Salí de Salamanca sin dinero que bastára para dejar de ser peon, y
como era fuerza el serlo, acordándome de la poca poblacion que habia
en Sierra Moreda, por aquella parte de la Hinojosa, que habia quince
leguas sin poblado, y por no dejar de ver á Madrid, y á Toledo, vine
por esta máquina, pasé por Toledo y Ciudad Real, donde una monja muy
virtuosa y principal, llamada Doña Ana Carrillo, me regaló y ayudó
para el camino. Saliendo de Ciudad Real me encontré con un mozo de muy
buen talle, que parecia extrangero: fuimos caminando hácia Almodóvar
del Campo, y topamos con dos gentiles hombres en el camino, que
llevaban entre los dos un muy gallardo macho, remudando á veces de
cuando en cuando. Trabamos conversacion con ellos, y parece que se
inclinaron á no dejarnos atrás. Colegí de su modo de proceder, que
serian lengua de dos mercaderes, que iban á la feria de Ronda con muy
gentil dinero, que á mí me dió gusto por ser aquel mi viaje. No me
pareció bien, y con gran cuidado les miré á las manos, y las bocas.
Entramos en una misma posada, y como yo llevaba tragada la malicia,
y andaba sobre aviso, no hablaban palabra que fingiéndome dormido no
se la entendiese. El uno de ellos no hacia sino entrar y salir en la
posada, hasta que ya topó con la de los mercaderes. En amaneciendo
cogió el uno de ellos una cabalgadura, y se partió delante, llevando
para cierto efecto una graciosísima sortija (que no pudieron dar la
traza, sin que yo la oyese). Fuése aquel delantero, como criado, y
quedóse esotro como señor. Muy por la mañana aderezó su macho, y estubo
con mucho cuidado aguardando á que pasasen los mercaderes: en pasando,
hízose encontradizo con ellos, y preguntóles con grande comedimiento,
adónde caminaban, y respondiéndole ellos, que á la feria de Ronda,
hizo grandes desmostraciones de holgarse, diciendo: Mejor me ha
sucedido que pensaba, en haberme encontrado con tan principal compañía;
porque voy á la misma feria, á comprar un atajuelo de doscientas ó
trescientas vacas, y por no haber andado este camino, á lo menos de las
Ventas Nuevas adelante, iba con algun recelo de mil daños, que suelen
suceder á los que llevan dinerillo, y habiendo encontrado con vuesas
mercedes, iré muy consolado, así por la buena compañía, como porque
vuesas mercedes me encaminarán allá, pues tienen más inteligencia
que yo para lo que voy á comprar. Ellos le ofrecieron de ayudarle, y
hacerle amistad en la feria, por ser muy conocidos en la ciudad. Estos
dos bellacones, que iban en seguimiento de los mercaderes, á lo que
despues entendí, eran de un género de fulleros, que entre ellos llaman
donilleros: fueron riendo por el camino, porque el fullerazo era grande
hablador, y les iba diciendo cuentos, con que los entretenia con mucha
gracia y donaire. Yo por no perderlos hasta ver el fin, andaba lo más
que podia asiéndome de cuando en cuando al estribo, ó al trancado del
macho, que como dije que iba á la feria de Ronda, y era natural de
ella, los mercaderes me animaban y esperaban á ratos. Llegando cerca
de cierta venta, que la mitad del año está desamparada, puesta en una
ladera á mano derecha como subimos, el fullero sacó de la faltriquera
ciertos mostachones, que por la mucha especie, llaman la sed á tiro
de arcabuz, y dió á cada mercader uno, y como era por el mes de Mayo
cuando llegaron á emparejar con la venta, que estaba medio caida y sin
gente, iban ya pereciendo de sed, dijo el fullero: Aquí dentro hay
una fuentecita muy fresca, entremos á cumplir con los mostachones; y
si vuesas mercedes quieren, aquí llevo una bota de muy gentil vino
de Ciudad Real, con que podemos hacer satisfaccion al llamamiento.
Apeáronse, y entró el fullero primero en la venta, llegó á la fuente,
y siguiéndole los mercaderes, bajóse á beber, y dijo con grande
admiracion: ¡Ay! ¿qué es esto que me hallo aquí? Y alzó la sortija que
el ladron de su compañero habia dejado en la fuente. ¡Oh qué graciosa
sortija! dijeron los mercaderes; sin duda que algun caballero se la
quitó para lavarse las manos, y se la dejó olvidada: cada cual se
holgára de habérsela hallado. Todos tres, dijo el bellaco del fullero,
la hallamos, y de todos tres ha de ser. ¿Pues qué haremos de ella? dijo
un mercader. Echarla á una quínola, dijo el fullero, en llegando á la
venta, y á quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. Bien dice
vuesa merced, dijeron los mercaderes, y á fé que si la gana cualquiera
de los dos, se ha de emplear muy bien; pero cierto la sortijuela era de
mucha codicia, porque alrededor tenia doce diamantes, aunque pequeños,
muy finos, y en lugar de piedra un rubí de hechura de corazon, que á
cualquiera aficionára, labrado todo con mil donaires. Fueron todos
muy codiciosos de ella, tratando por todo el camino los mercaderes
del descuido del que la habia perdido, y el bellacon del cuidado del
que la habia dejado, haciendo mil monerías con ella, para ponerles
más codicia. Llegaron á Ventas Nuevas, y no parando en la primera,
llegaron á la segunda, por hallarse más cerca del puerto. Apeáronse, y
el bellacon sacó la bota de vino añejo de Ciudad Real, de más hojas que
un Calepino, de que bebieron de muy buena gana. En comiendo un bocado
de prisa, por codicia que cada uno tenia de la sortija, que les estaba
haciendo del ojo, con el bocado en la boca, preguntaron al huésped,
¿si tenia unos naipes para echar una rifa? Dijo que no, y el ladron
del compañero, haciéndose bobo, dijo: Yo llevo aquí unas no sé cuántas
barajas que me encomendaron en mi pueblo, y por las muchas que allá se
levantan sobre ellas, no las llevo de muy buena gana. Si sus mercedes
me las pagan, yo se las daré. Mostrad acá, dijo el fullero, que estos
señores y yo os las pagaremos muy bien. Dióles una baraja hecha á su
modo, y como el licor de Ciudad Real se arrima tanto al corazon, y
humea para el cerebro, alegráronse, y con mucho gusto echaron la rifa
á cuatro quínolas. El fullero les dejó llegar á cada uno á tres sin
haber tomado ninguna para sí, y en dos pasantes que echó, una de su
mano, y otra del que tenia al lado, hizo las cuatro, y arrebató la
sortija, haciendo grandes algazaras con ella. Picáronse de esto, y
dijeron: Juguemos dineros. El fullero, con cierta socarronería, negando
al principio, dijo, que no queria poner en peligro su dinero ó las
vacas que se habian de comprar de él: pero al fin, persuadido, jugó;
teniendo más gana él que los otros, que con palabras que tenia hechas á
propósito, los iba haciendo picar. Pedia que les diesen de beber de la
olorosa bota que estaba metida en parte fresca, y en calentándose las
orejas echaban doblas como granizo; de suerte, que se estuvieron toda
la tarde jugando, una vez ganando el fullero, y otra dejando ganar á
los mercaderes, por disimular la fullería, y quejándose á veces, decia:
Vuesas mercedes me han de ganar aquí esta tarde cuatro ó cinco mil
escudos, segun estoy de picado.
Al tiempo que entramos en la venta el mocito y yo nos dijeron, que
allí no se daba posada á gente que no traia cabalgaduras. Recibimos
con humildad la notificacion, y parámonos á descansar un poco. Mi
compañero afligido preguntó: ¿Pues qué habemos de hacer para esperar el
fin y suceso de esta grande aventura? Yo le respondí: Dejadme, que yo
conjuraré á la ventera, de manera que no nos eche de la venta. ¿Pues es
endemoniada, dijo él, ó bruja? Á lo menos, dije yo, parécelo; pero no
digo yo, sino con el conjuro general de las mujeres. ¿Cuál es? preguntó
el otro. Ahora lo vereis, dije yo. Lleguéme á la ventera, que era una
mujer coja y mal tallada: tenia las narices tan romas, que si se reia,
quedaba sin ellas: los ojos parecian de capirote de disciplinante:
echaba un tufo de ajos y vino por unos dientes entresacados y pardos,
bastante á ahuyentar todas las víboras de Sierra-Morena; las manos
parecian manojos de patatas; solo tenia que notar la limpieza, que
parecia haber salido del naufragio de los Condes de Carrion: con todo
esto me llegué á ella, y la dije: ¿Qué desdicha fué la que trujo á
estas soledades á una mujer de tan buena gracia como vuesa merced?
¡Qué despacio está, dijo ella, el señor estudiante! No es cierto, dije
yo, sino que desde el punto que llegué aquí, puse los ojos en vuesa
merced, para consolarme del cansancio del camino. No haga burla, dijo
ella, de las mal vestidas. Yo no hago tal, sino que me parece vuesa
merced muy hermosa. Hermosa, dijo ella, como gata lagañosa. Parecióme
que ya iba creyendo, y díjele: Pues miren con qué gracia y donaire
responde. Cierto que es igual el rostro con la habla, y todo es con
mucho gusto. Y como Deo gracias, dijo ella: si conociera á una hermana
mia que tengo, tabernera en las ventas de Alcolea, dijera eso de veras:
que por solo oirla echar pullas, van á beber á su casa cuantos pasan.
¿Y vuesa merced, dije yo, cómo no se acerca hácia Córdoba? Porque,
señor, dijo ella, unas tienen ventura, y otras tienen ventrada. ¿Pues
es posible, dije yo, que no ha habido quien saque á vuesa merced de
tan mal oficio? Y respondió ella: Estáse la carne en el garabato por
falta de gato. Pues á fé, dije yo, que si me hallara en disposicion
que habia de hacerlo; porque me da lástima ver entre estos riscos y
montañas á una mujer de tan buenas prendas. Pues calle vuesa merced,
dijo ella, que mi marido y yo les habemos de quitar el dinero á estos
que quedaron con él, y por la mañana haremos lo que nos pareciere; y
si acaso mi marido volviere á decir á la noche que se salgan de la
venta, váyanse por la puerta trasera del corral, que yo se la dejaré
abierta. Fuése, y mi compañero me preguntó: ¿Qué es del conjuro? ¿Qué
mayor conjuro quereis, dije yo, que haber llamado hermosa á una bestia,
que parecia panza de vaca, con su zumaque y menudillos? Conjuro es
este, dijo, que puede servir de malilla en todo el mundo. En tanto que
pasamos esta conversacion se llegó la noche, y la desesperacion de los
mercaderes; porque con las trampas que el fullero iba haciendo, y con
los tragos de cuando en cuando de Ciudad Real, los fué chupando la
plata y oro, y los zurrones en que tenian el dinero. Los mercaderes
quedaron dados al diablo, y maldiciendo la venta, y á quien á ella los
habia traido, se volvieron á dormir á la que habian dejado atrás, con
intencion de volverse á Toledo. El huésped, que no era lerdo, entendió
muy bien la bellaquería: yo estaba para reventar por lo que habia oido
la noche antes, y por lo que habia visto entonces. Estuve determinado
de revelarles la maldad; porque volviéndose los mercaderes, me faltaba
el bien que me habian prometido hacer por el camino; pero consideré,
que decir el secreto que estaba tan en duda, era desacreditar á los
fulleros, y á mí ponerme en peligro; que no siendo una cosa sabida,
tenemos obligacion de callarla con secreto natural. La seguridad
consiste en el silencio, y en estas ocasiones y otras semejantes háse
de advertir el peligro de ambas partes. Yo callé contra mi voluntad,
y el ventero que era un bellaco redomado, disimuló y calló como yo y
el otro. Los señores fulleros quedaron muy contentos; pero fueron tan
miserables que no dieron barato á nadie, por donde se aumentó en el
ventero el deseo de hurtarles la ganancia, y en mí de volvérsela á sus
dueños. El ventero que realmente lo sintió, les dió á entender que
recibió mucho gusto en ver los mercaderes despojados; y haciéndoles
grandes zalamerías, les dió un aposento que tenia aderezado para los
mercaderes, donde estaba un arcaz muy grande con tres llaves, que les
dió para guardar su dinero y ropa. Era el arcaz de una madera muy
maciza y de tablas gruesas, que hacia pared con la caballeriza, que
me puso en cuidado, imaginando qué traza podria tener para hurtarles
el dinero de un arcaz cerrado con tres llaves, y por ningun camino
podia moverse de donde estaba. Habló con la mujer de secreto, mirando
con cuidado si los veian hablar. En cenando muy solemnemente los
fulleros, habiendo hecho el pancho de perdices y vino de Ciudad Real,
se atrancaron en su aposento, y se cerraron de manera que no podia
entrarles una bruja. En siendo una hora de la noche, ó poco menos, el
ventero dijo: Los que tienen cabalgaduras salgan de la venta, que ya
que no hay arrieros, queremos dormir sin cuidados. Salimos aquel mocito
y yo, y dando vuelta por las espaldas de la venta, hallamos abierta
la puerta del corral, y entramos en el pajar. Yo andaba pensando con
cuidado cómo diablos, ó con qué modo ó traza podian hacer tiro á los
fulleros. Veia que en el aposento no podian entrar, por estar muy bien
encerrados, y el arcaz muy bien guardado. Traer salteadores para el
efecto no era negocio seguro, sino muy peligroso; entrar y matarlos no
podian, porque eran menos que ellos; pues querer minar el aposento con
pólvora era para todos peligroso. Y no pude dar en el modo, hasta que
entre once y doce, estando ellos durmiendo el mejor sueño, vinieron el
ventero y la ventera muy paso entre paso, alumbrando ella con un cabo
de vela: el marido comenzó á desviar con mucho silencio un gran monton
de estiércol que estaba en la caballeriza arrimado al aposento de los
fulleros.
Á pocas vueltas se descubrió la tabla del arcaz, que servia de pared
al aposento. Miré con gran cuidado, y ví que la tabla del arcaz
estaba por la parte de arriba asida con tres ó cuatro goznes, y por
la parte de abajo con dos tornillos, cada uno en su esquina. Quitó el
ventero los tornillos, y en quitándolos, mandó á la mujer que llevase
de allí la vela, porque no entrase la luz en el aposento: ella la
llevó, y yo fuí muy poco á poco al ventero, al tiempo que tenia la
tabla alzada y los zurrones en las manos, y con voz muy baja, ó por
mejor decir, entre dientes, le dije: Dad acá esos zurrones, y tornad
á poner los tornillos; él me los dió, pensando que era su mujer, y
salíme con ellos y con mi compañero por la puerta del corral, que
mientras tornaba á poner el monton de estiércol hubo lugar para todo;
y anduvimos un ratillo apriesa hácia atrás, cada uno con su zurron, no
por el camino real, sino por un lado á la parte de arriba, con todo el
silencio posible. Ya estábamos casi frontero de la otra venta, adonde
los mercaderes se habian vuelto á dormir, y nos sentamos á descansar
un poco, que el recelo y temor aumentan el cansancio. Yo le dije al
compañero: ¿Qué pensais que traemos aquí? nuestra total destruccion,
porque á ninguna parte podemos llegar donde no nos pidan muy estrecha
cuenta de este dinero, que como él de suyo es goloso y codicioso, ó
por la parte que le puede caber, ó por congraciarse, cualquiera dará
noticia á la justicia de dos mozos caminantes de á pié, cansados y
hambrientos, y con dos zurrones de moneda, y el tormento será forzoso,
no dando buena cuenta de lo que se pregunta; pues esconderlo para
volver por él, tampoco atinaremos nosotros, como los demás; y andar
mucho por aquí dará sospecha de algun daño, y el menos que nos puede
suceder es caer en manos de los ladrones, que nos quiten el dinero y
la vida: ponerse á peligro por ganar dineros, muchos lo hacen; pero
poner en peligro la vida, honra y dinero, ningun hombre de juicio lo
ha de hacer: y así mi principal intento fué volver este dinero á sus
dueños, para tener tanta parte en él como ellos, sin peligro de las
vidas, y sin daño de las conciencias; y aquí viene bien: quien hurta
al ladron, etc. Esta y otras muchas cosas le dije para desarraigarle
cierta golosina que se le habia pegado, que como lo llevaba á cuestas,
habia contraido no sé qué parentesco con la sangre del corazon: pero
al fin le pareció muy bien. Fuimos á la venta, y aunque era muy de
madrugada, dimos golpes á la puerta, diciendo que veníamos con
un despacho de mucha importancia para unos señores mercaderes de
Toledo que estaban dentro. Ellos lo oyeron, y hicieron al ventero
que abriese. Encendió luz, y entramos en el aposento cargados, y sin
hablarles palabra arrojamos los gatos sobre una mesa, que si fueran
de Algalia no regalaran tanto las narices como estos regalaron las
orejas. ¿Qué es esto? dijeron los mercaderes. Su dinero, respondí
yo, que ha vuelto á César lo que era suyo. Contámosles el caso, y
díjeles que antes que en la otra venta se levantasen, pasásemos el
puerto. De buena ventura mia, venian mulas de retorno hácia Sevilla.
Los mercaderes alegres y agradecidísimos del caso, para mí y para el
otro mozo tomaron dos mulas, y caminando pasamos el puerto sin que
lo sintiesen en las ventas. Encumbramos el puerto, y bajamos á otra
que está en lo más bajo, no mal proveida, adonde estuvimos todo el
dia descansando y durmiendo, por el poco sueño y mucha pesadumbre que
les habia causado la pérdida de su dinero: y á la tarde supimos que
el ventero (como martirizando á su mujer, no supo cosa del hurto,
porque no osó decir que nos habia dejado dentro) sospechando que los
fulleros le habian hecho la treta que él no entendió, fué á dar aviso
á la Hermandad, de la vida y trato de aquellos hombres, y cómo tenian
dos zurrones de dinero mal ganado, y vino la Hermandad, y como no
halló los dineros, ni los zurrones que el ventero habia dicho en el
arcaz, á él por desatinado ó loco ó porque habia cargado demasiado,
y á los fulleros por gente sospechosa que tan tarde se estaban en la
venta, y á la mujer por suspensa y callada, que no supo dar razon de
sí, les hicieron pagar las costas sin averiguar el secreto. Holgámonos
mucho con el suceso, de manera que los mercaderes lo querian oir
por momentos, que segun pareció, hallaron más dinero dentro de los
zurrones del que habian dejado; y con donaire decia el uno de ellos:
No quiera Dios que yo lleve dinero ajeno en mi poder, gástese por el
camino en perdices y conejos, que no quiero tener que restituir; y
así se hizo con beneplácito de todos. Yo consideré á solas conmigo,
y aun lo comuniqué con uno de los mercaderes, cuán mal se logra lo
mal ganado, y cuánto peor se goza lo adquirido con juegos de ventaja,
donde se aventura la reputacion, sin asegurar la ganancia, que está
sujeta á cuantos la ven, y á cuantos lo imaginan, y á los ausentes, á
quien toca la distribucion de la estafa, que tasadamente les queda para
consumir en los tabernáculos de la gula, fiestas de Baco y sacrificios
de Venus, sin aprovechar la sumision y cortesía fingida para engañar
al que quieren desollar, ó al que ya tienen desollado; que si bien
quisiesen los hombres sencillos advertir á las cautelas, enredos y
marañas de estos apacibles lobos, echarian de ver que una cortesía
sin tiempo, una amistad sin sazon ni conocimiento, un comedimiento no
acostumbrado, unas ceremonias no debidas, traen consigo más daño que
provecho para aquel con quien se usan; porque si son los hombres de
tan ruin condicion que aun á la cortesía debida acuden de mala gana á
quien tienen obligacion, ¿por qué no se ha de entender que la novedad
de cortesías estraordinarias traen consigo algun secreto, especialmente
no teniendo partes por donde se le deban? Los fulleros tienen tambien
su materia de estado, porque, ó engañan por sí ó por amigos, que tienen
señalados y diputados para el efecto; casas de posadas, ó mesones,
donde les dan el soplo de la gente nueva á quien pueden acometer.
Tienen tambien su libro de caja ó de memoria de todos aquellos que
acuden á favorecer su ministerio en todos los pueblos grandes ó
pequeños, porque es oficio corriente por toda España, y en las
poblaciones de importancia tienen correspondencia y avisos de las
zorras comadres, para chupar la sangre á los corderos inocentes. Y
aunque son tan grandes los sainetes de estos cautelosos culebrones,
para chupar la sangre de los que ven inclinados al juego, que no pueden
reducirse á regla cierta, ni guardarse de sus trampas, con todo eso
digo, que todo lo que fuere artificio apacible y no usado, se ha de
temer aun de los mismos amigos en materia de juego, porque se venden
unos á otros. Cuando convida á jugar un conocido á otro, llevándole
á parte no sabida, vaya con cuidado, sea en público ó en secreto; y
me parece que no será malo este refrancillo para este propósito: _Si
bien me quieres, trátame como sueles_. Caminamos con todo el gusto
que pudimos mis mercaderes y yo, buscando por el camino ocasiones en
que tenerlo: llegamos á la Conquista, que es un pueblecito que se
comenzaba entonces, un domingo por la mañana: entramos á oir misa, que
la estaba diciendo un clérigo que pronunciaba la lengua latina como
gallego. La misa era de _Requiem_, porque habian enterrado aquella
mañana un pobre, y ayudábale un sacristan, que sobre un sayo pardo muy
rozagante traia una sobrepelliz de cañamazo. Acabada la misa, diciendo
el responso sobre la sepultura, acabó el clérigo diciendo: _Requiescat
in pace, alleluja, alleluja_. El sacristan le respondió con muchos
pasos de garganta: _Amen, alleluja, alleluja_. Lleguéme al buen hombre,
y díjele: Mire, padre, que en misa de _Requiem_ no hay _alleluja_.
Respondióme muy confiadamente: Arre allá, señor estudiante; ¿no ve que
es entre Pascua y Pascua? Fuímonos cayendo de risa por todo el camino.
[Ilustración]
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