diez y
seis leguas de travesía, y por algunas partes tan espesa de árboles y
matas, que se pierden los animales por no acertar á sus habitaciones,
no tenian temor de Dios ni de la justicia, andaban sin órden y razon, y
cada uno siguiendo su antojo, si no era cuando se juntaban á repartir
los despojos de los pobres caminantes, que entonces habia mucha cuenta
y razon. Llegó un bellaconazo en camisa y zaragüelles, despues que
habia jugado lo demás, y renegando de su suerte, con mucha furia
hizo suspender el tormento del paje, diciendo: ¡Maldiga Dios á quien
inventó el juego y á quien me enseñó á jugar! ¡Que unas manos que
saben derribar un toro, no sepan hacer una suerte! Mas deben estar
descomulgadas, pues echan contra mí treinta pintas en favor de un medio
gallina, ó medio liebre. ¿Hay álguien que se quiera matar conmigo? ¿Hay
algun diablo con sus piés de águila que se me ponga delante, para que
ya que no me ayude á jugar, me ayude á matar? ¡Que no llegue blanca á
mis garras que no me la agarren luego! ¡Ni me basta usar de trampas, ni
aprovecharme de fullerías, para que no vaya todo con el diablo! ¡Voto
á tal, que tengo de ir á jugarme á las galeras! Quizá por aquí, ó me
llevará el diablo, ó tendré más ventura. Mas alzábame con la zurda
siempre que yo tomaba el naipe, que tengo hechos mil juramentos de
nunca parar á momo, y me los pone siempre el diablo delante. Y con el
barato que yo le dí ha entrado en vuelta para desollarme cerrado; mas
púsose al lado otro tan grande gallina como él, que desea siempre que
yo pierda. ¿De qué se rien? ¿soy yo algun cornudo? Mienten cuantos se
rien. Ríense, dijo el caudillo, de los disparates que decís. Callad, y
pues sabeis que sois desgraciado, no jugueis ni digais blasfemias, que
os haré dar tres tratos de cuerda. Harto mejor será, dijo él, darme
tres escudos para probar la mano y dar de comer á mi moza, que le he
jugado cuanto trujo á mi poder. Vicio endemoniado, más que todos los
que ejercitan los hombres, que el jugador nunca está quieto: si pierde,
por desquitarse; si gana, por ganar más. Este acarrea la infamia, la
poca estimacion de la buena reputacion, la miseria que padecen mujer
é hijos, ser miserable en lo necesario por guardar el dinero para el
juego, y envejecerse en él más presto de lo que habia de ser; y cuando
mucho grangea, es alcanzar que los tahures conocidos vayan á jugar á
su casa, donde, si los puede acarrear, sufre desvergüenzas de tonos
que le abrasan el alma: que como la mayor parte de ellos son hombres
sin obligaciones, se arrojan á decir cualquiera libertad, y en no
sufriéndolas por callar, no vuelven á darle el provecho; pero son tan
grandes poltrones los que dan en esto (trato de la gente ordinaria, y
que por comer y beber viciosamente echan la honra á las espaldas), que
los caballeros y los que tienen renta y hacienda segura, el tiempo que
han de estar ociosos despues de haber cumplido con sus obligaciones
jueguen, no es culpable, porque evitan cosas de más daño y escándalo;
pero el que tiene cuatro reales para mantener su casa juegue ciento,
¿cómo se puede llevar sin que lo paguen las joyas y vestidos de la
pobre mujer, y la desnudez y el hambre de sus hijos, y dar en otras
cosas peores como este desventurado, aborrecido aun de aquellos que le
acompañaban en sus delitos, robos, homicidios y fuerzas?
Acabó éste sus quejas, y llegándose la noche, con que se dejó por
entonces la averiguacion del paje, le pusieron en un apartamiento
dentro de nuestra cueva, porque no fuese á dar soplo á los que pensaban
venir con él, mandándonos que no hablásemos con él palabra, ni le
aconsejásemos cosa, so pena que nos matarian. El paje estuvo toda la
noche suspirando, y si alguna vez se dormia recordaba con grandísimas
ansias, y nosotros no teníamos osadía para preguntarle de qué se
quejaba, ó qué tenia. Como ellos andaban de paso sobre la sospecha, que
no les importaba menos que la vida, recogíanse de noche adonde no los
pudiesen hallar, que habia bien donde hacerlo; y de cualquiera ruido
de personas ó animales se recelaban y recataban. En amaneciendo fueron
á visitar las cuevas, donde tenian presos ó recogidos á los pasajeros,
y viniendo á la nuestra nos hallaron como nos habian dejado, sin haber
hablado palabra con el paje, á quien llamaron primero que á nadie,
queriéndole apretar á que dijese lo que le habian preguntado. El paje
con mucha cortesía y donaire, dijo: Sr. Roque Amador, ayer pregunté
cuál era la cabeza y caudillo de esta compañía, porque siéndolo vos,
tendria mi partido seguro, por el buen nombre que teneis. Que no es
hazaña para vos, atormentar una sabandija tan sola y miserable como yo,
ni manchar vuestra opinion, empleando vuestro valor en lo que más os
puede desdorar, que aumentar vuestro nombre. Si rigiendo y gobernando
gente tan desgobernada, cobrásteis la fama que teneis en toda la
Andalucía, ¿qué pareceria ahora, si aniquilaseis este crédito, con
abatiros á una presa tan humilde un águila tan valerosa? Más gloria es
conservar la ya adquirida y granjeada con valor propio, que no ponerse
en duda, y aventurar lo que ya es vuestro. Vos os habeis preciado
siempre de justicia y verdad con misericordia, no será justo ahora
que conmigo solo os falte. Estábamos en la cueva muy atentos, oyendo
la retórica con que el paje hablaba: y el Roque Amador, movido de las
buenas palabras del paje, aseguróle que no recibiria daño ninguno
diciendo la verdad. Yo estaba confuso, porque me parecia conocer la voz
y habla del paje; pero no dí en quién pudiese ser. Habiendo hablado
con aquella blandura Roque, dijo el paje: Pues si alguna compasion
ha llegado á vuestro piadoso pecho de mi tristeza y soledad, dadme
palabra por vos y por vuestros compañeros de guardar, como naturalmente
debeis, mi persona sin agravio ni en secreto, ni en público. Á esto
dijo aquel picaronazo: Ea, sor paje, desnúdese, que aquí no entendemos
de rotrónicas ni ataugias, sino de meter un poco de plomo en el cuerpo
de quien no trae dineros. Dijo el paje con donaire: Si es tan pesado
como vos, el diablo podrá digerillo, que ya yo me acuerdo haberos
visto á vos ó á otro que se os parecia asaeteado en Sierra-Morena.
Rióse Roque, y le dijo: Óyete, bestia, que el paje habla muy bien: y
á vos os digo, gentil hombre, que os doy palabra, por mí y por mis
compañeros no solamente de no agraviaros, mas de favoreceros y ayudaros
en todo lo posible. Pues con esa confianza, respondió el paje, hablaré
como con un pecho lleno de valor, misericordia y verdad. Y estando
nosotros muy atentos á lo que pasaba, habló el paje de esta manera:
Si yo no me consolára con saber que no soy la primera persona que ha
padecido desventuras y trabajos, y desgracias sin gracia, con la que
resplandece en vos, me animára en contar mis desdichas: pero como la
fortuna tiene siempre cuidado de señalar caidos y derribar levantados,
no siendo yo la primera que ha sufrido sus encuentros y mudanzas, me
animo á hablar con libertad. Sabed que yo no soy hombre, sino mujer
desventurada, que despues de haber seguido á mi marido por tierra y
mar, con increibles daños de hacienda y persona, y habiendo navegado
hasta todo lo descubierto y mucho más, padeciendo grandes naufragios
por regiones no conocidas, por misericordias que Dios usó con nosotros,
nos venimos á hallar en el estrecho de Gibraltar, donde viendo nuestra
salvacion cierta á vista de tierra, bien deseada, nos acometió un navío
de infieles, viniendo el nuestro desmantelado y casi sin gente, y los
mantenimientos tan gastados, que á su salvo cogieron las mujeres,
asiéndome á mi primero y á un pajecillo que me servia, matando á todos
los que se defendieron, y á mi marido con ellos. El capitan del navío,
enamorado de mí, quiso por buenas palabras inclinarme á su gusto, y á
que ofendiese la pureza y castidad que debia á mi muerto esposo: no le
respondí mal, por que no quisiese usar de la fuerza, que sin defensa
podia. Yo, llamando al paje debajo de cubierta le puse mis vestidos, y
vestíme los suyos, que son los que traigo puestos. Tenia el muchacho
muy buen rostro, y en saliendo fuera quiso el capitan acometerle,
pensando que fuese yo, pero dando á huir el paje con los vestidos y las
jarcias del navío, enfrascándose cayó en la mar, y hundiéndose luego no
pareció más. Sobre la desdicha de la pérdida de mi marido y la pérdida
del paje, yo me habia tiznado el rostro, porque se quedase con la fé de
lo que habia visto, y no me conociese.
La piadosa gente de Gibraltar, con el valor que siempre ha profesado,
acudieron á nuestra defensa, y habiendo estado en ella dos dias con sus
noches, no se apartaron hasta rendirlos y dar libertad á los que habian
prendido, y queriendo hacer lo mismo de ellos, despues de tenernos
en los barcos, diciéndoles que se diesen á prision para traerlos á la
ciudad, dieron fuego al navío, y desde allí abrasados bajaron derechos
al infierno. En Gibraltar, informándome del camino que habia de llevar
para Madrid, me dijeron que habia de pasar por la Sauceda, y llegando
á Ronda me encaminarian en él. Estábamos los cuatro, y particularmente
el doctor Sagredo y yo, como atónitos, y sospechando que fuese sueño
ó ilusion de algun encantamiento, ni determinados de creerlo, ni
resueltos de desconfiar en la verdad. El Roque Amador, con gran piedad
de lágrimas que al fin de su cuento derramó la bella mujer, la consoló
y ofreció encaminarla con mucha seguridad, y darle dinero para su
viaje, preguntándole cómo se llamaba, porque historia tan estraña no
se quedase sin memoria: ella respondió, diciéndole la verdad como en
todo: Llámome doña Mergelina de Aybar, y el malogrado de mi marido, que
no era soldado sino maestro, se llamaba el doctor Sagredo. El doctor
Sagredo que se oyó nombrar de su mujer, medio ahogándose con la súbita
alteracion y gusto, dijo: Vivo es, y en su compañía dormísteis esta
noche. Roque Amador, espantado del caso, mandó sacar los que estábamos
en la cueva, y preguntándole cuál era de aquellos el que habia hablado.
Ella retirándose atrás, como espantada, respondió: Si no es alguna
sombra fantástica de causas superiores, este es mi marido, y este es
Márcos de Obregon, á quien tuve por mi padre y consejero en Madrid.
Pues todos tres os podeis ir en buen hora, y aunque no sea dinero
ganado en buena guerra, veis aquí parto con los tres algo de lo que á
otros se les ha cogido, que el haber detenido á todos estos presos,
no ha sido por hacerles mal, sino porque nuestros contrarios no se
encontrasen con ellos, y aviándonos á todos los demás, y rogándonos
que no dijesen de haberlos encontrado. Doña Mergelina con muestras de
grande agradecimiento, dijo al caudillo: No tengo con que serviros el
bien que de vuestras manos me ha venido, sino con deciros lo que oí en
Gibraltar, á quien no os quiere mal; que el licenciado Valladares trae
órden de dar gran premio, y perdonar cualesquiera delitos á quien os
entregare en sus manos: y junto con esto vinieron á ella los pregones
y bandos que mandó echar aquel gran juez: con que juntando á cabildo á
sus compañeros, les hizo una grande oracion, que tenia entendimiento
para ello, y la conclusion fué que todos pensasen aquella noche lo que
podian hacer para su defensa, tomando el consejo que mejor pareciese.
Fueron á sus alojamientos, y mientras ellos pensaban aquella noche
lo que les habia encargado el Roque Amador, como astuto se acogió á
Gibraltar, y en el barco de la vez se pasó en África, dejándolos á
todos suspensos y engañados. Como quedaron sin cabeza y sin gobierno
dispararon, huyendo por diversas partes, cesando los insultos que antes
hacian; aunque prendió con grandes astucias el juez á doscientos de
ellos, de que hizo ejemplar justicia: nosotros venimos seguros á Madrid
sin tropezon ninguno, pareciéndome, como es verdad, que en ella hay
gente que profesa tanta virtud, que quien la imitare hará mucho.
[Ilustración]
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