Y para cortar razones, llegué á la Sauceda, donde lo primero que
encontré fueron tres vaqueros con muy largas escopetas, que me dijeron:
Apéese del macho. Yo les repliqué: Mejor me hallo á caballo que á pié.
Pues si tan bien se halla, dijeron ellos, cómprenoslo. Eso seria, dije
yo, quedar sin macho y sin los dineros que no tengo. ¿Quién son vuesas
mercedes, que me venden el macho que yo compré en Madrid? Despues lo
sabrá, respondieron, y ahora apéese. Cierto, dije yo, que me huelgo,
porque no he visto más mala bestia en mi vida, maliciosa, ciega y llena
de esparavanes, y con más años acuestas que una palma vieja, tropieza
cada momento, y se arroja en el suelo sin pedir licencia; solo una
cosa tiene buena, que si le ponen un alcalí de cebada no se moverá
hasta tener sed. Pues con todas estas faltas lo queremos, dijeron. Al
fin me bajé de ella, y rindiéndoles las faldriqueras, como no hallaron
substancia en ellas, dijeron que habian de desollar al macho, y meterme
en el pellejo si no les daba dineros. ¿Pues soy yo cofre, les dije,
que me quieren aforrar del pellejo del macho? ¿ó quieren abrigarme
por el frio que me ha causado el temor de ver las escopetas? Con el
buen ánimo que conocieron en mí, se desenconaron del ruin que ellos
tenian; y porque al mismo tiempo venian otros cinco ó seis furiosos
por asir á un hombre que se defendia de ellos valerosamente, dando y
recibiendo heridas, á los cuales mandó su caudillo que no le matasen,
porque tan valiente hombre seria bueno para su compañía; mas él, con
valeroso pecho, dijo que no queria sino que le matasen si pudiesen.
¿Por qué? preguntó su cabeza, aquietándoles y sosegando á él. Porque
á quien tal desdicha como á mí le ha sucedido, no há menester vivir.
Miré al hombre, y pareciéndome que era el doctor Sagredo, á quien yo
habia comunicado en Madrid, aunque con trage diferente, porque él era
médico, y allí venia como soldado desgarrado, pero siempre hombre muy
de hecho, y así no me determiné en que fuese él mismo. Sosegáronse, y
él con grandes ansias reprehendia la piedad de los salteadores porque
no le mataron, y con ardientes suspiros clamaba al cielo, diciendo:
¡Oh rigores de las estrellas, desdichas entrañables solamente mias,
mudanzas de fortuna, planetas verdugos de mi quietud y sosiego, que
habiéndome librado de tan inmensos peligros por mares y tierras no
conocidas, me viniese á tragar la furia del mar mi dulce compañía,
mi regalada esposa, despues de haberme seguido y acompañado en tan
importunos trabajos, y que fuese yo tan para poco que no me arrojase
en las levantadas olas para acompañar en la muerte á quien me acompañó
en la vida! Tantas ternezas dijo, que movió á compasion á la más
mala canalla que habia en el mundo en aquel tiempo, que en hábito de
vaqueros andaban trescientos hombres robando y salteando á quien no
se defendia, y matando á quien se defendia. Juntáronse á consejo cosa
de ciento que se hallaron allí con el caudillo, para tratar de cierta
sospecha que traian de que Su Magestad queria remediar aquel fuego que
se iba encendiendo con tan exorbitantes daños como se descubrian en
toda la Andalucía á cada momento, y juntamente sentenciar qué habian de
hacer de muchos que tenian en cuevas presos. Y entretanto nos pusieron
al doctor Sagredo y á mí con otros dos en una cueva, fácil para entrar,
y para salir imposible, aunque tenia bastante claridad, que por entre
la espesura de los encumbrados árboles entraba en la cueva. Y viéndome
en aquella afliccion, por no estar en triste silencio, le pregunté:
Señor, ya que estamos en un trabajo, y padeciendo un mismo agravio, os
suplico me digais si sois el doctor Sagredo. Alborotóse, y replicóme:
¿Quién sois vos que me lo preguntais, y dónde me conocísteis? Yo soy,
le respondí, Márcos de Obregon. No lo acabé de pronunciar, cuando
echándome los brazos al cuello, me dijo: ¡Ay padre de mi alma! ya
murió vuestra querida y regalada; ya murió mi amada esposa; ya murió
doña Mergelina de Aybar; ya murió todo mi bien y mi compañía. Ya no
soy el doctor Sagredo, sino una sombra del que solia, hasta que llegue
la disolucion de este miserable cuerpo. ¡Ay mi consejero leal, y cuán
mal me aproveché de vuestra doctrina para verme ahora en la soledad
que me aflige y atormenta el alma, si no es que el inmenso Dios, tras
tantos infortunios, sea servido de ponerme en esta mazmorra con vuestra
compañía para que muera con algun alivio y refrigerio, que despues que
de ella me aparté, se apartó de mí todo lo que podia estarme bien!
¿Pues cómo y cuándo, dije yo, y dónde murió aquella prenda tan amada
vuestra, y alabada por su hermosura de todo el mundo? Ninguna fuerza
pudiera haber tan grande para mí en lo descubierto como la vuestra para
contar desdichas, y que tanto me atormentan la memoria. Pero pues no
sabemos el fin que nos está guardado en esta esquiva prision, y estando
tan cierto que renovar mis desventuras á quien las ha de sentir, y no
burlarse de ellas, puede aligerar tan pesada carga, tomaré el principio
de lo que lo fué de mi total ruina.
[Ilustración]
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