Volvíme de Turin á Milan, porque aunque tuve intento de pasar á Flandes
no hallé comodidad, fuera de saber que la gente de Flandes venia
marchando hácia Lombardía, y por haber estado ya en Flandes con la
misma gente en el asalto general de Maestrich donde me sucedió una cosa
muy graciosa, que pudiera ser muy desgraciada y fué: que en el saco de
la ciudad cogí al más lucido cuartago de todos los que habia en una
casa principal, y subiendo sobre él en cerro, como en tiempo de bulla
no se miran mucho las cosas, al tiempo que salia de la ciudad iban tras
mí más de trescientos cuartagos, porque la que yo habia tomado era una
yegua sazonada, y si no me arrojo de ella al suelo me dieran muchas
manotadas los galanes que la seguian.
Al fin volví hácia Milan, porque el compañero pasó hácia Flandes, y
buscando en qué caminar topé con una carroza, donde por fuerza hube
de ir, en compañía de cuatro ginebreses, tan grandes hereges como los
otros. Determinando de callar á cualquier cosa que oyese decir, por
donde les grangeé la voluntad de manera, que siendo muy enemigos de
españoles, me regalaron por todo el camino, diciéndome mil veces que
era muy buen compañero, que realmente, como no les traten de religion
son sencillos, y gente afable para tratar, y muy amigos de dar gusto.
Fuéronme festejando por el camino, y entre dos brazos del Tesino se
apartaron hácia unas arboledas y sierra, donde dijeron que iban á ver
un grande nigromántico para preguntarle ciertos secretos de mucha
importancia. Yo, como era mozo, y amigo de novedades, holguéme por
ver aquella que tanto lo era para mí. Anduvimos un rato por aquella
arboleda hasta llegar al pié de la sierra, donde se descubrió una
boca de cueva con una puerta de tosca madera, cerrada por de dentro.
Llamaron, y respondieron de dentro con una voz crespa, baja, y con un
género de gravedad. Abrióse la puerta y representóse la figura del
nigromántico con una ropa de color pardo, con muchas manchas, mapas
pintados en ella, culebras, signos celestes, un bonete en la cabeza
largo, y aforrado en pellejo de lobo, y otras cosas que hacian su
persona horrible, como tambien lo era el lugar y casa donde habitaba.
Hablaron aquellos caballeros de Ginebra, informándole de su venida,
y como certificados de su gran fama venian á consultarle un negocio
grave. Él aunque en el principio comenzó á negárselo, al fin acabaron
con él con ruegos y presentes que le dieron, que lo ablandan todo,
á que se inclinase á admitir su peticion. Mientras hablaban con él,
yo miré el cuerpo de la cueva, que estaba llena de cosas que ponian
temor y espanto, como era cabezas de demonios, de leones y tigres,
faunos y centauros, y otras cosas de este modo, para poner horror
á los que entrasen, unas pintadas y otras de bulto, con que daba á
entender que tenia trato y amistad con algun demonio. Hablóles muy
gran rato, diciéndoles de su gran poder, y mostró muchas joyas de
diversas gentes y de grandes señores, que le habian dado por los muchos
secretos que les habia revelado. Llegados al caso, como yo miraba
más al artificio con que tenia adornada su cueva, preguntóles cómo
no llegaba yo á la conversacion. Respondieron ellos que era español.
Díjoles el nigromántico: No quisiera mostrar mis secretos delante
de españoles, porque son incrédulos y agudos de ingenio. Á lo cual
respondieron ellos: Bien podeis hacer en su presencia cualquiera cosa,
porque aunque español, es hombre de bien y buen compañero. Resolvióse á
hacerlo, y llamó á un ayudante tan fiero y espantable, que me pareció
que era algun demonio. Entramos más adentro, donde tenia el familiar,
que era un aposentillo más oscuro que el cuerpo de la casa, que estaba
cercado con unas barandillas, y dentro estaba uno como facistol, y
sobre él un grande globo de vidrio con un abecedario de letras grandes
escrito al rededor, y en medio del globo puesto el familiar, que era
un hombrecito de color de hierro, con el brazo derecho levantado en
derecho hácia las letras, que todo realmente ponia espanto. Habló con
el familiar con una arenga muy larga, proponiéndole la antigua amistad
que habian profesado tantos años, para obligarle á que con facilidad
respondiese á lo que le queria preguntar; y poniéndose unos guantes muy
anchos, despues de puesta la demanda, alzó la mano derecha, diciéndole:
Ea, presto. El familiar se resolvió, y señaló una letra. Quitóse el
guante el nigromántico, y escribió aquella letra que habia señalado
el familiar. Tornó á ponerse el guante, y alzando la mano otra vez,
le dijo: Adelante. El familiar movióse, señalando otra letra, y de
esta manera fué preguntándole hasta haber escrito diez ó doce letras,
en que iba respondiendo á la pregunta muy á gusto de los ginebreses.
Yo como eché de ver que para escribir cualquiera letra se quitaba el
guante, diciendo qué podia ser; y aunque sospeché que se habian de
alborotar todos, determinadamente yendo á señalar otra vez con el
guante, se lo arrebaté por el dedo demostrador, y hallando una dureza
muy grande en el dedo, primero le pregunté al nigromántico: ¿Esta no
es calamita ó piedra iman? Quedó suspenso y corrido, y volviéndose á
los otros, les dijo: Bien decia yo, que los españoles eran agudos, y
que no queria hacer cosa delante de ellos. El secreto del caso era,
que aquel familiarillo era hecho de alguna cosa muy ligera, y el
bracillo era de acero tocado á aquella piedra iman que era tan fina
como el nigromante diestro en señalar la letra que habia menester, con
que atraía al familiar corriendo á mostrarla. Quedaron los ginebreses
admirados, así de la sutileza con que aquél engañaba á las gentes,
como de la mia en haber conocido su embeleco. Y aunque los sentí al
principio pesarosos de que no hubiese cumplido el pronóstico con la
respuesta del familiar, que ellos tenian por demonio, despues tuvieron
en mucho el desengaño, y rogóles el nigromante que me pidiesen que no
le descornase la flor, porque con aquello ganaba su vida sin hacer mal
á nadie, y tenia reputacion de grande hombre. La invencion cierto era
ingeniosísima, muy conforme á la filosofía natural, y podia sufrirse
como por juego de masecoral: pero cosas tan repugnantes á la verdad y
del trato comun engaños tan conocidos, no es razon que permanezcan,
ni se permitan. Fuímonos, dejando muy desconsolado al embustero, y
escandalizados los ginebreses del caso me reprehendieron el haberlo
afrentado, y desanimádolo para proseguir en su embeleco. Yo les dije:
¿No os habeis holgado de ver este secreto descubierto? Respondiéronme
que sí. Yo les dije: Pues de la misma manera se holgarán todos los que
lo supieren, porque menos importa quedar éste sin opinion y sin oficio,
que permitir un engaño tan estendido y pernicioso como este. Y yo,
para decir la verdad, siempre he estado y estoy mal con estas gentes,
como son: nigrománticos, judiciarios, y otros semejantes: aunque estos
judiciarios tengo por los peores, por estar más bien recibidos en
la república, y decir menos verdad. Que aunque los que tratan de la
verdadera astrología de movimientos, estos son doctos que saben las
matemáticas con fundamento, como es Clavijo Romano, el doctor Arias de
Loyola y el doctor Sedillo, españoles, grandes varones de su facultad;
que esos otros son embusteros, gente de poca substancia, de que podia
traer muchos cuentos, porque de cien cosas que dicen yerran las
noventa, y cuando aciertan alguna, es por yerro. Válense de mujercillas
que les vienen á preguntar, como gitanas, la buena ventura, y al fin
es gente ridícula, que acaban tan miserablemente como los alquimistas,
porque quieren dar alcance á los secretos que Dios tiene reservados
para sí. En estas conversaciones y otras semejantes llegamos á
Bufalora, pueblo del Estado de Milan, donde los ginebreses se apartaron
y yo proseguí mi viaje.
[Ilustración]
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