DESCANSO V.

Vuelto á Milan, como aquella república es tan abundante de todas

las cosas, eslo tambien de hombres muy doctos en las buenas letras

y en el ejercicio de la música, en que era muy sabio don Antonio de

Londoño, presidente de aquel magistrado, en cuya casa habia siempre

junta de excelentísimos músicos, como de voces y habilidades, donde se

hacia mencion de todos los hombres eminentes en la facultad. Tañíanse

vihuelas de arco con grande destreza, tecla, arpa, vihuela de mano, por

excelentísimos hombres en todos los instrumentos. Movíanse cuestiones

acerca del uso de esta ciencia, pero no se ponia en el extremo que

estos dias se ha puesto en casa del maestro Clavijo, donde ha habido

juntas de lo más granado y purificado de este divino aunque mal

premiado ejercicio. Juntábanse en el jardin de su casa el licenciado

Gaspar de Torres, que en la verdad de herir la cuerda con aire y

ciencia, acompañando la vihuela con gallardísimos pasajes de voz y

garganta, llegó al extremo que se puede llegar. Y otros muchos sugetos

muy dignos de hacer mencion de ellos. Pero llegado á oir al mismo

maestro Clavijo en la tecla, á su hija doña Bernardina en el arpa, y á

Lúcas de Matos en la vihuela de siete órdenes, imitándose los unos á

los otros con gravísimos y no usados movimientos, es lo mejor que yo he

oido en mi vida. Pero la niña, que ahora es monja en Santo Domingo el

Real, es mónstruo de naturaleza en la tecla y arpa. Mas volviendo á lo

dicho, un dia acabando de cantar y tañer, y quedando todos suspensos,

preguntó uno, que cómo la música no hacia ahora el mismo efecto que

solia hacer antiguamente, suspendiendo los ánimos, y convirtiéndolos á

transformarse en los mismos conceptos que iban cantando, como fué lo

de Alejandro Magno, que estándole cantando las guerras de Troya, con

grande ímpetu se levantó, y puso mano á su espada, echando cuchilladas

al aire, como si se hallara en ella presente. Dije yo á esto: Lo mismo

se puede hacer ahora y se hace. Replicóme, diciendo: Que despues que

se perdió el género enarmónico no se podia hacer. Dije yo: Con el

género enarmónico me parece que era imposible hacerse, porque como la

excelencia de ese género consiste en la division de semitonos y diesis,

no puede la voz humana obedecer á tantos semitonos y diesis como aquel

género tiene. Y así aquel príncipe de la música, el abad Salinas, que

lo resucitó solamente, lo dejó en un instrumento de tecla, pareciéndole

que la voz humana con gran trabajo y dificultad podia obedecerlo. Yo le

ví tañer el instrumento de tecla que dejó en Salamanca, en que hacia

milagros con las manos, pero no le ví reducirlo á que voces humanas lo

ejecutasen, habiendo en el coro de Salamanca en aquel tiempo grandes

cantores de voces y habilidad, y siendo maestro aquel gran compositor

Juan Navarro. Y que se pueda hacer y se hace con el género diatónico

y cromático, como haya las mismas circunstancias y requisitos que el

caso quiere, sucederá cada dia lo mismo. Y en las sonatas españolas,

que tan divino aire y novedad tienen, se ve cada dia ese milagro. Los

requisitos son que la letra tenga conceptos excelentes y muy agudos,

como el lenguaje de la misma casta. Lo segundo, que la música sea tan

hija de los mismos conceptos, que los vaya desentrañando. Lo tercero

es, que quien la canta tenga espíritu y disposicion, aire y gallardía

para ejecutarlo. Lo cuarto, que el que la oye tenga el ánimo y gusto

dispuesto para aquella materia. Que de esta manera hará la música

milagros. Yo soy testigo que estando cantando dos músicos con grande

excelencia una noche una cancion que dice:

Rompe las venas del ardiente pecho,

fué tanta la pasion y accidente que le dió á un caballero que los

habia llevado á cantar, que estando la señora á la ventana, y muy de

secreto, sacó la daga y dijo: Veis aquí el instrumento, rompedme el

pecho y las entrañas; quedando admirados músicos y autor de la letra y

sonata, porque concurrieron allí todos los requisitos necesarios para

hacer aquel efecto. No les pareció mal á los presentes, porque todos

eran doctísimos en la facultad. En estos y otros ejercicios se pasaba

la vida entre poetas de poesía, y entre soldados de armas, donde se

ejercitaba no solamente la pica y arcabuz, sino tambien el juego de la

espada y daga, broquel y rodela, que habia valerosos hombres diestros y

animosos, donde se hacia mucha mencion de Carranza, aunque hubo quien

daba la ventaja á don Luis Pacheco de Narvaez. Porque en la verdadera

filosofía y matemática de este arte, y en la demostracion para la

ejecucion de las heridas, excede á los pasados y presentes. En estos

y otros ejercicios loables se pasa la vida en Lombardía, aunque yo

traia siempre tan quebrada la salud, por causa de las muchas humedades,

que determiné volverme á España despues de haber visto á Venecia, y

hubo buena ocasion, porque entonces iba la infantería y caballería

del Estado de Milan á recibir á la señora Emperatriz á tierra de

los venecianos, para traerla á embarcar á Génova. Salió aquella

gallardísima gente del Estado hasta llegar á Crema, donde recibieron

á la Cesárea Magestad como á tan gran señora se debia. En llegando

allí para proseguir mi intento, pasé de la otra parte del rio en la

cabalgadura que hasta allí habia traido de balde, diciéndole al mozo

de mulas que yo le pagaria el resto del camino hasta llegar á Venecia;

pero él lo hizo tan bien, que en la primera posada me dejó plantado

sin hablar palabra, que era un pueblecillo pequeño, donde no hallé

cabalgadura, ni aun persona que me respondiese palabra buena, por ser

español, y por ir en traje de soldado: de manera que ni la humildad, ni

el término apacible, ni la paciencia, me aprovecharon para dejar de ir

á pié y sin compañía, por tierra no conocida, y madrastra de españoles.

Iba caminando por unos llanos, y aun de mala gana me decian si erraba

el camino. Y habiendo andado todo el dia bien desconsolado, sin saber

dónde habia de ir á parar, ya que se ponia el sol, ví venir atravesando

el camino un caballero con un halcon en la mano, y como me vió, paróse

en el camino hasta que pudiese emparejar con él, que estuve buen rato,

porque iba despeado, tanto como triste y afligido. En llegando á él,

mostrando alguna compasion, me preguntó si era soldado, respondíle que

sí, y díjome que estaba lejos de allí el alojamiento donde yo podia

llegar aquella noche; que le siguiese hasta una casería suya, donde

me albergaria hasta la mañana. Seguíle, aunque con alguna sospecha,

pero acordándome que la gente principal siempre es acompañada de buen

término, verdad y misericordia, quitóseme el recelo que podia tener con

otra compañía.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 73 / 101 题