DESCANSO XVIII.

Y para cortar razones, llegué á la Sauceda, donde lo primero que

encontré fueron tres vaqueros con muy largas escopetas, que me dijeron:

Apéese del macho. Yo les repliqué: Mejor me hallo á caballo que á pié.

Pues si tan bien se halla, dijeron ellos, cómprenoslo. Eso seria, dije

yo, quedar sin macho y sin los dineros que no tengo. ¿Quién son vuesas

mercedes, que me venden el macho que yo compré en Madrid? Despues lo

sabrá, respondieron, y ahora apéese. Cierto, dije yo, que me huelgo,

porque no he visto más mala bestia en mi vida, maliciosa, ciega y llena

de esparavanes, y con más años acuestas que una palma vieja, tropieza

cada momento, y se arroja en el suelo sin pedir licencia; solo una

cosa tiene buena, que si le ponen un alcalí de cebada no se moverá

hasta tener sed. Pues con todas estas faltas lo queremos, dijeron. Al

fin me bajé de ella, y rindiéndoles las faldriqueras, como no hallaron

substancia en ellas, dijeron que habian de desollar al macho, y meterme

en el pellejo si no les daba dineros. ¿Pues soy yo cofre, les dije,

que me quieren aforrar del pellejo del macho? ¿ó quieren abrigarme

por el frio que me ha causado el temor de ver las escopetas? Con el

buen ánimo que conocieron en mí, se desenconaron del ruin que ellos

tenian; y porque al mismo tiempo venian otros cinco ó seis furiosos

por asir á un hombre que se defendia de ellos valerosamente, dando y

recibiendo heridas, á los cuales mandó su caudillo que no le matasen,

porque tan valiente hombre seria bueno para su compañía; mas él, con

valeroso pecho, dijo que no queria sino que le matasen si pudiesen.

¿Por qué? preguntó su cabeza, aquietándoles y sosegando á él. Porque

á quien tal desdicha como á mí le ha sucedido, no há menester vivir.

Miré al hombre, y pareciéndome que era el doctor Sagredo, á quien yo

habia comunicado en Madrid, aunque con trage diferente, porque él era

médico, y allí venia como soldado desgarrado, pero siempre hombre muy

de hecho, y así no me determiné en que fuese él mismo. Sosegáronse, y

él con grandes ansias reprehendia la piedad de los salteadores porque

no le mataron, y con ardientes suspiros clamaba al cielo, diciendo:

¡Oh rigores de las estrellas, desdichas entrañables solamente mias,

mudanzas de fortuna, planetas verdugos de mi quietud y sosiego, que

habiéndome librado de tan inmensos peligros por mares y tierras no

conocidas, me viniese á tragar la furia del mar mi dulce compañía,

mi regalada esposa, despues de haberme seguido y acompañado en tan

importunos trabajos, y que fuese yo tan para poco que no me arrojase

en las levantadas olas para acompañar en la muerte á quien me acompañó

en la vida! Tantas ternezas dijo, que movió á compasion á la más

mala canalla que habia en el mundo en aquel tiempo, que en hábito de

vaqueros andaban trescientos hombres robando y salteando á quien no

se defendia, y matando á quien se defendia. Juntáronse á consejo cosa

de ciento que se hallaron allí con el caudillo, para tratar de cierta

sospecha que traian de que Su Magestad queria remediar aquel fuego que

se iba encendiendo con tan exorbitantes daños como se descubrian en

toda la Andalucía á cada momento, y juntamente sentenciar qué habian de

hacer de muchos que tenian en cuevas presos. Y entretanto nos pusieron

al doctor Sagredo y á mí con otros dos en una cueva, fácil para entrar,

y para salir imposible, aunque tenia bastante claridad, que por entre

la espesura de los encumbrados árboles entraba en la cueva. Y viéndome

en aquella afliccion, por no estar en triste silencio, le pregunté:

Señor, ya que estamos en un trabajo, y padeciendo un mismo agravio, os

suplico me digais si sois el doctor Sagredo. Alborotóse, y replicóme:

¿Quién sois vos que me lo preguntais, y dónde me conocísteis? Yo soy,

le respondí, Márcos de Obregon. No lo acabé de pronunciar, cuando

echándome los brazos al cuello, me dijo: ¡Ay padre de mi alma! ya

murió vuestra querida y regalada; ya murió mi amada esposa; ya murió

doña Mergelina de Aybar; ya murió todo mi bien y mi compañía. Ya no

soy el doctor Sagredo, sino una sombra del que solia, hasta que llegue

la disolucion de este miserable cuerpo. ¡Ay mi consejero leal, y cuán

mal me aproveché de vuestra doctrina para verme ahora en la soledad

que me aflige y atormenta el alma, si no es que el inmenso Dios, tras

tantos infortunios, sea servido de ponerme en esta mazmorra con vuestra

compañía para que muera con algun alivio y refrigerio, que despues que

de ella me aparté, se apartó de mí todo lo que podia estarme bien!

¿Pues cómo y cuándo, dije yo, y dónde murió aquella prenda tan amada

vuestra, y alabada por su hermosura de todo el mundo? Ninguna fuerza

pudiera haber tan grande para mí en lo descubierto como la vuestra para

contar desdichas, y que tanto me atormentan la memoria. Pero pues no

sabemos el fin que nos está guardado en esta esquiva prision, y estando

tan cierto que renovar mis desventuras á quien las ha de sentir, y no

burlarse de ellas, puede aligerar tan pesada carga, tomaré el principio

de lo que lo fué de mi total ruina.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 86 / 101 题