DESCANSO X.

Yo no me arrojé tanto á la navegacion por saber qué viaje habia de

llevar, como por huir de aquella embustera y su traga sangre: y así me

fué forzoso alargar mi viaje más de lo que convenia para disponer mi

camino para donde mejor me estuviera. Topéme entre los pasajeros uno

que dijo que iba huyendo porque le habian levantado un testimonio muy

pesado, y que habia puesto agua en medio en tanto que ó se averiguaba

la verdad, ó se deshacia el mal nombre que habia cobrado. Tengo, le

dije, por yerro notable volver el rostro y dejar las espaldas que

reciban los agravios y heridas, cuyos golpes han de dejar cardenales

irreparables. Que en tanto que parece la presencia del agraviado, cada

uno quiere más poner duda en el caso, que no arrojarse á manchar la

reputacion ajena. Y para la averiguacion de los delitos, el mayor y más

evidente testigo es huir el rostro. En poco estima su opinion quien no

teme las heridas de la lengua ausente. No hay hombre tan ajustado que

no tenga algun émulo, y por no dar lugar á las asechanzas de este no

se ha de apartar de su vista, que los mal intencionados de cualquiera

átomo toman ocasion para emponzoñar las intenciones del mundo, contra

quien desean ver fuera de él. Con estas y otras cosas que le dije le

persuadí á que se volviese á Venecia, que me importó algo; porque

desembarcando en el primer pueblo que vimos, por ir costeando, me hallé

cerca de Lombardía, de donde yo tomé la derrota de Génova, y él la

de Venecia, que por el buen consejo dejé de rodear más de doscientas

leguas que hay por agua desde Venecia á Génova, adonde pensé hallar á

D. Fernando de Toledo, el tio; pero habiendo pasado adelante, me dí

aquella noche, aunque borrascosa, tan buena priesa, que le alcancé en

Saona al tiempo que se queria partir. Fuí recibido alegremente, que lo

habia muy bien menester por la melancolía que traia conmigo, nacida

de una perpétua enfermedad de corrimientos, que siempre me han traido

corrido, á las partes hipocondríacas. Venimos la vuelta de España,

dejando á la mano derecha la costa del Piamonte y Francia, poco seguro

entonces por las compañías que andaban de gente perdida, gobernada

por su antojo y voluntad, fuera de la de su rey. No tomábamos puerto

para lo necesario sino en las riberas que más cómodas parecian para

asentar el rancho, dejando á buen recaudo once falúas en que veníamos.

Comíamos, y buscábamos agua y leña.

Yo habia sacado de Génova una bota de diez azumbres de muy gentil vino

griego, que me hizo gran compañía y amistad hasta llegar á las pomas

de Marsella, que son unos montones muy altos y pelados, sin yerba,

ni cosa verde, estériles de árboles, y de todo lo demás que puede

dar gusto á la vista. Pues llegando á este paso, porque no fuese sin

trabajo la jornada, siendo mi falúa la postrera, encalló muy cerca

de estas pomas, en una que del batidero de las olas tenia hecho un

poyo ó bancal bien largo. Así como encalló dijo el arraez: Perdidos

somos. Yo como sabia nadar, y ví cerca donde podia ampararme, quitéme,

y arrojé una saltambarca que traia, y púseme al cuello como tahalí la

bota, que ya llevaba poca substancia, y á cuatro ó seis brazas llegué

al poyo de la poma; entretanto desencalló la falúa, y fuéronse los

marineros no haciendo más caso de mí que de un atún: y aunque les dí

voces, ó no las oyeron por el ruido de las olas, ó no las quisieron

oir por no ir contra su natural costumbre, que es ser impíos, sin amor

y cortesía, tan fuera de lo que es humanidad como bestias marinas

agenas de caridad. Yo me hallé perdido y sin esperanza de consuelo,

sino era de Dios y del ángel bendito de la guarda; considerando qué

habia de ser de mí sino era que acaso pasaba por allí algun bajel ó

barco que me socorriera en tan apretada necesidad. Estuve desde las

ocho de la mañana hasta las dos de la tarde esperando si pasaba quien

me pudiera socorrer, teniendo confianza que aquel gran caballero se

habia de compadecer de mi trabajo; pero los marineros fueron tan

crueles bestias que le dijeron que me habia ahogado. Yo de cuando en

cuando me alentaba con mi bota, hasta tomar determinacion en lo que

habia de hacer. Resolvíme de entregarme á la tiranía del mar, bestia

insaciable y fiera cruel, y para esto desnudéme de un coleto de muy

gentil cordoban, y con la punta de la daga, y dos docenas de agujetas

que traigo siempre que camino, cogílo por la delantera, falda, brahones

y cuello tan estrechamente, que pude hincharlo sin que el viento se

saliese. Vacié la bota del santo licor que habia quedado, y hinchándola

muy bien, hizo contrapeso al coleto. Hice la misma diligencia con

las botas enceradas, que asidas de las ligas, ayudaban tambien á

sustentar. Descalcéme los valones, porque el agua se habia de colar

por las faltriqueras, y quedéme con solo el jubon y camisa, porque

siendo de gamuza no se rendiria tan presto á la humedad. Y puesto de

esta manera, y acordándome que los caminos guiados por Dios son los

acertados, le dije de esta manera: Inmenso Dios, principio, medio y

fin sin fin de todas las cosas visibles é invisibles, en cuya magestad

viven y se conservan los ángeles y los hombres, universal fabricador

de cielos y elementos, á tí que tantas maravillas has usado en este

con tus criaturas, y que al bienaventurado Raymundo, estribando en

solo su manto, por tantas leguas de agua guiaste á salvamento, y en

este mismo lugar á los marineros que se iban tragando las indomables

olas, con solo un ruego de tu siervo Francisco de Paula, aquietándolas,

libraste de la muerte que ya tenian tragada: por el nacimiento, muerte

y resurreccion de tu sacrificado Hijo, Redentor nuestro, te suplico que

no permitas que yo muera fuera de mi elemento. Y luego dije al santo

ángel de mi guarda: Ángel mio, á quien Dios puso para guarda de este

cuerpo y alma, suplícote por el que te crió y me crió, que me guies y

ampares en este trabajo. Y dichas estas palabras, y asido muy bien de

mi barco, me arrojé con muy gentil brazo sobre el coleto y la bota,

comenzando á usar de mis cuatro remos valerosísimamente, no de manera

que me cansase, porque como llevaba el barco de viento, iba braceando

poco á poco de modo que no se rindiese la fuerza al cansancio. No osaba

imaginar en la profundidad de agua que llevaba debajo de mí, por no

desalentarme, ni osaba pararme, porque bien sabia yo que mientras el

cuerpo hace movimiento no le acometen los hambrientos animales marinos:

y si alguna vez sentia flaqueza en los remos, tendíalos sobre el agua:

fiando lo demás del barco, que alguna vez me consolaba con la fragancia

que salia de la bota, que iba muy cerca de las narices: comenzaba

á rezar, pero dejábalo, porque me faltaba la respiracion, que para

semejante conflicto es muy necesaria. Anduve una hora, ya descansando,

ya navegando, hasta que comenzó á refrescar un viento que venia de

África, y me traia hácia la tierra, que me era forzoso resistirlo,

porque no diese conmigo en una poma de las que tengo dichas, y me

hiciese pedazos. Pero estando en este último peligro descubrí una

caleta, con que respiré con nuevo aliento, y caminando ó navegando

hácia ella, el mismo viento meridional me ayudó milagrosamente. Ya que

llegaba tan cerca que descubrí muy bien toda la caleta, ví á la orilla

de ella un hombre merendando, que me dió nueva fuerza con verle, y que

comia. Pero de la misma manera que yo me alegré y esforcé con verle,

él se espantó de mí, entendiendo que fuese alguna ballena ó mónstruo

marino. Vino una ola tan grande, que me llevó tan cerca de la caleta

que hice pié, y al mismo punto el hombre espantado echó á huir á la

tierra adentro. Y un lebrel que con él estaba saltó al agua contra

mí, y lo pasara mal si no fuera por la daga, que siempre me acompañó,

porque picándole con ella saltó en tierra, y fuése huyendo tras su

amo. En las caletas siempre está sosegada el agua, y como yo hacia

pié salí á tierra, hinqué las rodillas ambas en ella, dando gracias

á la primera causa: pero puestos los ojos en la merienda que el otro

habia dejado, miréme con mi bota y coleto, cosidos con el jubon y las

botas enceradas, que tambien hacian su figura, y no me espanté que me

tuviera por cosa mala. Arremetí con un pedazo de pan y otro de queso,

que habia dejado con un jarro de vino, y sacando el vientre de mal año,

juraré que en mi vida comí cosa que más bien me supiese. Pero estando

con el jarro en la boca, vinieron diez ó doce hombres, _cum fustibus

et armis_, que los habia movido el huidor, á matar la ballena, y como

no la hallaron, preguntáronle al buen hombre que dónde estaba, y á mí

si la habia visto. Él quedó confuso, yo respondí en italiano, que no

osé en español, que allí no habia llegado ballena, ni otra cosa que

pudiese parecerlo, sino yo del modo que me veian, y que aquel hombre

habia huido por dejarme la merienda. Riéronse de él, diéronle matraca,

llamándole borracho y otras cosas en lengua francesa, con que rieron

harto, y á mí me tuvieron lástima de verme tan mojado y desnudo. En el

mismo tiempo venia una falúa con doce remos, por mandado del maestre de

campo á buscarme, porque les dijo que habia de ahorcar al arraez si no

me llevaban vivo ó muerto.

Híceles señas con la bota, que era la mayor que yo podia dar para

mi conocimiento y su gusto, y luego dieron la vuelta á la caleta,

adonde me hallaron puesto el sol, más afligido que perro manteado,

temblando y encogido. Echáronme en la falúa, todos admirados de verme

vivo habiendo pasado tal trabajo en tantos años de edad, que ya tenia

cerca de cincuenta. Lleváronme á Marsella, donde aquel gran caballero,

amado y conocido de todo el mundo, me acarició y regaló, aunque como

aquel trabajo me cogió en años crecidos, siempre me duró, y todos los

inviernos me resiento de aquella humedad y frialdad. Parecí yo en esto

á un escarabajo que estando en compañía de un caracol, recogido por

miedo del agua, confiado en sus alillas se determinó de volar á buscar

lo enjuto, y levantándose, dijo el caracol: Allá lo vereis, y le dió

una gota gruesa, y lo arrojó en el arroyo de la creciente: confiando

yo en que sabia nadar y los otros no, arrojéme al charco de los

atunes, como dice D. Luis de Góngora, donde me pudiera suceder lo que

al escarabajo, si Dios no lo remediara, que para una bestia tan cruel

y desleal como el mar no aprovecha saber nadar: que echarse un hombre

en el mar es echarse un mosquito en la laguna Urbion. Los animales de

la tierra están enseñados á tratar con un elemento fiel, amigable,

suave y apacible, que donde quiera da acogida, y sustenta al cansado;

pero el mar ingrato, tragador de los bienes de la tierra, sepultura

perpétua de lo que en él se esconde, que se sale á la tierra á ver si

puede llevarse adentro lo que está en la orilla; hambriento animal de

todo lo que puede alcanzar, asolador de ciudades, islas y montañas,

envidioso enemigo de la quietud, verdugo de vivos y despreciador de

muertos, y tan avariento que estando lleno de agua y de peces mueren en

él de sed y de hambre, ¿qué puede hacer, sino destruir á quien de él

se fiare? y así parece que con sola la mano de Dios puede hacerse lo

que estos dias pasados sucedió en la toma de la Mámora á don Lorenzo

y al capitan Juan Gutierrez; á éste que nadando, y sin ayuda, y con

muchos años acuestas, quitó á cinco moros un barco en que iban; y á D.

Lorenzo, que habiendo nadado toda la noche, azotado de las levantadas

olas, llegando al barco donde pudiera descansar de tan inmenso trabajo,

alentándose con fuerzas sobrenaturales, dijo: que no queria entrar en

el barco porque recogiesen á otros que venian atrás más necesitados que

él, y pasó adelante. Caso es pocas veces ó ninguna visto. Yo llevé mi

trabajo, y una reprehension por el atrevimiento, porque la confianza me

pudo costar la vida; que yo realmente por mostrar que sabia nadar y que

tenia ánimo desvanecido para atreverme, fué causa de arrojarme tan sin

consideracion, aunque de las cosas tan arrebatadas da poco lugar el

discurso; pero mejor fuera aguardar la fortuna de todos que anticiparme

con la mia, que tan poco favorable me ha sido, que cuando la vanidad

engendra el atrevimiento ha de ser en los que tienen esperiencia en su

buena fortuna; ¿pero de qué importancia me podia ser á mí cobrar fama

de nadador, no siendo renacuajo ni delfin, ni habiendo de ser marinero?

ella fué vanidad, temeridad y disparate.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 78 / 101 题