En amaneciendo vino á visitarme, preguntándome cómo me habia hallado,
y si habia menester alguna cosa la pidiese con libertad, porque ella
iba á hacer una visita á una gran señora, y que si ella no tornaba
á comer sus criados y criadas me regalarian. No vino á comer, ni en
todo el dia pareció. Esperé hasta la noche: tampoco vino. No dejé de
tener alguna pesadumbre, dando y tomando en si podia por algun camino
ser traza ó cautela; porque ella me habia dicho que en Venecia no me
fiase de ninguna mujer, por principal que me pareciese, porque me
habian de engañar; pero considerando que aquellas señas de aquella
carta por ningun camino podian saberlas sino del mismo Aurelio, me
sosegué. Por la mañana, como no me visitó á la hora que el dia antes,
ni mucho despues, pregunté á una sirvienta de la casa si era levantada
la señora Camila, y respondióme que no habia tal mujer en aquella casa.
Repliquéle, y tornóme á responder lo mismo. Pero otro sirviente, que
debia de estar hablado, acudió, y preguntóme que le queria, qué estaba
en cierta visita de una señora enferma. Fingí que me sosegaba con eso,
y preguntándole al otro sirviente á solas si era aquella casa suya,
me respondió que no sabia más de que habia alquilado aquella sala
para un gran caballero español. Callé, y fuíme á la primera posada á
preguntar si conocian aquella señora que me habia venido á buscar, ó
si sabian dónde vivia, y respondióme uno muy presto: Quien os podrá
decir su casa mejor que nadie es el que vino aquí con vos, que es con
quien enviasteis el caballo, porque él venia con ella mostrándole
vuestro alojamiento; y esa que vos teneis por gran señora es una ramera
que vive de hacer estafas y engaños. Sin replicar más palabras me
salí desesperado de verme despojado de mis dineros, joyas y papeles
con la bellaquería del que habia venido conmigo, que le habia dado
las señas de lo que traia, por donde fingió la carta que me mostró:
pero visto que ella misma me habia avisado del engaño que me habia de
hacer, reportéme, y fuí á ver si podia reparar el daño á la posada
donde ella me habia llevado. Y preguntándole al mozo que habia vuelto
por ella si habia venido la señora Camila, me respondió: Señor, aquí
vino ahora, y como no os halló se tornó á la enferma, pero mirad si
la quereis algo, que yo la iré á llamar. Quiérola, respondí yo, para
que me dé unos papeles en que están las señas de mi persona, porque
tengo aquí una póliza de doscientos escudos que cobrar de un cambio, y
sin este papel que digo no se pueden cobrar. Dijo el sirviente: Pues
yo iré en un instante á avisarle de eso. Mientras él iba yo fingí la
póliza con las señas que en el pasaporte que traia de Milan venian.
Apenas acabé de escribir la póliza, cuando vino mi señora doña Camila
desalada, pensando coger los doscientos escudos con todos los demás:
y es de creer que habria visto ya papel de las señas él, pues estaba
en su poder, y tendria otra llave del cofrecito. Díjole mi recado, y
saqué la póliza del seno, y en mostrándosela envió á una criada por el
cofrecillo; torné de muerto á vivo, y díjele á la señora que me buscase
un caballero á quien diese poder para cobrar aquella póliza, porque no
queria que el embajador de España me la viese, porque me conocia. Ella
me trujo luego un rufianazo suyo, muy bien puesto, diciendo que era un
caballero muy principal. Díjele que trujese un escribano para darle el
poder; y la señora Camila, por más favorecerme, dijo que queria que
fuese de su mano. Fueron por él, y entretanto yo cogí mi cofrecillo,
y fuí á buscar un barco en que acogerme. Dejélo concertado, y volví á
la posada, donde hallé á la señora, y al rufo, y al escribano; díles
el poder y la póliza, y el papel de las señas, con que quedaron muy
contentos, y yo mucho más: y porque ya era de noche, les supliqué que
se cobrasen muy de mañana aquellos doscientos escudos, porque queria
hacer un gran servicio á la señora Camila. Fuí á pagar al escribano, y
no me lo consintió. Fuéronse, y yo torné á suplicarles que fuese luego
por la mañana la cobranza con mucho encarecimiento: diéronme la palabra
que á las ocho estaria cobrado.
Al salir de la calle asoméme, para en saliendo ellos salir tambien
yo. Volvió el gayan la cabeza, riéndose de la burla que me hacia,
y como me vieron, torné de nuevo á encomendarles la brevedad de la
cobranza, de que ellos se rieron mucho, porque como antes le habia
dado el cofrecillo con sencillez, creyeron que todo fuera así. En
trasponiendo la calle cogí mi cofrecillo debajo de la capa, y fuíme á
mi embarcacion; no habia andado treinta pasos cuando me encontró aquel
sirviente que andaba en favor de la señora Camila, y preguntándome
que á dónde iba con tal priesa, respondíle que iba á llevar aquel
cofrecillo á la señora, que se acababa de apartar de mí por aquella
calle abajo; y señaléle una calle por donde, aunque anduviera toda
la noche, no toparia con ella. Dijo: Pues yo iré á avisarla de ello,
vuélvase á la posada. Él fué por su calle, y yo derecho al barco
que me estaba aguardando, con tan buenos alientos, que amanecimos
treinta leguas de Venecia, y contando á los pasajeros algo de lo que
me habia pasado, dieron en quién podia ser por el modo del engaño y
el artificio de que usó; pero cuando supieron que habia gastado en
regalarme su dinero, holgaron de saberlo para publicarlo en Venecia.
No supe si echaria la culpa á mi facilidad en creer, ó la fuerza
de su engaño en decir, porque aunque es verdad que es dificultoso
librarse de una cautela engendrada de una verdad clara y evidente, con
todo eso arguye liviandad el arrojarse luego á creerla; pero es tan
poderoso el embeleco de una mujer hermosa y bien hablada, que con menos
circunstancias me pudiera engañar. La facilidad en creer es de pechos
sencillos, pero sin experiencia, especialmente si la persuasion va
encaminada á provecho nuestro, que en tal caso fácilmente nos dejamos
engañar. Yo me ví rematado y perdido, no sintiendo tanto el agravio
de la persona como la falta del dinero, que tanta me habia de hacer;
y así no fué el ingenio quien me dió la traza, sino la necesidad, por
verme pobre y en tierra agena, y que ningun camino lícito y fácil
podia deshacer mi agravio, sino por otro engaño semejante ó peor. Mas
Dios me libre de una mentira con tantas apariencias de verdad, que es
menester ayuda del cielo para conocerla, y no rendirse á darle crédito.
Aunque mirándolo bien, ¿qué conocimiento, ó qué prendas de amistad ó
amor habian precedido entre aquella mujer y yo para que tan fácilmente
gastase conmigo su hacienda, y para que yo me persuadiese á que habia
sencillez en aquel trato? La resolucion de esto es que yo tengo por
sospechosos ofrecimientos y caricias de gente no conocida. Y es yerro
sujetarse á obligaciones cuyo principio no tiene fundamento; y así es
lo más cierto en semejantes ofrecimientos agradecer sin aceptar, que
el mayor contrario que un engaño tiene es no rechazarlo con darlo á
entender, sino en entendiéndolo, echarlo á buena parte, que el trato
apacible señorea todo lo que quiere. Y dos cosas hallo que grangean
la voluntad general y encubren las faltas de quien las usa, que son
cortesía y liberalidad, que ser un hombre pródigo de buenas cortesías
y palabras amorosas, y no miserable de su hacienda, siempre engendra
buena sangre y mucho amor en los que le tratan.
[Ilustración]
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