Luego que por el pronóstico y significacion de aquel cometa, ó por
lo que la Magestad de Dios sabe y fué servido, murió el Rey Don
Sebastian de Portugal, en aquella tan memorable batalla, donde se
hallaron tres Reyes, y murieron todos tres, como sucedió al Cardenal
Don Enrique, tio de Felipe II y lo llamó á la sucesion del Reino toda
Castilla y Andalucía, se movió á ir sirviendo á su Rey con el amor y
obediencia, que siempre España ha tenido á sus legítimos Reyes. Víneme
de Valladolid á Madrid, y siguiendo la variedad de mi condicion y la
opinion de todos, fuíme á Sevilla con intencion de pasar á Italia,
ya que no pudiese llegar á tiempo de embarcarme para África. Estuve
gozando de la grandeza de aquella ciudad, llena de mil escelencias,
tesorera y repartidora de la inmensa riqueza que envia el mar Océano,
sin la que deja para sí en sus profundas arenas escondida para siempre.
Sosegadas, ó por mejor decir, reducidas á mejor forma las cosas de
Portugal, quedéme en Sevilla por algun tiempo, donde entre muchas cosas
que me sucedieron, fué una dar en la valentía; que habia entonces,
y aun creo que ahora hay, una especie de gentes, que ni parecen
cristianos, ni moros, ni gentiles; sino su religion es adorar en la
diosa valentía, porque les parece que estando en esta cofradía, los
tendrán y respetarán por valientes, no cuanto á serlo, sino cuanto á
parecerlo. Sucedióme pasando por la calle de Génova, topar con uno de
estos, encontrándome con él, de suerte que por pasar yo por lo limpio
le hice pasar por el lodo, volvióse á mí, y con gran superioridad me
dijo: Señor marquesote, ¿no mira cómo va? Yo le dije: Perdone vuesa
merced, que no lo hacia á sabiendas. Él replicó: Pues si lo hiciera á
sabiendas, ¿no habia de estar ya amortajado? Yo no llevaba espada, que
iba como estudiante, profesion de que siempre héme preciado, y así usé
de toda la humildad posible, y él de toda la soberbia que tienen los
de su profesion. Díjele: No fué tan grave el delito, que merezca tan
gran castigo como ese. Díjome entonces: No debe de saber el morlaco
con quién se ha encontrado; pues estése quedo, que no quiero darle mas
castigo de ponerle cuarenta dedos en los carrillos, que por mi cuenta
venian á ser ocho bofetadas; esperéle, y viniendo alzadas las manos
para ejecutar el castigo, usé de una treta que siempre me ha salido
bien. Y fué, que como venia tan atento á su negocio, yo hice el mio; y
asiéndole la espada por la guarnicion, con toda la presteza posible se
la saqué de la vaina, con el mismo movimiento le puse los cinco dedos
en la cara, y con la guarnicion le herí en el carrillo izquierdo.
Él que se vió desarmado, dió á correr hácia gradas, y unos jubeteros
comenzaron á decir: Víctor, víctor al escolar; pero dijéronme:
Váyase de aquí, que este va á llamar retraidos, y volverán presto.
Fuíme hácia San Francisco, y el bellacon entró muy descolorido, sin
espada, en el corral de los naranjos, la capa arrastrando, la cara
llena de sangre, y preguntándole qué habia sido, respondió, que lo
cercaron treinta hombres, y abrazándose con él, le sacaron la espada,
y habiéndole herido, á bocados se libró de ellos, y le habia sacado
las narices á uno de ellos de un bocado, y que iba por una espada y
rodela para hacerlos pedazos á todos. Acudieron á donde habia pasado
el ruido, y todos los oficiales hablaron en favor mio, á lo cual dijo
uno que iba entre ellos, hombre de menos que mediana estatura, zurdo y
dobladillo de cuerpo á quien todos pareció que respetaban: Bien está,
ese hombrecillo debe de tener buen hígado y así es menester hacerlos
amigos, porque el herido lo es de todos los honrados de la cofradía,
y antes de dos horas estará con los muchos si lo saben: llamen á ese
pobrete. Llamáronme unos oficiales, y trajeron al otro, que para que
quisiese ser amigo, fué menester llevarlos todos á la taberna de Pinto,
y gastar una hanega de lo de Cazalla: todos á una voz dijeron: Buen
hijo es; bien merece entrar en la cofradía.
[Ilustración]
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