El dia siguiente, por ciertos respetos, me fué forzoso (por llegar
primero á Málaga que á Ronda), apartarme de los mercaderes, tomando la
via del Carpio; y ellos lo hicieron tan bien conmigo, que me dieron uno
de los machos en que iban y dineros, fiando de mí que se lo llevaria
á la feria á buen tiempo, y ellos se fueron con las mulas de retorno
en que yo habia venido hasta allí; el macho era endiablado, que ni
se dejaba herrar, ni poner la silla, y por momentos se echaba con la
carga, aunque con la compañía habia disimulado algo de su malicia, y
así en saliendo del lugar, por verse solo y por sus ruines resabios,
en el primer revolcadero se arrojó, cogiéndome una pierna debajo, de
suerte que si yo no me echára al mismo tiempo del otro lado, recibiera
mucho daño; pero con esta precaucion pude levantarme, y llevándolo del
diestro muy contra su voluntad un ratillo, se me quitó el dolor, sin
entrar el frio que pudiera, si no hiciera aquella diligencia. Eché de
ver la ruin compañía que llevaba con mi cabalgadura; pero por si otra
vez se echaba, cogí un garrote para usar de un remedio que habia oido
decir á un viejo, que como la experiencia los ha enseñado, saben más
que los mozos, y para semejantes actos, que no son de muchos lances,
cerrados los ojos se puede seguir su parecer. Fuí con gran cuidado
para otra vez que se quisiese echar, y en sintiéndolo que iba á caer,
díle con el garrote entre ceja y ceja con tal furia, que cayendo le ví
volver lo blanco de los ojos, bien arrepentido de haberlo hecho, porque
realmente pensé que lo habia muerto; pero sacando de presto pan, y
mojándolo en vino, díselo, y tornó en sí tan castigado, que nunca más
se echó, á lo menos llevándome á mí encima, aunque topó arenales donde
pudiera hacerlo. Fuí mi camino, y en llegando á un bosquecillo del
Carpio, aunque pequeño, abundantísimo de conejos y otras trazas, en la
ribera de Guadalquivir, apeéme á cierta necesidad natural y forzosa,
y antes que la comenzase espantóse el macho, dió á huir por el ruido
que hizo un culebron y una zorra que salieron de un zarzal y matas muy
espesas que habia junto al camino, que debian de estar ambos en una
cueva, que la culebra con ningun animal hace amistad sino con la zorra.
Ella dió por una parte, y la culebra tras el macho, que como supe
despues, á cuantos pasaban acosaba, porque habian muerto su compañía:
arrojéle una piedra, no pensando que sucediera lo que sucedió, que como
la piedra iba por el aire, corrió más que la culebra, y dióla en el
espinazo, de que volvió con tal furia contra mí, que si no me pusiera
de la otra parte del camino, dejando en medio mucha arena, lo pasara
mal, que como no se podia aprovechar de las conchillas que le sirven de
piés en la arena, como en lo duro y liso, no se atrevió atravesar el
camino; pero cuanto yo más corria por la una banda, ella corria por la
otra, con más de una vara de cuello alzado de la tierra, vibrando la
lengua muy apriesa, y haciendo cinco ó seis de ella.
Iba yo de manera, que ya no sentia la falta del macho, sino la
persecucion de la culebra, que me tenia sin aliento, lleno de sudor
y cansancio. Los silbos no eran formados ni agudos, sino bajos y
continuados, casi al modo que pronunciamos acá las xx. Llegué á una
parte del camino, á donde habia piedras para tirarle. Paréme, así por
descansar, como por aprovecharme de las piedras; pero ella viendo mi
temor, quiso pasar por la arena para acometerme, por donde tuve yo
esperanza de librarme de ella; porque en entrando no pudo aprovecharse
de las conchuelas, ni moverse sino muy poco: animándome lo mejor que
pude, le tiré tantas piedras, que casi la vine á enterrar en ellas, y
acertándole con una, despues de haberle escupido muchas veces hácia
la cabeza (que es veneno contra ellas) la acerté con una piedra media
vara más arriba de la cola, donde tiene el principal movimiento, de
que no pudo menearse más, y acudiendo con otras muchas, le majé la
cabeza, y me senté á descansar. Pasaron por allí dos hombres que
iban camino de Adamuz, y me contaron lo que arriba dije. Midiéronla,
y tenia diez piés de largo, y de grueso más que muñeca ordinaria.
Abriéronla, y halláronle dentro dos muy gentiles gazapos, que estas
serpientes son muy voraces y poco bebedoras, aunque pasan mucho tiempo
sin mantenimiento; y así hacen tarde la digestion, que en el poco
movimiento que ella hacia bien se echaba de ver que estaba pesada.
Consideré en el rato que estuve descansando, qué de cosas hay en el
mundo que contrastan la vida del hombre. Que hasta un animal sin piés
ni alas le persigue, y le comenzó á perseguir desde su principio antes
que otro animal ninguno, ó porque no piense el hombre que se le dió el
dominio y jurisdiccion en la tierra sin pension ni trabajo, ó porque
con la razon sepa distinguir lo malo de lo bueno, y guardarse de lo
que le puede dañar; mediante la cual razon conoce y sabe conocer el
mantenimiento provechoso, y desechar el nocivo. Huir de los animales
bravos, y servirse de los mansos; pero los feroces y dañosos avisan
del mal que pueden hacer, ó con las uñas, ó con los cuernos, ó con los
dientes, ó con los picos. ¡Mas que un animal sin piés, sin uñas, sin
cuernos como éste sea tan horrendo y abominable, que atemorice con solo
mirarle! Ordenacion fué de Dios, para sujetar la soberbia del hombre y
desjarretársela con la misma inmundicia y asquerosidad de la hez de la
tierra, que aun muerta la veia, y me daba horror; y confieso de mí, que
siempre que veo semejantes sabandijas, engendran en mí nuevo temor y
espanto; ¿pero qué no espantará ver, que una cosa que parece cerbatana
ó varal, de su propio movimiento corre tanto como un caballo? ¿Y que
con hincar la cabeza en el suelo, dé tan grande golpe á un hombre que
lo derribe y aun lo mate, acometiendo á traicion que no cara á cara?
¿Que sea tan astuto, que se desnude el hábito viejo y se vista de
nuevo? ¿que se cure la ceguera de sus ojos causada de las humedades del
invierno con refregarse en el hinojo la primavera? Son tan contrarios
á todos los demás animales, que con ninguno hacen amistad, sino con la
zorra, ó porque ambas habitan siempre en cuevas de tierra y piedra, ó
por buscar abrigo en el pelo de la zorra. Hasta aquí habia estado el
ermitaño callando, y aquí parecióle preguntar, como hombre que habia
estado en soledades y entre ásperas montañas, huyendo el concurso de
la gente, viviendo y conversando con animales brutos, ¿cuál era la
razon porque estas sabandijas sean tan espantables, como son culebras,
lagartos, sapos, escuerzos, áspides, víboras, y otras semejantes que
suelen verse? Respondíle: Lo primero, que todas las cosas que no vemos
y tratamos de ordinario, traen consigo este género de admiracion. Lo
segundo, que por tener tanto de los dos elementos graves, que son agua
y tierra, y tan poco de los elementos leves, que son aire y fuego, que
casi no tienen parentesco ni semejanza con el hombre; porque éste tiene
de lo espiritual, en que se parece á los Ángeles, y de lo corporal,
en que se parece á los animales brutos; y estos en aquella parte
terrestre, húmeda y fria, tienen semejanza con las sabandijas, y estas
consigo solas, y con las entrañas de la tierra. Lo tercero y último,
porque todos los animales que no pueden engendrar de la putrefaccion
de la tierra, sin generacion de su semejante, ni pueden ser para el
servicio, ni para el gusto del hombre, á quien Dios les manda que
obedezcan, y ellos mismos huyen de su presencia, como de señor á quien
aborrecen, por la superioridad y dominio que tienen sobre todas, ó por
la antipatía natural. Y esto baste, porque la pérdida de mi macho me
da pena y cuidado, y priesa que lo busque. Ya que hube descansado y
limpiádome el sudor del rostro, que lo de dentro no pude, fuí buscando
mi macho, ó por mejor decir, de los mercaderes, por toda la orilla y
ribera del Guadalquivir, sin topar á persona que me supiese dar rastro
ni nuevas de él yendo, como iba, cargado con ferreruelo, espada, cogin
y alforjas, que todo lo echó por alto, sino es la silla, que la llevaba
en la barriga; de suerte, que yo me cargué de todo lo que el macho se
descargó, y mucho más me cargaban las matracas que me daban los que
me topaban hecho caballo de postillon, que por no dejarlo lo sufria
todo. Paréme á descansar un ratillo, antes que pasase el rio, donde ví
tanta abundancia de conejos, que estaban más espesos á la orilla del
rio, que liendres en jubon de arriero, que en todo el dia no dejan de
venir á beber muchas manadas de ellos. Pasé de la otra parte del rio,
y entréme á descansar á un meson que está antes de llegar al pueblo,
donde tampoco me supieron dar nueva de mi negro macho, aunque prometí
hallazgo, haciendo diligencias con las guardas del bosque. Refresquéme
lo mejor que pude de mantenimiento y bebida, con la templanza que el
cansancio pedia. Púseme á la puerta del meson, para ver si pasaba el
macho ó persona que de él me diese nuevas. Miré aquel pedazo de tierra
en el tiempo que allí estuve, que en fertilidad é influencia del cielo,
hermosura de tierra y agua, no he visto cosa mejor en toda la Europa,
y para encarecerla de una vez, es tierra que da cuatro frutos al año,
sembrándola y cultivándola con regadío de una aceña, con tres ruedas,
que la baña abundantísimamente, donde algunos años despues pasó en
presencia mia una desgracia muy digna de contarse; para que se vea
cuánta obligacion tienen los hijos de seguir el consejo de los padres,
aunque les parezca que repugna á su opinion. Y fué, que siendo Marqués
del Carpio Don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, y muy
gallardo de persona, y adornado de virtudes y partes muy dignas de
estimar, vinieron allí madereros de la sierra de Segura con algunos
millares de vigas muy gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para
que las pasasen, alzaron la puente de la pesquera, para que toda el
agua se recogiese á un despeñadero ó profundidad, por donde los maderos
habian de pasar. Los gancheros eran todos mozos, de muy gentiles
personas, fuertes de brazos, y ligeros de piés y piernas, grandes
nadadores y sufridores de aguas, frios y trabajos. Quisieron hacer al
Marqués una fiesta de gansos, poniéndolos atados entre los dos maderos
de la puerta de la pesquera, y como iba el madero despeñándose, por
la violencia del grande cuerpo del agua, puesto el ganchero sobre el
madero hácia la cabeza del ganso, y tirando del pescuezo, se deslizaba
de la mano y caia en la profundidad del agua, saliendo lejos de allí
nadando, en que pasaron cosas de mucho gusto y risa, aunque no sin
peligro de quien la causaba, que siempre las caidas son de gusto para
quien las ve, pero no para quien las da, especialmente en ejercicios
tan poco usados como este.
Entre estos gancheros venia un mozo recio, de muy gentil talle, alto de
cuerpo, rubio, y bien hecho de miembros, grande hacedor de su persona,
y que entre todos los demás era conocido y respetado como por de tal
opinion, y por grandes fuerzas para cualquier ejercicio de hombres.
Este pidió licencia á su padre, que venia en compañía de los otros,
para ir á quitar el pescuezo á un ganso que estaba recien puesto; la
cual el padre le negó, que los padres, ó por tener más experiencia que
los hijos, ó por ser hechura suya y conocer sus inclinaciones, ó por
haberlos criado, y conocer de qué pié cojean, ó por el amor entrañable
que les tienen, son algo profetas de los bienes ó males de los hijos;
y así este por ningun camino consintió que de su voluntad fuese el
hijo á la fiesta; pero diciendo él que no queria que lo tuviese por
menos hombre que á los demás, con importunaciones alcanzó de su padre
que lo dejase ir, aunque de muy mala gana. Y reprehendiéndole algunos
porque lo hacia tan forzado, respondió en presencia mia unas palabras
llenas de gran sentimiento y dolor diciendo: No sabe nadie lo que
es aventurar un hijo criado, y solo. El mozo fué gallardísimamente,
teniendo todos los ojos puestos en él, que en asiendo el cuello del
ganso, que él pensaba con facilidad arrancar con la fuerza grande que
hizo, estúvose casi colgado de las manos hasta que el madero llegaba
ya al cabo, en cuyo remate ó cabeza, deslizándosele la mano, cayó, y
dió de cerebro, sumergiéndose en el profundo del charco, sin que más
pareciese hasta el dia siguiente, con grande espanto y compasion de
todos los circunstantes, quedando el padre, que lo estaba mirando, en
éstasis. Todos los gancheros nadando le buscaron, y lo hallaron al dia
siguiente, que pareció en cierta manera castigo de la desobediencia
que tuvo al mandamiento del padre, y ejemplo para cuantos le vieron.
Fué contra el precepto y consejo paternal, del cual tienen necesidad
todos los que desean acertar. Pasó este caso en este mismo lugar, y en
presencia del marqués D. Luis de Haro, y de su hijo el marqués D. Diego
Lopez de Haro, que cuando esto se escribe están vivos, y más mozos que
el autor, en cuya compañía se halló presente á este infelice suceso. Y
porque no habrá lugar de contarlo adelante, se dice aquí, por encargar
á los hijos que aunque les parezca que saben más que los padres, en
razon de la superioridad que Dios les dió sobre ellos, y representando
la persona del verdadero Padre, los han de obedecer y respetar, y creer
que en cuanto á las costumbres morales saben más que ellos; porque
con esto se merece con el universal Padre de todas las criaturas. Y
volviendo al estado presente, y la pena que me daba la falta de mi
macho, aquella tarde no pude saber de él, y así me quedé aquella noche
en el meson, sin esperanza de poderlo hallar.
[Ilustración]
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