Partíme para Milan, temiendo por el gran deseo que llevaba de llegar,
alguna desgracia, que los desdichados han de vivir siempre con cuidado
de lo que puede y suele suceder. Hay un rio que pasa por la ciudad
de Alejandría, que se llama Eltanar, donde ví unas aceñas movedizas
de madera, que deben de tener en el fundamento algunas ruedas para
moverse, que no reparé en preguntarlo porque no hacia á mi propósito,
y habiendo esperado el barco para pasar el Pó, rio caudalosísimo,
despues de haberse sorbido el Eltanar en tramos en él con unas pobres
peregrinas, y al medio del rio sucedió, que por la corriente de Eltanar
venia una aceña ó molino de aquellos, que le debia de haber faltado el
fundamento, y encontróse de manera con nuestro barco que dió con él
patas arriba.
El caballo, como son atrevidas estas bestias para cortar el agua,
se arrojó á ella, yo me así luego de la cola, y las peregrinas de
mí, y el Venturino de la postrera de ellas, y cayendo y levantando,
y á veces topando con los piés en la arena, llegamos á la orilla,
donde el caballo nos roció por la puerta falsa que debia de venir
acebadado; pero no por eso me desasí hasta verme ya pisar las orillas.
Hallamos allí que habian pasado en otro barco algunas gentes de
diversas naciones, franceses, alemanes, italianos y españoles, y
para entendernos hablamos todos en latin; pero era la pronunciacion
tan diversa la una de la otra, que hablando en muy gentil lenguage
latino no nos entendíamos los unos á los otros, que me dió mucho que
pensar que aun en una misma lengua, y que corre por toda Europa,
dure el castigo de la torre de Babilonia. Llegamos á Pavía, insigne
universidad; regalóme el castellano, que era entonces, aunque como mi
deseo me llevaba á Milan, no paré hasta verme en aquella maravillosa
poblacion donde tan grandes santos ha habido, y continúan siempre los
prelados de aquel excelentísimo templo. El que entonces lo gobernaba
era el santísimo cardenal Cárlos Borromeo, que ahora dicen San Cárlos,
que fué su vida de manera que á pocos años de su muerte le canonizaron.
Llegué á tiempo que se celebraron las exequias de la santísima reina
doña Ana de Austria, y habiendo buscado á quién cometer la traza,
historias y versos de la vida ejemplar de tan gran señora, pudiendo
cometerles á muy grandes ingenios, tuvo por bien el magistrado de
Milan de cometerlas al autor de este libro, no por mejor, sino por
más deseoso de servir á su rey, y de aprender en cosas tan graves y
de tan graves ingenios, y ofreciéndoles, y dando noticia de Aníbal
de Tolentino, excelentísimo sugeto, que lo hiciera mejor que otro en
toda la Europa: al fin por más cercano le mandaron al autor que la
hiciese. Oíle un sermon en estas exequias al bienaventurado San Cárlos,
que fué como su vida. Hallé á mis amigos muy contentos, y admirados
de la brevedad con que habia conseguido libertad, y deseos de saber
cómo habia sucedido, me forzaban á que lo contase, y refiriese una y
muchas veces; que realmente los trabajos contados en la prosperidad,
ó habiendo salido de ellos tienen su gusto particular, que las
desventuras todo lo que tienen de males presentes tienen de bienes
pasados; son los trabajos como las servas ó nísperos, que cuando están
en su fuerza son ásperos al gusto, pero despues de pasada su sazon, lo
que tenian de ásperos tienen de suaves podridos; son como el que se va
anegando en un rio, que va siempre sacando la cabeza y haciendo todas
las diligencias posibles para escaparse, pero despues de salido bebe de
aquella misma agua que le quiso ahogar. Espina el erizo de la avellana,
pero despues se halla gusto en rumiándola. Holgué grandemente de ver la
grandeza, fertilidad y abundancia de Milan, que en esto creo que pocas
ciudades se le igualan en la Europa, aunque la mucha humedad que tiene,
ó por aquellos cuatro rios hechos á mano, por donde le entra tanta
abundancia de provision, ó por ser el sitio naturalmente húmedo, yo me
hallé siempre con grandísimos dolores de cabeza, que aunque yo nací
sujeto á ellos, en esta república los sentí mayores. Que siempre me han
perseguido tres cosas: ignorancia, envidia y corrimientos; pero los de
aquí me duraron hasta volver á España. Pasé en Milan tres años, como
hombre que está en la cama, contando las vigas del techo trescientas
veces, sin hacer cosa que importase, lo uno por estar siempre
indispuesto, lo otro por lo poco que entre soldados se ejercitan los
actos de ingenio. Dióme gana de ver á Turin, y por mis pecados fué por
el mes de diciembre, tiempo en que no hay caminos, sino rios en lugar
de ellos, que como hacia buen tiempo cuando salí, engañéme, pensando
que fuera todo de aquella manera; y en llegando á Bufalores, comenzó
á desgajarse el cielo, no con lluvia, sino con acequias de agua tan
contínua que se perdió el tiento á los caminos.
Llegué á Turin, y por haber esperimentado los arroyos á la venida,
estúveme dos meses allí, en compañía de otro español; pero fueron tan
grandes las nieblas que se topaban los hombres por la calle sin verse,
nacidas de la vecindad, segun dicen allí, del Pó, que pasa por junto á
la ciudad: fuera de que por medio de ella van muchos arroyos de agua.
Mas veo que en España Guadalquivir pasa por Sevilla, más caudaloso
que el Pó y algunas veces tan crecido, que baña á la mayor parte de
la ciudad, y todo el campo de Tablada está hecho un mar navegable, y
no he visto tales nieblas. Y Granada tiene dos rios que la bañan, y
muchos más arroyos por las calles, y no parece esta escuridad ó niebla:
pero dejando esto posamos el otro español y yo en una hostería, donde
me ví en el mayor peligro, y en la mejor ocasion de ser dichosísimo
que he tenido ni tendré en mi vida. Que estando comiendo mucha gente,
esperando mi compañero y yo que acabasen para sentarnos, un viejo de
hasta cincuenta años de edad, de propósito dió en tratar de la religion
nueva, de la religion reformada, repitiendo esto muchas veces: y
aunque era natural de Ginebra, hablaba en buen italiano, que por ver
españoles le pareció alzar la voz más de lo que habia menester. Y tras
de un brindis y otro decian heregías muy dignas de gente llena de vino.
Mi compañero decíame que callase, y ellos brindando por la salud de
sus fautores, tornaban una vez y otra á decir de la religion nueva y
de la religion reformada, de suerte que me obligaron á preguntar qué
religion era aquella, y quién la habia reformado. Respondiéronme que
era la religion de Jesucristo, y que la habia reformado Martin Lutero
y Juan Calvino. Antes de oir más palabras les dije: Buena andaria la
religion reformada por dos tan grandes hereges. Alborotóse la hostería,
y cargaron tantas cuchilladas sobre mí y sobre el otro español, que si
no cogemos una escalera nos hacen pedazos. La huéspeda atajó el negocio
con decirles que mirasen lo que hacian, que estábamos depositados allí
por el Duque. Sosegóse el alboroto, porque hasta entonces aun no habian
negado la obediencia al Duque de Saboya, aunque la tenian negada á la
Iglesia romana. En sosegándose el rumor me dijo aquel viejo: ¿Por qué
llamais hereges á dos varones tan santos y que tanta gente llevaron
tras su opinion? Respondí yo: ¿Por qué llamais vosotros santos y
reformadores de la religion de Jesucristo á dos hombres que en todo y
por todo, en vida y costumbres fueron contra la doctrina de Jesucristo
y de sus Evangelios, que fueron hombres libres, viciosos, deslenguados,
embusteros, engañadores, alborotadores de las repúblicas, enemigos de
la general quietud? Quiso tornarse á alborotar el viejo, y como le
habian puesto por delante el temor y respeto del Duque, cesó con decir:
Muchos son los llamados y pocos los escogidos, y esos somos nosotros.
Respondíle yo: Mejor dijérades, muchos son los escogidos y pocos los
llamados, porque no vienen á manos del Papa. ¡Estraño caso! que hay
gentes tan fuera del órden natural, que por sola libertad y poltronería
se desvien de la misma verdad que interiormente saben y conocen. Y que
tengan hombres poderosos que favorezcan sus errores, de suerte que
unos y otros siguen su mal intento. Los poderosos con decir que siguen
doctrina de hombres sabios, y los otros con decir que tienen arrimo
en príncipes poderosos, como si fuese disculpa para la ejecucion de
tantos vicios y abominaciones como cometen á sombra de la libertad con
que sus maestros les hacen vivir, en cuyas arrastradas opiniones hay
cosas tan ridículas que se echa de ver que adrede quieren errar.
[Ilustración]
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