Como el camino, por bueno que sea, siempre trae consigo un género
de soledad, porque ordinariamente se camina ó por necesidad, ó
por negocios forzosos, que ocupan la memoria y distraen el gusto,
procurábamos tenerle en todas las cosas que encontrábamos. Los mozos de
mula acudian á su costumbre, uno á echar pullas, otro á hacer burlas
á los caminantes, otro á cantar romances viejos, cual sea su salud:
nosotros de lo que se ofrecia á la vista. Encontrámos un pastor que
pasaba su ganado de un distrito á otro, pereciendo de sed él y los
perros; que en Sierra-Morena por mayo y por todo el verano, aunque de
noche hace fresco, de dia se encienden los árboles de calor: y era tan
ignorante el buen hombre, que teniendo sed llevaba los perros atados
porque no se le perdiesen. Preguntónos si sabíamos dónde hubiese agua;
yo le respondí: ¿Pues llevando perros, preguntais esto? desatadlos, que
ellos hallarán presto el agua. ¿Y es eso así? dijo un mercader. Es cosa
muy sabida, dije yo, y muchas veces experimentada. Y dije al pastor:
Desatad los perros, ó el uno de ellos, y ponedle un cordelillo largo,
con que lo vais siguiendo, que él hallará fuente, arroyo ó laguna: y
así lo hizo el pastor; de suerte, que dándole larga con el cordel,
rompió por una ladera alzando el hocico, y se fué hácia una espesura
derecho, que habia al pié de una peña, donde halló agua, que refrescó
al pastor y satisfizo al ganado. Y contaréles á vuesas mercedes lo que
me contó en Ronda un caballero de muy gentil entendimiento, que se
llama Juan de Luzon, muy experimentado en letras humanas y divinas. Hay
dos pueblecillos en Sierra de Ronda, entre otros muchos, uno llamado
Balastar, y el otro (si bien me acuerdo) Chucar, entre los cuales
andando un cabrero moro apacentando su ganado, apretándole la sed,
y no hallando agua, ni señal donde pudiese haberla, despareciósele
un perro, y á cabo de rato vino mojado todo y muy contento, coleando
al amo, y haciéndole muy grandes fiestas. Espantado de aquello el
cabrero, le dió muy bien de comer y lo ató, aguardando á que le tornase
á aquejar la sed, diligentísima despertadora de la pereza. Atóle un
cordelejo largo, y dejóle ir, y siguiéndole el amo, fué saltando matas
y peñas, rasgándose las manos y el rostro; y siguióle con todas estas
dificultades, hasta que entre unas grandes espesuras, se coló por la
boca de una cueva, que por debajo de altos riscos estaba naturalmente
hecha, con algunos resquicios, que le daban la luz que habia menester.
En medio de la cueva nacia un clarísimo arroyo, que se dividia en dos
partes: bebió el moro, é hinchó su zaque; y admirado de la novedad dió
en una traza, á su parecer buena, que despues le costó la vida; y fué,
que atajó con unas piedras el un arroyo de aquellos, echando todo el
agua por una parte, para ver al dia siguiente dónde iba á parar. Fuése
á su ganado, y averiguó el dia siguiente que habia faltado el agua en
Chucar. El moro que sabia el secreto, fuése al pueblo diciendo, que si
se lo pagaban bien les daria su agua, y otra tanta más, y contó el caso
como habia sucedido. El poco tiempo que les habia faltado el agua los
necesitó de manera que le dieron doscientos ducados porque les diese
su agua y la del otro pueblo. En recibiendo su dinero fué á la cueva,
y soltó el agua por aquella parte. Viéndose con su agua tan crecida,
conociendo la inconstancia y codicia del cabrero, antes que los de
Balastar le corrompiesen con esperanza de mayor interés, acordaron
darle garrote, quedándose con el agua toda, y el moro sin vida, sin que
hasta hoy se haya sabido en qué parte está el secreto: y hoy se echa de
ver señal de que algun tiempo corrió por allí agua, por las guijas y
piedras que lo manifiestan. Halló aquella encubierta cueva el aliento
del perro, leal amigo y fiel compañero, descubridor de enemigos de sus
amos. Extraña fuerza de aliento, dijo un mercader, que siendo el agua
un elemento sin olor, la venga á descubrir un perro con solo alzar el
rostro al aire, principal movedor y embajador del olfato. Que son las
calidades de los perros y las excelencias que hay en ellos muy dignas
de admiracion, no por los cuentos que se dicen de ellos, ni haciendo
caso de historias atrasadas, sino por lo que vemos y experimentamos
cada dia. ¡Qué fidelidad! ¡qué amor! ¡qué conocimiento!
Á lo menos, dije yo, tienen dos admirables virtudes, si se puede dar
este nombre en ellos, que si los hombres las tuviesen tan sentadas en
el alma como ellos en su natural inclinacion, vivirian en perpétua
paz, que son humildad y agradecimiento. ¡Oh, bien notado! dijo el
mercader: ¡oh qué gallarda consideracion! Del bienaventurado San
Francisco, que fué hijo de un mercader, se dice que alababa mucho la
humildad de los perros, deseando imitarlos en esto, por la mucha que
tuvo nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Pues en agradecimiento,
dije yo, fuera de lo que la ley natural nos enseña, lo tenemos por
precepto suyo que enviando sus santísimos discípulos á predicar por
el mundo les mandó que en agradecimiento del bien que les hiciesen en
sus posadas curasen los enfermos que en ellas hubiese. ¿Pues hay, dijo
el mercader, quien desagradezca, ó quien no sepa agradecer el bien
que le hacen? ¿Hay quien no le parezca que no satisface el beneficio
recibido? ¿Quién ha de carecer de tan admirable virtud? Yo creo,
respondí, que nadie, si no son los avarientos y los soberbios, que son
dos géneros de gente pestilencial en la República; los unos, porque
no saben usar de caridad, y los otros porque siempre van contra ella.
Y pues se ha ofrecido materia tan excelente y divina virtud, como es
el agradecimiento, en tanto que llegamos á Adamuz tengo de referir un
caso digno de saberse, que le pasó al autor de este libro viniendo de
Salamanca, que no hay vida de hombre ninguno de cuantos andan por el
mundo de quien no se pueda escribir una grande historia, y habrá para
ella bastante materia. En una dispersion que hubo de estudiantes en
Salamanca, por cierto encuentro que tuvo el Corregidor D. Enrique de
Bolaños con la Universidad, y no con ella, sino con los estudiantes,
gente briosa, y fácil de moverse para cualquiera alteracion; como se
quedó la ciudad sin estudiantes, el autor tambien se fué á su tierra
como los demás, que las vacaciones estaban ya muy cerca, tiempo deseado
para descanso de los estudiantes. La necesidad suya era tanta, que
trilló el camino á la apostólica. Llegó un dia al anochecer á las
ventas de Murga, y no queriéndole dar posada, por el poco provecho que
habia de dejar en ellas, pasó adelante solo, y cantando por hacerse
compañía, que la voz humana tiene propiedad maravillosa para acompañar
á quien no lleva dineros que le puedan quitar. Salieron cuatro hombres
con cuatro ballestas, y preguntáronle de dónde venia. Él respondió
que de Salamanca. ¿Y á quién deja atrás? preguntaron ellos; y él
respondió: Antes todos me dejan á mí, porque ando poco. Pues ¿cómo no
se quedó en las ventas? preguntaron. Y él respondió: Porque como no
llevo dineros, ni cabalgadura que les pudiera dejar provecho, me dieron
voces que me saliese de la venta, y yo las voy dando á Dios porque me
acompañe, y juzgue la crueldad de estos venteros. Á lo cual dijo el
más pequeño de los ballesteros ó ballesteadores: Preguntamos esto,
señor estudiante, por ver si queda atrás quien nos pueda comprar caza,
de que tenemos mucha abundancia, y pocos compradores. Y volviéndose á
los compañeros, dijo: Gran lástima me ha dado el mal trato y crueldad
de que estos venteros usan con la gente de á pié, y más la necesidad
que he visto en este estudiante. Llevémosle á nuestro alojamiento, que
algun tiempo nos valdrá con Dios esta caridad. Harto mejor, dijo uno,
será matarlo (despues lo supe) porque no diga que nos ha encontrado, y
espante los caminantes. Al fin el mozuelo dió y tomó con ellos hasta
que lo llevaron consigo, porque les pareció que era lo más sano para
su negocio. Mostróse el mozuelo muy compasivo, que si bien las ruines
compañías hacen prevaricar una buena inclinacion, tal vez naturaleza
da una sofrenada, para recordacion del primer natural, que por más
que se olvide, de cuando en cuando torna á su primer principio. Fuése
con ellos, ó por mejor decir, se lo llevaron por unas espesuras,
escuridades y escondrijos, llenos de revueltas y dificultades, que
como ya era de noche y sonaba en unas profundidades despeñándose el
agua, y la fuerza del viento sacudia los árboles con gran furia, y al
estudiante el temor le hacia de las matas hombres armados que le iban
á despeñar en aquella infernal hondura, iba con gran devocion mirando
al cielo, y tropezando en la tierra; pero con muy buen ánimo, hablando
sin muestras de temor. Llegaron al fin á su habitacion, que parecia más
de zorras que de hombres, y desenvolviendo mucha cantidad de brasa, que
parecia ser de muy buena leña de encina, encendieron, para alumbrarse,
unas rajuelas de tea, que les daba la luz bastante que habian menester
para toda la noche. La cena fué muy buenos tasajos de venado, si no
eran quizá de algun pobre caminante. Él no sabia fiestas que hacerles,
diciéndoles cuentos, entreteniéndolos con historias, alabándoles el
vivir en aquella soledad apartados del bullicio de la gente. Decíales
que el ejercicio de la caza era de caballeros y grandes señores, y que
sin duda descendian de alguna buena sangre, pues se inclinaban á él. Si
algun disparate se les caia, se lo alababa y solemnizaba por muy gran
cosa. Al uno decia que tenia buen rostro, al otro que plantaba bien los
piés, al otro que tenia buen ingenio, al otro que hablaba con mucha
discrecion; que en semejantes conflictos la humildad mezclada con la
apacibilidad y distraccion, á los pechos que de suyo son fieros, y aun
de fieras, los vuelven mansos y amigables. La necesidad en los peligros
hace sacar fuerzas de flaqueza; y con gente de aquella traza el temor
engendra sospecha, y el ánimo arguye sencillez. Turbarse donde (aunque
se teme el daño) no estamos en él, es apresurarlo si ha de venir; y
ponerlo en duda y sospecha si no se temia. Él se hubo tan bien con los
cazadores de gatos muertos y rellenos, que le regalaron y dieron de
cenar, y dos zamarros en que durmiese, y antes que amaneciese, porque
no saliese con luz, le dieron de almorzar, y sacándolo al camino aquel
mozuelo, el menor de los cuatro, le fué diciendo el peligro en que se
habria visto si no fuera por él: y en pago le rogaba no dijese á nadie
lo que le habia sucedido: despidióse de él, y fué su camino, volviendo
atrás muchas veces la cabeza, que aun le parecia que no estaba muy
seguro de ellos. Si encontraba algun caminante, le decia que no fuese
por aquel camino, porque le habia seguido una grandísima sierpe, que
no osaba decir otra cosa, pareciéndole que estaban oyéndolo. Al fin,
para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España y fuera de
ella más de veinte años, redújose al estado que Dios le tenia señalado;
fuése á su tierra, que es Ronda, hízose sacerdote, sirviendo una
capellanía de que le hizo merced Felipe II, sapientísimo Rey de España.
Despues del suceso de los salteadores, veinte y dos y veinte y tres
años, vinieron en busca de tres ladrones famosos, trayendo lengua de
ellos, que estaban en Ronda, que para hurtar tenian esta astucia. Las
mujeres vendian buhonería (que todos eran casados), entraban en las
casas á vender su mercadería, mirábanlas bien, y daban al punto á sus
maridos de las señas de toda la casa, y á la mañana amanecia robada.
Llegó á Ronda este soplo, dieron con ellos en la cárcel por la órden
del licenciado Morquecho de Miranda, que al presente hacia oficio de
Corregidor, siendo Alcalde mayor. Y por abreviar el cuento, dióles
tormento, y confesaron de plano: pidióle al autor que los confesase, y
en entrando representósele la presencia del uno de ellos, que le hizo
cosquillas en el alma; y reparando en el sentimiento que habia tenido,
halló que era el que le habia dado la vida en Sierra-Morena: buscando
traza cómo agradecer el bien que le habia hecho, y pareciéndole que
estaba el negocio muy adelante para rogar por un hombre convencido por
su confesion, fuése al juez, y díjole que si hacia justicia de aquel,
perdia una grande ocasion secreta. El juez dispuso de los otros dos y
dejó aquel, para que descubriese una gran máquina que el confesor le
habia dicho, y apretándolo despues á que hiciese con el delincuente que
lo confesase, le respondió: Señor, martirizado de la piedad, y movido
del agradecimiento, fingí á vuesa merced lo que sabe: este hombre me
libró de la muerte, ha venido á mis manos, querria pagarle el bien que
me hizo, y á los jueces tan bien los acompaña la misericordia como
la justicia: suplico á vuesa merced por las entrañas de Dios que se
compadezca del trabajo de un hombre tan piadoso como este. Respondió:
Estoy pensando cómo satisfacer á vuestra demanda y á mi reputacion,
y al bien de ese hombre, que por piadoso lo merece: él no está
ratificado, y en las cosas criminales tenemos ley del Reino que nos da
licencia para poder conmutar la pena de muerte en galeras; yo os siento
tan ansiado por agradecer el bien que os hizo, que quiero aprovecharme
de esta ley, pues no hay parte, y echarlo á galeras donde purgue su
pecado. Hincóse de rodillas, agradeciendo á Dios y al juez tan piadosa
causa: llevó la nueva al casi muerto preso, que respiró, volvió en sí
como de la muerte á la vida, y el autor quedó contentísimo de haber
mostrado su agradecimiento en tan apretada ocasion, que siempre las
buenas obras tienen guardado su premio en este y en el otro mundo.
¡Estraño suceso, y digno de memoria! (dijeron los mercaderes): ¡qué
santa cosa es hacer bien! ¡qué cierto la buena obra es la prision del
corazon noble! ¡qué buen fruto coge quien siembra buenas obras! Que
como el vestido cubre el cuerpo, las buenas obras son coberturas del
alma. ¡Qué contento quedaria ese hombre cuando hizo este bien! Como
queda sabroso el brazo cuando acierta un tiro, así lo queda el alma
cuando hace una buena obra. En esta conversacion, el acabarse el cuento
y descubrir á Adamuz, fué á un mismo tiempo; lugar apacible, puesto
en el principio ó fin de Sierra-Morena, en jurisdiccion del Marqués
del Carpio; y al mismo tiempo se descubrieron aquellos fértiles campos
de Andalucía, tan celebrada de la antigüedad por los Campos Elíseos,
reposo de las almas bienaventuradas. Posamos y reposamos aquella noche
en Adamuz.
[Ilustración]
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