Si los trabajos y necesidades que los estudiantes pasan no los
llevase la buena edad en que los coge, no habia vida para sufrir
tantas miserias y descomodidades como se pasan ordinariamente; pero
con ser en la puericia y adolescencia, edad tan quitada de cuidados
y sentimientos, se hace gusto del acíbar, risa y pasatiempo de la
necesidad, con que se va pasando aquel espacio en que se sazona é
hinche de doctrina el entendimiento, que con la esperanza del premio
todo se hace sufrible. Ninguno hay que no se prometa grandes cosas
en los primeros años, que en comenzando á gustar ó disgustarse de la
mala correspondencia, por la tardanza de los arrieros, ó del olvido
de los padres y parientes, por la mayor parte se encogen y desaniman,
especialmente aquellos que por ser pobres no tienen quien les acuda
con lo necesario, ó parte de ello; que cierto desjarreta mucho la
necesidad al que con buenos pensamientos comienza los estudios. La
falta de mantenimientos, el carecer de libros, la desnudez, la poca
estimacion que consigo traen estas cosas, tiene muchos y grandes
ingenios acobardados, arrinconados, y aun distraidos por la privacion
de sus esperanzas mal logradas. Yo confieso de mí, que la inquietud
natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las
fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon. Y como
en esta edad los alientos de la mocedad están tan dispuestos para el
mantenimiento, nunca se ve un hombre harto. Acuérdome, que despues de
haber comido la racion del pupilage de Galvez, me comí seis pasteles de
á ocho en una pastelería escelentísima, que habia en el desafiadero.
Miren qué alientos estos para las necesidades de Salamanca. Estábamos
despues de esto tres compañeros en el barrio de San Vicente tan
abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales
era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y aun las daba,
porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas; y aun
dadas al diablo. Consolábamonos con la igualdad de la provision, y
aunque parezcan niñerías, indignas de este lugar y aun de acordarse
y tratarse, tengo de decir alguna para que no se desanimen los que
se vieren con ingenio y pobreza, y con deseo de saber; que haciendo
gusto de la necesidad, puede llevarse la penuria que de ordinario se
pasa en los estudios: ver pasar á otros mayores trabajos, disminuye
la fuerza de los nuestros. Miserias y necesidades agenas (aunque sean
contadas para ejemplo) en parte consuela á los afligidos. ¿Qué trabajos
puede tener un estudiante, que no los haya mucho mayores? El trabajo
y necesidad que toca á muchos, y muchos le llevan, se hace sufrible,
aligera y alivia las cargas de todos. Cuanto más, que el que con buen
ánimo acomete al trabajo, la mitad tiene hecho, y al fin los valerosos
ánimos atropellan las forzosas necesidades. Dígolo, porque las que
pasaron mis compañeros y yo fueron de manera, que pudieran consolar á
los estudiantes más llenos de miserias del mundo, y entre otras contaré
una que puede servir de risa y de consuelo. Hallámonos una noche, entre
otras muchas, tan rematados de dineros y paciencia, que nos salimos
de casa medio desesperados sin cenar, sin luz para alumbrarnos, sin
lumbre para calentarnos, haciendo un frio que en echando el agua en la
calle, se tornaba cristal. Yo fuí en casa de cierto discípulo, y dióme
un par de huevos y un panecillo: vine muy contento á casa, y hallé á
mis compañeros temblando de frio y muertos de hambre (como dicen los
muchachos), que no osaban desenvolver un poco de rescoldo que se habia
guardado para su menester. Dije lo que traia, salieron á buscar algunas
serojas para avivar el rescoldo; vinieron presto muy contentos, por
haberse hallado un leño bien largo: pusiéronlo al poco rescoldo que
habia quedado, y soplamos cuanto pudimos todos tres, y el leño no se
queria encender: tornamos á soplar una y otra vez; pero quedándose el
leño sin encender, se hinchó el aposento de un humo muy hediondo.
Eché un papel en el rescoldo para que diera luz en el aposento, y en
encendiéndose, descubrió, que el leño era un muy descarnado zancarron
de un mulo, que por poco nos hiciera rebentar de asco; y si antes no
cenamos por no tener qué, despues no cenamos por eso, y por la náusea
de nuestros estómagos, que hubo alguno que purgó por dos partes lo que
no habia comido, ni cenado, hasta echar sangre por la boca, y el que lo
trujo quiso cortarse la mano. Bien confieso que no son estas cosas para
contarse; pero como sean para consuelo de afligidos, y mi principal
intento sea enseñar á tener paciencia, á sufrir trabajos, y á padecer
desventuras, puede llevarse con lo demás que no cuento. Todo lo que
se escribe, para doctrina nuestra se escribe, y aunque sea de cosas
humildes, se ha de recibir para el efecto que se dice. Y habemos de
pensar, que ni en los ejemplos de cosas grandes hay siempre provecho,
ni que en las pequeñas falta doctrina. Tan bien se reciben las fábulas
de Hisopo, como las estratagemas de Cornelio Tácito. Más gusto se halla
en un higo que en una calabaza: así conté una niñería como esta; porque
para decir necesidades de estudiante, que son de hambre, desnudez y
mal pasar, tambien las historias ejemplos han de ser de pobreza, para
consolar á quien la padece. No paró aquí la mala ventura de aquella
noche, porque estando á la puerta de la calle, por no poder sufrir el
pestilencial olor del leño mular, pasó rondando el Corregidor (que
al presente era D. Enrique de Bolaños, muy gran caballero, cortés, y
de muy buen gusto), y nos dijo: ¿Qué gente? Yo me quité el sombrero,
y descubrí el rostro, y haciendo una gran reverencia, respondí:
Estudiantes somos, que nuestra misma casa nos ha echado en la calle.
Mis compañeros se estuvieron con sus sombreros y cebaderas, sin hacer
cortesía á la justicia. Indignóse el Corregidor, y dijo: Llevad
presos á esos desvergonzados. Ellos, como ignorantes, dijeron: Si nos
llevaren presos, nos soltarán un pié á la francesa; y asiéronlos, y
lleváronlos por la calle de Santa Ana abajo: yo con la mayor humildad
que pude, le dije: Suplico á vuesa merced se sirva de no llevar á la
cárcel á estos miserables, que si vuesa merced supiese cómo están, no
los culparia. Tengo de ver, dijo el Corregidor, si puedo enseñar buena
crianza á algunos estudiantes. Á estos, dije yo, con dalles de cenar, y
quitalles el frio, los hará vuesa merced más corteses que á un indio
mejicano; y junto con esto (viendo que me escuchaba de buena gana)
le conté lo pasado de los huevos y de la humarada que procedió del
sacrificio acemilar. Rióse del cuento (que tenia mucha apacibilidad),
y á costa de ciertas espadas que habia quitado á ciertos escolares
vagamundos, les hinchó el vientre de pasteles y marrana, y de lo de la
tabernilla, y á mí me hizo mucha merced de allí adelante. Díjeles á mis
compañeros amigos: Muy mal anduvísteis con el Corregidor. ¿Por qué?
preguntaron ellos, ¿es nuestro juez? Respondí yo: Porque á las personas
constituidas en dignidad, sean ó no sean superiores nuestros, tenemos
obligacion de tratarlos con reverencia y cortesía: y no solo á estos,
sino á todos los más poderosos, ó por oficios, ó por nobleza, ó por
hacienda, porque siéndoles bien criados y humildes, en cierta forma los
igualamos con nosotros, y haciendo al contrario, nos damos por enemigos
de los que nos pueden agraviar muy á su salvo. Dios crió el mundo
con estos grados de superioridad, que en el cielo hay unos Ángeles
superiores á otros, y en el mundo se van imitando estos mismos grados
de personas, para que los inferiores obedezcamos á los superiores. Y
ya que no seamos capaces de conocernos á nosotros propios, seámoslo de
conocer á quien puede, vale y tiene más que nosotros. Esta humildad
y cortesía es forzosa para conservar la quietud y asegurar la vida.
Es muy gran yerro querer ajustar nuestras fuerzas con las de los
poderosos, usar del rigor de nuestra condicion con quien es mas cierto
el perder que el ganar. La humildad con los poderosos, es el fundamento
de la paz, y la soberbia la destruccion de nuestro sosiego, que al fin
pueden todo lo que quieren en la República. En esta vida pasé tres ó
cuatro años, hasta que se me dió una plaza en el colegio de San Pelayo,
estando entonces allí el Sr. D. Juan de Llanos de Valdés, que cuando
esto se escribe es del Consejo Supremo de la Inquisicion, en compañía
de sus hermanos, tan grandes estudiantes como caballeros, y el señor
Vigil de Quiñones, que á fuerza de virtud y merecimientos es ahora
Obispo de Valladolid; donde teníamos conclusiones todos los sábados,
y pudiera yo aprovecharme, si la necesidad de mis padres, y el deseo
que yo tenia de servirles, no me sacára con una carta suya para ir á
heredar cierta hacienda, de que un pariente me queria hacer donacion, ó
capellanía.
[Ilustración]
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