DESCANSO XXII.

Salí de Vizcaya, echándola mil bendiciones, lo más presto que pude

por llegar á Vitoria, donde hallé un gran caballero amigo mio que se

llamaba D. Felipe Lezcano, y él me hospedó y regaló de manera que pude

repararme del trabajo pasado: y por no dejar de verlo todo fuí de allí

á Navarra, siendo Condestable de ella un hijo del gran Duque de Alba D.

Fernando de Toledo; pero con gran cuidado de no arrojarme á cosa que no

fuese muy bien pensada; porque como en cada reino, ciudad y pueblo hay

diversas costumbres, el que no las sabe, con vivir bien y quietamente

cumple con la obligacion natural; y con aquel primer documento que

me dió la afliccion del molino, procuré valerme siempre, si no era

cuando me olvidaba de él, que como mozo tropezaba de cuando en cuando,

principalmente en aquellas cosas que sola la edad puede madurar. Cuanto

más que, es tan poderoso el hacer costumbre en las cosas, que ellas

mismas se facilitan con el uso: y cuando no repugnan á la razon, no

se han de dejar si no pide otra cosa la fuerza. Al fin me valí por

Navarra y Aragon de manera que adquirí muchos amigos. Y en llegando á

Zaragoza, ciudad y cabeza del antiguo reino de Aragon, que entonces no

tenia tan buena fama como mereciera, hallé tantos amigos, y tan buenos,

que más parecí natural que forastero en el amor que me tenian; pero yo

fuí siempre con cuidado de no mirar á ventana, que son celosísimos los

de aquel reino, ni tomar pesadumbre con nadie, ni asir de palabras de

poca importancia, que es de donde se traban las enemistades y ódios.

Honróme en su casa por el tiempo que allí estuve un gran Príncipe muy

amigo de música, y de todos actos de ingenio y virtud, honrándome y

acudiéndome á las necesidades de naturaleza; y fué tanto el favor que

me hizo, que me divertí más de lo que fuera razon, en juegos, que hasta

entonces no habia dado en ellos, que fué bastante para distraerme, y

dar en aquel vicio que me trajo más inquieto. Que como en palacio la

ociosidad es tanta, y el ejercicio en letras y uso de las ciencias

tan poco favorecido, dí en lo que todos daban. Vicio contra caridad,

lleno de ira insolente en el que gana, y de humildad forzosa en el

que pierde, y que arrastra de manera á quien lo sigue, que no le deja

voluntad para otra cosa. Cuál antepone el juego á la honra; cuál deja

mujer é hijos perecer de hambre, y estos son daños muy ordinarios;

que hay muchos que ni se pueden ni se sufren decir. Un hidalgo de

muy buen entendimiento se vió tan lleno de trampas por el juego, y

tan sujeto á la costumbre, y convertido ya el uso en naturaleza, que

reprehendiéndole su misma madre, y rogándole que dejase el juego, y

ella le alargaria toda su hacienda, que no era poca, respondió, que

estaba como hombre que tiene atravesada una daga, que vive mientras

la tiene, y en sacándola muere, y que en quitándole el juego se habia

de morir. Pero es tanta la golosina del que gana, y tan grande la

desesperacion del que pierde, que ni el uno reposa hasta perderse, ni

el otro vive hasta desquitarse. El uno se inquieta con la ganancia, el

otro se ahoga con la esperanza de ganar, y ambos fácilmente mudan de

estado; pero no duran en él de costumbre, ni se puede creer el ódio

infernal que tiene el que pierde con el que le gana, aunque más y más

disimule, que parece que en aquel punto le falta el conocimiento de

la primera causa, nacido de no poderse vengar de su enemigo: quien

quisiere meter cizaña entre dos grandes amigos, haga que jueguen el uno

contra el otro, que no há menester más fuerza el diablo para hacerles

grandes enemigos; tal es la fuerza del ódio que se cobra en el juego:

¡qué de muertes infames hechas con supercherías y traiciones, robos y

mentiras nacen del juego! No quiero que se me representen las cosas

que he visto suceder en el juego y por el juego; sólo quiero decir,

que es tan poderoso que un hombre que trata de recogimiento, ó por

escribir, ó por leer, ó por otros actos de virtud, si juega una vez

y pierde, há menester ayuda del cielo para tornar á añudar el hilo

por donde lo habia quebrado. Yo me divertí en esta materia, y la dí á

entender á amigos que trataban este infame ejercicio, con uno de los

cuales me pasó una cosa muy vergonzosa para mí, y de risa para quien

lo supo. Fué, que una noche me pidió que le acompañase porque iba á

hablar con cierta persona, y quiso llevarme para que le guardase la

suya. Yo me puse como de noche con una espada y broquel, unos calzones

ó zaragüelles de lienzo, un capotillo de dos faldas, y otras cosas de

disfraz, con que fuimos adonde me llevó, que era una casa donde habia

un poyo á la puerta. Dió las once el reloj, y despues las doce, que era

la hora que tenia aplazada, y díjome que lo esperase sentado en aquel

poyo, que luego saldria. Sentéme bien rellanado, y musitando entre

dientes comencé á entretener el sueño lo mejor que podia, que ya era

hora de ello. El dia siguiente era dia solemnísimo de los Apóstoles:

oí las dos y luego las tres, que el buen hombre no podia salir, porque

hubo estorbo para ello; yo me caia de sueño; dí en pasearme y en rezar,

entendiendo que aprovecharia para no dormirme, siendo cosa que más

concilia el sueño de cuantas hay en el mundo. Torné á sentarme, porque

me cansaba de tanto pasear, y como habia digerido ya la cena gran rato

habia, por más que me refregaba los ojos con saliva, no pude valerme

hasta que no sé cómo ni de qué manera, sin querer, me quedé dormido

sobre el poyo, adonde estuve, hasta que tañendo á Misa mayor el dia

siguiente, con el ruido de las campanas de la fiesta y de la mucha

gente, pasando unas señoras por allí, dijeron: ¡Qué bien lo ronca el

cochino! y mandaron á un escudero que me despertase. Despertóme, y

alzando los ojos con un gran bostezo ví el sol en medio de la calle, y

oyendo la armonía de las campanas, arrebocéme un capotillo que llevaba,

y dí á correr no hácia mi posada, sino hácia la placeta de Médicis,

siguiéndome más de trescientos perros; y á la vuelta de una esquina

topé con un ciego que llevaba una docena de huevos en el seno, y al

mismo compás que le topé volvió el báculo, y alcanzóme en el hombro

izquierdo, y como le destilaba lo amarillo de la tortilla, decian que

le habia quebrado la hiel en el cuerpo, y ya que con mi huida llegaba

cerca de la casa donde me habia de acoger, con la priesa que llevaba

y la que me daban los perros tropecé, y tendíme á la puerta de esta

señora, tan buena de nacimiento, que habiéndole yo enviado dos perdices

para que se regalase con ellas, las echó en una necesaria, porque

venian lardeadas con tocino.

Parece que con estas menudencias se desautoriza la intencion que se

lleva en este discurso; pero mirando bien, para eso mismo lleva mucha

substancia, que aquí no se escriben hazañas de príncipes y generales

valerosos, sino la vida de un pobre escudero que ha de pasar por

estas cosas y otras semejantes, y por reprehender una inadvertencia

tan grande como la que hizo aquel amigo y la que hice yo. Llevar

compañía de noche quien va á cosa hecha, téngolo por yerro; porque

si va adonde no tiene peligro, no há menester llevar testigo de sus

mocedades; y si va con sospecha de algun peligro, claro está que no

ha de querer infamar una casa, y por fuerza se ha de retirar; y para

huir más desembarazado, mejor va solo que acompañado, porque al fin no

lleva consigo quien diga que huyó. Y aunque es lo más sano y seguro no

hacerlo, si se hiciere sea á solas, no acompañado, porque las amistades

de hombre se acaban, y luego se revelan los secretos. Pues la fineza

que yo usé en esperarle y guardarle el cuerpo, ¿quién dirá que no fué

disparate? Pasaban dos horas, y acercándose el dia, ¿qué necesidad

tenia yo de ponerme á padecer tormento de sueño? ¿Qué fortaleza de Rey

me habia mandado que guardase, sino la que era de un hombre perdido,

para ponerme á peligro, demás de la vergüenza que pasé? Cuando se ha

de poner un hombre á tan grandes riesgos, ha de ser por conocer un

evidente peligro en alguna persona de vida ó de honra, ó por obedecer

el mandamiento de algun gran príncipe ó república. Pero que me ponga

yo á los sucesos de fortuna por quien está muy contento, sin tener más

cuidado de mi cuerpo que de su alma, téngolo por fineza impertinente.

¿Qué honra ó hacienda perdiera yo cuando me fuera á tomar el reposo

y descanso que naturaleza pide para su conservacion? Si me culpára

en haberlo dejado, le preguntára yo si lo dejaba en alguna mazmorra,

de donde lo podia sacar con la mano, ó si me dejó él á mí en mi lecho

reposado, ó si quedaba entre enemigos de la fé, como quedaba entre

enemigos de guardarla. Siempre oí decir que el que fuere compañero

en los trabajos tambien lo ha de ser en los gustos; pero aquí la

parte del trabajo era para mí, y la del gusto para él. La conclusion

es, que tengo por yerro llevar compañía en semejantes jornadas, y

por mucho mayor acompañar á nadie en ellas, que si llama la compañía

por pusilánime, lleva la vida jugada el que le acompaña, porque á la

primera ocasion huye, y lo deja en manos de enemigos que él no tenia

ni temia. Y mire cada uno, si le sucediere, que es participante del

daño que el otro hiciere en ofensa ajena. Yo me reparé de vestido y

de sueño, aunque habia dormido lo bastante para un hombre de bien,

en aquella misma casa donde llegué, y á donde hallé un vecino suyo

muy lleno de melancolía, y tanta, que me vió dar con mi persona en el

suelo, con la espada á una parte y el broquel á otra; no conocí en él

accidente de risa, como en cuantos me vieron caer, que una caida es

ocasionada para mucho disgusto de quien la da, y mucha risa de quien

la ve. Con todo se llegó este buen hombre estando ya puesto de rua en

casa de aquella mujer, amiga del tocino; y pareciéndole que yo estaba

disgustado, llegó como á consolarse conmigo, diciéndome que todos los

hombres del mundo padecen trabajos, y que él estaba tan dentro de

ellos como todos cuantos vivian en él. Yo le pregunté, qué eran sus

males que tan triste lo traian, porque siempre he sido compasivo; y

él me respondió en una palabra: Zelos. ¿Ese mal tiene? le dije yo;

no quiero preguntarle si son averiguados, ó si es sospecha; pero

quiero decirle que es enfermedad de mozos de poca experiencia, que si

la tuviesen, sabrian que los mismos tienen unos de los otros. Y si

advirtiesen que el otro de quien yo los tengo anda rabiando de ellos

por mí, consolaríame con su daño y con verle padecer, y consumirse con

un perpétuo desasosiego. ¿Qué mayor consuelo puedo tener yo que ver á

mis enemigos padecer, y reirme de ellos? Porque pensar que una mujer

divertida en estos tratos se ha de contentar con lo que uno le da, es

pensar que un fullero ha de andar bien puesto con sola la ganancia que

hace á un cuitado. Los zelos tienen al diablo en el cuerpo del que los

tiene, y parece que lo trae consigo, pues á nadie hacen mal sino á

quien los mantiene, y cuanto más se callan más crecen. Su remedio está

en tan ruin fundamento, que con averiguar la verdad, ó se mueren, ó se

halla ocasion para perderlos, poco á poco, apartándose de quien los

causa. Yo aseguro que son más de cuatro los zelosos, sin saber unos de

otros en esa misma ocasion, y crea que se usa esto. Si son zelos de

la mujer propia, es agravio que se le hace, que la más baja mujer del

mundo estima en más la sombra de su marido que á todo lo restante de él.

Un príncipe de esta ciudad dijo muy bien quién son los zelos, y materia

tan odiosa no se ha de traer á la memoria, sino consolarse con lo que

tengo dicho de ver que padecen por mí lo que yo padezco por otros: que

han venido las mujeres á tan infeliz estado, que han privado á su misma

naturaleza del gusto que ella les concedió, porque lo han puesto en

solo hurtar y robar las haciendas, fingiendo querer á los que desean

desollar, por solo igualarse en galas á las que de su nacimiento por

herencia de patrimonio nacieron nobles y honradas, ricas y principales,

que les parece no ha de haber diferencia y desigualdad en la tierra

de mujeres á mujeres, como en el cielo la hay de ángeles á ángeles.

He mezclado de esta materia con esotra, porque de la perdicion de

esto viene la comunicacion de muchos, para que todos anden zelosos: y

con tener cada una su docena de ángeles de guarda, pasan por moneda

corriente y honrada. Despedí al buen hombre algo consolado, y fuíme

á mi posada, y dentro de pocos dias me fuí á Valladolid, despues de

haber visto á Búrgos y toda la Rioja. Provincia fértil, de bonísimo

temperamento, y que parece en algo al Andalucía.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 46 / 101 题