Tornando de nuevo á coser ó á anudar la conversacion pasada, sentámonos
al brasero, prosiguiendo mi comenzada relacion, porque el ermitaño,
hombre de muy buen discurso, me importunó de manera, que se echó de
ver que gustaba mucho de oir los trances de mi vida, y mostrando
mucha atencion, que es lo que da nuevo ánimo á las conversaciones,
proseguí lo que la noche antes habia dejado por el sueño del ermitaño,
y comencélo de muy buena gana, porque de la misma manera que quita
el gusto de hablar la descortesía de que algunos ignorantes usan, en
atajar lo que un hombre va diciendo, por encajar un disparate que se
les ofrece fuera de propósito, así la atencion da fuerzas y espíritu
al que habla para no cesar en su materia; yerro en que he visto caer
á muchas personas, muy reprehensible en quien le tiene, porque arguye
poco gusto ó mal entendimiento. El que no quiere oir lo que otro
habla, bien puede apartarse y dar lugar á que oiga quien tiene gusto;
que hay algunos de tan estraordinaria condicion y natural, que, ó por
deslucir lo que otro habla, ó por no entenderlo, que es lo más cierto,
procuran atajarlo con poca razon y menos cortesía. El premio del que
dice bien, es la atencion que se le presta, y aunque no sea muy limado,
es gran descortesía no dar aplauso á lo que dice, que al fin procura
que parezca bien, y dice lo mejor que puede y sabe. Hay un género de
gentes que hablan con intercadencia, careciendo de hebra y caudal
para la materia que se trata: que despues de haberles respondido,
aunque se haya mudado el primer motivo, acuden con lo que se les
ofrece fuera de la intencion que se lleva: este es un disparate y una
inadvertencia que hace muy odioso al que la usa, y de quien se debe
huir la conversacion, porque son estorbo al que habla y á los que oyen:
y cuando va con malicia de desdorar al que dice, que todo esto puede
la envidia, es una malicia sin disculpa y merecedora de cualquier mala
correspondencia, que no se halla sino en hombres de poca substancia,
así en ingenio, como en letras. Y estiéndese á tanto, que aun en los
libros que se imprimen, no rehuye la infame y mal nacida envidia, de
usar de libertades muy conocidas. Los libros que se han de dar á la
estampa, han de llevar doctrina y gusto que enseñen y deleiten, y los
que no tienen talento para esto, ya que no lo alcanzan, no se deslicen
á echar pullas, con ofensa de los hombres de opinion, ó no escriban;
que no ha de ser todo danza de espadas, que despues de hechas no queda
fruto ni memoria de cosa que se pegue al alma. Han de llevar los libros
que se dan á la estampa, mucha pureza y castidad de lenguaje; pureza
en la eleccion de las palabras, y honestidad de conceptos, y castidad
en no mezclar bastardías que salen de la materia, como maledicencias
ó desestimacion de lo que otros hacen, especialmente cuando son
contra quien sabe decir, y sabe qué decir; y tan mal dichas, que van
señalando con el dedo, con que descubren su ignorancia, y desacreditan
sus escritos, y manifiestan su envidia, y declaran su malicia. Tornando
á la materia del hablar, digo que en las conversaciones háse de dar
lugar á que hable el que habla, y él ha de ser tan remirado, que no se
derrame, ni divierta, ni quiera hablárselo todo, que ha de dar lugar á
la respuesta. Yo, como iba historiando mi vida, no advertí que podria
el ermitaño cansarse de oirme hablar tan diversamente: pero sucedióme
bien, que no solamente no se cansó, pero tornó á importunarme que
prosiguiese en mi principal intento, que para eso me lo habia rogado al
principio, y tornando á hablar con él, proseguí diciendo.
[Ilustración]
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