DESCANSO XII.

Si los trabajos y necesidades que los estudiantes pasan no los

llevase la buena edad en que los coge, no habia vida para sufrir

tantas miserias y descomodidades como se pasan ordinariamente; pero

con ser en la puericia y adolescencia, edad tan quitada de cuidados

y sentimientos, se hace gusto del acíbar, risa y pasatiempo de la

necesidad, con que se va pasando aquel espacio en que se sazona é

hinche de doctrina el entendimiento, que con la esperanza del premio

todo se hace sufrible. Ninguno hay que no se prometa grandes cosas

en los primeros años, que en comenzando á gustar ó disgustarse de la

mala correspondencia, por la tardanza de los arrieros, ó del olvido

de los padres y parientes, por la mayor parte se encogen y desaniman,

especialmente aquellos que por ser pobres no tienen quien les acuda

con lo necesario, ó parte de ello; que cierto desjarreta mucho la

necesidad al que con buenos pensamientos comienza los estudios. La

falta de mantenimientos, el carecer de libros, la desnudez, la poca

estimacion que consigo traen estas cosas, tiene muchos y grandes

ingenios acobardados, arrinconados, y aun distraidos por la privacion

de sus esperanzas mal logradas. Yo confieso de mí, que la inquietud

natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las

fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon. Y como

en esta edad los alientos de la mocedad están tan dispuestos para el

mantenimiento, nunca se ve un hombre harto. Acuérdome, que despues de

haber comido la racion del pupilage de Galvez, me comí seis pasteles de

á ocho en una pastelería escelentísima, que habia en el desafiadero.

Miren qué alientos estos para las necesidades de Salamanca. Estábamos

despues de esto tres compañeros en el barrio de San Vicente tan

abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales

era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y aun las daba,

porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas; y aun

dadas al diablo. Consolábamonos con la igualdad de la provision, y

aunque parezcan niñerías, indignas de este lugar y aun de acordarse

y tratarse, tengo de decir alguna para que no se desanimen los que

se vieren con ingenio y pobreza, y con deseo de saber; que haciendo

gusto de la necesidad, puede llevarse la penuria que de ordinario se

pasa en los estudios: ver pasar á otros mayores trabajos, disminuye

la fuerza de los nuestros. Miserias y necesidades agenas (aunque sean

contadas para ejemplo) en parte consuela á los afligidos. ¿Qué trabajos

puede tener un estudiante, que no los haya mucho mayores? El trabajo

y necesidad que toca á muchos, y muchos le llevan, se hace sufrible,

aligera y alivia las cargas de todos. Cuanto más, que el que con buen

ánimo acomete al trabajo, la mitad tiene hecho, y al fin los valerosos

ánimos atropellan las forzosas necesidades. Dígolo, porque las que

pasaron mis compañeros y yo fueron de manera, que pudieran consolar á

los estudiantes más llenos de miserias del mundo, y entre otras contaré

una que puede servir de risa y de consuelo. Hallámonos una noche, entre

otras muchas, tan rematados de dineros y paciencia, que nos salimos

de casa medio desesperados sin cenar, sin luz para alumbrarnos, sin

lumbre para calentarnos, haciendo un frio que en echando el agua en la

calle, se tornaba cristal. Yo fuí en casa de cierto discípulo, y dióme

un par de huevos y un panecillo: vine muy contento á casa, y hallé á

mis compañeros temblando de frio y muertos de hambre (como dicen los

muchachos), que no osaban desenvolver un poco de rescoldo que se habia

guardado para su menester. Dije lo que traia, salieron á buscar algunas

serojas para avivar el rescoldo; vinieron presto muy contentos, por

haberse hallado un leño bien largo: pusiéronlo al poco rescoldo que

habia quedado, y soplamos cuanto pudimos todos tres, y el leño no se

queria encender: tornamos á soplar una y otra vez; pero quedándose el

leño sin encender, se hinchó el aposento de un humo muy hediondo.

Eché un papel en el rescoldo para que diera luz en el aposento, y en

encendiéndose, descubrió, que el leño era un muy descarnado zancarron

de un mulo, que por poco nos hiciera rebentar de asco; y si antes no

cenamos por no tener qué, despues no cenamos por eso, y por la náusea

de nuestros estómagos, que hubo alguno que purgó por dos partes lo que

no habia comido, ni cenado, hasta echar sangre por la boca, y el que lo

trujo quiso cortarse la mano. Bien confieso que no son estas cosas para

contarse; pero como sean para consuelo de afligidos, y mi principal

intento sea enseñar á tener paciencia, á sufrir trabajos, y á padecer

desventuras, puede llevarse con lo demás que no cuento. Todo lo que

se escribe, para doctrina nuestra se escribe, y aunque sea de cosas

humildes, se ha de recibir para el efecto que se dice. Y habemos de

pensar, que ni en los ejemplos de cosas grandes hay siempre provecho,

ni que en las pequeñas falta doctrina. Tan bien se reciben las fábulas

de Hisopo, como las estratagemas de Cornelio Tácito. Más gusto se halla

en un higo que en una calabaza: así conté una niñería como esta; porque

para decir necesidades de estudiante, que son de hambre, desnudez y

mal pasar, tambien las historias ejemplos han de ser de pobreza, para

consolar á quien la padece. No paró aquí la mala ventura de aquella

noche, porque estando á la puerta de la calle, por no poder sufrir el

pestilencial olor del leño mular, pasó rondando el Corregidor (que

al presente era D. Enrique de Bolaños, muy gran caballero, cortés, y

de muy buen gusto), y nos dijo: ¿Qué gente? Yo me quité el sombrero,

y descubrí el rostro, y haciendo una gran reverencia, respondí:

Estudiantes somos, que nuestra misma casa nos ha echado en la calle.

Mis compañeros se estuvieron con sus sombreros y cebaderas, sin hacer

cortesía á la justicia. Indignóse el Corregidor, y dijo: Llevad

presos á esos desvergonzados. Ellos, como ignorantes, dijeron: Si nos

llevaren presos, nos soltarán un pié á la francesa; y asiéronlos, y

lleváronlos por la calle de Santa Ana abajo: yo con la mayor humildad

que pude, le dije: Suplico á vuesa merced se sirva de no llevar á la

cárcel á estos miserables, que si vuesa merced supiese cómo están, no

los culparia. Tengo de ver, dijo el Corregidor, si puedo enseñar buena

crianza á algunos estudiantes. Á estos, dije yo, con dalles de cenar, y

quitalles el frio, los hará vuesa merced más corteses que á un indio

mejicano; y junto con esto (viendo que me escuchaba de buena gana)

le conté lo pasado de los huevos y de la humarada que procedió del

sacrificio acemilar. Rióse del cuento (que tenia mucha apacibilidad),

y á costa de ciertas espadas que habia quitado á ciertos escolares

vagamundos, les hinchó el vientre de pasteles y marrana, y de lo de la

tabernilla, y á mí me hizo mucha merced de allí adelante. Díjeles á mis

compañeros amigos: Muy mal anduvísteis con el Corregidor. ¿Por qué?

preguntaron ellos, ¿es nuestro juez? Respondí yo: Porque á las personas

constituidas en dignidad, sean ó no sean superiores nuestros, tenemos

obligacion de tratarlos con reverencia y cortesía: y no solo á estos,

sino á todos los más poderosos, ó por oficios, ó por nobleza, ó por

hacienda, porque siéndoles bien criados y humildes, en cierta forma los

igualamos con nosotros, y haciendo al contrario, nos damos por enemigos

de los que nos pueden agraviar muy á su salvo. Dios crió el mundo

con estos grados de superioridad, que en el cielo hay unos Ángeles

superiores á otros, y en el mundo se van imitando estos mismos grados

de personas, para que los inferiores obedezcamos á los superiores. Y

ya que no seamos capaces de conocernos á nosotros propios, seámoslo de

conocer á quien puede, vale y tiene más que nosotros. Esta humildad

y cortesía es forzosa para conservar la quietud y asegurar la vida.

Es muy gran yerro querer ajustar nuestras fuerzas con las de los

poderosos, usar del rigor de nuestra condicion con quien es mas cierto

el perder que el ganar. La humildad con los poderosos, es el fundamento

de la paz, y la soberbia la destruccion de nuestro sosiego, que al fin

pueden todo lo que quieren en la República. En esta vida pasé tres ó

cuatro años, hasta que se me dió una plaza en el colegio de San Pelayo,

estando entonces allí el Sr. D. Juan de Llanos de Valdés, que cuando

esto se escribe es del Consejo Supremo de la Inquisicion, en compañía

de sus hermanos, tan grandes estudiantes como caballeros, y el señor

Vigil de Quiñones, que á fuerza de virtud y merecimientos es ahora

Obispo de Valladolid; donde teníamos conclusiones todos los sábados,

y pudiera yo aprovecharme, si la necesidad de mis padres, y el deseo

que yo tenia de servirles, no me sacára con una carta suya para ir á

heredar cierta hacienda, de que un pariente me queria hacer donacion, ó

capellanía.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 36 / 101 题