Entramos por unos jardines muy grandes que estaban cerca de su casería,
aunque mal cultivados y llenos de yerba que la misma naturaleza
criaba acaso, llegamos á la casería, donde salieron á recibirle unos
criados llenos de silencio y melancolía. Entramos en una casa, aunque
de grande edificio, muy desordenada de cosa que pudiese dar gusto,
sino con unas colgaduras negras y viejas, los sirvientes mustios,
mudos y callados, y todo lo de la casa lleno de luto y tristeza. Yo
estaba suspenso y embelesado de ver un aplauso tan lleno de horror
y desconsuelo, y no seguro, sino sospechoso de algun daño mio. El
caballero tenia un semblante de hombre que traia quebradas las alas
del corazon, y no mandaba cosa á los criados de palabra, sino con solo
el semblante, aunque furioso, macilento. Llamóme á cenar, de que yo
tenia muy gentil gana; como dije, estaba algo sospechoso, por mi poca
suerte, de alguna novedad. Cené con tanto silencio como el caballero
que estaba frontero de mí, que nunca más bien me supo el callar,
porque saqué el vientre de mal año á costa de la suspension con que
el caballero cenó. Yo no osaba preguntarle cosa, porque el verdadero
camino para conservarse los hombres es transformarse en el humor de
aquellos con quien tratan, y como no podemos saber los secretos del
corazon ageno, habemos de aguardar á que por alguna parte rompa el
silencio; que es yerro escudriñar las cosas de que no nos dan parte,
especialmente con personas poderosas, cuya voluntad se gobierna con
el poder y el apetito. Al fin acabada la cena, y echados de allí los
criados, con una voz baja, que parecia salirle de las entrañas, me
dijo de esta manera: ¡Dichosos aquellos que nacen sin obligaciones,
porque pasarán con suerte mala ó buena, sin darles cuidado mirar por
las agenas y desvelarse en pensar qué dirán de la suya! El pobre
soldado en cumpliendo con hacer lo que le toca se va á descansar á su
lecho. El oficial y todos los demás de este género en habiendo acabado
su ministerio hallan descanso en la ociosidad. Mas ¡ay de aquel que
mirado de muchos ojos, respetado de muchas gentes, rendido al parecer
de muchos juicios, sujeto al murmurar de muchas lenguas, no puede
acudir á la sombra de sus obligaciones! Yo he querido, señor soldado,
descansar con vos en daros parte de mis lamentables desdichas, no
porque me faltara con quien descansar, sino porque las desventuras
no se han de comunicar con testigos tan cercanos que cada dia puedan
renovarlas. Que hace mal pecho y cria mala intencion representarse á
los ojos el testigo de los daños propios. Y asegúroos que ninguno de
estos sirvientes sabe la causa de mis infelicidades, que aunque los
veis andar tan amedrentados, no saben más de lo que leen en el sobre
escrito de mi rostro. Yo soy un caballero que tengo algunos vasallos
y hacienda para poder pasar y vivir con descanso, si la hacienda lo
puede dar, con las obligaciones que trae consigo: nací inclinado, no
á las córtes ni bullicio popular, que culpa la vida y entretiene el
tiempo, sino á la soledad, usando ejercicios del campo, como es la
agricultura, huertas y jardines, pesca y caza de montería y volatería,
en que he gastado algunos años y toda mi renta con mucho gusto, y
algunas buenas obras usadas con caminantes. Pasé mucha parte de mi
juventud sin matrimonio, teniéndolo por pesada carga y ocupacion
excesiva para la ejecucion de mis ejercicios; pero como las mudanzas en
el mundo son forzosas, y el cielo tiene dispuestas nuestras vidas con
diversos accidentes, de bien en mal, y de mal en peor, ó al contrario;
sucedió un dia que yendo á caza con un halcon en una mano y un corazon
en otra para cebarlo, me arrebataron el mio de improviso, dejándome en
él una idea que ni se ha borrado, ni se borrará para siempre jamás. Fué
de esta manera, que pasando á la vista de Crema salió por un callejon
de unas huertas uno de los más bellos rostros, y de mayor magestad que
en persona mortal jamás se ha visto: quise seguirla, y al mismo punto
se tornó á encerrar en las huertas. Yo admirado de tan extraordinaria y
no vista belleza, informéme con gran cuidado de su estado, nacimiento y
bondad, y despues de averiguado todo, hallé que era doncella honesta,
hija de muy humildes padres. Parecióme que no seria dificultoso el
rendirla á fuerza de presentes, promesas y dádivas, que suelen rendir á
las peñas más encumbradas. Visitéla por medio de algunas señoras, que
no rehusan de usar de este ministerio para acudir á hacer amistades á
quien las obliga con regalos. Íbanse en una carroza en achaque de ver
las huertas, y con darle muchas baterías, nunca pudieron darle asalto á
la fuerza de su honesta castidad. Vine á extremo que no pudiendo sufrir
la violencia de mi estrella me fuí en la carroza con las dueñas,
en su mismo traje, que en las barbas, habia poca diferencia de mí á
ellas, por ser mozo y lampiño, y fué para acabarme de matar. Porque
en viéndome en la compañía de ellas y cerca de su persona, de nuevo
me abrasé con el encanto de sus dulcísimas palabras, pronunciadas en
mi favor, en que dijo: Quien trae tal dueña consigo, tan apacible y
hermosa, otras fuerzas sabrán conquistar de más excelencia que esta
triste y humilde sabandija. Estas palabras, y ver en aquel pobre
traje tanta limpieza y aseo, tanta gallardía acompañada de vergonzosa
gravedad, con esta tan honrada resistencia, con otras mil cosas que
en ella resplandecian, me forzaron á acudir al último remedio, que
fué pedirla para mi esposa, y para atajar discursos de historia tan
lamentable, recibíla por mi mujer, y recogíme con ella á esta casería,
donde viví con ella con tanto amor y gusto de su parte y de la mia, que
no sufria una hora de division.
El dia que iba á cazar, á la vuelta la hallaba llorosa, y con unas
ansias y desconsuelos que me regalaba el alma, y me obligaban de nuevo
á quererla como cosa divina: seis años que pasé en este gusto, bien
pudieran ser envidiados de todos los pasados y presentes; que fueron
tales, que solo un desagradecimiento de un pecho bajo y mal nacido
pudiera atajar tan bien fundados principios. Estaba cerca de aquí un
hombrecico, aunque sin calidad, de buenas partes, no consumadas, sino
apuntadas, porque sabia un poco de música, y otro poco de poesía:
preciábase de ser hombre de hecho, y en el pueblo donde vivia no
era estimado, ni hacian caso de su persona. Trújele para guarda de
la mia, y para comunicacion de algunos ratos desocupados en que me
hacia compañía. Adornéle de vestidos, dábale mi mesa, era el segundo
poseedor de mi hacienda, y en resolucion levantéle del polvo de la
tierra á ser hombre principal, igual con mi persona: antes y despues
de descansado, siempre que yo iba á caza iba en un rocin conmigo, y si
se cansaba, tornábase á la casería; esto era despues de cansado, en el
cual tiempo él tenia lugar de hablar con mi esposa, de que yo jamás
tuve sospecha, porque él era un hombre pequeño de cuerpo, falto de
facciones, dientes anchos, manos gruesas, falto de virtudes morales,
inclinado á la detraccion y cizaña; aunque despues no le dejaba
volverse de la caza hasta que yo tornase, más por cumplir con el mundo
que por mala satisfaccion que de él tuviese. Despues de esta privacion,
aparecíase todas las noches que yo venia una fantasma en los jardines
que alborotaba los perros y espantaba á los criados. Yo, aunque venia
cansado, levantábame á mirar todos los rincones de los jardines antes
de volver á mi cama, por si topaba la fantasma. Y en saliendo de mi
cama, mi esposa se encerraba por de dentro. Duró esta fantasma muchos
dias y algunos meses, pero notaba que los pocos dias que me dejaba
en la caza no habia fantasma á la noche, ni yo podia imaginar dónde
se recogia, hasta que una noche, habiendo venido de cazar, le dije
á un criado que se estuviese á la puerta del jardin, y tuviese gran
cuenta con aquella vision. Encerréme en mi aposento con mi esposa,
esperando si tornaba como las demás noches, cuando comenzaron los
perros á hacerse pedazos ladrando, porque la fantasma era tan grande
que llegaba á la ventana y tejados: levantéme con toda la priesa que
pude, y encontrando al criado que habia dejado á la puerta del jardin,
me dijo: No se canse vuesa merced, que la fantasma es Cornelio, su gran
privado, que hace este embeleco porque mientras vuesa merced sale, él
está con mi señora haciendo traicion á vuesa merced; el cómo, y por
dónde entra yo no lo sé, si no es que algun demonio le ayude; pero sé
que es verdad, y há muchos dias que pasa. Fué tan encendido el furor
que se me esparció por las entrañas, que arrebatándole por el cuello
del jubon le dí de puñaladas, diciéndole: Porque no lo digais á otro,
y porque á mí me lo decís despues de hecho; echéle en una bodeguilla,
y cerré la puerta con la llave maestra de la casa y del jardin, y
sosegándome contra mi condicion, abrasado el pecho y las entrañas de
celos y deshonra fuíme paso entre paso para llegar más quieto: llamé á
la puerta donde estaba mi esposa, y mostrando mucho temor, preguntó si
era yo la fantasma; al fin en conociéndome abrió la puerta, y viéndome
mudado el color, que por más que disimulé me lo conoció, me dijo: Señor
mio, ¿qué mudanza de rostro es esa? Maldiga Dios la fantasma y quien
la inventó, que tan inquieto os trae y me trae. Disimulé lo mejor que
pude, diciendo que era nada, y acostándome en mi cama, ella con sus
acostumbradas caricias procuró aquietarme, con que yo puse en duda su
daño y el mio. Dormí poco y mal con la batalla sangrienta que traia
en mi pecho. Levantéme en siendo de dia, llamé los criados de caza,
y á Cornelio, con el mejor semblante que pude; fuimos al campo, y en
todo el dia no hallé cosa de volatería para las aves, ni caza para los
perros. Túvelo por mal agüero, y allá á la tarde el traidor de Cornelio
fingióse malo, por tornarse á la casería; enviéle, y mandéle que dijese
á mi esposa que tenia una garza echada tres leguas de allí, y no podia
aquella noche irla á acompañar; pero que en amaneciendo habia de dar
sobre la garza. Él fué muy contento con este recado, y yo quedé con
una grande máquina de pensamientos sobre la determinacion que habia de
tomar.
[Ilustración]
[Ilustración]