Amaneció el sol el dia siguiente con unos rayos entre verdes y
cetrinos, señal de agua, y yo sin macho, ni esperanza de hallarlo.
Fuíme al pueblo á las nueve, ó á las diez, y ví que unos gitanos
estaban vendiendo un macho, muy hechas las crines y el trenzado de
atrás, con su enjalma y demás aderezos, encareciendo la mansedumbre y
el paso con mil embelecos de palabras. Hacia el gitano mil gerigonzas
sobre el macho, de manera que tenia ya muchos golosos que le querian
comprar. Lleguéme cerca, y ví que era del color del mio; pero
desconocido en verlo tan manso, seguro, remozado de crines y cola. Ví
que se dejaba tocar á todas las partes del cuerpo sin alterarse, y
así no me atreví á pensar que pudiera ser el mio. Alzábanle los piés
y manos, dándole palmadas en el pecho y en las ancas, estando él con
mucha paciencia y mansedumbre: yo estaba desconfiado de que pudiera
ser el mio, pero fuíme por un lado disimuladamente, y púseme delante
de él, aunque detrás del gitano, y en viéndome amusgó las orejas, por
el conocimiento, ó por el temor que me tenia. Espantéme de ver su tan
súbita y no esperada mudanza, y ví que realmente era mi macho: mas no
pude imaginar cómo le podia cobrar sin dar testigos ó evidencia de cómo
era mio; y así no me arrojé á decir que era hurtado, y decia entre
mí: ¿es posible que sean estos gitanos tan grandes embusteros que en
menos de veinte y cuatro horas hayan hecho este macho de enjalma, y le
hayan disfrazado de manera que me ha puesto en duda el conocimiento de
él, y que lo hayan hecho más manso que una oveja, siendo peor que un
tigre, y que no tenga yo modo para cobrarlo manifestando mi justicia?
Pero detúveme un poco, y lleguéme con los demás á ver el macho, y
alabándole, pregunté si era gallego. Respondió el gitano: Vuesa merced,
ceñor, á fé que sabe mucho de bestiaz, y ha conocido bien la bondad de
loz mejorez cuatro piéz que hay en toda Andalucía. No ez gallego, mi
ceñor, cino de Illezcaz, que allí lo truqué por un cuartago cordovez,
y aquí traigo el teztimonio. Será levantado, dije yo entre mí, y junto
con esto lo mostró. Ofrecióseme traza para cobrarlo fácilmente, y
lleguéme á un hidalgo, á quien ví que todos respetaban, que era de los
antiguos criados de aquella casa, llamado Angulo, y le dije: Señor,
este macho me han hurtado esos gitanos, y aunque trae enjalma, es de
silla; y aunque parece que traen testimonio, es falso. Á lo cual me
dijo el hidalgo: Mire, señor estudiante, que conocemos este gitano de
mucho tiempo acá, y nos ha tratado siempre verdad. Pues ahora, respondí
yo, no la trata, y haciendo vuesa merced las diligencias que yo le
suplicaré, se verá con evidencia la verdad que tengo dicha; y vuesa
merced está inclinado á comprarlo porque le parece manso, siendo peor
que un demonio.
Pues ¿puede ser fingida, preguntó el hidalgo, aquella mansedumbre y
bondad? Sí señor, respondí yo, porque lo han emborrachado; y no hay
bestia tan feroz ni maliciosa que echándole de grado ó por fuerza
una azumbre de vino en las tripas, no se amanse más que una oveja: y
por esto haga vuesa merced lo que yo le suplicaré, y saldrá de este
engaño, viendo que el macho es malicioso, y que es mio. Y lo primero
digo á vuesa merced que se lo llegue á comprar, y dígale esto y esto,
hablándole algo al oido, é informándole de todo lo conveniente. Fuése
el hidalgo, despues de bien informado, al gitano, y mirando el macho,
le dijo: Yo estoy muy contento de esta bestia, y la comprára si tuviera
silla y freno, porque tengo de hacer un viaje muy largo. El gitano se
holgó mucho de ello, y trajo la silla y el freno, diciendo que era
el mejor caminador del mundo, y que por pensar que para el campo se
venderia más presto, le habia puesto la enjalma. En viendo el hidalgo
la silla y el freno, halló que conformaba con las señas que yo le
habia dado, y haciendo lo que yo le habia dicho al oido, llevólo á su
casa, asegurando á los gitanos que lo queria probar; y túvolo hasta
tanto que se gastaron los humos del vino encerrado en su casa. Hecho
esto llamó al gitano, y díjole que subiese en el macho y caminase un
cuarto de hora fuera del pueblo. Subió, aunque era muy suelto, con
mucha dificultad, por la poca seguridad del macho, que gastada la
suavidad del vino, tornó á su ruin natural, y caminando como un viento,
en saliendo de las casas, con la misma furia que llevaba dió consigo
y con el gitano en tierra, y cogiéndole una pierna debajo, se revolcó
de manera, que fué bien necesaria la ligereza del gitano para que no
se la quebrase. Acudió aquel hidalgo desengañado ya de la bellaquería,
y le dijo riéndose: ¿Qué desgracia es esta, Maldonado? Señor, dijo
el gitano, como está holgado, y mal herrado, se echa con la carga.
Y riéndose más el hidalgo, dijo: Pues alzadle los piés, veamos si há
menester herradura. Alzóle un pié, y dióle una patada en el carrillo
izquierdo, con que le dejó señalada la herradura y los clavos; díjole
el hidalgo: Mal se conoce lo que no se ha criado, hermano Maldonado;
si vos hubiérades tratado y conocido esta bestia, ni os engañárades,
ni nos engañárades. En lo ajeno dura poco la posesion: íbades con
aquel refran: quien no te conoce te compre. ¿Por qué pensábades que
os preguntó el dueño si era gallego, sino porque como tal os habia de
dar la coz que os dió? Vos queríades herrarlo; ¿mas él no os herró á
vos? ¿cogistes ayer el macho, y queríades hoy venderlo? Huélgome de
saber que tambien sois nigromántico, pues desde ayer habeis venido de
Illescas. Señor, dijo el gitano, yo hice como gitano, y su merced ha
de sufrir como caballero; bien eché de ver que este señor sabia de
bestias. Descubierto el hurto con la evidencia posible, me dieron mi
macho, y me avié camino de Málaga, pasando por Lucena, donde llegando
un poco tarde, reposé y comí un bocado, y pensando llegar aquella noche
á Benamejí, cuyo camino yo no sabia, partíme con la relacion que me
dieron. Las leguas son más largas de lo que yo me pensaba; el camino
estaba lleno de lodo, porque la noche antes habia llovido muy bien.
Yo por priesa que me dí con mi macho, me anocheció una legua antes
de llegar á un riachuelo que está entre Lucena y Benamejí. Halléme
confuso, por ser la noche oscura, y caminar sin guia, sin encontrar
á quien preguntar por el camino, que era domingo en la noche, cuando
todos los labradores están en sus casas. Al fin poco á poco, muchas
veces tropezando, y algunas cayendo, llegué al rio, y en pasando no
hallé camino por la otra parte, por una costumbre que tienen los
labradores en aquella tierra, que es para desviar los caminantes, para
que no les entren por el sembrado, cavar por aquella parte por donde
suelen hacer senda los caminantes. Salió del rio mi macho lo mejor
que pudo, y echó á mano derecha por un cerro que tenia muchas sendas
de ovejas, ó de cabras. Llegó á lo más alto que pudo, y estaba tan
empinado el cerrillo, que en acabándose la senda ni pude ir adelante,
ni volver atrás. Víme en un gran peligro, porque si queria bajar con
el pié derecho, habia de rodar por la sierra abajo hasta llegar á un
arroyo salado, donde cuando bien librára llegára la cabeza llena de
chichones. Roguéle al macho con mucha humildad que me hiciese la merced
de estarse quedo mientras bajaba al revés; pero al tiempo que le mandé
que volviese por la sendilla que habia subido, él iba tan cansado que
se echó, y echándose, como el cerro estaba tan empinado rodó hasta el
arroyo salado; yo volví por la senda, hasta llegar al arroyo, y fuí
á mi desdichado macho, y lo que pude, ayudéle á levantar, que estaba
tan molido que fué menester animarle con sopa en vino, y llevándole
del diestro lo más poco á poco que pude, fuí considerando que todo
aquello me sucedia por no haber tenido respeto á la fiesta, caminando
y haciendo el viaje que se pudiera hacer otro dia; que al fin como las
fiestas son para dar gracias á Dios y no para hacer jornadas, no puede
haber quietud para hablar con Dios despacio. Que trabajando en los
dias que la Iglesia tiene dedicados para Dios, no solamente no aumenta
el provecho, pero por mil caminos viene el daño, como me sucedió esta
noche, que yendo con mi macho á mano izquierda por una ladera arriba,
yendo yo por la parte de abajo por animarlo, deslizó, y cogióme debajo;
aunque no fué mucho el daño, porque pude fácilmente salir, y dándole
sopa en vino pudo subir hasta que descubrí en lo alto del cerro un
cortijo, donde me llegué con toda la humildad del mundo; y aunque dí
muchos golpes no me respondian, porque habia mucha gente, que se habia
juntado allí aquella noche por ser dia de fiesta.
Al fin, dí tantos golpes, que me respondió un mozo, y diciéndole con la
necesidad que venia, respondióme que me fuese en hora buena; y tornando
á llamar, acudió el aperador del cortijo, que en todas sus acciones
pareció ser muy hombre de bien, y abriéndome la puerta acudió á mi
necesidad y al cansancio de mi macho, y díjome: Perdone vuesa merced,
que por estar dando voces sobre una serilla de higos que estos mozos me
habian hurtado, no pude responder tan presto. Pues si no es más de por
eso, dije yo, no le dé pena, que yo le diré quién se la hurtó. Ángel
será vuesa merced, respondió él, y no hombre, si me dice eso. Déjeme
reposar, dije yo, y se lo diré. Descansé un rato, y mi macho cenó lo
mejor que pudo; yo cené un muy gentil gazpacho, que cosa más sabrosa
no he visto en mi vida, que tanto tienen las comidas de bueno, cuanto
el estómago tiene de hambre y de necesidad. Fuera de que el aceite
de aquella tierra y el vino y vinagre es de lo mejor que hay en toda
la Europa. Habiendo cenado, y estando todos los mozos alrededor, le
dije al aperador: Este dornajo en que habemos cenado ha de descubrir
el hurto de los higos. Dijo uno entre dientes: aun seria el diablo
la venida del estudiante. Pedíle al buen hombre un poco de aceite y
almagre, y sin que los mozos lo viesen unté el suelo del dornajo con
una mezcla que hice del aceite y almagre, y pedíle un cencerro de las
vacas, y poniéndolo debajo del dornajo dije, con voz que lo oyeron
todos, habiendo puesto el dornajo más adentro, donde estaba el pajar:
Pasen todos uno á uno, y den una palmada en el suelo del dornajo, y
en pasando el que hurtó los higos sonará el cencerro. Fueron todos uno
á uno, y dió cada uno su palmada en la almagre, y no sonó el cencerro
que es lo que todos esperaban. Llaméles á todos, y díjeles que abriesen
las palmas de las manos, las cuales tenian todos enalmagradas, si no
era él uno de ellos; y así les dije á todos: Este gentil hombre hurtó
los higos, que porque el cencerro no sonase no osó poner la mano en el
dornajo. Él se puso colorado como un escaramujo, y los demás estuvieron
toda la noche reventando de risa y dándole matraca, y el aperador muy
agradecido de haber hallado sus higos, y yo muy contento del buen
acogimiento: y por el buen hospedaje dejéle dos cuchillos damasquinos,
con que por poco le corta las orejas al ladron de los higos.
[Ilustración]
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