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Aunque amanecia el dia con acabarse la furia del agua, que toda la
noche habia combatido la ermita ó humilladero, era tanta la abundancia
que el rio habia recogido, que sobrepujando la puente, ni de la una
parte ni de la otra se podia pasar, ni pasaron, hasta que se fué
avadando el dia siguiente. Yo quisiera irme, por parecerme que ya el
ermitaño estaba harto de oirme hablar relaciones de mi vida; y como yo
naturalmente, ni soy inclinado á hablar, ni oir hablar mucho, parecióme
que el demasiado sueño del ermitaño nacia del enfado de oirme: y como
los habladores, gente sin memoria de lo que está por venir, son para
mí tan odiosos, no queria caer en la culpa que reprehendo, que los que
tienen esta falta, aunque por sobra de palabras sin sustancia, son
ordinariamente cizañeros, congraciadores, chismosos, que á trueque ó
fin de hablar no reparan en falso ó verdadero, ni saben distinguir la
mentira de la verdad, y de la misma manera que lo dicen lo desdicen;
amigos de averiguar un chisme, y de traer y de llevar adelante su
opinion, soldando un yerro con otros ciento, y el menor daño que
hacen es ser grandes aduladores: no se asientan ni reposan en cosa
con la facilidad que proceden, ni temen caer en falta, ni cobrar mala
opinion, que realmente he visto que á este vicio le siguen otros muy
peores. Huyendo yo de no caer en fama de hablador me quise despedir del
ermitaño, si bien el tiempo aun no daba lugar para ello; pero él me
porfió que no le dejase solo, por una grande melancolía que le habia
dado un sueño aquella noche, que afirmativamente decia: que estando más
dispierto que dormido, le habia hablado un muerto, en cuya muerte se
habia hallado en Italia. Reíme, y lo mejor que pude procuré deshacerle
aquella imaginacion. Preguntóme de qué me reia. Ríome, respondí, de que
la aprehension de los sueños sea tan poderosa con algunas personas,
que les parece que es verdad lo que sueñan, cosa tan reprobada por
el mismo Dios en muchos lugares del Testamento viejo, y recibido en
el nuevo, siendo todo vanidad del celebro, y ahora de la melancolía
que ha causado la esperanza del tiempo; que junta con el poco y no
buen mantenimiento, causara ese efecto y otros más ridículos. Digo,
respondió el ermitaño, que aun ahora me parece que le tengo presente.
Reíme mucho más que antes; replicóme: ¿Luego no suelen venir los
muertos á hablar con los vivos? No por cierto, respondí yo, sino cuando
por algun negocio de mucha importancia les da Dios licencia para ello,
como en aquel caso tan estupendo y digno de saberse que le pasó al
Marqués de las Navas, que habló con un muerto á quien él habia quitado
la vida; pero vino á cosas que le importaban para la quietud y reposo
de su alma. Es caso que todos los que vemos en los libros antiguos no
tienen tan asentada verdad como este, reservando aquellos de que las
divinas letras hacen mencion, porque pasó en nuestros dias, y á un tan
gran caballero, y tan amigo de verdad, y en presencia de testigos, que
hay algunos vivos ahora, que ni á él, ni á ellos, aun siendo verdad,
les importa nada confesarlo. ¿Á cuál Marqués? preguntó el ermitaño. Al
que es ahora vivo, respondí yo, D. Pedro de Ávila. Si no se cansa vuesa
merced, dijo el buen hombre, y aunque se canse, cuéntelo cómo pasó, que
cosa tan espantosa y de nuestros dias es bien que todos lo sepan. Bien
divulgada está, dije yo; pero por que no se quede en el sepulcro con el
muerto es bien decirla, y hacer particular memoria de cosa que tanta
apariencia tiene de verdad; y no me afirmára en ella, si no la hubiera
oido de la boca de un tan gran caballero como el mismo Marqués, y á su
hermano el señor D. Enrique de Guzman, Marqués de Pobar, gentil hombre
de la Cámara del potentísimo Rey D. Felipe III de las Españas, en cuyo
palacio nunca ha hallado lugar la adulacion ni mentira. El caso fué de
esta manera:
Estando el Marqués preso por mandado de su Rey en San Martin de Madrid,
monasterio de la Orden de San Benito, y visitándole sus amigos grandes
caballeros, muchas veces ó siempre se quedaban de noche acompañándole,
particularmente el Sr. D. Enrique, Marqués de Pobar, su hermano, y el
Sr. D. Felipe de Córdoba, hijo del Sr. D. Diego de Córdoba, Caballerizo
mayor de Felipe II, y una noche, entre muchas, dióles gana de irse á
pasear al Marqués y á D. Felipe: fueron hácia el barrio de Lavapiés,
y estando hablando por una ventana, dijo el Marqués: Esperadme aquí,
que voy á aquella callejuela á cierta necesidad natural; halló en ella
dos hombres en las dos esquinas, que no le dejaron pasar. El Marqués
dijo: Vuesas mercedes sepan que voy con esta necesidad, y fué á pasar
contra su gusto. Arrojóle uno de ellos una estocada, y el Marqués otra
á él propio; cada uno pensó que dejaba muerto al otro. Con el mismo
movimiento que le sacó el Marqués la espada, que tenia la guarnicion en
el pecho, le dió al otro una cuchillada, con que le abrió la cabeza.
Quedáronse los dos que no pudieron moverse; el de la estocada muerto,
aunque en pié, el de la herida fuera de sí. Fuése el Marqués y llamó
á D. Felipe, y fuéronse á San Martin. Estando allá, pareciéndole que
dormir sin averiguar bien lo que habia pasado era yerro, contóselo, y
los dos determinaron de ir. Fué el Marqués con ellos, que no quiso que
fuesen sin él, y hallaron alborotado el barrio, diciendo que habian
muerto allí dos hombres. Volviéronse sin hallar en el sitio donde
habia pasado otra cosa sino dos lienzos ensangrentados. El que habia
quedado con la herida fuése á Toledo, y desde allí envió á saber si el
Marqués era muerto, que lo habia conocido cuando le dió la estocada, y
curándose lo mejor que pudo, vino á morir de la herida: hizo testamento
antes, y como supo que el Marqués no habia recibido daño, porque la
estocada habia sido al soslayo, dejólo por su testamentario. Supo
el Marqués esto por relacion de un Religioso que se lo vino á decir
quién era el que lo dejaba por testamentario. Dentro de cinco ó seis
dias, despues de muerto este hombre, estando el Marqués acostado en
su cama, y D. Enrique su hermano, y D. Felipe de Córdoba en el mismo
aposento en otra cama, cerrada la puerta para dormir, llegaron y le
quitaron la ropa de la misma cama. El Marqués dijo: Quitaos allá, D.
Enrique, y respondió la persona que era con una voz ronca y llena de
horror: No es D. Enrique. Escandalizado el Marqués se levantó muy de
priesa, y desenvainando la espada que tenia á la cabecera, tiró tantas
cuchilladas, que preguntó D. Felipe: ¿Qué era aquello? El Marqués mi
hermano es, respondió D. Enrique, que anda á cuchilladas con un muerto.
Él dió cuantas pudo, hasta que se cansó, sin topar en cosa, sino
algunas en las paredes.
Abrió la puerta, y tornó á verlo fuera, y con la misma priesa fué
dando cuchilladas, hasta que llegó á un rincon donde habia oscuridad,
y entonces dijo la sombra: Basta, señor Marqués, basta, y véngase
conmigo, que le tengo que decir. El Marqués le siguió, y á él los
dos caballeros, su hermano, y D. Felipe. Bajóle abajo, y diciendo el
Marqués qué le queria, respondió, que mandase los dejasen solos, que
no podia hablar delante de testigos. Él, aunque de mala gana, les dijo
que se quedasen; mas ellos no quisieron. Al fin la sombra se entró en
cierta bóveda donde habia huesos de muertos: entró el Marqués tras
de ella, y en pisando los huesos le fué discurriendo por los suyos
tan grande temor, que le fué forzoso salir fuera á respirar y cobrar
aliento, lo cual hizo por tres veces. Lo que le queria, y pudo el
Marqués con la turbacion percibir, era que en pago de la muerte que le
habia dado, le hiciese aquel bien de cumplir lo que en su testamento
dejaba, que era una restitucion, y poner una hija suya en estado.
Hubo en esto dares y tomares entre el Marqués y la sombra, segun
dijeron los testigos. Y confiesa el Marqués, que siendo tan hermoso
de rostro, blanco y rojo, como sus hermanos, desde esta noche quedó
como está ahora, sin ningun color y quebrantado el mismo rostro. Dice
que le vino á hablar otras veces, y que antes que le viese le daba
un frio y temblor, que no podia sustentarse. Al fin cumplió lo que
le pidió, y nunca más le apareció. Si fué el mismo espíritu suyo, ó
del ángel de su guarda, ó ángel bueno ó malo, dispútenlo los señores
teólogos, que para mí bástame el haberlo oido de la boca de un tan
gran caballero como el Marqués y D. Enrique su hermano, para tener el
caso por más cierto; y que por cosas tan particulares, que importan la
salvacion de un alma, suele el Señor del cielo y tierra dar licencia
para semejantes negocios, que no son estas de las cosas que algunos
autores gentiles dicen, de llamar las almas para hacerles preguntas,
como hacia Empedocles y Apion Gramático, que llamó la sombra de Homero,
y no osó decir lo que habia respondido, que estas eran artes de la
necromancia, de que dice Ciceron, que fingian cuerpos de aquellos que
ya estaban quemados, y les daban alguna forma ó figura; porque el
espíritu por sí era incapaz de ser visto, que todas eran artes del
demonio, y acudia á lo que le pedian como poderoso, permitiéndoselo
Dios, que sin esta permision no podia hacerlo. Y que el venir de las
almas de los muertos con dispensacion de Dios, no se puede negar haber
sucedido algunas veces; no porque anden vagando por el mundo, que sus
lugares tienen señalados, ó en el cielo ó en el infierno, ó en el
purgatorio. Y si he sido prolijo en este cuento contra mi condicion y
estilo, es porque cosas tan graves se han de decir con la sencillez
y llaneza con que pasaron, sin dorarlo ni desdorarlo. Admiracion me
ha puesto el caso, dijo el ermitaño, y estoy determinado de apartarme
de soledad, que aunque he pasado algun tiempo en ella, no he visto
cosa que me perturbe, y aun con todo eso me he retirado de la soledad
hácia el poblado, por los temores que pasaba entre los altos riscos de
Sierra-Morena: pero dejemos ya esta materia, y volvamos á proseguir
lo comenzado; que con la dulzura del estilo y gracia del contarlo, se
olvidará la melancolía del sueño y de la verdad referida. Luego se fué
á Sevilla, donde ahora vive muy recogido.
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