DESCANSO XVII.

Habiendo descansado aquella noche lo que parecia que bastaba para

los trabajos de mi macho, fuí á rogarle que se animase, y gruñendo

alzó la pata, y al mismo tiempo díle un palo, con que se le acordó el

trabajo pasado. Sosegóse luego, y echéle la silla; caminé á Benamejí,

que estaba muy cerca, y aunque quise pasar sin que me viese pasar

el señor Benamejí, el bellaco del macho se arrojó en su casa, y fué

forzoso descansar allí un rato. Al fin, por abreviar el cuento, llegué

á Málaga, ó por mejor decir, paréme á vista de ella en un alto que

llaman la cuesta de Zambara. Fué tan grande el consuelo que recibí de

la vista de ella, y la fragancia que traia el viento, regalándose por

aquellas maravillosas huertas cubiertas de todas especies de naranjos

y limoneros y llenas de azahar todo el año, que me pareció ver un

pedazo de paraíso, porque no hay en toda la redondez de aquel horizonte

cosa que no deleite los cinco sentidos. Los ojos se entretienen

con la vista de mar y tierra, llena de tanta diversidad de árboles

hermosísimos como se hallan en todas las partes que producen semejantes

plantas; con la vista del sitio y edificios, así de casas particulares

como de templos excelentísimos, especialmente la iglesia mayor, que no

se conoce más alegre templo en todo lo descubierto. Á los oidos deleita

con grande admiracion la abundancia de los pajarillos, que imitándose

unos á otros, no cesan en todo el dia y la noche su dulcísima armonía,

con un arte sin arte, que como no tienen consonancia ni disonancia, es

una confusion dulcísima que mueve á contemplacion del universal Hacedor

de todas las cosas. Los mantenimientos abundantes y substanciosos para

el gusto y la salud. El de la gente muy apacible, afable y cortesano,

y todo es de manera que se pudiera hacer un grande libro de las

excelencias de Málaga, y no es mi intento reparar en esto. Negocié á

lo que venia en aquella santa iglesia, de donde se pueden sacar muchos

sugetos para obispos y oidores, y para gobernar el mundo, entre los

cuales hallé un prebendado amigo mio, hombre bien nacido, de grandes y

superiores partes, muy digno de estimarse, apasionado, porque sin razon

le ofendian las ausencias, hombres que por ningun camino podian correr

parejas con él. Que de la misma manera que la envidia no se halla

ni se cria sino en pechos olvidados de la buena educacion y partes,

así acomete siempre á los que las poseen, y resplandecen en actos de

ciencia y virtud. Que les parece que reconocer superioridad y ventaja

á quien se la tiene es perder el derecho que tienen á la descortesía,

á quien se crian subordinados, por falta de buen entendimiento y

sobra de mala voluntad. Quejábase que habiendo hecho grandes bienes

á un hombre que siempre habia tenido pocos ó ningunos, y habiéndole

librado de cosas de que él por ningun camino tuviera trazas ni modo

para librarse, no solo no le agradecia, pero buscaba caminos por donde

pudiese escurecer las buenas obras recibidas. Vílo con determinacion

de volver la hoja, y vengarse de él por la mejor via que pudiese; pero

atajéle con advertirle que arrepentirse del bien que habia hecho no

cabe en ánimos nobles.

Pues hacer mal, dije, al quien hicistes bien, arguye poca firmeza y

constancia en el valor del ánimo. Vengaros por tribunales es yerro

notable, porque nunca las ofensas manchan, hasta que lleguen á tan

miserable estado; especialmente que si vos me decís que es hombre

desadornado de partes heredadas ó adquiridas, ¿qué agradecimiento os

ha de tener á vos, si no agradece á Dios haberle puesto en el estado

que no merecia, ni pensó merecer? Y pregúntoos, ¿quién hizo mal, él

ó vos? Respondióme: Claro está que él. Pues enójese él, dije yo, que

hizo tan gran maldad, como no agradecer; que vos que no hicisteis

mal, no teneis de qué sentiros, sino de que estar muy contento. Y no

querais desmerecer con Dios la buena obra que hicisteis. Consolóse

de manera que si habia sido mi amigo hasta allí, por este consejo

creció mucho más la amistad. Y realmente, la quietud del ánimo no

admite alteraciones advenedizas de pechos, é intenciones, en quien se

asienta mal la paz y tranquilidad del alma. Hánse de huir semejantes

recuentros, por el mejor medio que fuere posible; y si es forzosa

la comunicacion, como sucede en comunidades, usar de ella en solo

aquello que no puede escusarse, llevando siempre por guia la justicia

y la verdad, de manera, que los que viven con cuidado de hallar en

qué tropezar, se corran y confundan; y cuando no sucediere como

se desea y como seria razon, á lo menos quedará muy seguro en su

conciencia y desapasionado quien así lo hubiere hecho. Que el hombre

constante, y de ánimo quieto, á sí propio se ha de temer y guardarse

de sí más que de los contrarios. Si le ofenden con razon, calle por

sí propio, y enmiéndese de la culpa; si le murmuraren sin ella,

consuélese, viendo que está libre de calumnia. De suerte, que por

todos caminos, el silencio es refugio y acogida de los agravios con

malicia. Pero tornando á lo primero, ¿por qué pensais, le dije, que

dicen ordinariamente: nunca falta un Gil que me persiga? que no dicen

un don Francisco, ni un don Pedro, sino un Gil, es porque nunca son

perseguidores; sino hombres bajos como Gil Manzano, Gil Perez; ni para

verdugos y comitres buscan, sino hombres infames y bajos, enemigos

de piedad, bestias crueles, sin respeto ni vergüenza, inclinados á

perseguir á la gente que ven levantarse en actos de virtud, como este

miserable de quien os quejais. De estos la comunicacion por ningun

camino es buena, porque no son capaces de hacer bien, ni pueden dejar

de hacer mal; lo cual se ataja, no conociéndolos para que no lo hagan.

Pues suele pasar, dijo, por cerca de mí, sin quitarme el sombrero. Eso,

dije yo, ó será por descuido, ó por descortesía. Si por descortesía,

enójese como tengo dicho consigo propio, porque ha hecho mal, y no os

enojeis vos por los pecados del otro, que fué descortés y mal criado.

Que vos no os habeis de alterar, no habiendo cometido culpa: y si se

hace por descuidado, consigo trae la disculpa; porque los que caen en

esta inadvertencia, no podemos juzgar si van pensativos, ú ocupados

por imaginaciones de negocios que pueden suceder por muchas cosas, é

inculpados, de que no podemos ser jueces, no tener ciencia, ni razon de

sentirnos y alterarnos. Y en esto de las cortesías, no tenemos de qué

enfadarnos. Lo uno, porque el no usarla con nosotros, no es por culpa

nuestra. Lo otro, porque quien da, no da más de lo que tiene, y quien

no tiene cortesía, no es mucho que no la dé, y la regla general es, que

en ninguna manera habemos de tomar fastidio de lo que no sucede por

culpa nuestra, que los descorteses su castigo tienen acerca de quien

los conoce.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 41 / 101 题