DESCANSO XV.

El dia siguiente, por ciertos respetos, me fué forzoso (por llegar

primero á Málaga que á Ronda), apartarme de los mercaderes, tomando la

via del Carpio; y ellos lo hicieron tan bien conmigo, que me dieron uno

de los machos en que iban y dineros, fiando de mí que se lo llevaria

á la feria á buen tiempo, y ellos se fueron con las mulas de retorno

en que yo habia venido hasta allí; el macho era endiablado, que ni

se dejaba herrar, ni poner la silla, y por momentos se echaba con la

carga, aunque con la compañía habia disimulado algo de su malicia, y

así en saliendo del lugar, por verse solo y por sus ruines resabios,

en el primer revolcadero se arrojó, cogiéndome una pierna debajo, de

suerte que si yo no me echára al mismo tiempo del otro lado, recibiera

mucho daño; pero con esta precaucion pude levantarme, y llevándolo del

diestro muy contra su voluntad un ratillo, se me quitó el dolor, sin

entrar el frio que pudiera, si no hiciera aquella diligencia. Eché de

ver la ruin compañía que llevaba con mi cabalgadura; pero por si otra

vez se echaba, cogí un garrote para usar de un remedio que habia oido

decir á un viejo, que como la experiencia los ha enseñado, saben más

que los mozos, y para semejantes actos, que no son de muchos lances,

cerrados los ojos se puede seguir su parecer. Fuí con gran cuidado

para otra vez que se quisiese echar, y en sintiéndolo que iba á caer,

díle con el garrote entre ceja y ceja con tal furia, que cayendo le ví

volver lo blanco de los ojos, bien arrepentido de haberlo hecho, porque

realmente pensé que lo habia muerto; pero sacando de presto pan, y

mojándolo en vino, díselo, y tornó en sí tan castigado, que nunca más

se echó, á lo menos llevándome á mí encima, aunque topó arenales donde

pudiera hacerlo. Fuí mi camino, y en llegando á un bosquecillo del

Carpio, aunque pequeño, abundantísimo de conejos y otras trazas, en la

ribera de Guadalquivir, apeéme á cierta necesidad natural y forzosa,

y antes que la comenzase espantóse el macho, dió á huir por el ruido

que hizo un culebron y una zorra que salieron de un zarzal y matas muy

espesas que habia junto al camino, que debian de estar ambos en una

cueva, que la culebra con ningun animal hace amistad sino con la zorra.

Ella dió por una parte, y la culebra tras el macho, que como supe

despues, á cuantos pasaban acosaba, porque habian muerto su compañía:

arrojéle una piedra, no pensando que sucediera lo que sucedió, que como

la piedra iba por el aire, corrió más que la culebra, y dióla en el

espinazo, de que volvió con tal furia contra mí, que si no me pusiera

de la otra parte del camino, dejando en medio mucha arena, lo pasara

mal, que como no se podia aprovechar de las conchillas que le sirven de

piés en la arena, como en lo duro y liso, no se atrevió atravesar el

camino; pero cuanto yo más corria por la una banda, ella corria por la

otra, con más de una vara de cuello alzado de la tierra, vibrando la

lengua muy apriesa, y haciendo cinco ó seis de ella.

Iba yo de manera, que ya no sentia la falta del macho, sino la

persecucion de la culebra, que me tenia sin aliento, lleno de sudor

y cansancio. Los silbos no eran formados ni agudos, sino bajos y

continuados, casi al modo que pronunciamos acá las xx. Llegué á una

parte del camino, á donde habia piedras para tirarle. Paréme, así por

descansar, como por aprovecharme de las piedras; pero ella viendo mi

temor, quiso pasar por la arena para acometerme, por donde tuve yo

esperanza de librarme de ella; porque en entrando no pudo aprovecharse

de las conchuelas, ni moverse sino muy poco: animándome lo mejor que

pude, le tiré tantas piedras, que casi la vine á enterrar en ellas, y

acertándole con una, despues de haberle escupido muchas veces hácia

la cabeza (que es veneno contra ellas) la acerté con una piedra media

vara más arriba de la cola, donde tiene el principal movimiento, de

que no pudo menearse más, y acudiendo con otras muchas, le majé la

cabeza, y me senté á descansar. Pasaron por allí dos hombres que

iban camino de Adamuz, y me contaron lo que arriba dije. Midiéronla,

y tenia diez piés de largo, y de grueso más que muñeca ordinaria.

Abriéronla, y halláronle dentro dos muy gentiles gazapos, que estas

serpientes son muy voraces y poco bebedoras, aunque pasan mucho tiempo

sin mantenimiento; y así hacen tarde la digestion, que en el poco

movimiento que ella hacia bien se echaba de ver que estaba pesada.

Consideré en el rato que estuve descansando, qué de cosas hay en el

mundo que contrastan la vida del hombre. Que hasta un animal sin piés

ni alas le persigue, y le comenzó á perseguir desde su principio antes

que otro animal ninguno, ó porque no piense el hombre que se le dió el

dominio y jurisdiccion en la tierra sin pension ni trabajo, ó porque

con la razon sepa distinguir lo malo de lo bueno, y guardarse de lo

que le puede dañar; mediante la cual razon conoce y sabe conocer el

mantenimiento provechoso, y desechar el nocivo. Huir de los animales

bravos, y servirse de los mansos; pero los feroces y dañosos avisan

del mal que pueden hacer, ó con las uñas, ó con los cuernos, ó con los

dientes, ó con los picos. ¡Mas que un animal sin piés, sin uñas, sin

cuernos como éste sea tan horrendo y abominable, que atemorice con solo

mirarle! Ordenacion fué de Dios, para sujetar la soberbia del hombre y

desjarretársela con la misma inmundicia y asquerosidad de la hez de la

tierra, que aun muerta la veia, y me daba horror; y confieso de mí, que

siempre que veo semejantes sabandijas, engendran en mí nuevo temor y

espanto; ¿pero qué no espantará ver, que una cosa que parece cerbatana

ó varal, de su propio movimiento corre tanto como un caballo? ¿Y que

con hincar la cabeza en el suelo, dé tan grande golpe á un hombre que

lo derribe y aun lo mate, acometiendo á traicion que no cara á cara?

¿Que sea tan astuto, que se desnude el hábito viejo y se vista de

nuevo? ¿que se cure la ceguera de sus ojos causada de las humedades del

invierno con refregarse en el hinojo la primavera? Son tan contrarios

á todos los demás animales, que con ninguno hacen amistad, sino con la

zorra, ó porque ambas habitan siempre en cuevas de tierra y piedra, ó

por buscar abrigo en el pelo de la zorra. Hasta aquí habia estado el

ermitaño callando, y aquí parecióle preguntar, como hombre que habia

estado en soledades y entre ásperas montañas, huyendo el concurso de

la gente, viviendo y conversando con animales brutos, ¿cuál era la

razon porque estas sabandijas sean tan espantables, como son culebras,

lagartos, sapos, escuerzos, áspides, víboras, y otras semejantes que

suelen verse? Respondíle: Lo primero, que todas las cosas que no vemos

y tratamos de ordinario, traen consigo este género de admiracion. Lo

segundo, que por tener tanto de los dos elementos graves, que son agua

y tierra, y tan poco de los elementos leves, que son aire y fuego, que

casi no tienen parentesco ni semejanza con el hombre; porque éste tiene

de lo espiritual, en que se parece á los Ángeles, y de lo corporal,

en que se parece á los animales brutos; y estos en aquella parte

terrestre, húmeda y fria, tienen semejanza con las sabandijas, y estas

consigo solas, y con las entrañas de la tierra. Lo tercero y último,

porque todos los animales que no pueden engendrar de la putrefaccion

de la tierra, sin generacion de su semejante, ni pueden ser para el

servicio, ni para el gusto del hombre, á quien Dios les manda que

obedezcan, y ellos mismos huyen de su presencia, como de señor á quien

aborrecen, por la superioridad y dominio que tienen sobre todas, ó por

la antipatía natural. Y esto baste, porque la pérdida de mi macho me

da pena y cuidado, y priesa que lo busque. Ya que hube descansado y

limpiádome el sudor del rostro, que lo de dentro no pude, fuí buscando

mi macho, ó por mejor decir, de los mercaderes, por toda la orilla y

ribera del Guadalquivir, sin topar á persona que me supiese dar rastro

ni nuevas de él yendo, como iba, cargado con ferreruelo, espada, cogin

y alforjas, que todo lo echó por alto, sino es la silla, que la llevaba

en la barriga; de suerte, que yo me cargué de todo lo que el macho se

descargó, y mucho más me cargaban las matracas que me daban los que

me topaban hecho caballo de postillon, que por no dejarlo lo sufria

todo. Paréme á descansar un ratillo, antes que pasase el rio, donde ví

tanta abundancia de conejos, que estaban más espesos á la orilla del

rio, que liendres en jubon de arriero, que en todo el dia no dejan de

venir á beber muchas manadas de ellos. Pasé de la otra parte del rio,

y entréme á descansar á un meson que está antes de llegar al pueblo,

donde tampoco me supieron dar nueva de mi negro macho, aunque prometí

hallazgo, haciendo diligencias con las guardas del bosque. Refresquéme

lo mejor que pude de mantenimiento y bebida, con la templanza que el

cansancio pedia. Púseme á la puerta del meson, para ver si pasaba el

macho ó persona que de él me diese nuevas. Miré aquel pedazo de tierra

en el tiempo que allí estuve, que en fertilidad é influencia del cielo,

hermosura de tierra y agua, no he visto cosa mejor en toda la Europa,

y para encarecerla de una vez, es tierra que da cuatro frutos al año,

sembrándola y cultivándola con regadío de una aceña, con tres ruedas,

que la baña abundantísimamente, donde algunos años despues pasó en

presencia mia una desgracia muy digna de contarse; para que se vea

cuánta obligacion tienen los hijos de seguir el consejo de los padres,

aunque les parezca que repugna á su opinion. Y fué, que siendo Marqués

del Carpio Don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, y muy

gallardo de persona, y adornado de virtudes y partes muy dignas de

estimar, vinieron allí madereros de la sierra de Segura con algunos

millares de vigas muy gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para

que las pasasen, alzaron la puente de la pesquera, para que toda el

agua se recogiese á un despeñadero ó profundidad, por donde los maderos

habian de pasar. Los gancheros eran todos mozos, de muy gentiles

personas, fuertes de brazos, y ligeros de piés y piernas, grandes

nadadores y sufridores de aguas, frios y trabajos. Quisieron hacer al

Marqués una fiesta de gansos, poniéndolos atados entre los dos maderos

de la puerta de la pesquera, y como iba el madero despeñándose, por

la violencia del grande cuerpo del agua, puesto el ganchero sobre el

madero hácia la cabeza del ganso, y tirando del pescuezo, se deslizaba

de la mano y caia en la profundidad del agua, saliendo lejos de allí

nadando, en que pasaron cosas de mucho gusto y risa, aunque no sin

peligro de quien la causaba, que siempre las caidas son de gusto para

quien las ve, pero no para quien las da, especialmente en ejercicios

tan poco usados como este.

Entre estos gancheros venia un mozo recio, de muy gentil talle, alto de

cuerpo, rubio, y bien hecho de miembros, grande hacedor de su persona,

y que entre todos los demás era conocido y respetado como por de tal

opinion, y por grandes fuerzas para cualquier ejercicio de hombres.

Este pidió licencia á su padre, que venia en compañía de los otros,

para ir á quitar el pescuezo á un ganso que estaba recien puesto; la

cual el padre le negó, que los padres, ó por tener más experiencia que

los hijos, ó por ser hechura suya y conocer sus inclinaciones, ó por

haberlos criado, y conocer de qué pié cojean, ó por el amor entrañable

que les tienen, son algo profetas de los bienes ó males de los hijos;

y así este por ningun camino consintió que de su voluntad fuese el

hijo á la fiesta; pero diciendo él que no queria que lo tuviese por

menos hombre que á los demás, con importunaciones alcanzó de su padre

que lo dejase ir, aunque de muy mala gana. Y reprehendiéndole algunos

porque lo hacia tan forzado, respondió en presencia mia unas palabras

llenas de gran sentimiento y dolor diciendo: No sabe nadie lo que

es aventurar un hijo criado, y solo. El mozo fué gallardísimamente,

teniendo todos los ojos puestos en él, que en asiendo el cuello del

ganso, que él pensaba con facilidad arrancar con la fuerza grande que

hizo, estúvose casi colgado de las manos hasta que el madero llegaba

ya al cabo, en cuyo remate ó cabeza, deslizándosele la mano, cayó, y

dió de cerebro, sumergiéndose en el profundo del charco, sin que más

pareciese hasta el dia siguiente, con grande espanto y compasion de

todos los circunstantes, quedando el padre, que lo estaba mirando, en

éstasis. Todos los gancheros nadando le buscaron, y lo hallaron al dia

siguiente, que pareció en cierta manera castigo de la desobediencia

que tuvo al mandamiento del padre, y ejemplo para cuantos le vieron.

Fué contra el precepto y consejo paternal, del cual tienen necesidad

todos los que desean acertar. Pasó este caso en este mismo lugar, y en

presencia del marqués D. Luis de Haro, y de su hijo el marqués D. Diego

Lopez de Haro, que cuando esto se escribe están vivos, y más mozos que

el autor, en cuya compañía se halló presente á este infelice suceso. Y

porque no habrá lugar de contarlo adelante, se dice aquí, por encargar

á los hijos que aunque les parezca que saben más que los padres, en

razon de la superioridad que Dios les dió sobre ellos, y representando

la persona del verdadero Padre, los han de obedecer y respetar, y creer

que en cuanto á las costumbres morales saben más que ellos; porque

con esto se merece con el universal Padre de todas las criaturas. Y

volviendo al estado presente, y la pena que me daba la falta de mi

macho, aquella tarde no pude saber de él, y así me quedé aquella noche

en el meson, sin esperanza de poderlo hallar.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 39 / 101 题