DESCANSO I.

Tornando de nuevo á coser ó á anudar la conversacion pasada, sentámonos

al brasero, prosiguiendo mi comenzada relacion, porque el ermitaño,

hombre de muy buen discurso, me importunó de manera, que se echó de

ver que gustaba mucho de oir los trances de mi vida, y mostrando

mucha atencion, que es lo que da nuevo ánimo á las conversaciones,

proseguí lo que la noche antes habia dejado por el sueño del ermitaño,

y comencélo de muy buena gana, porque de la misma manera que quita

el gusto de hablar la descortesía de que algunos ignorantes usan, en

atajar lo que un hombre va diciendo, por encajar un disparate que se

les ofrece fuera de propósito, así la atencion da fuerzas y espíritu

al que habla para no cesar en su materia; yerro en que he visto caer

á muchas personas, muy reprehensible en quien le tiene, porque arguye

poco gusto ó mal entendimiento. El que no quiere oir lo que otro

habla, bien puede apartarse y dar lugar á que oiga quien tiene gusto;

que hay algunos de tan estraordinaria condicion y natural, que, ó por

deslucir lo que otro habla, ó por no entenderlo, que es lo más cierto,

procuran atajarlo con poca razon y menos cortesía. El premio del que

dice bien, es la atencion que se le presta, y aunque no sea muy limado,

es gran descortesía no dar aplauso á lo que dice, que al fin procura

que parezca bien, y dice lo mejor que puede y sabe. Hay un género de

gentes que hablan con intercadencia, careciendo de hebra y caudal

para la materia que se trata: que despues de haberles respondido,

aunque se haya mudado el primer motivo, acuden con lo que se les

ofrece fuera de la intencion que se lleva: este es un disparate y una

inadvertencia que hace muy odioso al que la usa, y de quien se debe

huir la conversacion, porque son estorbo al que habla y á los que oyen:

y cuando va con malicia de desdorar al que dice, que todo esto puede

la envidia, es una malicia sin disculpa y merecedora de cualquier mala

correspondencia, que no se halla sino en hombres de poca substancia,

así en ingenio, como en letras. Y estiéndese á tanto, que aun en los

libros que se imprimen, no rehuye la infame y mal nacida envidia, de

usar de libertades muy conocidas. Los libros que se han de dar á la

estampa, han de llevar doctrina y gusto que enseñen y deleiten, y los

que no tienen talento para esto, ya que no lo alcanzan, no se deslicen

á echar pullas, con ofensa de los hombres de opinion, ó no escriban;

que no ha de ser todo danza de espadas, que despues de hechas no queda

fruto ni memoria de cosa que se pegue al alma. Han de llevar los libros

que se dan á la estampa, mucha pureza y castidad de lenguaje; pureza

en la eleccion de las palabras, y honestidad de conceptos, y castidad

en no mezclar bastardías que salen de la materia, como maledicencias

ó desestimacion de lo que otros hacen, especialmente cuando son

contra quien sabe decir, y sabe qué decir; y tan mal dichas, que van

señalando con el dedo, con que descubren su ignorancia, y desacreditan

sus escritos, y manifiestan su envidia, y declaran su malicia. Tornando

á la materia del hablar, digo que en las conversaciones háse de dar

lugar á que hable el que habla, y él ha de ser tan remirado, que no se

derrame, ni divierta, ni quiera hablárselo todo, que ha de dar lugar á

la respuesta. Yo, como iba historiando mi vida, no advertí que podria

el ermitaño cansarse de oirme hablar tan diversamente: pero sucedióme

bien, que no solamente no se cansó, pero tornó á importunarme que

prosiguiese en mi principal intento, que para eso me lo habia rogado al

principio, y tornando á hablar con él, proseguí diciendo.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 52 / 101 题