DESCANSO ÚLTIMO, Y EPÍLOGO.

Ya cansado de tantos golpes de fortuna, por mar y por tierra, y viendo

lo poco que me habia durado la mocedad, determiné de asegurar la vida

y prevenir la muerte, que es el paradero de todas las cosas; que si

esta es buena, corrige y suelda todos los descuidos cometidos en la

juventud. Escribíla en lenguaje fácil y claro, por no poner en cuidado

al lector para entenderlo. Dijo muy bien el maestro Valdivieso, con

la gallardía y claredad de su ingenio, á un poeta que se precia de

escribir muy obscuro; que si el fin de la historia y poesía es deleitar

enseñando, y enseñar deleitando, ¿cómo puede enseñar y deleitar lo que

no se entiende, ó á lo menos ha de poner en mucho cuidado al lector

para entenderlo?

Si se hallaren algunas inadvertencias, atribúyase á mi poca erudicion,

y no á mi buen deseo, que advirtiéndome de ellas, con mucha humildad

recibiré la correccion de cualquiera que con buena intencion me

quisiere enmendar, que quien ha querido enseñar á tener paciencia,

mal cumpliria con sus preceptos si le faltase para oir y recibir la

correccion fraternal, que sin ella, ni opusiera el pecho á las olas

y crueldades del furioso tridente, ni ablandára la inclemencia de

los salteadores, ni redujera á buen término los impíos y contínuos

trabajos de la esclavitud, ni atrajera á mi favor la grandeza elevada

de los poderosos, ni gozára de la gran cortesía de los príncipes, ni

sujetára á tantos y tan inmensos torbellinos como trae consigo la

fragilidad humana, sin la divina virtud de la paciencia; que cuando

no haya hecho otro efecto en mí sino librarme del pernicioso vicio de

la ociosidad, que tan estendida he visto por todos los estados de los

hombres, me bastára tener y haber sacado gran fruto de mis trabajos; y

si la juventud advirtiese bien los hijos que va criando la ociosidad,

tomando ejemplo en los daños ajenos, ni rehusarian los peligros de

la soldadesca, ni vendrian á miserable servidumbre, ni se sujetarian

á las necesidades que ven padecer y traer arrastrados á varones de

buenos nacimientos, rendidos á mil bajezas, que pudieran remediar á

su salvo con buen tiempo; de criar los hijos consintiéndolos andar

ociosos, vienen los padres á ver exorbitantes delitos que no pueden

remediarse sino con mucha infamia, ó con más hacienda de la que poseen.

La ocupacion es la grande maestra de la paciencia, virtud en que

habíamos de estar siempre pensando con grande vigilancia para resistir

las tentaciones que nos atormentan dentro y fuera. Al fin con ella se

alcanzan todas las cosas de que los hombres son capaces. Que aunque

haya calidad, bienes temporales y abundancia de humanos favores, sin

esta virtud no se puede llegar al colmo de lo que se desea; y si á

la paciencia se allega la perseverancia, todo lo facilita y todo lo

enseña: al pobre, á que pase su vida con quietud y mejore su estado:

al rico, á que conserve lo adquirido sin apetecer lo ajeno: al gran

caballero, á que no se contente con la sangre que de sus pasados

heredó, sino pasar adelante: al pródigo, á que se ajuste con lo que

tiene y puede tener: al miserable y avariento, á que entienda que no

nació para sí solo: al valiente y arrojadizo, á que refrene los ímpetus

que tanto mal acarrean: al cobarde, á que se tenga por virtud en él lo

que es falta de ánimo: al que se ve en trabajo, á que los lleve con

aliento y suavidad. ¿Qué no hace la virtud de la paciencia? ¿qué furias

del mundo no sujeta? ¿qué premios no alcanza? Pero si un flemático

sabe airarse y ejecutar con vehemencia los ímpetus de la cólera,

¿por qué un colérico no sabrá templarse y perseverar en los actos de

paciencia? Tenemos ejemplos presentes y vivos de esta verdad muchos, y

para imitar. Mas con uno solo se verá lo que puede la escelente virtud

de la paciencia. ¿Quién pensára que de tan gran cólera, con sangre,

riqueza y juventud, como la que tuvo en sus primeros años el duque

de Osuna D. Pedro Giron, vinieran tan admirables virtudes como las

que tienen espantado el mundo? ¡Que habiendo sido un furioso rayo de

cólera, impacientísimo en los tiernos años de su mocedad, sujetase con

grande paciencia su robusta condicion á servir en Flandes con tantas

ventajas que templase la furia de los amotinados, y pusiese su valeroso

pecho á recibir los mosquetazos con que querian escalar y saquear su

casa! ¿Qué paciencia no tuvo, con templanza y justicia, gobernando

á Sicilia? ¿Y qué valor, sin ella, bastára para la ejecucion de sus

soberanos intentos, echando por mar y tierra tan poderosas armadas,

que ha enfrenado la potencia de los turcos, haciendo temblar á los

demás enemigos, con que ha sido amado y temido de las gentes á quien ha

gobernado y gobierna? Preguntando D. Francisco de Quevedo, caballero

de gallardísimo entendimiento, cómo se hacia respetar con tanta

mansedumbre á este gran príncipe, respondió que con la paciencia, que

aunque en la gente humilde y ordinaria engendra algun menosprecio,

en los príncipes y gobernadores engendra temor, amor y respeto;

pero esto quédese para grandes historias, que no puede caber en tan

pequeño discurso. Jorge de Tobar, á quien yo conocí en sus primeros

años por hombre que tuvo bríos y valor para en cosas honradas perder

la paciencia, con ella misma adquirió grandes virtudes morales, que

le pusieron en lugares dignos de tan grande sugeto como ha parecido,

usando de gran verdad, valor y entereza en los actos de la justicia

distributiva; pero ¿qué escelencias no se halláran en la divina virtud

de la paciencia? ¡Oh virtud venida del cielo! Dios nos la dé por su

misericordia, y á mí para que, imitando la virtud de mis compañeros

en este recogimiento, sepa asegurar la vida y prevenir la muerte. Y

para la ejecucion del buen intento, si yo supiera aprovecharme de él,

me puso Dios por vecina á una tan grande señora como doña Juana de

Córdoba Aragon y Córdoba, duquesa de Sesa, cuya virtud cristiana, valor

propio y heredado, y cortesía general puede servir de norma y dechado

á cualquiera que deseare perfeccion cristiana, en cuya disciplina se

criaron tales hijos como D. Luis Fernandez de Córdoba, duque de Sesa,

caballero adornado de muy superiores partes, muy dado á la leccion de

las buenas letras, gran favorecedor de ellas y de los que las profesan.

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 93 / 101 题