DESCANSO XIV.

Como el camino, por bueno que sea, siempre trae consigo un género

de soledad, porque ordinariamente se camina ó por necesidad, ó

por negocios forzosos, que ocupan la memoria y distraen el gusto,

procurábamos tenerle en todas las cosas que encontrábamos. Los mozos de

mula acudian á su costumbre, uno á echar pullas, otro á hacer burlas

á los caminantes, otro á cantar romances viejos, cual sea su salud:

nosotros de lo que se ofrecia á la vista. Encontrámos un pastor que

pasaba su ganado de un distrito á otro, pereciendo de sed él y los

perros; que en Sierra-Morena por mayo y por todo el verano, aunque de

noche hace fresco, de dia se encienden los árboles de calor: y era tan

ignorante el buen hombre, que teniendo sed llevaba los perros atados

porque no se le perdiesen. Preguntónos si sabíamos dónde hubiese agua;

yo le respondí: ¿Pues llevando perros, preguntais esto? desatadlos, que

ellos hallarán presto el agua. ¿Y es eso así? dijo un mercader. Es cosa

muy sabida, dije yo, y muchas veces experimentada. Y dije al pastor:

Desatad los perros, ó el uno de ellos, y ponedle un cordelillo largo,

con que lo vais siguiendo, que él hallará fuente, arroyo ó laguna: y

así lo hizo el pastor; de suerte, que dándole larga con el cordel,

rompió por una ladera alzando el hocico, y se fué hácia una espesura

derecho, que habia al pié de una peña, donde halló agua, que refrescó

al pastor y satisfizo al ganado. Y contaréles á vuesas mercedes lo que

me contó en Ronda un caballero de muy gentil entendimiento, que se

llama Juan de Luzon, muy experimentado en letras humanas y divinas. Hay

dos pueblecillos en Sierra de Ronda, entre otros muchos, uno llamado

Balastar, y el otro (si bien me acuerdo) Chucar, entre los cuales

andando un cabrero moro apacentando su ganado, apretándole la sed,

y no hallando agua, ni señal donde pudiese haberla, despareciósele

un perro, y á cabo de rato vino mojado todo y muy contento, coleando

al amo, y haciéndole muy grandes fiestas. Espantado de aquello el

cabrero, le dió muy bien de comer y lo ató, aguardando á que le tornase

á aquejar la sed, diligentísima despertadora de la pereza. Atóle un

cordelejo largo, y dejóle ir, y siguiéndole el amo, fué saltando matas

y peñas, rasgándose las manos y el rostro; y siguióle con todas estas

dificultades, hasta que entre unas grandes espesuras, se coló por la

boca de una cueva, que por debajo de altos riscos estaba naturalmente

hecha, con algunos resquicios, que le daban la luz que habia menester.

En medio de la cueva nacia un clarísimo arroyo, que se dividia en dos

partes: bebió el moro, é hinchó su zaque; y admirado de la novedad dió

en una traza, á su parecer buena, que despues le costó la vida; y fué,

que atajó con unas piedras el un arroyo de aquellos, echando todo el

agua por una parte, para ver al dia siguiente dónde iba á parar. Fuése

á su ganado, y averiguó el dia siguiente que habia faltado el agua en

Chucar. El moro que sabia el secreto, fuése al pueblo diciendo, que si

se lo pagaban bien les daria su agua, y otra tanta más, y contó el caso

como habia sucedido. El poco tiempo que les habia faltado el agua los

necesitó de manera que le dieron doscientos ducados porque les diese

su agua y la del otro pueblo. En recibiendo su dinero fué á la cueva,

y soltó el agua por aquella parte. Viéndose con su agua tan crecida,

conociendo la inconstancia y codicia del cabrero, antes que los de

Balastar le corrompiesen con esperanza de mayor interés, acordaron

darle garrote, quedándose con el agua toda, y el moro sin vida, sin que

hasta hoy se haya sabido en qué parte está el secreto: y hoy se echa de

ver señal de que algun tiempo corrió por allí agua, por las guijas y

piedras que lo manifiestan. Halló aquella encubierta cueva el aliento

del perro, leal amigo y fiel compañero, descubridor de enemigos de sus

amos. Extraña fuerza de aliento, dijo un mercader, que siendo el agua

un elemento sin olor, la venga á descubrir un perro con solo alzar el

rostro al aire, principal movedor y embajador del olfato. Que son las

calidades de los perros y las excelencias que hay en ellos muy dignas

de admiracion, no por los cuentos que se dicen de ellos, ni haciendo

caso de historias atrasadas, sino por lo que vemos y experimentamos

cada dia. ¡Qué fidelidad! ¡qué amor! ¡qué conocimiento!

Á lo menos, dije yo, tienen dos admirables virtudes, si se puede dar

este nombre en ellos, que si los hombres las tuviesen tan sentadas en

el alma como ellos en su natural inclinacion, vivirian en perpétua

paz, que son humildad y agradecimiento. ¡Oh, bien notado! dijo el

mercader: ¡oh qué gallarda consideracion! Del bienaventurado San

Francisco, que fué hijo de un mercader, se dice que alababa mucho la

humildad de los perros, deseando imitarlos en esto, por la mucha que

tuvo nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Pues en agradecimiento,

dije yo, fuera de lo que la ley natural nos enseña, lo tenemos por

precepto suyo que enviando sus santísimos discípulos á predicar por

el mundo les mandó que en agradecimiento del bien que les hiciesen en

sus posadas curasen los enfermos que en ellas hubiese. ¿Pues hay, dijo

el mercader, quien desagradezca, ó quien no sepa agradecer el bien

que le hacen? ¿Hay quien no le parezca que no satisface el beneficio

recibido? ¿Quién ha de carecer de tan admirable virtud? Yo creo,

respondí, que nadie, si no son los avarientos y los soberbios, que son

dos géneros de gente pestilencial en la República; los unos, porque

no saben usar de caridad, y los otros porque siempre van contra ella.

Y pues se ha ofrecido materia tan excelente y divina virtud, como es

el agradecimiento, en tanto que llegamos á Adamuz tengo de referir un

caso digno de saberse, que le pasó al autor de este libro viniendo de

Salamanca, que no hay vida de hombre ninguno de cuantos andan por el

mundo de quien no se pueda escribir una grande historia, y habrá para

ella bastante materia. En una dispersion que hubo de estudiantes en

Salamanca, por cierto encuentro que tuvo el Corregidor D. Enrique de

Bolaños con la Universidad, y no con ella, sino con los estudiantes,

gente briosa, y fácil de moverse para cualquiera alteracion; como se

quedó la ciudad sin estudiantes, el autor tambien se fué á su tierra

como los demás, que las vacaciones estaban ya muy cerca, tiempo deseado

para descanso de los estudiantes. La necesidad suya era tanta, que

trilló el camino á la apostólica. Llegó un dia al anochecer á las

ventas de Murga, y no queriéndole dar posada, por el poco provecho que

habia de dejar en ellas, pasó adelante solo, y cantando por hacerse

compañía, que la voz humana tiene propiedad maravillosa para acompañar

á quien no lleva dineros que le puedan quitar. Salieron cuatro hombres

con cuatro ballestas, y preguntáronle de dónde venia. Él respondió

que de Salamanca. ¿Y á quién deja atrás? preguntaron ellos; y él

respondió: Antes todos me dejan á mí, porque ando poco. Pues ¿cómo no

se quedó en las ventas? preguntaron. Y él respondió: Porque como no

llevo dineros, ni cabalgadura que les pudiera dejar provecho, me dieron

voces que me saliese de la venta, y yo las voy dando á Dios porque me

acompañe, y juzgue la crueldad de estos venteros. Á lo cual dijo el

más pequeño de los ballesteros ó ballesteadores: Preguntamos esto,

señor estudiante, por ver si queda atrás quien nos pueda comprar caza,

de que tenemos mucha abundancia, y pocos compradores. Y volviéndose á

los compañeros, dijo: Gran lástima me ha dado el mal trato y crueldad

de que estos venteros usan con la gente de á pié, y más la necesidad

que he visto en este estudiante. Llevémosle á nuestro alojamiento, que

algun tiempo nos valdrá con Dios esta caridad. Harto mejor, dijo uno,

será matarlo (despues lo supe) porque no diga que nos ha encontrado, y

espante los caminantes. Al fin el mozuelo dió y tomó con ellos hasta

que lo llevaron consigo, porque les pareció que era lo más sano para

su negocio. Mostróse el mozuelo muy compasivo, que si bien las ruines

compañías hacen prevaricar una buena inclinacion, tal vez naturaleza

da una sofrenada, para recordacion del primer natural, que por más

que se olvide, de cuando en cuando torna á su primer principio. Fuése

con ellos, ó por mejor decir, se lo llevaron por unas espesuras,

escuridades y escondrijos, llenos de revueltas y dificultades, que

como ya era de noche y sonaba en unas profundidades despeñándose el

agua, y la fuerza del viento sacudia los árboles con gran furia, y al

estudiante el temor le hacia de las matas hombres armados que le iban

á despeñar en aquella infernal hondura, iba con gran devocion mirando

al cielo, y tropezando en la tierra; pero con muy buen ánimo, hablando

sin muestras de temor. Llegaron al fin á su habitacion, que parecia más

de zorras que de hombres, y desenvolviendo mucha cantidad de brasa, que

parecia ser de muy buena leña de encina, encendieron, para alumbrarse,

unas rajuelas de tea, que les daba la luz bastante que habian menester

para toda la noche. La cena fué muy buenos tasajos de venado, si no

eran quizá de algun pobre caminante. Él no sabia fiestas que hacerles,

diciéndoles cuentos, entreteniéndolos con historias, alabándoles el

vivir en aquella soledad apartados del bullicio de la gente. Decíales

que el ejercicio de la caza era de caballeros y grandes señores, y que

sin duda descendian de alguna buena sangre, pues se inclinaban á él. Si

algun disparate se les caia, se lo alababa y solemnizaba por muy gran

cosa. Al uno decia que tenia buen rostro, al otro que plantaba bien los

piés, al otro que tenia buen ingenio, al otro que hablaba con mucha

discrecion; que en semejantes conflictos la humildad mezclada con la

apacibilidad y distraccion, á los pechos que de suyo son fieros, y aun

de fieras, los vuelven mansos y amigables. La necesidad en los peligros

hace sacar fuerzas de flaqueza; y con gente de aquella traza el temor

engendra sospecha, y el ánimo arguye sencillez. Turbarse donde (aunque

se teme el daño) no estamos en él, es apresurarlo si ha de venir; y

ponerlo en duda y sospecha si no se temia. Él se hubo tan bien con los

cazadores de gatos muertos y rellenos, que le regalaron y dieron de

cenar, y dos zamarros en que durmiese, y antes que amaneciese, porque

no saliese con luz, le dieron de almorzar, y sacándolo al camino aquel

mozuelo, el menor de los cuatro, le fué diciendo el peligro en que se

habria visto si no fuera por él: y en pago le rogaba no dijese á nadie

lo que le habia sucedido: despidióse de él, y fué su camino, volviendo

atrás muchas veces la cabeza, que aun le parecia que no estaba muy

seguro de ellos. Si encontraba algun caminante, le decia que no fuese

por aquel camino, porque le habia seguido una grandísima sierpe, que

no osaba decir otra cosa, pareciéndole que estaban oyéndolo. Al fin,

para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España y fuera de

ella más de veinte años, redújose al estado que Dios le tenia señalado;

fuése á su tierra, que es Ronda, hízose sacerdote, sirviendo una

capellanía de que le hizo merced Felipe II, sapientísimo Rey de España.

Despues del suceso de los salteadores, veinte y dos y veinte y tres

años, vinieron en busca de tres ladrones famosos, trayendo lengua de

ellos, que estaban en Ronda, que para hurtar tenian esta astucia. Las

mujeres vendian buhonería (que todos eran casados), entraban en las

casas á vender su mercadería, mirábanlas bien, y daban al punto á sus

maridos de las señas de toda la casa, y á la mañana amanecia robada.

Llegó á Ronda este soplo, dieron con ellos en la cárcel por la órden

del licenciado Morquecho de Miranda, que al presente hacia oficio de

Corregidor, siendo Alcalde mayor. Y por abreviar el cuento, dióles

tormento, y confesaron de plano: pidióle al autor que los confesase, y

en entrando representósele la presencia del uno de ellos, que le hizo

cosquillas en el alma; y reparando en el sentimiento que habia tenido,

halló que era el que le habia dado la vida en Sierra-Morena: buscando

traza cómo agradecer el bien que le habia hecho, y pareciéndole que

estaba el negocio muy adelante para rogar por un hombre convencido por

su confesion, fuése al juez, y díjole que si hacia justicia de aquel,

perdia una grande ocasion secreta. El juez dispuso de los otros dos y

dejó aquel, para que descubriese una gran máquina que el confesor le

habia dicho, y apretándolo despues á que hiciese con el delincuente que

lo confesase, le respondió: Señor, martirizado de la piedad, y movido

del agradecimiento, fingí á vuesa merced lo que sabe: este hombre me

libró de la muerte, ha venido á mis manos, querria pagarle el bien que

me hizo, y á los jueces tan bien los acompaña la misericordia como

la justicia: suplico á vuesa merced por las entrañas de Dios que se

compadezca del trabajo de un hombre tan piadoso como este. Respondió:

Estoy pensando cómo satisfacer á vuestra demanda y á mi reputacion,

y al bien de ese hombre, que por piadoso lo merece: él no está

ratificado, y en las cosas criminales tenemos ley del Reino que nos da

licencia para poder conmutar la pena de muerte en galeras; yo os siento

tan ansiado por agradecer el bien que os hizo, que quiero aprovecharme

de esta ley, pues no hay parte, y echarlo á galeras donde purgue su

pecado. Hincóse de rodillas, agradeciendo á Dios y al juez tan piadosa

causa: llevó la nueva al casi muerto preso, que respiró, volvió en sí

como de la muerte á la vida, y el autor quedó contentísimo de haber

mostrado su agradecimiento en tan apretada ocasion, que siempre las

buenas obras tienen guardado su premio en este y en el otro mundo.

¡Estraño suceso, y digno de memoria! (dijeron los mercaderes): ¡qué

santa cosa es hacer bien! ¡qué cierto la buena obra es la prision del

corazon noble! ¡qué buen fruto coge quien siembra buenas obras! Que

como el vestido cubre el cuerpo, las buenas obras son coberturas del

alma. ¡Qué contento quedaria ese hombre cuando hizo este bien! Como

queda sabroso el brazo cuando acierta un tiro, así lo queda el alma

cuando hace una buena obra. En esta conversacion, el acabarse el cuento

y descubrir á Adamuz, fué á un mismo tiempo; lugar apacible, puesto

en el principio ó fin de Sierra-Morena, en jurisdiccion del Marqués

del Carpio; y al mismo tiempo se descubrieron aquellos fértiles campos

de Andalucía, tan celebrada de la antigüedad por los Campos Elíseos,

reposo de las almas bienaventuradas. Posamos y reposamos aquella noche

en Adamuz.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 38 / 101 题