DESCANSO XXIII.

Volvió el perro ó correo con su cañuto en la boca, en que venia

escrito con sus señas que no nos dejasen en la isla, porque gente que

tenia los miembros doblados tambien tendrian la intencion doblada:

y para la conservacion de la paz que siempre habian profesado, no

podian sustentarla si forasteros se apoderaban de su tierra, que si

en su república habia alguna alteracion, teniendo quien les acudiese

seria el daño mayor. Que en tanto se conserva la paz, en cuanto los

inquietos no tienen quien los favorezca, y que no habiendo obediencia

de los inferiores á los superiores no puede haber paz. Que si los

alborotadores de ella no tuviesen quien se les allegase, vivirian en

quietud y sosiego. Que los animales de una misma especie tienen paz

unos con otros; pero si son de diferente especie, nunca tienen paz, y

así haríamos nosotros con ellos. Que lo que habian siempre guardado

para sí, sin comunicacion agena, no era bien que forasteros entrasen

á gozarlo. Que no podia haber buena amistad con gente de diversas

costumbres para vivir en paz. Y que habiéndose de administrar justicia

con igualdad, habíamos de ser tan favorecidos como los naturales, y

luego entrarian las enemistades á inquietar la paz. Así mandaba que no

nos admitiesen en la isla, pero que nos dejasen ir con seguridad. Esta

respuesta nos la dieron para la salida, pero con tanta priesa que no

nos consintieron estar medio dia en la isla.

Salimos con más priesa de la que nos dieron, adivinando lo que nos

habia de suceder; porque apenas estuvimos en el barco cuando entraron

en su cueva, y como la hallaron sin mantenimientos, acudieron á la

orilla del mar, arrojando piedras y peñascos sobre nosotros, tan

espesos, que si el barco no fuera tirado y ayudado del navío, nos

hundieran mil veces. Llegamos, y hallé á mi esposa y á las demás

mujeres del navío tan deseosas de vernos como si hubiera muchos años

que estábamos ausentes. Y sosegados en nuestro navío como los marineros

se habian refrescado, no habian estado ociosos, hallámosles velas

remendadas, jarcias, y obras muertas reducidas á mejor estado, y todo

cuanto era necesario reparado, y con el viento que á los marineros les

pareció salimos de aquella isla inaccesible, y con el mantenimiento que

bastó para dar una vuelta al mundo, que para no ser prolijo, al cabo de

un año, con hartos trabajos, nos vinimos á hallar cerca del estrecho

de Gibraltar, donde fué mi mayor desdicha y desventura; porque como

nuestro navío venia maltratado de tan contínuos movimientos y trabajos

como habia sufrido, llegó un navío de infieles, y á vista de Gibraltar

nos cañonearon á su salvo, de suerte que nos hubimos de rendir, y

matando algunos de los compañeros, lo primero que hicieron fué entrar

dentro y llevarse á mi esposa y un pajecillo que nos servia, con otras

mujeres de los compañeros, y como fué á vista de Gibraltar, y la gente

tiene valor y piedad, acudieron con toda la presteza posible á nuestro

socorro en diez ó doce barcos, llevando por cabeza á don Juan Serrano

y don Francisco su hermano, que dió una cuchillada á un valeroso

caudillo, como la de don Félix Arias, que le cortó el casco de hierro y

le abrió la cabeza, de que cayó muerto en el agua, que nos importó la

vida; pero á mi esposa la muerte, porque los enemigos se retiraron del

daño que nos iban haciendo, recogiéndose á su navío con las mujeres.

El que habia robado á doña Mergelina, enamorado de su hermosura, quiso

forzarla, y huyendo de él, delante de mis ojos, asióse con las jarcias

y cayó en la mar, sin ser socorrida de los herejes. Llegó la noche, y

la gente de Gibraltar, llenos de piedad y misericordia, nos echaron

en tierra, y nos albergaron con regalados alojamientos en casa de don

Francisco Ahumada y Mendoza, y estos tornaron á ver si podian destruir

aquellos enemigos de la fé y de la corona de España. Partíme ayer de

Gibraltar, deseando más la muerte que la vida, aunque no tan de espacio

como va esta. Acabó su relacion el doctor Sagredo, y haciendo las

exequias de su mujer con lágrimas, los dos que estaban con nosotros

quisieron consolarle, ayudándole á llevar su pena muy pesadamente,

porque querian por fuerza que se alegrase; ignorancia de gente que sabe

poco, que mucho más se consuela un desconsolado en decirle que tiene

razon de estarlo, que no con querer que con la reciente pasion muestre

contento; que quieren forzar al paciente á que dance y baile el cuerpo,

teniéndolo casi sin alma, con razones bárbaras y consuelos tan pesados

como ellos, que es como hacer que un rio vuelva su corriente atrás. Las

aflicciones de los atribulados y tristes se han de aligerar con darles

á entender con el semblante, que les alcanza parte de su tristeza, que

les sobra la ocasion para estar tristes, que teniendo quien los ayude

á sentir, ya que del todo no se consuelen, á lo menos vase templando

la pasion. Á dos géneros de gente no tengo por acertado que se oponga

nadie, siendo fresco el accidente, á los coléricos y á los tristes, que

es venir á ser muy mayor el daño en ambas personas. Á un cierto juez,

no muy sabio, acabando de cenar se le antojó de azotar á un hombre

honrado, y habiendo mandado encender hachas para la fiesta, como la

ciudad se alterase, y diesen voces sobre el caso, él se encendia más,

de modo que llamó al verdugo con gran determinacion de hacerlo, por

la contradiccion que le hacian. Estando ya del todo perdido llegó un

hombre de buen discurso, y dijo: Bueno es que teniendo tanta razon

el señor corregidor, le vayan á la mano. Castíguelo vuesa merced,

que todos se holgarán de ello; pero porque estos no le pongan en la

residencia esta determinacion, llame vuesa merced un escribano, y haga

un poco de informacion. Satisfízole al juez esto, y al segundo testigo

que tomó se le fué la pasion y alteracion del celebro, que estas dos

pasiones no admiten contradiccion, sino templanza.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 91 / 101 题