DESCANSO XXIII.

En Valladolid serví al Conde de Lemos, D. Pedro de Castro, el de la

gran fuerza, caballero de excelentísimo gusto y bondad muy suya, sin la

heredada que era y es, cuando menos, descendiente de la sangre de los

Jueces de Castilla, Nuño Rasura y Lain Calvo, junta con la de los Reyes

de Portugal. Entré en su gracia, é hice muy poco, porque tenia el Conde

un pechazo tan generoso, manso y apacible, que con poca diligencia

se entraba en las entrañas de quien le queria. Con todo no me hallé

muy bien á los principios, porque me faltaba lo que es menester para

servir en palacio, que es decir con gracia una lisonja, salpimentar

una mentira, traer con blandura y artificio un servil chisme, fingir

amistades, disimular ódios, que caben mal estas cosas en los pechos

ingénuos y libres. Dejo aparte el rigor y magestad de los porteros, que

ordinariamente tienen una gravedad más seca que sus personas, y ellos

lo son tanto como sus palabras.

Aunque eché de ver, que lo que más importa es, que en presencia del

señor el criado tenga el rostro alegre, y en las cosas que le mandan,

y aunque no se las manden, será menester ser diligente y solícito, y

cumplir cada uno puntualmente con su ministerio. En lo primero, que es

traer el rostro alegre, mal lo puede hacer un melancólico; pero para

esto hay un remedio, que es no ponerse delante del señor, sino cuando

estuviere el criado de buen humor: que la alegría de los criados,

fuera de hacer su negocio, ayuda á vivir al señor, y si no la muestra,

piensa que está disgustado en su servicio, y así durará poco con él.

Aunque este príncipe mostraba tan buen pecho con sus criados, que él

mismo los obligaba á andar muy contentos, y servirle con muy apacible

semblante: porque haciendo todo lo que podia tenia obligacion de hacer,

los honraba donde quiera que se hallaba. Y siempre en esta antiquísima

casa han llevado y llevan esta grandeza de ánimo y cortesía, como se

ha parecido y parece en el que ahora lo posee D. Pedro de Castro,

que desde niño tierno descubrió tanta excelencia de ingenio y valor,

acompañado de ingénuas virtudes, que habiéndolo puesto su Rey en los

más preeminentes oficios y cargos que provee la monarquía de España,

ha sacado milagroso fruto á su reputacion, siendo muy grato á su

Rey, muy amado de las gentes subordinadas á su gobierno, y muy loado

de las naciones extranjeras. Estando en esta casa y en Valladolid,

se descubrió aquel gran cometa, tantos años antes pronosticado por

los grandes astrólogos, amenazando á la cabeza de Portugal. Hubo tan

grandes juicios sobre ella, y algunos tan impertinentes, que dieron

harto que reir, entre los cuales hubo uno que decia, que las cosas

grandes habian de descrecer, y las pequeñas habian de crecer: llegó

este juicio al de un hombrecico pequeño, que tambien en esto lo era,

que estaba muy mal contento de verse con tan aparrada presencia, que

trayendo unos pantuflos de cinco ó seis corchos, aun no podia lucir

entre la gente. Andaba siempre pulido y bien puesto, enamorado y bien

hablado, y aun hablador no sin afectacion. En las conversaciones

procuraba, no que sus conceptos llegasen á igualarse con los otros,

sino que sus hombros se ajustasen con los de la rueda, y como no podia

ser, pensando que era la culpa de las agujetas, meneaba un lado y otro,

hasta que crujian todas. Pues como llegó á su noticia la interpretacion

del cometa, que las cosas pequeñas han de crecer, se le encajó que

se decia por él. Que fácilmente nos persuadimos á creer lo que

deseamos, aunque sea tan gran disparate como este. Dijéronle que yo era

nigromántico, y que si yo queria, podia hacerle dos ó tres dedos ó más;

pero que habia de ser muy secreto, porque no se supiese que yo sabia

tal arte diabólica. Pasando por la plaza, haciendo mil escuderajes con

los demás gentiles-hombres de casa, me señalaron con el dedo, para que

me conociese. Sin haberme avisado los que le tornaban loco, se llegó

á mí con una retórica bien pensada, ofreciéndome amistad y hacienda y

favor para toda la vida, y el fin de todo fué decir: Ya vuesa merced

ve el agravio que naturaleza hizo á un hombre de mis partes, en dar á

tan altos pensamientos tan pequeño cuerpo: yo sé que si vuesa merced

quiere, puede suplir esta falta, con que tendrá un esclavo para siempre

jamás. Eso, dije yo, solo Dios puede hacerlo, que es superior á la

naturaleza, y si vuesa merced quiere crecer por los piés, póngase más

corchos de los que trae; y si del pecho arriba, con ahorcarlo, crecerá

tres ó cuatro dedos. Oh señor, dijo él, ya venia informado que vuesa

merced no me habia de negar este bien, por amor de mí que se disponga á

ello, y en lo demás corte por donde quisiere. Veíalo tan rematado en su

disparate, que lo hube de reducir á la obra de naturaleza, diciéndole:

Señor, vos vais tras de un imposible, que no solamente no es hacedero,

pero os tendrán por loco cuantos supieren que dais en ese error. Las

obras de naturaleza son tan consumadas, que no sufren enmienda: nada

hace en vano, todo va fundado en razon, ni hay supérfluo en ella, ni

falta en lo necesario; es naturaleza como un juez, que despues que ha

dado la sentencia, no puede alterarla, ni mudarla, ni es señor ya de

aquel caso, sino es que apelen para otro superior.

En formando naturaleza sus obras con las calidades que les da, ya no

es señora de la obra que hizo, sino que Dios, como superior, quiera

mudarlas; si hace grande, grande se ha de quedar; si chico, chico

se ha de quedar; si mónstruo, así ha de permanecer. Ni hay para qué

cansarse nadie pensando imposibles. Á esto replicó diciendo: ¿Pues no

es más dificultoso hacerse un hombre invisible, y hay quien lo hace?

No es, dije yo, sino facilísimo, que con ponerse un hombre detrás de

una tapia, queda invisible, ó encubriéndose con una nube. Y vos os

hareis invisible con solo poner delante de vos un mosquito. Gentil

consuelo, dijo, he hallado, en quien pensé tener todo lo que he deseado

toda mi vida. ¿Qué consuelo ha de hallar, dije, quien quiere ir contra

las obras de la misma naturaleza, que es la que nos representa la

voluntad del primer movedor y autor de todas las cosas? Que aunque crió

á todos los hombres iguales, no fué en los actos exteriores, sino en

la razon del alma. Y esta es la que hace al hombre superior á todos

los demás animales, que no el ser grande ó pequeño. Si naturaleza

os hubiera criado desigual de miembros, como habiéndoos dado esa de

gozque, tener unos brazos de jigante, ó en esa carilla de mandrágora

os hubiera puesto unas narices trastuladas, pudiérades os quejar,

pero no enmendar. Mas al fin, si sois pequeño, sois tan bien hecho

y tan igual de miembros, como que teneis las orejas mayores que los

piés: y quien tiene andada la mitad para una de las más importantes

virtudes que resplandecen en los hombres, ¿por qué ha buscar quien le

haga crecer? ¿Qué virtud? preguntó él. La humildad, respondí yo, que

para alcanzar tan divina virtud, teneis andada la parte del cuerpo,

que parece que estais siempre de rodillas, y con humillar el ánimo,

la tendreis alcanzada toda. Si naciérades en tiempo de los gentiles,

que se usaban transformaciones, la naturaleza enojada con vos, por

no contentaros con ella, y por soberbia, os hubiera transformado en

renacuajo, por humillar la soberbia del ánimo, y cercenar la cantidad

del cuerpo. Á todo cuanto le dije calló, y dijo por último: Aténgome

á la significacion de la cometa, que dice, que los pequeños han de

crecer, y los grandes han de disminuirse; pero ya que vuesa merced se

ha holgado dándome matraca, obligacion tiene de ponerme en estado, que

no me la den otros: que quien sabe decir lo uno, sabrá hacer lo otro, y

eso de ser humilde, guárdelo para sí, que yo tengo porque estimarme en

mucho, que soy hijodalgo de parte de mi abuela, que antes que se casase

con mi abuelo, habia sido casada con un hidalgo muy honrado, y tiene

hoy la ejecutoria de él guardada y á buen recaudo. ¿De suerte, dije

yo, que de ahí os viene la vanidad, y no querer ser humilde? Sereis

como los que lucen y se arreglan con hacienda ajena. Ahora digo que no

me espanto que seas soberbio, teniendo mucha razon de ser humilde, y

rendiros á la humildad, virtud que jamás tuvo émulos ni envidiosos: que

todas las partes que adornan á un hombre, padecen esta mala ventura,

sino es la humildad y la pobreza, tan aborrecida de los hombres, y tan

amada del Autor de la vida: pero si la humildad nace del conocimiento

de sí propio, y esto os falta á vos, ¿por qué habeis de ser humilde?

Yo no vine, me dijo, á oir virtudes, sino á probar encantamientos

ó cosas sobrenaturales para conseguir mi intento. Fuése el buen

hombre, y luego llegaron á mí cuatro amigos de buen gusto y no poca

malicia, preguntando si habia venido á mis manos con aquella demanda:

respondíles que sí, y que lo habia desengañado de aquel disparate y

deslumbramiento tan grande. Por vida vuestra, dijeron, que le hagamos

una burla, porque es tan gran loco, que se persuade á que pueda crecer

y le sacaremos una muy gentil merienda riéndonos un rato á costa suya.

Eso, respondí yo, no lo haré por todas las cosas del mundo, porque

burlas de que puede resultar escándalo general y daño particular, ni

son lícitas, ni se permite por camino alguno. Sabed, dijeron, que es la

misma avaricia y miseria, y habemos dado en esto por hacerle gastar,

que lo sentirá en el alma. Si esa condicion tiene, dije yo, no le

sacarán de ella aunque le hagan llegar á la Giralda, que los avarientos

y los borrachos nunca se ven hartos de lo que desean, ni apagan la

sed que traen. Acuérdome que por hacerle gastar á un hombre ciertos

maleantes, se pusieron á trechos, diciéndole que estaba enfermo, de

suerte que cuando llegó al último ya lo estaba de veras, por el caso

que habia hecho la imaginacion; y fué menester llevarle á su casa medio

muerto, y de quererle hacer burla tan pesada, nació el arrepentimiento

tardío para todos ellos y grave daño para el paciente. Y en este caso

seria mayor, cuanto es más imposible la obra, que para persuadir una

cosa tan contra la misma naturaleza, se han de hacer grandes embelecos,

y no pueden ser sin grande daño del pobre raton, que ni ve su cuerpo ni

conoce su ignorancia.

Porfiaron todavía que le hiciésemos un engaño que pareciese cosa de

encantamiento. Cuando eso se hiciese, pregunté yo, ¿quién quedará más

confuso, él en recibir este engaño, despues de descubierta la verdad,

ó yo en haber sido autor de él? En todas las cosas se ha de considerar

el fin que pueda tener, y esa ficcion y engaño no puede estar mucho

encubierta: y para mí tengo por mejor y más seguro el estado del

engañado, que la seguridad del engañador: porque al fin, lo uno arguye

sencillez y buen pecho, y lo otro mentira y maldad profunda. Yo no

puedo tragar una mentira ni engaño, porque se arremete á desdorar la

opinion de quien se tiene por hombre de bien. Las burlas han de ser

pocas y sin daño de tercero, y tales, que el mismo contra quien se

hacen guste de ellas. No sabemos la capacidad de cada uno, que la

burla llevadera para uno, será para otro muy pesada; y las burlas

no se han de juzgar por malas ó peores de parte de quien las hace,

sino de parte de quien las recibe; y si él las tomare bien, serán de

sufrir; y si las tomare pesadamente, serán pesadísimas. Dábanle matraca

á cierto ordenante por una necedad que habia dicho, y cuando estuvo

harto de sufrir, dijo: Que queria que pecase mortalmente quien más

se la diese. Que de burlas pesadas vemos cada dia resultar agravios

que no se pensaron. Este miserable no tiene talento para llevar una

burla tan pesada como esta que por fuerza lo ha de ser. Yo me tengo

de oponer en eso, porque iria contra mi propia opinion, que es justo

y mal hecho: y no me espantaré del que se deja engañar por lo que

desea, pero espantaríame de quien le quisiere engañar, sin esperar de

ello más gusto que hacer mal. Fuéronse, y al fin le hicieron una burla

muy pesada, dándome á mí por autor de ella. Pusiéronle en estrecho de

ayunar tres dias con cuatro onzas de pan y dos de pasas y almendras,

y dos tragos de agua, y primero le tomaron la medida de su cuerpo

en una pared muy blanca, poniendo para señal de su altura un clavito

pequeño ó tachuela. Hizo su dieta, unas hermanas suyas le fregaban

los brazos y piernas todas las noches y mañanas, por consejo de los

maleantes: preguntábanle las pobres despues de cansadas: ¿Hermano,

para qué hace esto? Y él las respondia: Bárbaras, no os entremetais

en las cosas de los hombres. Todos estos tres dias de la dieta y las

fricaciones, se subia á una azotea en amaneciendo, y se ponia hácia

el nacimiento del sol, haciendo ciertas señales que le habian mandado

contra las nieblas de Valladolid, que él hizo muy puntualmente como

todo lo demás. Cumplidos los tres dias, y lleno el celebro de nieblas,

vino á los bellacones con tanta cara como una calavera de mandrágora,

que como estaba tan chupado y flaco, parecia más alto. Fué uno de ellos

á la pared blanca donde se habia metido, y mudó el clavito dos dedos

más abajo, y tapó el agujero con un poco de cera blanda, que era en la

cerería recien hecha, blanca y muy lisa. Enviáronle á medirse, y como

topó con el colodrillo en el clavito, quedó fuera de sí de contento,

entendiendo que él habia crecido lo que el clavo habia bajado. Vino con

la boca llena de risa, que parecia mico desollado, y fuése á echar á

los piés de quien le habia hecho crecer: ellos le dijeron que callase,

porque sino se descreceria lo crecido, y que lo dificultoso quedaba

por hacer. Él dijo que aunque fuera bajar al infierno, lo haria por

no descrecer. Pues no es menos, dijeron ellos, y aquella noche le

mandaron que entre las once y las doce de la noche entrase en cierto

aposento por un callejon muy estrecho, que estaba debajo de unas casas

lóbregas y obscuras, solo y sin luz, y que allí le dirian lo que habia

de hacer. Él se turbó todo con la dificultad que le pusieron, pero

al fin dijo, con todo el miedo posible: Sí haré, sí haré. Fuése á

la noche entrando por su callejon, espeluzado el cabello, cortado de

brazos y piernas, sin oir perro ni gato que le pudiese hacer compañía,

y en llegando al aposento, salieron por las cuatro esquinas debajo la

cama cuatro carátulas de demonios, con cuatro candelillas en la boca,

que con el temor que habia concebido, se le representó el infierno

todo; porque todos los hombres muy crédulos son tambien temerosos; y

como se fueron alzando los demonios, él se fué quedando, y sin saber

de sí, ni poder moverse de donde estaba, cayó en el suelo, dándole

tan gran corrupcion, que no se le pareció haber tenido dieta, que la

cólera habia desbaratado cuanto las almendras y pasas habian detenido.

Él caido, y ellos turbados y aun arrepentidos, no supieron qué hacer,

sino dejarlo y acogerse. Él volvió á cabo de rato en sí, y hallóse

revolcado en su sangre, de que anduvo muy corrido, y de manera enfermo,

que fué menester de veras valerse de las pasas y almendras para no

morirse, y ellos anduvieron escondidos y ausentes. Yo me sangré en

salud, refiriéndole el cuento al Conde, que le solemnizó mucho con

su buen gusto, y tomó á su cargo las amistades, contando lo pasado á

cuantos entraban en su casa. Sosegóse el negocio con la autoridad de

un tan gran príncipe, aunque ellos anduvieron hartos dias inquietos:

porque el hombrecito se quejó á todo el mundo, y á quien podia castigar

la burla. Yo los cogí cuando hubo oportunidad, y les dí á entender

con la verdad, cuánto importa no hacer mal, tanto en burlas como en

veras, que de haberle dado la vaya sobre su ruin talle y cuerpo, vino

á buscar tan pesado remedio, que nadie quiere oir faltas, y por más

que se hagan sufridores y finjan risa, no hay á quien no le pese en

el alma oir mal de sí propio: y tanto más, cuanto más parece verdad

lo que se dice: que aun cuando no lo es ni lo parece, se le abrasa el

corazon á quien se dice, ora sea por dar pesadumbre, ó sea por chisme,

de que era tan enemigo este príncipe, que en trayéndole alguna novedad

de palacio, llamaba á aquel de quien se decia, y delante del parlero

se lo reprehendia: si se encogia de hombros el otro negándole, decia

el Conde: Pues veis aquí á fulano que me lo dijo: y así andaban todos

ajustados con la lengua y con el Conde.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 47 / 101 题