Siendo ya bien tarde, que queria anochecer, envié los criados á parar
la garza, y siendo de noche, víneme con todo el silencio que pude á
la casería, y entrando por una puerta falsa del jardin con la llave
maestra, fuíme derecho al aposento de Cornelio, y abriéndolo, no lo
hallé dentro, sino el aposento con luz encendida. Tomé la luz, y fuí
por una sala que estaba pegada á su aposento, buscándole si parecia por
allí: anduve toda la sala, y fuí al remate de ella, que iba á dar á
otra sala baja en cuyo alto estaba la estancia mia y de mi esposa: ví
una escalera arrimada á la pared que llegaba hasta mi estancia, y en
el remate de la escalera abierto un boqueron por donde cabia un hombre
muy bien, que estaba tapado con un lienzo del Ticiano, del adulterio
de Venus y Marte. Hasta entonces no habia creido mi daño. Aparté la
escalera de allí con intencion que no tuviese por donde bajar, y como
un trueno acudí á mi estancia, y llamando para cogerlos descuidados,
mi esposa me vino á abrir la puerta, y él fué muy de priesa á poner
los piés en la escalera, y poniéndolos en el aire, dió con su persona
abajo, quebrándose ambas piernas por las rodillas. Torné á cerrar la
puerta de mi estancia, y fuí á recibir al caido, que iba arrastrando
con las manos como toro español desjarretadas las piernas, y díjele:
Ah traidor, ingrato á los bienes recibidos, este es el pago que llevan
los falsos desconocidos; y arrimándolo á un madero de la escalera,
despues de haberle dado muchas puñaladas, le dí garrote, y con la misma
furia subiendo á dar de puñaladas á mi esposa, se me cayó la daga de
las manos, y todas cuantas veces intenté hacerlo me hallé incapaz de
mover el brazo para herir aquel cuerpo que tan superior habia sido
á mis fuerzas. Al fin bajéla abajo, y poniéndola junto á su amante,
ya que no pude hacerla otro daño, maniatéla de piés y manos, y á él
saquéle el corazon, y púselo entre los dos para que ella viese todos
los dias el corazon donde tan á su gusto habia vivido. Y al otro criado
muerto lo traje arrastrando, y le dije: Veis aquí el testigo de vuestro
delito. Torné á quererla matar, y se me tornaron á desjarretar los
brazos, y al fin determiné de matarla con hambre y sed, dándole cada
dia media libra de pan, y muy poca agua. Hoy hace quince dias que no
ha visto luz, ni oido palabra de mi boca, ni ella me la ha hablado,
con darle yo esa miseria con mis propias manos. Y á mí no me parecen
quince dias, sino quince mil años, y en cada dia he pasado quince mil
muertes. Este es el miserable estado en que me hallo, desamparado de
todo aquello que me puede dar consuelo, y tan rematado, que quisiera
que Dios me hubiera hecho un hombre desechado del mundo, desnudo de
obligaciones, para irme donde jamás hubiesen habitado gentes. Y pues os
he hecho y dado parte de lo que nadie sabrá de mi boca, tambien quiero
que veais por vuestros ojos lo que tiene tan sin luz á los mios, y tan
sin esperanza de volverla á ver. Y tomando una vela con un candelero
me dijo que le siguiese, y pasando por un pedazo de jardin, abrió la
puerta donde estaban encerradas todas sus desdichas. Representóseme
luego uno de los más horrendos espectáculos que los ojos humanos han
visto. Un hombre arrastrado con muchas puñaladas en el cuerpo, otro
despedazado, por el costado abierto, y el corazon puesto en un escalon,
junto á uno de los más bellos rostros que naturaleza ha criado. Y para
mayor ocasion de dolor sucedió, que en abriendo la puerta se entraron
tras él algunos perros, que en viendo á la desdichada de su esposa
llegaron á lamerle las manos y rostro, y hacerle tantas caricias que
á mí se me enternecieron los ojos y al marido las entrañas y el alma.
Viendo la ocasion de su terneza, le dije: Señor, yo no os he hablado
palabra, ni replicado cosa que me habeis dicho, por no haber visto
en vuestra pasion puerta abierta, ni por haberme vos dado licencia.
Pues ahora, dijo el caballero, os la doy para que digais todo cuanto
os pareciere. Y desechado todo el temor por su terneza, le dije estas
palabras: Vos, señor, me habeis confesado que la primera idea que
se os entró en el alma del amor de vuestra esposa, ni se ha borrado
ni se borrará para siempre jamás. Tambien me habeis dicho que este
negocio, falso ó verdadero, nadie lo ha sabido sino estos dos que ya
no pueden publicarlo, y la honra ó infamia de los hombres no consiste
en lo que ellos saben de sí propios, sino en lo que el vulgo sabe y
dice; porque si lo que los hombres saben de sí mismos entendiesen que
lo sabe el mundo como ellos lo saben, muchos ó todos se irian adonde
gentes no los viesen. Vos habeis atajado con la muerte de estos lo
que se podria decir. Teneis á vuestra esposa viva, y quizás sin culpa,
pues en cuantas veces la habeis querido matar no habeis podido. No os
digo más sino que mireis la terneza que han causado las caricias y
blandura que estos perros están usando con ella. Antes que el marido
respondiese palabra, ella alentándose, y sacando una voz cansada del
profundo pecho, como si saliera de algun sepulcro, dijo: Señor soldado,
no gasteis palabras en vano, porque ni yo estoy para vivir, ni por
cuanto cubre el sol querria tornar á ver su luz. Pero por si alguna vez
espantado de tan horrible caso os viniere á la memoria el referirlo,
sepais la verdad, porque ni condeneis la crueldad de mi esposo, ni
divulgueis la infamia que yo merezco. Estos dos hombres han merecido
justamente las muertes recibidas. Aquel arrastrado, porque dijo lo que
no vió, ni pudo ver. Y este despedazado no por lo que hizo, sino por
lo que intentó hacer como traidor, desagradecido al mucho bien que mi
esposo y señor le habia hecho, que procedió con tantas diligencias
que yo entendí que tenia pacto con algun demonio, porque le veia en
mi propia estancia sin saber por dónde habia entrado, mas de que lo
ví salir por debajo de una tabla de pintura, y preguntándole qué
queria, me respondia: que venia á entretenerme por la ausencia de mi
esposo y señor. Yo no le dije palabra mala por sus pretensiones: lo
uno, porque yo jamás la he dicho á nadie; lo otro, porque despues que
vió mi entereza no dijo más palabra deshonesta. Y, si me culpare mi
esposo y señor porque no le avisé de ello, diré que aun viéndole con
enojos muy livianos me despulsaba hasta verle fuera de ellos, cuanto
más decirle una cosa que tan al alma le habia de llegar, y no tenia
reino, ni imperio el mundo por quien yo manchase mi honra y el lecho de
mi esposo y señor: y por la piedad que en vos he conocido, y por la
verdad que os he dicho, os suplico que le rogueis que no me alargue la
vida, sino que me abrevie la muerte, para que vaya presto á presentar
este martirio en la presencia de Dios.
Desde el punto que comenzó á hablar la desdichada, tanto como hermosa,
fueron tantas las lágrimas que derramó el marido, que viendo la
ocasion, le dije: ¿Qué os parece de esto, señor caballero? Á lo cual
sollozando me respondió: Que de la misma manera que os dí licencia
para hablar, os la doy para que hagais lo que os pareciere que me
está bien. Al punto cogí mi daga y corté las ligaduras de aquellos
hermosos, aunque debilitados miembros, que lo estaban tanto, que sin
poder tenerse, se cayó sobre mi pecho, y despues se asentó en el suelo,
como á descansar del gran martirio que habia pasado. El marido se
arrojó de rodillas ante ella, y besándole las manos y piés le dijo:
Esposa y señora mia, pues no tengo que perdonaros, os pido perdon con
toda humildad del mundo. No pudo responder, porque con el descanso le
dió un desmayo, tal que yo entendí que quedaba muerta, y levantándose
el marido con mucha priesa, trujo muchas cosas confortativas, con que
la que habia quedado como azucena volvió en un instante á estar como
una rosa, que abriendo unos suavísimos ojos zarcos y verdes, dijo al
marido: ¿Por qué, señor mio, me habeis querido tornar á esta desdichada
vida? Porque no se acabase la mia, respondió él; y cogiéndola entre los
dos la llevamos á su estancia, donde fueron tan grandes los regalos y
beneficios que se le hicieron, que al fin la reservaron de la muerte.
De todo esto que aquella noche pasó, ningun criado fué testigo. Á la
mañana le pedí licencia para irme, para seguir mi viaje; no me dejó
ir en veinte dias, que lo hube bien menester para el cansancio del
camino, y para el horror que habia concebido de tan triste historia
y espantoso espectáculo. Que de arrebatarse de su pasion, sin hacer
reflexion en considerar si pudiera ser falso, hizo aquellos homicidios,
y llevaba camino de acabar con la inocente é inculpable mujer, con
que viviera inquietísimo, si viviera, y ella quedára infamada de
lo que no habia cometido; que el caballero se engañase con tantas
apariencias de verdad, lastimado de la honra y de los celos, raíz de
tantos y tan exorbitantes males, no es maravilla; pero que sea tanta
la insistencia ó pertinacia de un pecho doblado y lleno de cautelas,
que por llevar su intencion al cabo, lo que habia de gastar con
inquietud, lo gaste en estratagema, trazas y bullicios, en ofender
la honra agena, y poner en peligro su vida, cosa es que espanta, que
parecen estos hombres cautelosos hechos de diferente masa que los
otros. Mas parece que anduvo muy arrebatado en dar puñaladas al que le
dió la nueva, y que pudiera con aquella revelacion averiguar la verdad
sin precipitarse. Mas la misma naturaleza, que la razon, le llevó á
hacer aquel castigo justo por muchas causas. La primera y principal,
porque es maldad de perversa intencion, y entendimiento corrupto, y de
conciencia derramada, decir un hombre las faltas agenas de que no ha
sido testigo. Lo otro, porque dar malas nuevas á nadie de lo que le
ha de pesar, parece que es tener gusto de los males del amigo á quien
lo dice. Lo tercero, porque chismosos y congraciadores con su cizaña
tienen destruida la mitad del mundo. Hay tambien que notar aquí el gran
sufrimiento de aquella tan hermosa como agraviada mujer, que cuantos
golpes le dió la fortuna, viéndose ya á la puerta de la muerte, ni
perdió la paciencia á sus desdichas, ni el respeto á su marido. Ojalá
todas supiesen cuánto les importa saber tenerla para conservar la paz
de su casa y el amor de sus maridos; que les parece que es menos honra
no dar tantas voces como ellos siendo más poderosos. Yo habia quedado
tan escandalizado y sin gusto de lo que habia oido y visto, que aunque
me rogaron encarecidísimamente que me quedase allí por toda la vida, ó
por algun tiempo, no pudo acabarse conmigo; pero neguéselo dándoles á
entender que iba muy contento de la obligacion en que me habia echado,
loando mucho al caballero el valor que habia mostrado en reparar su
honra, y á ella la entereza y conservacion de su reputacion. Dentro de
los dias que allí estuve eché de ver la razon que tenia el marido de
estar muy enamorado de aquel apacible y divino semblante, tan lleno
de gravedad honesta, que cierto en la hermosura del rostro, gallardía
del cuerpo, mansedumbre de condicion y suavidad de costumbres, era
un retrato de doña Antonia de Calatayud. Yo para asegurarme del todo
del temor que pudiera haber concebido, y dejarlos gustosos, les dí
palabra de volver á su servicio, ó á su casa en acabando mis negocios
en Venecia, y con esta condicion me dejaron ir, que como yo tenia
algun temor de algun daño de su parte, ellos lo tenian de mí porque
no revelase lo que habia visto; que todo este artificio han menester
los que son testigos de daños agenos, y no les ha de parecer que son
señores de las personas cuyos secretos saben. Que se ven grandes daños
y se han visto en esta máquina sobre las personas que han revelado
secretos. Al fin yo me despedí de ellos con mucho beneplácito suyo, y
regalo que me hicieron. Cogí mi camino encomendándome á Dios, espantado
de tan nuevo suceso, y lleno de tantas desdichas; pero muy contento de
verme libre de tan intrincado laberinto, y loando mucho en mí la honra
y estimacion de las mujeres italianas principales, y el recato con que
se guardan y las guardan. Habíame apartado ya cosa de una milla de los
jardines, volviendo atrás muchas veces la cabeza hasta que los perdí
de vista, que me pareció que estaba ya cien leguas de ellos; cuando ví
venir dos hombres á caballo á toda priesa hácia mí; miré si en todo
aquel llano habia alguna poblacion ó casa adonde recogerme y ampararme,
y víme tan solo, que no pude tener recurso para huir, porque yo entendí
realmente que ellos se habian arrepentido en dejarme venir, habiendo
sido testigo de todo lo pasado. Yo comencé á llamar á Dios en mi favor,
porque cuanto más andaban los caballos más crecia mi temor. Al fin ya
que llegaron cerca de mí, parecióme esperar su determinacion. Llegaron
con el peor término del mundo, y dijeron: Téngase, señor soldado. Yo
respondí: Tenido soy para lo que vuesas mercedes mandaren.
Eran dos hombres con dos escopetas, y unos cuchillazos de monte con que
desollaban los animales; las caras tostadas, las palabras desapacibles,
como dichas á español que iba solo, y á pié. Porque preguntándoles qué
era lo que mandaban, respondieron con el peor modo del mundo: No le
mandamos nada, que atrás viene quien se lo mandará; con que me hicieron
temblar y confirmar mi temor. Pero señores, les dije, ¿qué ofensa hice
yo al señor Aurelio, para que de este modo me traten? Él se lo dirá,
respondieron. Yo dije: Déjenme seguir mi camino, señores. Y dijo el
uno: Estése quedo, sino arrojaréle dos balas en el cuerpo. Yo eché
de ver que no se podian llevar por humildad, y hice una cuenta entre
mí: si estos vienen á matarme poco ha de aprovecharme la humildad,
porque aquí no hay segundo lance para la disimulacion; y si no vienen
á matarme, no quiero que me tengan por cobarde. Y así en diciendo
de las dos balas, poniendo mano á la espada de él, dije: Pues si me
tirare, aciérteme; sino por vida del rey de España que les tengo de
desjarretar los caballos, y hacer pedazos las personas. Bravata de
español, dijo el uno de ellos. En esto llegaba ya el caballero en un
gentil portante, y como vió la espada desenvainada, preguntando qué
era, le respondí: No sé yo en qué se puede fundar una cosa tan injusta
como querer dar la muerte á quien ha querido dar la vida. No entiendo
ese lenguage, dijo el caballero. Los criados se sangraron en salud,
diciendo: Señor, como nos enviasteis á detenerlo, que él queria pasar
adelante, entonces le amenazamos con una pistola, y él á nosotros con
decir que nos haria pedazos á nosotros y á los caballos. Á lo cual
respondió el caballero: Yo no os envié á detenerlo para hacerle mal,
sino para hacerle bien, que no me espanto que á dos hombres que yendo
á caballo, y bien puestos queriendo tratar mal á un hombre de á pié,
solo y honrado, se les atreva á eso y á mucho más. Apeaos vos del
caballo, y dadle esa escopeta al soldado español, y suba en el caballo,
y acompañadle hasta Venecia; y si os enviare luego, volveos, y sino
esperadle, y díjome á mí: Señor soldado, la confusion, causada por mis
trabajos, hizo que me descuidase de mi obligacion, y mi esposa con su
angélica condicion, enamorada de vuestra piedad y olvidada de mi rigor,
os envia en esta bolsita cien escudos para vuestro camino, y esta joya
de su misma persona, que es una cruz de oro, esmeraldas y rubíes; y
queda con esperanza de tornar á ver quien reparó tanto derramamiento de
sangre. Arrojéme á sus piés, agradeciéndole tanto bien y honra, y subí
en mi caballo, llevado por el mozo de mulas que me habia querido matar.
Llegué á Venecia tan rico, á mi parecer, que la podia comprar toda.
Díjele á mi mozo de mulas que me llevase á una muy gentil posada, como
práctico en la ciudad, y entrando en ella, no ví la hora de echarlo de
mí, porque yo lo traia de tan buena gana conmigo como él venia: reposé
aquella noche, y á la mañana despedílo.
[Ilustración]
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