Pasado esto, como el bellacon quedó mal contento buscó traza cómo
vengarse, y hallóla muy buena. Como yo entré nuevo, y tenia poca
esperiencia de las cosas de Sevilla, recatéme poco, que en las
repúblicas tan grandes es menester entrar con tiento, y el que no tiene
conocimiento ni esperiencia de ellas, háse de valer de quien tenga
para no hallarse atajado. Púseme espada, y en las obligaciones en que
se pone quien la ciñe, que con el desvanecimiento de la valentía, y
con haber dado en poeta y músico, que cualquiera de las tres bastaba
para derribar otro juicio mejor que el mio, comencé á alear más de lo
que me estaba, y á tenerme por paseante y gran ventanero, y enamorar
cuantas encontraba; de manera, que no habia portugués más azucarado que
yo, por donde halló mi contrario flaqueza en mí con la de una dama de
buen talle, en cuya casa él entraba y era señor absoluto. Andando yo
en la brama entre aquellos árboles de la alameda, sentíme llamar de
una cierva, y acudiendo al bramido me dijo: ¿Es posible, señor galan,
que tan al descuido viva vuesarcé, que no ha echado de ver que le miran
con más cuidado que el ordinario? Miréle el rostro y talle, y aunque
le tenia estremado de bueno, con todo lo creí, porque yo estaba tan
desvanecido, que por este camino creyera cualquier favor que se me
diera. Prosiguió diciendo: ¡Que haya venido yo á tiempo que no mire la
calidad de mi persona ni autoridad de mi marido! ¡oh mal hayan los ojos
que no se recatan, y mal hayan los piés que salen de los umbrales de su
casa para ver sus desdichas! ¡que haya entregado mi libertad á quien no
sé si la estimará! ¡que mire yo á quien ni me conoce ni conozco, y que
haya de rogar á quien jamás admitió ruegos de nadie! Más quiero morir,
que no rendirme á quien quizá se reirá y despreciará mis prendas.
Y con eso fingió unas lágrimas tan tiernas, que me sacó de juicio.
Y en habiendo hecho su embeleco, me dejó y volvió las espaldas con
grandísimo donaire y garbo. Yo quedé helado y abrasado de su presteza
en irse, y de sus palabras en rendirme. La criada me dijo: Buena tiene
vuesa merced á mi señora, que estas eran sus melancolías; de aquí
nacen sus malas condiciones, que no hay quien en casa se averigüe con
ella. Sígala vuesa merced, y recátese no le vea su marido, que es un
caballero muy principal, y no poco celoso, aunque jamás ha visto en mi
señora ocasion para serlo. Seguíla espantado, y contento de parecerme
que mereceria yo mucho: estimándome interiormente en harto más de lo
que fuera razon. Entré en su casa, que era en una calle angosta que iba
á dar á la calle de las Armas, y luego me favoreció haciendo ventana:
y advirtióme que no diese muchos bordos, que ella me avisaria de lo
que habia de hacer. Anduve algunos dias en pretension, pareciendo que
por su estimacion no queria rendirse luego. ¡Oh engaños del mundo, y
qué fácilmente cree un hombre las cosas que van encaminadas á su gusto
ó á su provecho! Si mirásemos y tanteásemos lo que mira á nuestro
bien, como lo que mira á nuestro mal, no caeríamos en tantos daños y
desventuras como suceden. En la apariencia del gusto nos arrojamos
con la esperanza del bien, y en el mal no nos recatamos, siendo tan
peligroso ó dudoso el fin de lo uno como de lo otro. Más seguros vamos
por el camino del daño que yertos por el del provecho; porque lo uno
nos pone en recato, y lo otro en descuido. En el uno puede haber
engaño, y en el otro está el desengaño claro, como me sucedió, que
creyendo el engaño de aquella mujer, me ví en grande peligro; ¿pero á
quién no engañará un rostro hermoso y un talle gallardo con palabras
dulces y ojos bachilleres? Al fin yo perseveré hasta que me envió á
decir con un papel amorosísimo que me llegase allá aquella noche.
Púseme lo más galan que pude, cogí mi espada y una linterna grande,
que podia servir de broquel, y fuíme derecho á su casa sin considerar
otra cosa más que obedecer al gusto; hallé la puerta y sus brazos
abiertos, recibióme con todas las caricias que yo podia desear de actos
exteriores y sencillos, y palabras dobladas: cerró la puerta, luego al
punto llamaron á ella. Ella sin preguntar quién llamaba, dijo: Amigo,
mi marido llama, entraos en esta bodeguilla, que luego se tornará á ir.
Entréme con mi linterna encendida: cerraron la puerta de la bodeguilla
con cerrojo, y dejáronme muy bien cerrado. El aposentillo estaba casi
todo lleno de sarmientos y chamiza seca; habia un pozo, que respondia
á lo alto, con su cubo colgado: púseme á escuchar lo que hablaban,
porque de haber cerrado la puerta sospeché no bien; preguntóle la
señora al marido fingido: Ya tengo cerrado á este hombre, ¿qué se ha
de hacer? Él respondió, aunque paso, en voz que le pude conocer que
era mi contrario: Abrasarlo ó ahogarlo en el pozo, que este es el que
me sacó la espada de la vaina. Luego se me representó la traza para
salir salvo de su cautela; que el peligro, descubridor de grandes
secretos, y el temor de la muerte levantan la imaginacion á cosas nunca
pensadas: tapé con una tabla el brocal del pozo: y de aquella chamiza
y sarmientos secos llegué cantidad á la puerta de la bodeguilla, y
con la linterna, que aun no habia apagado, encendílos. La puertecilla
estaba tan seca, que comenzó á arder con la ayuda de la leña, saliendo
muchas llamaradas de la chamiza por debajo la puerta: metíme en el cubo
del pozo, y asíme á la soga muy bien, que como estaba tapado el pozo
iba seguro yo. Comenzó toda la gente á dar voces: Fuego, fuego, agua,
saquen agua del pozo; tiraron de la soga para sacar agua, y como pesaba
el cubo demasiadamente, por estar yo dentro, llegáronse muchos vecinos
á tirar de la soga, y tanto y con tanta fuerza tiraron, que al fin me
subieron arriba. Asíme muy bien al brocal del pozo, yo debia de estar
con el rostro pálido de la turbacion, y con esto y hacerles un gesto de
abominable demonio, desmayaron todos, diciendo que era un diablo lo que
sacaron del pozo. Acabé de salir, y escabullíme entre la gente lo mejor
que pude, y pude muy bien, porque como estaban turbados no me echaron
de ver, dejándoles la casa encendida, y llevando mi persona libre,
que vine á hallar la vida donde era tan fácil el perderla; como en un
pozo, y encerrado en tanta estrecheza, como en una bodeguilla llena de
curianas.
[Ilustración]
[Ilustración]