En Valladolid serví al Conde de Lemos, D. Pedro de Castro, el de la
gran fuerza, caballero de excelentísimo gusto y bondad muy suya, sin la
heredada que era y es, cuando menos, descendiente de la sangre de los
Jueces de Castilla, Nuño Rasura y Lain Calvo, junta con la de los Reyes
de Portugal. Entré en su gracia, é hice muy poco, porque tenia el Conde
un pechazo tan generoso, manso y apacible, que con poca diligencia
se entraba en las entrañas de quien le queria. Con todo no me hallé
muy bien á los principios, porque me faltaba lo que es menester para
servir en palacio, que es decir con gracia una lisonja, salpimentar
una mentira, traer con blandura y artificio un servil chisme, fingir
amistades, disimular ódios, que caben mal estas cosas en los pechos
ingénuos y libres. Dejo aparte el rigor y magestad de los porteros, que
ordinariamente tienen una gravedad más seca que sus personas, y ellos
lo son tanto como sus palabras.
Aunque eché de ver, que lo que más importa es, que en presencia del
señor el criado tenga el rostro alegre, y en las cosas que le mandan,
y aunque no se las manden, será menester ser diligente y solícito, y
cumplir cada uno puntualmente con su ministerio. En lo primero, que es
traer el rostro alegre, mal lo puede hacer un melancólico; pero para
esto hay un remedio, que es no ponerse delante del señor, sino cuando
estuviere el criado de buen humor: que la alegría de los criados,
fuera de hacer su negocio, ayuda á vivir al señor, y si no la muestra,
piensa que está disgustado en su servicio, y así durará poco con él.
Aunque este príncipe mostraba tan buen pecho con sus criados, que él
mismo los obligaba á andar muy contentos, y servirle con muy apacible
semblante: porque haciendo todo lo que podia tenia obligacion de hacer,
los honraba donde quiera que se hallaba. Y siempre en esta antiquísima
casa han llevado y llevan esta grandeza de ánimo y cortesía, como se
ha parecido y parece en el que ahora lo posee D. Pedro de Castro,
que desde niño tierno descubrió tanta excelencia de ingenio y valor,
acompañado de ingénuas virtudes, que habiéndolo puesto su Rey en los
más preeminentes oficios y cargos que provee la monarquía de España,
ha sacado milagroso fruto á su reputacion, siendo muy grato á su
Rey, muy amado de las gentes subordinadas á su gobierno, y muy loado
de las naciones extranjeras. Estando en esta casa y en Valladolid,
se descubrió aquel gran cometa, tantos años antes pronosticado por
los grandes astrólogos, amenazando á la cabeza de Portugal. Hubo tan
grandes juicios sobre ella, y algunos tan impertinentes, que dieron
harto que reir, entre los cuales hubo uno que decia, que las cosas
grandes habian de descrecer, y las pequeñas habian de crecer: llegó
este juicio al de un hombrecico pequeño, que tambien en esto lo era,
que estaba muy mal contento de verse con tan aparrada presencia, que
trayendo unos pantuflos de cinco ó seis corchos, aun no podia lucir
entre la gente. Andaba siempre pulido y bien puesto, enamorado y bien
hablado, y aun hablador no sin afectacion. En las conversaciones
procuraba, no que sus conceptos llegasen á igualarse con los otros,
sino que sus hombros se ajustasen con los de la rueda, y como no podia
ser, pensando que era la culpa de las agujetas, meneaba un lado y otro,
hasta que crujian todas. Pues como llegó á su noticia la interpretacion
del cometa, que las cosas pequeñas han de crecer, se le encajó que
se decia por él. Que fácilmente nos persuadimos á creer lo que
deseamos, aunque sea tan gran disparate como este. Dijéronle que yo era
nigromántico, y que si yo queria, podia hacerle dos ó tres dedos ó más;
pero que habia de ser muy secreto, porque no se supiese que yo sabia
tal arte diabólica. Pasando por la plaza, haciendo mil escuderajes con
los demás gentiles-hombres de casa, me señalaron con el dedo, para que
me conociese. Sin haberme avisado los que le tornaban loco, se llegó
á mí con una retórica bien pensada, ofreciéndome amistad y hacienda y
favor para toda la vida, y el fin de todo fué decir: Ya vuesa merced
ve el agravio que naturaleza hizo á un hombre de mis partes, en dar á
tan altos pensamientos tan pequeño cuerpo: yo sé que si vuesa merced
quiere, puede suplir esta falta, con que tendrá un esclavo para siempre
jamás. Eso, dije yo, solo Dios puede hacerlo, que es superior á la
naturaleza, y si vuesa merced quiere crecer por los piés, póngase más
corchos de los que trae; y si del pecho arriba, con ahorcarlo, crecerá
tres ó cuatro dedos. Oh señor, dijo él, ya venia informado que vuesa
merced no me habia de negar este bien, por amor de mí que se disponga á
ello, y en lo demás corte por donde quisiere. Veíalo tan rematado en su
disparate, que lo hube de reducir á la obra de naturaleza, diciéndole:
Señor, vos vais tras de un imposible, que no solamente no es hacedero,
pero os tendrán por loco cuantos supieren que dais en ese error. Las
obras de naturaleza son tan consumadas, que no sufren enmienda: nada
hace en vano, todo va fundado en razon, ni hay supérfluo en ella, ni
falta en lo necesario; es naturaleza como un juez, que despues que ha
dado la sentencia, no puede alterarla, ni mudarla, ni es señor ya de
aquel caso, sino es que apelen para otro superior.
En formando naturaleza sus obras con las calidades que les da, ya no
es señora de la obra que hizo, sino que Dios, como superior, quiera
mudarlas; si hace grande, grande se ha de quedar; si chico, chico
se ha de quedar; si mónstruo, así ha de permanecer. Ni hay para qué
cansarse nadie pensando imposibles. Á esto replicó diciendo: ¿Pues no
es más dificultoso hacerse un hombre invisible, y hay quien lo hace?
No es, dije yo, sino facilísimo, que con ponerse un hombre detrás de
una tapia, queda invisible, ó encubriéndose con una nube. Y vos os
hareis invisible con solo poner delante de vos un mosquito. Gentil
consuelo, dijo, he hallado, en quien pensé tener todo lo que he deseado
toda mi vida. ¿Qué consuelo ha de hallar, dije, quien quiere ir contra
las obras de la misma naturaleza, que es la que nos representa la
voluntad del primer movedor y autor de todas las cosas? Que aunque crió
á todos los hombres iguales, no fué en los actos exteriores, sino en
la razon del alma. Y esta es la que hace al hombre superior á todos
los demás animales, que no el ser grande ó pequeño. Si naturaleza
os hubiera criado desigual de miembros, como habiéndoos dado esa de
gozque, tener unos brazos de jigante, ó en esa carilla de mandrágora
os hubiera puesto unas narices trastuladas, pudiérades os quejar,
pero no enmendar. Mas al fin, si sois pequeño, sois tan bien hecho
y tan igual de miembros, como que teneis las orejas mayores que los
piés: y quien tiene andada la mitad para una de las más importantes
virtudes que resplandecen en los hombres, ¿por qué ha buscar quien le
haga crecer? ¿Qué virtud? preguntó él. La humildad, respondí yo, que
para alcanzar tan divina virtud, teneis andada la parte del cuerpo,
que parece que estais siempre de rodillas, y con humillar el ánimo,
la tendreis alcanzada toda. Si naciérades en tiempo de los gentiles,
que se usaban transformaciones, la naturaleza enojada con vos, por
no contentaros con ella, y por soberbia, os hubiera transformado en
renacuajo, por humillar la soberbia del ánimo, y cercenar la cantidad
del cuerpo. Á todo cuanto le dije calló, y dijo por último: Aténgome
á la significacion de la cometa, que dice, que los pequeños han de
crecer, y los grandes han de disminuirse; pero ya que vuesa merced se
ha holgado dándome matraca, obligacion tiene de ponerme en estado, que
no me la den otros: que quien sabe decir lo uno, sabrá hacer lo otro, y
eso de ser humilde, guárdelo para sí, que yo tengo porque estimarme en
mucho, que soy hijodalgo de parte de mi abuela, que antes que se casase
con mi abuelo, habia sido casada con un hidalgo muy honrado, y tiene
hoy la ejecutoria de él guardada y á buen recaudo. ¿De suerte, dije
yo, que de ahí os viene la vanidad, y no querer ser humilde? Sereis
como los que lucen y se arreglan con hacienda ajena. Ahora digo que no
me espanto que seas soberbio, teniendo mucha razon de ser humilde, y
rendiros á la humildad, virtud que jamás tuvo émulos ni envidiosos: que
todas las partes que adornan á un hombre, padecen esta mala ventura,
sino es la humildad y la pobreza, tan aborrecida de los hombres, y tan
amada del Autor de la vida: pero si la humildad nace del conocimiento
de sí propio, y esto os falta á vos, ¿por qué habeis de ser humilde?
Yo no vine, me dijo, á oir virtudes, sino á probar encantamientos
ó cosas sobrenaturales para conseguir mi intento. Fuése el buen
hombre, y luego llegaron á mí cuatro amigos de buen gusto y no poca
malicia, preguntando si habia venido á mis manos con aquella demanda:
respondíles que sí, y que lo habia desengañado de aquel disparate y
deslumbramiento tan grande. Por vida vuestra, dijeron, que le hagamos
una burla, porque es tan gran loco, que se persuade á que pueda crecer
y le sacaremos una muy gentil merienda riéndonos un rato á costa suya.
Eso, respondí yo, no lo haré por todas las cosas del mundo, porque
burlas de que puede resultar escándalo general y daño particular, ni
son lícitas, ni se permite por camino alguno. Sabed, dijeron, que es la
misma avaricia y miseria, y habemos dado en esto por hacerle gastar,
que lo sentirá en el alma. Si esa condicion tiene, dije yo, no le
sacarán de ella aunque le hagan llegar á la Giralda, que los avarientos
y los borrachos nunca se ven hartos de lo que desean, ni apagan la
sed que traen. Acuérdome que por hacerle gastar á un hombre ciertos
maleantes, se pusieron á trechos, diciéndole que estaba enfermo, de
suerte que cuando llegó al último ya lo estaba de veras, por el caso
que habia hecho la imaginacion; y fué menester llevarle á su casa medio
muerto, y de quererle hacer burla tan pesada, nació el arrepentimiento
tardío para todos ellos y grave daño para el paciente. Y en este caso
seria mayor, cuanto es más imposible la obra, que para persuadir una
cosa tan contra la misma naturaleza, se han de hacer grandes embelecos,
y no pueden ser sin grande daño del pobre raton, que ni ve su cuerpo ni
conoce su ignorancia.
Porfiaron todavía que le hiciésemos un engaño que pareciese cosa de
encantamiento. Cuando eso se hiciese, pregunté yo, ¿quién quedará más
confuso, él en recibir este engaño, despues de descubierta la verdad,
ó yo en haber sido autor de él? En todas las cosas se ha de considerar
el fin que pueda tener, y esa ficcion y engaño no puede estar mucho
encubierta: y para mí tengo por mejor y más seguro el estado del
engañado, que la seguridad del engañador: porque al fin, lo uno arguye
sencillez y buen pecho, y lo otro mentira y maldad profunda. Yo no
puedo tragar una mentira ni engaño, porque se arremete á desdorar la
opinion de quien se tiene por hombre de bien. Las burlas han de ser
pocas y sin daño de tercero, y tales, que el mismo contra quien se
hacen guste de ellas. No sabemos la capacidad de cada uno, que la
burla llevadera para uno, será para otro muy pesada; y las burlas
no se han de juzgar por malas ó peores de parte de quien las hace,
sino de parte de quien las recibe; y si él las tomare bien, serán de
sufrir; y si las tomare pesadamente, serán pesadísimas. Dábanle matraca
á cierto ordenante por una necedad que habia dicho, y cuando estuvo
harto de sufrir, dijo: Que queria que pecase mortalmente quien más
se la diese. Que de burlas pesadas vemos cada dia resultar agravios
que no se pensaron. Este miserable no tiene talento para llevar una
burla tan pesada como esta que por fuerza lo ha de ser. Yo me tengo
de oponer en eso, porque iria contra mi propia opinion, que es justo
y mal hecho: y no me espantaré del que se deja engañar por lo que
desea, pero espantaríame de quien le quisiere engañar, sin esperar de
ello más gusto que hacer mal. Fuéronse, y al fin le hicieron una burla
muy pesada, dándome á mí por autor de ella. Pusiéronle en estrecho de
ayunar tres dias con cuatro onzas de pan y dos de pasas y almendras,
y dos tragos de agua, y primero le tomaron la medida de su cuerpo
en una pared muy blanca, poniendo para señal de su altura un clavito
pequeño ó tachuela. Hizo su dieta, unas hermanas suyas le fregaban
los brazos y piernas todas las noches y mañanas, por consejo de los
maleantes: preguntábanle las pobres despues de cansadas: ¿Hermano,
para qué hace esto? Y él las respondia: Bárbaras, no os entremetais
en las cosas de los hombres. Todos estos tres dias de la dieta y las
fricaciones, se subia á una azotea en amaneciendo, y se ponia hácia
el nacimiento del sol, haciendo ciertas señales que le habian mandado
contra las nieblas de Valladolid, que él hizo muy puntualmente como
todo lo demás. Cumplidos los tres dias, y lleno el celebro de nieblas,
vino á los bellacones con tanta cara como una calavera de mandrágora,
que como estaba tan chupado y flaco, parecia más alto. Fué uno de ellos
á la pared blanca donde se habia metido, y mudó el clavito dos dedos
más abajo, y tapó el agujero con un poco de cera blanda, que era en la
cerería recien hecha, blanca y muy lisa. Enviáronle á medirse, y como
topó con el colodrillo en el clavito, quedó fuera de sí de contento,
entendiendo que él habia crecido lo que el clavo habia bajado. Vino con
la boca llena de risa, que parecia mico desollado, y fuése á echar á
los piés de quien le habia hecho crecer: ellos le dijeron que callase,
porque sino se descreceria lo crecido, y que lo dificultoso quedaba
por hacer. Él dijo que aunque fuera bajar al infierno, lo haria por
no descrecer. Pues no es menos, dijeron ellos, y aquella noche le
mandaron que entre las once y las doce de la noche entrase en cierto
aposento por un callejon muy estrecho, que estaba debajo de unas casas
lóbregas y obscuras, solo y sin luz, y que allí le dirian lo que habia
de hacer. Él se turbó todo con la dificultad que le pusieron, pero
al fin dijo, con todo el miedo posible: Sí haré, sí haré. Fuése á
la noche entrando por su callejon, espeluzado el cabello, cortado de
brazos y piernas, sin oir perro ni gato que le pudiese hacer compañía,
y en llegando al aposento, salieron por las cuatro esquinas debajo la
cama cuatro carátulas de demonios, con cuatro candelillas en la boca,
que con el temor que habia concebido, se le representó el infierno
todo; porque todos los hombres muy crédulos son tambien temerosos; y
como se fueron alzando los demonios, él se fué quedando, y sin saber
de sí, ni poder moverse de donde estaba, cayó en el suelo, dándole
tan gran corrupcion, que no se le pareció haber tenido dieta, que la
cólera habia desbaratado cuanto las almendras y pasas habian detenido.
Él caido, y ellos turbados y aun arrepentidos, no supieron qué hacer,
sino dejarlo y acogerse. Él volvió á cabo de rato en sí, y hallóse
revolcado en su sangre, de que anduvo muy corrido, y de manera enfermo,
que fué menester de veras valerse de las pasas y almendras para no
morirse, y ellos anduvieron escondidos y ausentes. Yo me sangré en
salud, refiriéndole el cuento al Conde, que le solemnizó mucho con
su buen gusto, y tomó á su cargo las amistades, contando lo pasado á
cuantos entraban en su casa. Sosegóse el negocio con la autoridad de
un tan gran príncipe, aunque ellos anduvieron hartos dias inquietos:
porque el hombrecito se quejó á todo el mundo, y á quien podia castigar
la burla. Yo los cogí cuando hubo oportunidad, y les dí á entender
con la verdad, cuánto importa no hacer mal, tanto en burlas como en
veras, que de haberle dado la vaya sobre su ruin talle y cuerpo, vino
á buscar tan pesado remedio, que nadie quiere oir faltas, y por más
que se hagan sufridores y finjan risa, no hay á quien no le pese en
el alma oir mal de sí propio: y tanto más, cuanto más parece verdad
lo que se dice: que aun cuando no lo es ni lo parece, se le abrasa el
corazon á quien se dice, ora sea por dar pesadumbre, ó sea por chisme,
de que era tan enemigo este príncipe, que en trayéndole alguna novedad
de palacio, llamaba á aquel de quien se decia, y delante del parlero
se lo reprehendia: si se encogia de hombros el otro negándole, decia
el Conde: Pues veis aquí á fulano que me lo dijo: y así andaban todos
ajustados con la lengua y con el Conde.
[Ilustración]
[Ilustración]