Volvió el perro ó correo con su cañuto en la boca, en que venia
escrito con sus señas que no nos dejasen en la isla, porque gente que
tenia los miembros doblados tambien tendrian la intencion doblada:
y para la conservacion de la paz que siempre habian profesado, no
podian sustentarla si forasteros se apoderaban de su tierra, que si
en su república habia alguna alteracion, teniendo quien les acudiese
seria el daño mayor. Que en tanto se conserva la paz, en cuanto los
inquietos no tienen quien los favorezca, y que no habiendo obediencia
de los inferiores á los superiores no puede haber paz. Que si los
alborotadores de ella no tuviesen quien se les allegase, vivirian en
quietud y sosiego. Que los animales de una misma especie tienen paz
unos con otros; pero si son de diferente especie, nunca tienen paz, y
así haríamos nosotros con ellos. Que lo que habian siempre guardado
para sí, sin comunicacion agena, no era bien que forasteros entrasen
á gozarlo. Que no podia haber buena amistad con gente de diversas
costumbres para vivir en paz. Y que habiéndose de administrar justicia
con igualdad, habíamos de ser tan favorecidos como los naturales, y
luego entrarian las enemistades á inquietar la paz. Así mandaba que no
nos admitiesen en la isla, pero que nos dejasen ir con seguridad. Esta
respuesta nos la dieron para la salida, pero con tanta priesa que no
nos consintieron estar medio dia en la isla.
Salimos con más priesa de la que nos dieron, adivinando lo que nos
habia de suceder; porque apenas estuvimos en el barco cuando entraron
en su cueva, y como la hallaron sin mantenimientos, acudieron á la
orilla del mar, arrojando piedras y peñascos sobre nosotros, tan
espesos, que si el barco no fuera tirado y ayudado del navío, nos
hundieran mil veces. Llegamos, y hallé á mi esposa y á las demás
mujeres del navío tan deseosas de vernos como si hubiera muchos años
que estábamos ausentes. Y sosegados en nuestro navío como los marineros
se habian refrescado, no habian estado ociosos, hallámosles velas
remendadas, jarcias, y obras muertas reducidas á mejor estado, y todo
cuanto era necesario reparado, y con el viento que á los marineros les
pareció salimos de aquella isla inaccesible, y con el mantenimiento que
bastó para dar una vuelta al mundo, que para no ser prolijo, al cabo de
un año, con hartos trabajos, nos vinimos á hallar cerca del estrecho
de Gibraltar, donde fué mi mayor desdicha y desventura; porque como
nuestro navío venia maltratado de tan contínuos movimientos y trabajos
como habia sufrido, llegó un navío de infieles, y á vista de Gibraltar
nos cañonearon á su salvo, de suerte que nos hubimos de rendir, y
matando algunos de los compañeros, lo primero que hicieron fué entrar
dentro y llevarse á mi esposa y un pajecillo que nos servia, con otras
mujeres de los compañeros, y como fué á vista de Gibraltar, y la gente
tiene valor y piedad, acudieron con toda la presteza posible á nuestro
socorro en diez ó doce barcos, llevando por cabeza á don Juan Serrano
y don Francisco su hermano, que dió una cuchillada á un valeroso
caudillo, como la de don Félix Arias, que le cortó el casco de hierro y
le abrió la cabeza, de que cayó muerto en el agua, que nos importó la
vida; pero á mi esposa la muerte, porque los enemigos se retiraron del
daño que nos iban haciendo, recogiéndose á su navío con las mujeres.
El que habia robado á doña Mergelina, enamorado de su hermosura, quiso
forzarla, y huyendo de él, delante de mis ojos, asióse con las jarcias
y cayó en la mar, sin ser socorrida de los herejes. Llegó la noche, y
la gente de Gibraltar, llenos de piedad y misericordia, nos echaron
en tierra, y nos albergaron con regalados alojamientos en casa de don
Francisco Ahumada y Mendoza, y estos tornaron á ver si podian destruir
aquellos enemigos de la fé y de la corona de España. Partíme ayer de
Gibraltar, deseando más la muerte que la vida, aunque no tan de espacio
como va esta. Acabó su relacion el doctor Sagredo, y haciendo las
exequias de su mujer con lágrimas, los dos que estaban con nosotros
quisieron consolarle, ayudándole á llevar su pena muy pesadamente,
porque querian por fuerza que se alegrase; ignorancia de gente que sabe
poco, que mucho más se consuela un desconsolado en decirle que tiene
razon de estarlo, que no con querer que con la reciente pasion muestre
contento; que quieren forzar al paciente á que dance y baile el cuerpo,
teniéndolo casi sin alma, con razones bárbaras y consuelos tan pesados
como ellos, que es como hacer que un rio vuelva su corriente atrás. Las
aflicciones de los atribulados y tristes se han de aligerar con darles
á entender con el semblante, que les alcanza parte de su tristeza, que
les sobra la ocasion para estar tristes, que teniendo quien los ayude
á sentir, ya que del todo no se consuelen, á lo menos vase templando
la pasion. Á dos géneros de gente no tengo por acertado que se oponga
nadie, siendo fresco el accidente, á los coléricos y á los tristes, que
es venir á ser muy mayor el daño en ambas personas. Á un cierto juez,
no muy sabio, acabando de cenar se le antojó de azotar á un hombre
honrado, y habiendo mandado encender hachas para la fiesta, como la
ciudad se alterase, y diesen voces sobre el caso, él se encendia más,
de modo que llamó al verdugo con gran determinacion de hacerlo, por
la contradiccion que le hacian. Estando ya del todo perdido llegó un
hombre de buen discurso, y dijo: Bueno es que teniendo tanta razon
el señor corregidor, le vayan á la mano. Castíguelo vuesa merced,
que todos se holgarán de ello; pero porque estos no le pongan en la
residencia esta determinacion, llame vuesa merced un escribano, y haga
un poco de informacion. Satisfízole al juez esto, y al segundo testigo
que tomó se le fué la pasion y alteracion del celebro, que estas dos
pasiones no admiten contradiccion, sino templanza.
[Ilustración]
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