DESCANSO IX.

En amaneciendo vino á visitarme, preguntándome cómo me habia hallado,

y si habia menester alguna cosa la pidiese con libertad, porque ella

iba á hacer una visita á una gran señora, y que si ella no tornaba

á comer sus criados y criadas me regalarian. No vino á comer, ni en

todo el dia pareció. Esperé hasta la noche: tampoco vino. No dejé de

tener alguna pesadumbre, dando y tomando en si podia por algun camino

ser traza ó cautela; porque ella me habia dicho que en Venecia no me

fiase de ninguna mujer, por principal que me pareciese, porque me

habian de engañar; pero considerando que aquellas señas de aquella

carta por ningun camino podian saberlas sino del mismo Aurelio, me

sosegué. Por la mañana, como no me visitó á la hora que el dia antes,

ni mucho despues, pregunté á una sirvienta de la casa si era levantada

la señora Camila, y respondióme que no habia tal mujer en aquella casa.

Repliquéle, y tornóme á responder lo mismo. Pero otro sirviente, que

debia de estar hablado, acudió, y preguntóme que le queria, qué estaba

en cierta visita de una señora enferma. Fingí que me sosegaba con eso,

y preguntándole al otro sirviente á solas si era aquella casa suya,

me respondió que no sabia más de que habia alquilado aquella sala

para un gran caballero español. Callé, y fuíme á la primera posada á

preguntar si conocian aquella señora que me habia venido á buscar, ó

si sabian dónde vivia, y respondióme uno muy presto: Quien os podrá

decir su casa mejor que nadie es el que vino aquí con vos, que es con

quien enviasteis el caballo, porque él venia con ella mostrándole

vuestro alojamiento; y esa que vos teneis por gran señora es una ramera

que vive de hacer estafas y engaños. Sin replicar más palabras me

salí desesperado de verme despojado de mis dineros, joyas y papeles

con la bellaquería del que habia venido conmigo, que le habia dado

las señas de lo que traia, por donde fingió la carta que me mostró:

pero visto que ella misma me habia avisado del engaño que me habia de

hacer, reportéme, y fuí á ver si podia reparar el daño á la posada

donde ella me habia llevado. Y preguntándole al mozo que habia vuelto

por ella si habia venido la señora Camila, me respondió: Señor, aquí

vino ahora, y como no os halló se tornó á la enferma, pero mirad si

la quereis algo, que yo la iré á llamar. Quiérola, respondí yo, para

que me dé unos papeles en que están las señas de mi persona, porque

tengo aquí una póliza de doscientos escudos que cobrar de un cambio, y

sin este papel que digo no se pueden cobrar. Dijo el sirviente: Pues

yo iré en un instante á avisarle de eso. Mientras él iba yo fingí la

póliza con las señas que en el pasaporte que traia de Milan venian.

Apenas acabé de escribir la póliza, cuando vino mi señora doña Camila

desalada, pensando coger los doscientos escudos con todos los demás:

y es de creer que habria visto ya papel de las señas él, pues estaba

en su poder, y tendria otra llave del cofrecito. Díjole mi recado, y

saqué la póliza del seno, y en mostrándosela envió á una criada por el

cofrecillo; torné de muerto á vivo, y díjele á la señora que me buscase

un caballero á quien diese poder para cobrar aquella póliza, porque no

queria que el embajador de España me la viese, porque me conocia. Ella

me trujo luego un rufianazo suyo, muy bien puesto, diciendo que era un

caballero muy principal. Díjele que trujese un escribano para darle el

poder; y la señora Camila, por más favorecerme, dijo que queria que

fuese de su mano. Fueron por él, y entretanto yo cogí mi cofrecillo,

y fuí á buscar un barco en que acogerme. Dejélo concertado, y volví á

la posada, donde hallé á la señora, y al rufo, y al escribano; díles

el poder y la póliza, y el papel de las señas, con que quedaron muy

contentos, y yo mucho más: y porque ya era de noche, les supliqué que

se cobrasen muy de mañana aquellos doscientos escudos, porque queria

hacer un gran servicio á la señora Camila. Fuí á pagar al escribano, y

no me lo consintió. Fuéronse, y yo torné á suplicarles que fuese luego

por la mañana la cobranza con mucho encarecimiento: diéronme la palabra

que á las ocho estaria cobrado.

Al salir de la calle asoméme, para en saliendo ellos salir tambien

yo. Volvió el gayan la cabeza, riéndose de la burla que me hacia,

y como me vieron, torné de nuevo á encomendarles la brevedad de la

cobranza, de que ellos se rieron mucho, porque como antes le habia

dado el cofrecillo con sencillez, creyeron que todo fuera así. En

trasponiendo la calle cogí mi cofrecillo debajo de la capa, y fuíme á

mi embarcacion; no habia andado treinta pasos cuando me encontró aquel

sirviente que andaba en favor de la señora Camila, y preguntándome

que á dónde iba con tal priesa, respondíle que iba á llevar aquel

cofrecillo á la señora, que se acababa de apartar de mí por aquella

calle abajo; y señaléle una calle por donde, aunque anduviera toda

la noche, no toparia con ella. Dijo: Pues yo iré á avisarla de ello,

vuélvase á la posada. Él fué por su calle, y yo derecho al barco

que me estaba aguardando, con tan buenos alientos, que amanecimos

treinta leguas de Venecia, y contando á los pasajeros algo de lo que

me habia pasado, dieron en quién podia ser por el modo del engaño y

el artificio de que usó; pero cuando supieron que habia gastado en

regalarme su dinero, holgaron de saberlo para publicarlo en Venecia.

No supe si echaria la culpa á mi facilidad en creer, ó la fuerza

de su engaño en decir, porque aunque es verdad que es dificultoso

librarse de una cautela engendrada de una verdad clara y evidente, con

todo eso arguye liviandad el arrojarse luego á creerla; pero es tan

poderoso el embeleco de una mujer hermosa y bien hablada, que con menos

circunstancias me pudiera engañar. La facilidad en creer es de pechos

sencillos, pero sin experiencia, especialmente si la persuasion va

encaminada á provecho nuestro, que en tal caso fácilmente nos dejamos

engañar. Yo me ví rematado y perdido, no sintiendo tanto el agravio

de la persona como la falta del dinero, que tanta me habia de hacer;

y así no fué el ingenio quien me dió la traza, sino la necesidad, por

verme pobre y en tierra agena, y que ningun camino lícito y fácil

podia deshacer mi agravio, sino por otro engaño semejante ó peor. Mas

Dios me libre de una mentira con tantas apariencias de verdad, que es

menester ayuda del cielo para conocerla, y no rendirse á darle crédito.

Aunque mirándolo bien, ¿qué conocimiento, ó qué prendas de amistad ó

amor habian precedido entre aquella mujer y yo para que tan fácilmente

gastase conmigo su hacienda, y para que yo me persuadiese á que habia

sencillez en aquel trato? La resolucion de esto es que yo tengo por

sospechosos ofrecimientos y caricias de gente no conocida. Y es yerro

sujetarse á obligaciones cuyo principio no tiene fundamento; y así es

lo más cierto en semejantes ofrecimientos agradecer sin aceptar, que

el mayor contrario que un engaño tiene es no rechazarlo con darlo á

entender, sino en entendiéndolo, echarlo á buena parte, que el trato

apacible señorea todo lo que quiere. Y dos cosas hallo que grangean

la voluntad general y encubren las faltas de quien las usa, que son

cortesía y liberalidad, que ser un hombre pródigo de buenas cortesías

y palabras amorosas, y no miserable de su hacienda, siempre engendra

buena sangre y mucho amor en los que le tratan.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 77 / 101 题