Parecióme que para la quietud que yo deseaba, el bullicio de Málaga, y
las ocasiones de la tierra y mar, con el apacible trato de la gente,
siendo yo conocido en ella, no se podia hallar á la medida de mi deseo,
y la ejecucion del intento principal; fuíme á la Sauceda de Ronda,
donde hay lugares y soledades tan remotas, que puede un hombre vivir
muchos años sin ser visto ni encontrado si él no quiere. Púsome en
camino un buen hombre, y porque no pasase sin trabajo, llegando á la
Sabinilla, se desembarcaron dos bergantines de turcos, saltaron en
tierra, y cogieron pescadores y vaqueros, cuantos hallaron por allí;
porque aunque habian hecho ahumadas, no las echamos de ver hasta que
dimos en manos de los moros, que nos maniataron y llevaron á los
bergantines; pero de verse tan señores de la tierra, descuidáronse,
hinchando las panzas de vino de lo que hallaron en una hacienda de
pesca; de manera que todos, ó la mayor parte se emborracharon; dan
sobre ellos la gente de Estepona y Casares, y los demás que vivian
cerca viniendo al rebato, cautivando y matando, se escaparon muy
pocos. Los que estábamos en los bergantines maniatados, pedimos á los
guardas, que si querian vivir nos desatasen y echasen en tierra; lo
cual hicieron, y les valió para poderse aviar, porque desatando á un
vaquero con los dientes, hombre de fuerza y ánimo, cogió un remo como
si fuera una vara de medir, y jugando de él, hizo que nos desatasen á
todos y nos echasen en tierra. Afligíme de nuevo, acordándome de mis
trabajos de mar y tierra, que aunque han sido muchos, siempre hallé
piedad y misericordia en ellos, como en este, que viéndome un hombre
anciano en edad, aunque robusto y fuerte en las acciones de hombre de
valor, vecino de la villa de Casares, que decian ser un Abraham en
piedad, porque su casa y hacienda era siempre para hospedar peregrinos
y caminantes; llegóse á mí, y dijo: Aunque siempre la piedad me llama á
semejantes cosas, ahora parece que me hace más fuerza que otras veces,
viéndoos afligido y con edad; idos conmigo á mi casa, que aunque es
pobre de hacienda, es abundantísima de voluntad, y nadie hay en ella
que no se incline á piedad tan entrañablemente como yo: no solamente mi
mujer é hijos, pero criados y esclavos, que tanto tiene el hospedaje
de bueno, cuanto tiene de concordia en el amor de todos. ¿Cómo es el
nombre, pregunté yo, de quien tanta piedad usa conmigo? que fuera de
la caridad, que tanto resplandece en vuestra persona, hay en mí otra
fuerza superior que me abrasa el pecho en amaros. Yo, respondió, soy
un hombre no conocido por partes que en mí resplandezcan, contento con
el estado en que Dios me puso, pobre bien intencionado, sin envidia al
bien ageno, ni de las grandezas que suelen estimarse; trato con los
mayores con sencillez y humildad, con los iguales como hermano, con
todos los sugetos como padre. Alégrome cuando hallo mis vaquillas
cabales, castro mis colmenas, hablando con las abejas como si fueran
personas que me entendiesen; no me pongo á juzgar lo que otros hacen,
porque todo me parece bueno; si oigo decir mal de una persona, mudo
conversacion en materia que les pueda divertir; hago el bien que puedo
con lo poco que tengo, que es más de lo que yo merezco, que con esto
paso una vida quieta, y sin enemistades que destruyen la vida. Dichoso
vos, dije yo, que sin andar contemporizando las pompas y soberbias del
mundo, habeis alcanzado lo que todos desean poseer. ¿Pues cómo habeis
caminado á tan quieta vida? Respondió: No desprecio de lo propio, no
envidio lo ageno, no confio en lo dudoso, no reparo en recibir lo que
viene sin alteracion de ánimo. Quien tal estado alcanza, dije yo, bien
es que publique su nombre. No es mi nombre, dijo, de los conocidos
por el mundo, sino á la manera de mi persona, llámome Pedro Jimenez
Espinel. Dióme una aldabada en el corazon, pero soseguéme, prosiguiendo
en la conversacion para entretener el camino hasta llegar al lugar; y
preguntéle: ¿Y con esa vida tan segura teneis alguna pesadumbre que
os inquiete? Por Dios, señor, respondió, si no es cuando no hallo la
hacienda bien hecha, ó la comida por aderezar, no tengo pesadumbre,
y esa con leer el Memorial de la vida cristiana de fray Luis de
Granada, se me quita como por la mano. ¡Cuántos filósofos, dije yo, han
procurado esa sencillez y no la poseyeron con cuantas observaciones
han tenido en los preceptos de la filosofía moral y natural! No me
espanto, dijo el buen hombre, que como la mucha ciencia engendra en
los hombres algun desvanecimiento, sin humildad no se puede alcanzar
esta vida, que como yo soy ignorante, abracéme desde mi niñez con
la virtud de paciencia y humildad que conocí en mis padres, y héme
hallado bien con ella; pero pues habeis andado por el mundo, podrá
ser que hayais conocido por allá un sobrino mio que há muchos años no
sabemos de él, que segun nos han dicho, anda en Italia, y á cuantos
hospedo en mi casa, fuera de ser la obra buena, en parte lo hago por
saber de mi sobrino. ¿Cómo se llama? pregunté, y respondióme con mi
propio nombre. Sí le conozco, dije, y es el mayor amigo que tengo en el
mundo. Él es vivo, y está en España, y bien cerca de aquí; donde sin
andar mucho le podreis ver y hablar. Holguéme en el alma de conocer
mi sangre, y tan bien fundada en las virtudes morales cristianas, que
pudiera yo imitarle si fuera tan puesto en la verdad de las cosas como
era razon. Él se holgó de las nuevas que le dí, aunque por entonces no
me dí á conocer hasta que hube mudado estado. Que realmente la carne y
sangre, y tan cercana como esa, tiene algo de estorbo para la ejecucion
de los intentos buenos que apetecen soledad. De todos los valerosos
hombres en religion tenemos noticia que han huido á los desiertos de
la compañía de parientes y amigos que pueden ser impedimento para los
buenos fines. Los actos del alma en la soledad están más desembarazados
y libres. Obras de ingenio no quieren compañía. El vicio tiene menos
fuerza cuando las ocasiones son menos. Las más escelentes obras de
varones señalados se han fraguado en las soledades. Y quien quisiere
adelantarse en cosas de virtud, ora sea en ejercitarla, ora sea en
escribir de ella, se hallará más fácil y pronto para semejantes
acciones. Y aunque la soledad por sí no es buena, no está solo quien
tiene á Dios por compañero.
[Ilustración]
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