Salí de Vizcaya, echándola mil bendiciones, lo más presto que pude
por llegar á Vitoria, donde hallé un gran caballero amigo mio que se
llamaba D. Felipe Lezcano, y él me hospedó y regaló de manera que pude
repararme del trabajo pasado: y por no dejar de verlo todo fuí de allí
á Navarra, siendo Condestable de ella un hijo del gran Duque de Alba D.
Fernando de Toledo; pero con gran cuidado de no arrojarme á cosa que no
fuese muy bien pensada; porque como en cada reino, ciudad y pueblo hay
diversas costumbres, el que no las sabe, con vivir bien y quietamente
cumple con la obligacion natural; y con aquel primer documento que
me dió la afliccion del molino, procuré valerme siempre, si no era
cuando me olvidaba de él, que como mozo tropezaba de cuando en cuando,
principalmente en aquellas cosas que sola la edad puede madurar. Cuanto
más que, es tan poderoso el hacer costumbre en las cosas, que ellas
mismas se facilitan con el uso: y cuando no repugnan á la razon, no
se han de dejar si no pide otra cosa la fuerza. Al fin me valí por
Navarra y Aragon de manera que adquirí muchos amigos. Y en llegando á
Zaragoza, ciudad y cabeza del antiguo reino de Aragon, que entonces no
tenia tan buena fama como mereciera, hallé tantos amigos, y tan buenos,
que más parecí natural que forastero en el amor que me tenian; pero yo
fuí siempre con cuidado de no mirar á ventana, que son celosísimos los
de aquel reino, ni tomar pesadumbre con nadie, ni asir de palabras de
poca importancia, que es de donde se traban las enemistades y ódios.
Honróme en su casa por el tiempo que allí estuve un gran Príncipe muy
amigo de música, y de todos actos de ingenio y virtud, honrándome y
acudiéndome á las necesidades de naturaleza; y fué tanto el favor que
me hizo, que me divertí más de lo que fuera razon, en juegos, que hasta
entonces no habia dado en ellos, que fué bastante para distraerme, y
dar en aquel vicio que me trajo más inquieto. Que como en palacio la
ociosidad es tanta, y el ejercicio en letras y uso de las ciencias
tan poco favorecido, dí en lo que todos daban. Vicio contra caridad,
lleno de ira insolente en el que gana, y de humildad forzosa en el
que pierde, y que arrastra de manera á quien lo sigue, que no le deja
voluntad para otra cosa. Cuál antepone el juego á la honra; cuál deja
mujer é hijos perecer de hambre, y estos son daños muy ordinarios;
que hay muchos que ni se pueden ni se sufren decir. Un hidalgo de
muy buen entendimiento se vió tan lleno de trampas por el juego, y
tan sujeto á la costumbre, y convertido ya el uso en naturaleza, que
reprehendiéndole su misma madre, y rogándole que dejase el juego, y
ella le alargaria toda su hacienda, que no era poca, respondió, que
estaba como hombre que tiene atravesada una daga, que vive mientras
la tiene, y en sacándola muere, y que en quitándole el juego se habia
de morir. Pero es tanta la golosina del que gana, y tan grande la
desesperacion del que pierde, que ni el uno reposa hasta perderse, ni
el otro vive hasta desquitarse. El uno se inquieta con la ganancia, el
otro se ahoga con la esperanza de ganar, y ambos fácilmente mudan de
estado; pero no duran en él de costumbre, ni se puede creer el ódio
infernal que tiene el que pierde con el que le gana, aunque más y más
disimule, que parece que en aquel punto le falta el conocimiento de
la primera causa, nacido de no poderse vengar de su enemigo: quien
quisiere meter cizaña entre dos grandes amigos, haga que jueguen el uno
contra el otro, que no há menester más fuerza el diablo para hacerles
grandes enemigos; tal es la fuerza del ódio que se cobra en el juego:
¡qué de muertes infames hechas con supercherías y traiciones, robos y
mentiras nacen del juego! No quiero que se me representen las cosas
que he visto suceder en el juego y por el juego; sólo quiero decir,
que es tan poderoso que un hombre que trata de recogimiento, ó por
escribir, ó por leer, ó por otros actos de virtud, si juega una vez
y pierde, há menester ayuda del cielo para tornar á añudar el hilo
por donde lo habia quebrado. Yo me divertí en esta materia, y la dí á
entender á amigos que trataban este infame ejercicio, con uno de los
cuales me pasó una cosa muy vergonzosa para mí, y de risa para quien
lo supo. Fué, que una noche me pidió que le acompañase porque iba á
hablar con cierta persona, y quiso llevarme para que le guardase la
suya. Yo me puse como de noche con una espada y broquel, unos calzones
ó zaragüelles de lienzo, un capotillo de dos faldas, y otras cosas de
disfraz, con que fuimos adonde me llevó, que era una casa donde habia
un poyo á la puerta. Dió las once el reloj, y despues las doce, que era
la hora que tenia aplazada, y díjome que lo esperase sentado en aquel
poyo, que luego saldria. Sentéme bien rellanado, y musitando entre
dientes comencé á entretener el sueño lo mejor que podia, que ya era
hora de ello. El dia siguiente era dia solemnísimo de los Apóstoles:
oí las dos y luego las tres, que el buen hombre no podia salir, porque
hubo estorbo para ello; yo me caia de sueño; dí en pasearme y en rezar,
entendiendo que aprovecharia para no dormirme, siendo cosa que más
concilia el sueño de cuantas hay en el mundo. Torné á sentarme, porque
me cansaba de tanto pasear, y como habia digerido ya la cena gran rato
habia, por más que me refregaba los ojos con saliva, no pude valerme
hasta que no sé cómo ni de qué manera, sin querer, me quedé dormido
sobre el poyo, adonde estuve, hasta que tañendo á Misa mayor el dia
siguiente, con el ruido de las campanas de la fiesta y de la mucha
gente, pasando unas señoras por allí, dijeron: ¡Qué bien lo ronca el
cochino! y mandaron á un escudero que me despertase. Despertóme, y
alzando los ojos con un gran bostezo ví el sol en medio de la calle, y
oyendo la armonía de las campanas, arrebocéme un capotillo que llevaba,
y dí á correr no hácia mi posada, sino hácia la placeta de Médicis,
siguiéndome más de trescientos perros; y á la vuelta de una esquina
topé con un ciego que llevaba una docena de huevos en el seno, y al
mismo compás que le topé volvió el báculo, y alcanzóme en el hombro
izquierdo, y como le destilaba lo amarillo de la tortilla, decian que
le habia quebrado la hiel en el cuerpo, y ya que con mi huida llegaba
cerca de la casa donde me habia de acoger, con la priesa que llevaba
y la que me daban los perros tropecé, y tendíme á la puerta de esta
señora, tan buena de nacimiento, que habiéndole yo enviado dos perdices
para que se regalase con ellas, las echó en una necesaria, porque
venian lardeadas con tocino.
Parece que con estas menudencias se desautoriza la intencion que se
lleva en este discurso; pero mirando bien, para eso mismo lleva mucha
substancia, que aquí no se escriben hazañas de príncipes y generales
valerosos, sino la vida de un pobre escudero que ha de pasar por
estas cosas y otras semejantes, y por reprehender una inadvertencia
tan grande como la que hizo aquel amigo y la que hice yo. Llevar
compañía de noche quien va á cosa hecha, téngolo por yerro; porque
si va adonde no tiene peligro, no há menester llevar testigo de sus
mocedades; y si va con sospecha de algun peligro, claro está que no
ha de querer infamar una casa, y por fuerza se ha de retirar; y para
huir más desembarazado, mejor va solo que acompañado, porque al fin no
lleva consigo quien diga que huyó. Y aunque es lo más sano y seguro no
hacerlo, si se hiciere sea á solas, no acompañado, porque las amistades
de hombre se acaban, y luego se revelan los secretos. Pues la fineza
que yo usé en esperarle y guardarle el cuerpo, ¿quién dirá que no fué
disparate? Pasaban dos horas, y acercándose el dia, ¿qué necesidad
tenia yo de ponerme á padecer tormento de sueño? ¿Qué fortaleza de Rey
me habia mandado que guardase, sino la que era de un hombre perdido,
para ponerme á peligro, demás de la vergüenza que pasé? Cuando se ha
de poner un hombre á tan grandes riesgos, ha de ser por conocer un
evidente peligro en alguna persona de vida ó de honra, ó por obedecer
el mandamiento de algun gran príncipe ó república. Pero que me ponga
yo á los sucesos de fortuna por quien está muy contento, sin tener más
cuidado de mi cuerpo que de su alma, téngolo por fineza impertinente.
¿Qué honra ó hacienda perdiera yo cuando me fuera á tomar el reposo
y descanso que naturaleza pide para su conservacion? Si me culpára
en haberlo dejado, le preguntára yo si lo dejaba en alguna mazmorra,
de donde lo podia sacar con la mano, ó si me dejó él á mí en mi lecho
reposado, ó si quedaba entre enemigos de la fé, como quedaba entre
enemigos de guardarla. Siempre oí decir que el que fuere compañero
en los trabajos tambien lo ha de ser en los gustos; pero aquí la
parte del trabajo era para mí, y la del gusto para él. La conclusion
es, que tengo por yerro llevar compañía en semejantes jornadas, y
por mucho mayor acompañar á nadie en ellas, que si llama la compañía
por pusilánime, lleva la vida jugada el que le acompaña, porque á la
primera ocasion huye, y lo deja en manos de enemigos que él no tenia
ni temia. Y mire cada uno, si le sucediere, que es participante del
daño que el otro hiciere en ofensa ajena. Yo me reparé de vestido y
de sueño, aunque habia dormido lo bastante para un hombre de bien,
en aquella misma casa donde llegué, y á donde hallé un vecino suyo
muy lleno de melancolía, y tanta, que me vió dar con mi persona en el
suelo, con la espada á una parte y el broquel á otra; no conocí en él
accidente de risa, como en cuantos me vieron caer, que una caida es
ocasionada para mucho disgusto de quien la da, y mucha risa de quien
la ve. Con todo se llegó este buen hombre estando ya puesto de rua en
casa de aquella mujer, amiga del tocino; y pareciéndole que yo estaba
disgustado, llegó como á consolarse conmigo, diciéndome que todos los
hombres del mundo padecen trabajos, y que él estaba tan dentro de
ellos como todos cuantos vivian en él. Yo le pregunté, qué eran sus
males que tan triste lo traian, porque siempre he sido compasivo; y
él me respondió en una palabra: Zelos. ¿Ese mal tiene? le dije yo;
no quiero preguntarle si son averiguados, ó si es sospecha; pero
quiero decirle que es enfermedad de mozos de poca experiencia, que si
la tuviesen, sabrian que los mismos tienen unos de los otros. Y si
advirtiesen que el otro de quien yo los tengo anda rabiando de ellos
por mí, consolaríame con su daño y con verle padecer, y consumirse con
un perpétuo desasosiego. ¿Qué mayor consuelo puedo tener yo que ver á
mis enemigos padecer, y reirme de ellos? Porque pensar que una mujer
divertida en estos tratos se ha de contentar con lo que uno le da, es
pensar que un fullero ha de andar bien puesto con sola la ganancia que
hace á un cuitado. Los zelos tienen al diablo en el cuerpo del que los
tiene, y parece que lo trae consigo, pues á nadie hacen mal sino á
quien los mantiene, y cuanto más se callan más crecen. Su remedio está
en tan ruin fundamento, que con averiguar la verdad, ó se mueren, ó se
halla ocasion para perderlos, poco á poco, apartándose de quien los
causa. Yo aseguro que son más de cuatro los zelosos, sin saber unos de
otros en esa misma ocasion, y crea que se usa esto. Si son zelos de
la mujer propia, es agravio que se le hace, que la más baja mujer del
mundo estima en más la sombra de su marido que á todo lo restante de él.
Un príncipe de esta ciudad dijo muy bien quién son los zelos, y materia
tan odiosa no se ha de traer á la memoria, sino consolarse con lo que
tengo dicho de ver que padecen por mí lo que yo padezco por otros: que
han venido las mujeres á tan infeliz estado, que han privado á su misma
naturaleza del gusto que ella les concedió, porque lo han puesto en
solo hurtar y robar las haciendas, fingiendo querer á los que desean
desollar, por solo igualarse en galas á las que de su nacimiento por
herencia de patrimonio nacieron nobles y honradas, ricas y principales,
que les parece no ha de haber diferencia y desigualdad en la tierra
de mujeres á mujeres, como en el cielo la hay de ángeles á ángeles.
He mezclado de esta materia con esotra, porque de la perdicion de
esto viene la comunicacion de muchos, para que todos anden zelosos: y
con tener cada una su docena de ángeles de guarda, pasan por moneda
corriente y honrada. Despedí al buen hombre algo consolado, y fuíme
á mi posada, y dentro de pocos dias me fuí á Valladolid, despues de
haber visto á Búrgos y toda la Rioja. Provincia fértil, de bonísimo
temperamento, y que parece en algo al Andalucía.
[Ilustración]
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