DESCANSO XVI.

Salimos de la venta, y aunque gustáramos llevar al muchacho con

nosotros, él andaba tan poco, que el oidor le dió dineros para que

se fuese á su espacio. Ya que habia salido á puerto de claridad ó de

seguridad, y admirándome de la diversidad de los ingenios, dije: ¡Cuán

pocas esperanzas se pueden tener de estos muchachos que muestran en sus

principios agudeza y bachillería, que no les queda profundidad para las

cosas de veras y de substancia! El entendimiento capaz de las cosas,

nunca anda vacilando ni variando en cosas de poco momento: que á los

principios, para conmigo, da mayores esperanzas el que comienza más

callado que no el que descubre con locuacidad todo cuanto tiene en el

alma. Que siendo el entendimiento la más principal parte de ella, y no

siendo ella habladora, tampoco lo será el buen entendimiento. Cuando

un hombre está ya sazonado, y habilitado el ingenio en las veras, y

con la experiencia, bien enterado en la verdad, que sea locuaz, tiene

caudal para serlo; pero que no teniendo esta capacidad bien fundada sea

hablador y atrevido, ni creo en él, ni en quien hiciere mucho caso

de él: pero con todo eso, estos que hablan mucho son para la soledad

del camino de provecho, porque si los oyen entretienen, y si no los

oyen, dan lugar á que mientras hablan piense cada uno en su negocio.

El oidor disputó un rato muy doctamente del entendimiento, la memoria

y la imaginativa, que no es para este lugar, y todo el camino me fué

preguntando por cosas de Márcos Obregon con grande aficion. Llegamos

á Córdoba, donde fué forzoso el apartarnos, y me rogó encarecidamente

al separarnos que le dijese el deseo que tenia de conocerlo, y que

si algun tiempo fuese á Sevilla, fuese derecho á su casa. Y con esto

llegando á la puente del Guadalquivir, dividímonos cada uno por su

camino, y en habiéndonos apartado cosa de cien pasos, yo le dije recio,

que lo pudiese oir: Señor oidor, yo soy Márcos de Obregon; y picando

con toda la priesa posible, cogí el camino de Málaga ó de Gibraltar,

que á uno de estos lugares era mi viaje. El oidor quiso volver á

llamarme, y como yo me dí priesa, fué diciendo á sus criados: No en

balde me hallaba yo tan bien con la compañía de este hombre, que cierto

le he cobrado un amor, sin saber quién era, que haria cualquiera cosa

por él. Yo me avié á una de estas ciudades, de cuya templanza yo tenia

satisfaccion que para la vejez son apacibles, por el poco frio que hace

en ellas; y por la variedad que tienen consigo los puertos de mar, por

la cercanía y correspondencia que tienen con África, fuera de tener

lugares acomodados para la soledad. Llegué á Málaga en tiempo que habia

llegado el mismo dia el bergantin del Peñon, de que era capitan Juan de

Loja, muy valiente soldado, que habia recibido y dado muchas heridas á

moros y turcos, y traia una presa muy apacible. Fuíle á ver por ser muy

amigo mio, y dándonos los parabienes cada uno de la venida del otro,

me dijo que habia topado con un barco muy trabajado de una borrasca, y

habia cogido en él una doncella turca y un gentil hombre, que debian

de ser hermanos, ella muy hermosa, y el mozo de gallardo talle y algo

españolados, tanto que se habian espantado por ser nacidos en África,

é hijos de infieles. Roguéle que me los mostrase, por tenerles muy

guardados, para hacer un presente de ellos. Él me dijo: Antes, pues

habeis estado en Argel, quiero que sin veros los oigais hablar, por

ver si tratan verdad. Entró donde estaban, quedándome yo á la puerta,

y díjoles: Contadme la verdad de vuestra historia, ya que es forzoso

vuestro cautiverio, para que conforme á esto os haga el tratamiento que

merecen vuestras personas. Estaba el mozo muy triste, y la doncella

deshecha en lágrimas, suspiros y sollozos; consolándolos su amo, el

mozo dijo de esta manera: Que la privacion de la preciosa libertad nos

traiga tristes y afligidos, la misma naturaleza lo pide; que carezcamos

de nuestra tierra, padres y regalos que poseimos, por fuerza se ha

de sentir; que dejásemos hacienda, esclavos y grandeza de nuestra

voluntad, soledad nos causa; pero que no consigamos el intento á que

venimos, nos arranca el corazon del pecho.

Mi hermana y yo, que lo somos cierto, nacimos en Argel, somos hijos

de un español que del reino de Valencia se pasó á Argel. Casóse con

nuestra madre, que es turca de nacion. Es nuestro padre corsario que

trae por la mar dos galeotas suyas, con que ha hecho mucho mal á

cristianos. Entre los cautivos que robó en España, vino uno á quien

nuestro padre nos dió para maestro de la lengua y letras españolas, que

como nos encarecia tanto las cosas de su tierra, nos encendia en amor y

deseo de ver y haber lo que tanto estimaba: este esclavo español se dió

tan buena priesa en la doctrina que nos enseñó, que dentro de pocos

dias teníamos aborrecida la que habíamos mamado en la leche, y abrazada

en el corazon la del bautismo. Si yo nombraba á Jesus, mi hermana á

su madre María: no teníamos otra comunicacion sino esta. Hicimos voto

en voz de vivir y morir en la religion cristiana. Diónos palabra este

esclavo de buscar modo cómo nos bautizásemos. Han pasado ocho años que

fué á su tierra, y al cabo de estos nos dijeron que en saliendo de

Argel lo habian cautivado las galeras de Génova, y le habian muerto

entendiendo que era nuestro padre. Desconfiados ya de su aviso ó

venida, determinamos de buscar por otra parte remedio. En este tiempo,

como ya mi hermana tenia edad para tomar estado, y yo era el mayorazgo

de aquella hacienda, concertó nuestro padre con un turco muy rico, que

tenia hijo é hija de nuestra edad, de trocar y casar hijo con hija, é

hija con hijo, y habia sido este deseo general en todo Argel, porque

aunque tenia mi hermana y yo libertad con riqueza, nunca nos vió nadie

con resabios de tales, que si bien éramos estimados, ella por su mucha

hermosura, y yo por sucesion de mi hacienda, nunca nos empeció que

olvidásemos la libertad cristiana que nos enseñó nuestro maestro, y por

brevedad de nuestras desdichas, viendo tan cerca nuestros casamientos

por donde habíamos de borrar de nuestra alma los ardientes deseos que

conservábamos en el pecho; mi hermana y yo aguardamos á que nuestro

padre hiciese una jornada hácia levante para traer alguna presa con que

enriquecer más nuestro nuevo estado, y en echando las galeotas al agua,

nos fuimos á una heredad, y comunicando el caso con cuatro esclavos

españoles, dos turcos, y seis italianos prácticos en toda la costa de

España; y estando mi madre segura y descuidada, por estar mi hermana en

mi compañía, cogimos al anochecer un barco, y con todo el silencio del

mundo, batiendo los remos fuertemente, nos dimos tan buena priesa, que

al amanecer descubrimos la costa de Valencia; pero yendo con esta buena

suerte, nos vino un viento de hácia levante que nos hizo bajar la vela,

y nos echó hácia poniente con tanta furia, que no fuimos señores del

barco, porque venian sobre nosotros tan levantados montes y breñas de

agua, que mil veces nos vimos debajo de las olas sumergidos; y como yo

y mis criados llevábamos el cuidado puesto más en salvar á mi hermana

que á nosotros propios, una vez esperando un peñasco de agua que venia

á tragarnos, tendióse ella de bruces sobre el suelo del barco, y á

cuatro que se pusieron á resistir la fuerza por que no llegase á ella,

se les sorbió la ola, y nunca más parecieron. Rendímonos á lo que el

cielo ordenase despues de haber atado á mi hermana, de suerte que no se

la llevasen las olas aunque padeciese naufragios el barco, y á los que

llevaban los remos en las manos, se los arrancó de ellas el soberbio

viento, dejándoles los brazos mancos. Yo, visto que solo Dios podia

socorrernos, mandéles que no hiciesen defensa, porque el barco sobre

aquellas poderosas olas, andaba como cáscara de nuez, siempre encima,

aunque una vez, viendo que se volvia boca arriba, yo me abracé con mi

hermana, que me valió la vida, porque á los demás que iban sueltos los

voló, sino fueron á dos que se asieron á los dos bordes del barco.

Vino á sosegarse un poco el viento, pero las olas movidas del levante

inexorable quedaron por dos dias en su fuerza, andando sin gobierno

cinco ó seis dias, sin poder comer lo poco que nos habia quedado: como

no tenia remos, ni quien los gobernase, acordéme que aquel nuestro ayo

ó esclavo nos dijo, que los que se encomendaban á Dios, tomando el

sagrado bautismo, habian de pasar los trabajos con mucha paciencia y

esperanza; y consolámonos con esto. Mi hermana vuelta en sí comenzó

con muchas veras á rezar en un rosario que le habia dejado Márcos de

Obregon, que así se llamaba nuestro maestro, y en esto descubrimos

vuestro barco, no con intento de ponernos en defensa, que aquellos dos

turcos que vuestro valeroso brazo mató, los traíamos ya con celo de

bautizarse: llegamos á tierra de cristianos, donde suplicamos á Dios

nos dé paciencia y nos cumpla nuestro deseo. Acabó su razonamiento,

y la hermana no el llanto que habia comenzado desde el principio del

cuento. El capitan, piadoso y enternecido, les dijo: Si lo que habeis

contado con tanta terneza es verdad, yo os daré libertad y todas las

joyas que tengo vuestras, y les dijo: ¿Conocereis á Márcos de Obregon

si lo veis? Respondió la doncella: ¿Cómo lo habemos de ver si es

muerto? Dijo el capitan: Salid afuera, y mirad si es alguno de los

hombres que están ahí. Alborotáronse confusos entre esperanza y temor,

y la doncella con mayor turbacion, porque el amor hizo memoria de lo

pasado, y la religion le facilitó su ardiente deseo de ver á quien los

habia enseñado; salieron afuera, y en viéndome se arrojaron á mis piés,

llamándome padre, maestro y señor; quedé en éxtasis por algun espacio

sin poder hacer otra accion sino admirarme, afirmando que cuanto habian

contado era verdad: en sosegándome de la súbita alteracion, lloré

tiernamente con ellos, que tambien el contento tiene sus lágrimas

piadosas, como el pesar congojosas: el capitan quedó espantado del

caso, y habiéndoles consolado con sus palabras y mi presencia, les

dijo: No quiera Dios que yo cautive á cristianos; libertad teneis,

y vuestras joyas, de que yo he sido no poseedor, sino depositario

veislas aquí (entre las cuales ví un rosario que yo le habia dado á la

doncella), usad de la libertad cristiana, pues tan venturosos habeis

sido en llegar á ejecutar vuestro soberano intento. La alegría que yo

sentí en ver aquellas dos prendas, que en mis trabajos y cautiverio

me alentaron y consolaron, me volvió, si se puede decir, á la mocedad

pasada: que el pecho con alegría entretiene la vida; y la alegría

fundada en bien, engendra paz en el alma. Hablé grandes ratos con

ellos de mis trabajos y sus consuelos, que siendo pasados, bien pueden

traerse á la memoria, pues causan, á la medida del pasado mal, la

presente alegría. Los virtuosos mozos cobraron tanta en verme, que se

les borró del rostro la tristeza del trabajo pasado. Dimos órden en su

vida con ayudarles á cumplir lo que tanto deseaban; y fué la mudanza

de sus acciones exteriores tan conocida, que nos dió ejemplo de vida á

todos. Aviáronse á Valencia á conocer los parientes de su padre, donde

vivieron con tanto consuelo del alma, que tuve nueva que acabaron sus

vidas con grande ejemplo de virtud cristiana.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 84 / 101 题